Nunca fui casaca 6

El pibe juega de 10 y va a Buenos Aires a probarse. Al principio todo va bien, es titular y figura en el equipo. Pero una nota en el colegio y la aparición de un petiso que la rompe, irán modificando su destino. Un cuento de Miguel Hirám Ramón.

Nunca fui seis. A decir verdad, siempre fui un volante ofensivo, creador de juego, asistidor. En todas las inferiores usé la camiseta número diez hasta que tuve edad de octava división y pasó lo que pasó.

Me supo llevar un hombre de mi pueblo, ahora debe ser un hombre muy mayor, si es que está vivo, nunca más lo vi.  Tenía un equipo de pibes que nos sacaba a jugar en su Renoleta blanca. Un día me ofreció  ir a jugar a la AAAJ lo que me entusiasmó un poco, pero  le contesté, ¿Ud. dice ir a probarme Kiki?, tal el sobrenombre de aquel descubridor de talentos. No pibe, me respondió, a jugar,  usted es la promesa futbolística más importante del futbol argentino de este y del próximo siglo. Ud. va, juega, se pone la 10 y no hay diablo que se la podrá sacar por el resto de su vida. El mundo hablará de usted nene, créame, en esto no le suelo errar.

A pesar de que venía “del campo”, la ciudad no me asustó, es más,  me sedujo de una manera que apenas llegamos en el tren a Retiro, dije, “este es mi lugar, yo soy de acá”.

Tras abordar un par de micros llegamos a La Paternal, barrio que cobija a la Asociación Atlética Argentina Juniors, más conocido como Los Bichitos Colorados, simbolizados por una vaquita de San Antonio, la de la buena suerte que le dicen.

Lejos estaba Argentinos Junior de ser catalogado como lo conocemos ahora, “Semillero del Mundo”. Claro, estábamos comenzando  la década de los ’70, 1973 más precisamente y nadie se podría imaginar  los jugadores que aparecerían unos años más tarde en la cantera bicha, como para catalogar a este modesto club con tremendo apodo.

Fue un gran año ese 1973; incorporarme a la institución no me resultó complicado, extrañaba poco porque tenía en claro que quería ser el 10 de la Selección Argentina y jugar un mundial y ganarlo ya que estamos, viste?

Estaba alojado en  la casa de Maruca, una tía del Kiki, era en Villa Crespo, por la Humboldt, a dos cuadras de la cancha de Atlanta, club del que, sin querer, me había hecho simpatizante. Había comenzado el secundario, pero no me iba muy bien. La escuela nunca me gustó, y mis notas, lejos de estar relacionadas con el número que lucía cada sábado por la mañana en los partidos de inferiores, aquel blanco 10, estaban más bien relacionadas con las del arquero, 1, marcadores de punta, 3 y 4, o con el número del primer central. O del segundo central cuando el profe de música me “regaló” un 6 al escucharme silbar en el baño la marcha peronista, en tiempos en que el General había regresado y estaba como Presidente una vez más.

Fue un digno 6 aquella nota, pero la verdad, con el tiempo me di cuenta que sería una profecía, un maligno presagio de lo que me sucedería con el transcurrir del tiempo con ese número.

Los festejos de haber logrado el campeonato con mi división, la novena en ese momento, anunciaba que fin de año se acercaba, las clases terminarían pronto y la incógnita de saber si el próximo año seguiría vistiendo la camiseta cruzada del Bicho o debería retornar a Tránsito y seguir jugando en el equipo del Kiki me comenzaba a angustiar.

El único que tenía esa duda sobre si seguiría en la Capital, era yo. Todos mis compañeros me decían que el próximo año volveríamos a compartir vestuario. Los DT de las otras categorías no tenían duda de que sería la manija de la categoría, la octava sería en 1974. La tía del Kiki ya me había adoptado y no dudaba que mi cuarto estaría listo para mi regreso a mediados del próximo enero. Hasta el presidente de la subcomisión me había dado un sobre con los pasajes para que viniera a mi pueblo y regresara para reincorporarme al club. Pero esta vez nada de tren, me dijo, te saqué en Chevallier para que viaje más cómodo y, sobre todo, más rápido. Hasta el director del colegio me dijo que me esperaba en marzo para que rindiera las dos materias que me habían quedado pendientes y que no era otras que caligrafía y contabilidad, las dos con la misma profe. Justo caligrafía, que cada sábado escribía una gambeta distinta con mi mejor letra, eludiendo las líneas góticas y punzantes de los duros defensores, eliminando alguna goma que quisiera cambiar mi recorrido hacia el gol, o desechar algún secante marcador  queriendo absorber mi juego. ¿Y contabilidad? Nadie mejor que yo llevaba las cuentas de los goles, partidos ganados, penales pateados y córner a favor que el equipo tenía. Pero bueno, los profes a veces no entienden de arte. Igual, ya había pasado a segundo año de la comercial con esas dos materias previas.

