Siempre que nombran a Óscar Córdoba mi vieja se pone de pie

A veinte años de la primera Copa Libertadores del ciclo de Carlos Bianchi, Juan Stanisci recuerda aquella noche donde se mezclan su mamá, Eva Perón y Óscar Córdoba.

Siempre que nombran a Óscar Córdoba mi vieja se pone de pie.

No importa si está trabajando, en una reunión familiar o mirando televisión. Basta con escuchar esas dos palabras para que, como si fuera un perro al que le dicen “¡vamos!” para salir a pasear y levanta las orejas moviendo la cola, ella se pare.

Esto no siempre fue así. El ritual empezó la noche del 21 de junio del año 2000. En Mar del Plata hacía un frío como para criar osos polares en la playa, por suerte teníamos estufa. El comedor era chico para el tamaño de la casa. Sentados en la mesa estábamos mi viejo, mi vieja, yo y un colega librero de mi viejo. Esa noche Boca jugaba la vuelta de la final de la Copa Libertadores contra el Palmeiras brasileño en el Morumbí. En la ida en La Bombonera el partido había terminado 2 a 2 y todo el mundo daba por muerto al equipo de Carlos Bianchi que llegaba a esa instancia de la copa más importante de América después de 21 años.

El partido fue cerrado. El Boca de Bianchi le propuso un partido de ajedrez al Palmeiras. El equipo brasileño intentaba aprovechar las dimensiones de la cancha, el ancho más que nada, para abrir a la defensa xeneize. Bianchi viejo zorro, sabía que su mayor aliado era el tiempo. Que con el correr de los minutos, el fervor y la locura de las tribunas que se trasladaba a los jugadores, iría mermando. Y lentamente lo que en principio era empuje, se transformaría en ansiedad y nervios. El paso del tiempo consumiría la paciencia, primero de los y las hinchas. Luego de los jugadores que se resignarían a ver ese arco con las redes quietas. Y a ver al arquero colombiano cada vez más grande y al arco cada vez más chico.

Pasaron los 90 minutos. Que luego fueron 120 con el tiempo extra. Llegó el momento de los penales. Antes de arrancar la definición mi vieja desempolvó un viejo ritual. Sigilosa fue hasta el cuarto y volvió con las manos cerradas, como si sostuviera un pajarito lastimado. Le daba besos a eso que guardaba entre las palmas, le susurraba. Fue la primera vez que la vi hacer eso. Un año y medio después, mientras miraba por televisión la imagen de un helicóptero despegar de la terraza de la Casa Rosada haría lo mismo. En un momento alejo las manos de su pecho y pude ver de costado que sostenía una estampita. Tenía la imagen de Evita.

Aquella noche yo tenía ocho años y no entendía del todo la importancia de ganar una Copa Libertadores ni quién era Eva Perón. Mi vieja venía de familia antiperonista, por eso trataba de esconder la estampita para ahorrarse discusiones. La sacaba solo en ocasiones especiales. Como esa noche.

Cuando el primer jugador del Palmeiras se acercó a patear el penal, mi vieja le habló a la estampita, pero fue gol. En cambio cuando se acercó el de Boca solo lo miró patear. Volvió a hablarle mientras el segundo del equipo brasileño acomodaba la pelota. Le pedía y le daba besos con los ojos cerrados. Le daba calor contra su pecho. Córdoba desvió el penal y mi vieja gritó “¡Grande Córdoba!” antes que Araujo. En el momento pensé que la gente de la tele podía escuchar lo que decíamos. Después reflexioné y llegué a la conclusión de que mi vieja había gritado tan fuerte que la habían escuchado en Brasil. Pero a mí vieja no la escuchaba Araujo, la escuchaba Eva. Y a través de Eva le hablaba a Córdoba.

Fue el turno del segundo de Boca y mi vieja se olvidó de la estampita. Cuando le tocó a otra vez al Palmeiras la olvidada fue la televisión. Y Córdoba atajó de nuevo. Los ojos de mi vieja se llenaron de lágrimas. Se le notaba el nudo en la garganta. Mi viejo y su amigo gritaban cada vez más fuerte.

Cuando fue a patear el tercero de Boca mi vieja ya no apretaba la estampita. La había guardado sin que nos diéramos cuenta. En realidad creo que mi viejo y su amigo nunca se enteraron de su existencia. Fue gol, Boca acariciaba la copa y mi vieja ya no contenía las lágrimas. Cuando otro brasileño tomó carrera mi vieja miraba la televisión sonriendo. No le importó que fuera gol. La Copa quedaba a un penal de distancia que también fue gol.

Nadie lo sabe pero mi vieja ayudó al arquero colombiano a atajar los penales. Y desde esa noche cada vez que escucha nombrar a Óscar Córdoba, mi vieja se pone de pie y agradece.

Juan Stanisci

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