Por su nombre podría haber nacido en los suburbios de Roma o en algún barrio napolitano, andar por las campiñas o la costa amalfitana, preparar café ristretto, cocinar unos penne rigate al filetto o diseñar trajes en Milán. El problema está en la Z, esa letra menospreciada en nuestra pronunciación, habitualmente confundida con el vientito silbado de la S, castigo eterno del tutti frutti. No asociamos la Z con lo de acá, a menos que sea para ver el Zorro al mediodía en Canal 13. Pero él se llama Fabrizio, como si desde la cuna le hubieran querido dar un toque distinto. Fabrizio Sartori no es el hijo de Giovanni Sartori, el politólogo italiano, es el delantero de Independiente Rivadavia de Mendoza, mejor equipo del campeonato y actual campeón de la Copa Argentina.
Una especie de Julián Álvarez del Parque San Martín. Es de esos delanteros que agotan al defensor, que lo dejan como diciendo “basta loco, quedate quieto”. Molesto como una abeja yendo a tu comida. Como el perro que te trae la pelota para seguir jugando cuando solo querés tomarte un mate. Presiona, aguanta de espalda, sostiene al equipo, busca faltas, aprieta a los rivales. Toca y va el espacio. Tiene la virtud de las cosas simples, hace lo que pide la jugada, nada de cosas raras.

Como en las artes marciales orientales, usa el cuerpo del adversario en beneficio propio. No necesita velocidad ni una gambeta indescifrable para pasar al rival o ubicarse de mejor manera de cara al gol. No es un nueve grandote pero hace goles de cabeza. No es wing pero sabe ir a los costados, No es mediocampista pero se tira atrás para asociarse. Sartori no es muchas cosas, sí es un futbolista cuya principal característica es la inteligencia.
Ayer a la tarde, mientras Franco Colapinto paseaba con la Flecha de Plata y prendía fuego un Fórmula 1 en modo Jimi Hendrix, hubo otro 43 que se llevó puesto todo. El clásico mendocino entre Independiente Rivadavia y Gimnasia estaba uno a uno cuando Fabrizio Sartori la agarró en mitad de cancha. Como un imán que se acerca a polos similares, los defensores se le alejaban, abriéndole paso al área. La clave fue la paciencia, él conducía sugiriendo pases que no daría pero los rivales creían que sí. Entonces el camino se abrió como el Mar Rojo y vio todo con claridad. A la altura de la medialuna del área, la pelota le quedó lista para sacar un fierrazo cruzado. O al menos eso sugirió. Lo que hizo fue otra cosa, una sutileza al primer palo, jugando con lo que el arquero creyó que haría. Lo dejó tumbado, todavía esperando el tiro cruzado.

El apellido de Fabrizio viene de la Edad Media y está asociado un oficio: Sartori viene de Sartore o Sarto, que significa sastre. El que hace las cosas a medida de lo que el otro necesita, como un delantero que siempre juega pensando en los que tiene alrededor y hace lo que la jugada pide.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
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