El único que dudaba era yo, el que tenía miedos de que no volviera el próximo año, era yo. Y no era porque no me tenía fe en lo deportivo, en la convivencia con los demás pibes, o porque el DT me quisiera hacer correr más que jugar. No, para nada. Había algo que me decía que el próximo año sería, no sé si difícil, pero algo raro, un presentimiento tenía de que la tendría que remar desde otro lugar, que tendría otras responsabilidades con, y para el equipo. Pero el resto ya tenía planes para mí en el próximo año, compañeros, DT, dirigentes, director del cole y hasta la tía del Kiki, a esta altura también tía mía.

El 15 de enero de 1974 ya estaba saludando a mis compañeros de, ahora, la octava división, con los que muchos también compartía banco en la comercial.

Éramos unos 20 pibes trotando alrededor de la cancha. Iba adelante siendo la cabeza del grupo junto a Cacho, que era el capitán y jugaba de 5. Detrás nuestro, como a veinte metros, nos seguían unos quince pibes más, trotando, pero sin mezclarnos. Eran chicos que venían a probarse, de la misma manera que alguna vez lo hice yo, bah…, el año pasado en esta misma época. ¡Puf!!! Parecía que hacía años que estaba acá. Qué bien me había caído la Capital. Estaba como pez en el lago.

Nosotros hicimos fútbol con nuestra división y un remanente de la séptima, y al terminar, me quedé a ver la prueba de los pibes que corrían detrás de nosotros, pero con la misma esperanza de quedarse y sumarse a nuestro plantel de la octava.

No podía creer lo que veía, había un enanito que la rompía, llevaba a los defensores de acá para allá. Caños, sombreros y el repertorio del mejor jugador que alguien podría imaginarse. Era imparable. No había visto alguien así, ni siquiera que se le parezca. Ni en la primera del club.

¿Cómo se llama?, le pregunte al Profe. Caradona, acá en la lista figura como Caradona, me respondió.

Pero la verdad, lo que menos me preocupaba era su apellido. Lo que me comenzó a preocupar, gambeta tras gambeta, es que estaba jugando en una posición a la que conocía muy bien y que no era otra que la de volante ofensivo. ¡Encima zurdo! me dije para mis adentros.

Atiendan acá, dijo el Profe, como un mero formalismo ya que los pibes sentados en el suelo en semicírculo ni siquiera hablaban, solo se iban pasando el bidón para tomar un poco de agua luego del partido de prueba. Y siguió con voz castrense nombrando a los chicos que habían quedado seleccionados: “Ojeda; Trotta, Chaile, Chammah, Montaña; Lucero, Dalla Buona, Caradona; Duré, Carrizo y Delgado, Prandi, Zagonel y Sánchez”. Tomó un respiro en la lectura y continuó, “los que nombré deben pasar por secretaría para que sean fichados para integrar la octava división de la Asociación Atlética Argentinos Junior.

En fila india, casi todos se dirigían, como les había indicado el Profe, hacia la secretaría para llenar las fichas que los acreditarían como jugadores federados en el club de La Paternal.

Pero uno se había quedado hablando con el Profe que dio la nómina y no era otro que ese pibe que me había sorprendido. El petiso que la había roto en la práctica, que la amasaba de acá para allá. Alcancé a escuchar algo sobre su apellido, como que estaba mal escrito y no quería tener problemas a la hora de ser fichado. Por eso, a instancia de su corrección, se veía cómo el Profe tachaba el apellido de la planilla y colocaba el verdadero, el que el pibe le decía y que no alcancé a escuchar.

1974, segundo año en la comercial. Octava división del Bicho. Octava división que había mutado en la formación de tal manera que solo un puñado de pibes del año pasado habíamos quedado, tan solo cuatro: Cacho Consultor, el capitán; el correntino Mariano Kapeluz, que jugaba de 4; el flaco Jean Larousse, el 2, y yo. El resto eran los de la lista que había dado el Profe después de aquella primera práctica.

No me sentía bien. Sabía que ya no iba a jugar tanto como lo había hecho el año pasado. El pibe nuevo, ese tal Caradona o vaya a saber uno cómo Dios se llamaría, seguro llevaría la 10 que con tanto orgullo e hidalguía como la supe llevar no hacía más de dos meses.

Estaba triste porque veía que cada vez jugaba menos. Siempre al banco y en los últimos cinco minutos el DT me ponía en cada partido. Goleábamos sin transpirar a los rivales bajo la batuta del petiso, pero poco era lo que me hacían jugar.

Estaba llorando en un recreo cuando se me acercó el profe de música, aquel que me había puesto el 6 por silbar. Primero me consoló y luego me preguntó qué me pasaba. Le conté. Que había perdido el puesto, que ya casi no jugaba de titular. Que tenía ganas de volverme a mi pueblo, que no iba a triunfar como lo había soñado.

Como una hora me tuvo, es más, recuerdo que le pidió permiso al profe de geografía para que me dejara conversar con él. No me retó, ni nada que se le parezca. Me habló casi como un padre. Me hizo entender que no había que bajar los brazos, que había que seguir peleándola, no faltar a los entrenamientos y que cuando menos me diera cuenta, volvería a integrar el equipo titular. Que estaba orgulloso de mí porque no había reaccionado mal, que había aceptado que alguien era mejor que yo. Que por más triste que estaba alentaba al equipo desde el lugar que me tocaba en ese momento, que no era otro que el banco de suplente. “Sos parte del equipo, debes sentirte parte porque sos muy útil”.

No fui el mismo después de la charla con el profe de música. Volví a ser el primero en los entrenamientos. Encabezaba el trote del grupo. Arengaba como en los mejores momentos del año pasado y cuando los titulares entraban a la cancha, sin gesto, sin chistar, iba y ocupaba mi lugar en el banco de suplentes.

Festejaba cada gol que hacían mis compañeros como propio. El DT la tenía clara y siempre me ponía de ejemplo, que siendo suplente y con pocas chances de jugar al estar el petiso con la diez,  que cada vez jugaba mejor, nunca dejaba de alentar y entregar todo en cada entrenamiento.

Recuerdo una mañana que el DT hablaba con el diez del equipo, ese petiso inmarcable. Dialogaban como armando el equipo como si tuvieran una duda de poner a tal o cual, hasta que el DT me llamó y me preguntó si me animaba a jugar de 6 porque Chammah había mandado a decir que no jugaba más, que él no quería entrenar todos los días y prefería volver a jugar en el barrio.

–¿Te animas cordobés a ponerte la casaca 6?, me dijo el DT.

–Nooo, fue mi respuesta, casi apresuradamente. Prefiero esperar mi posibilidad de jugar en mi puesto o en un lugar en el medio.

–Dale boludo, me prepeó Caradona, es tu oportunidad. Tenes buen físico, de manejarla ni hablar, vas bien de cabeza, dale salame, aprovecha la oportunidad, le haces falta al equipo.

–Voy al baño, les dije.

Mientras iba caminando con la intención de estar un instante a  solas y pensar la propuesta, me retumbaban las palabras del petiso, “le haces falta al equipo”. Palabras parecidas a las que había utilizado el profe de música, “sos parte del equipo…”

Volviendo al lugar de reunión, pero con una sonrisa que delataba mi aceptación a jugar como 6, les dije que sí, que siguieran contando conmigo, aunque no me gustaba el lugar de la cancha, y la función,  pondría todo para el equipo.

Esa tarde le ganamos  a Los Andes 4-0 con tres goles de Caradona y… ¡uno mío de cabeza a la salida  de un córner!

Nunca más dejé de jugar de 6.

En sexta, Caradona ya no estaba más con nosotros, entrenaba con el plantel profesional de la primera división para transformarse en goleador en el ’78, ’79 y ’80.

¡Qué pena!, al terminar la temporada en cuarta división, y justo cuando había aprendido el apellido del petiso, ahora también con su cabeza llena de rulos,  pegué la vuelta para mi pueblo. Mi novia había quedado embarazada y mi sueño de jugar el mundial y ganarlo había quedado en el olvido. “Otro seguramente lo hará realidad”, me dije.

Por eso, cada 29 de junio, me pongo la N°6 del Bicho, como dándole las gracias a Caradona por haber cumplido mi sueño.

El sueño del Casaca 6 y el de millones de argentinos.

Miguel Hirám Ramón

La ilustración es de Antonio Schweinheim

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