Diez pequeñas escenas, momentos e instantes que marcan por qué el Luifa es uno de los deportistas más grandes de todos los tiempos. Escribe Santiago Núñez.

I

Mete la mano de abajo hacia arriba y toca la pelota, que en un revoleo de ida y vuelta deja las garras de Vlade Divac. Pasa a ser sólo de él, de su destino y de los aproximadamente 14 metros que lo separan del doble de su vida. Con lo que no cuenta en las primeras milésimas de segundo antes de empezar su carrera triunfal, es que el hombre de gris va a tocar su antebrazo mientras hace sonar su pitido. Se va afuera por quinta falta. Una decisión arbitral de esas características modifica como pocas veces una final y deja en las manos de Divac la posibilidad de consagrarse.

Él sale. Se pone una toalla rodeando el cuello y los pectorales. Por más que está enojado, no protesta. Dentro de un tiempo su alma joven que quería ser campeón del mundo, llorará, pero ahora no hace ni una mueca. Luis Scola solamente quiere que se siga jugando.

II

Richard Jefferson es alero de los New Jersey Nets, y todavía le faltan 12 años para ganar el único anillo de NBA que va a conseguir. Será testigo privilegiado de un chico que ya no llora. En realidad, de un chico que ya no es un chico, que cambió el pelo corto y la cara de nene por una persona de mechas largas y felicidad continua.

A esta altura, algunos hablan de baile. 87 a 81. Estados Unidos no hace falta y ni siquiera marca. Es Atenas. 27 de agosto del 2004. La pelota le llega a Scola en la parte derecha de la zona pintada y, con precisión quirúrgica y fuerza incontrolable, entierra la naranja en la red. Jefferson no llega. Luifa grita con el banco y, dando vueltas sobre su eje, le muestra al mundo entero un dibujo redondeado que hace en el aire, como si estuviera preocupado de que el planeta sepa que él y sus hermanos de vida en una cancha son medallistas olímpicos. Nada ni nadie lo puede cambiar. El relator dice que le puso firma a la plata. El comentarista que es un broche de oro.

Luis Alberto Scola ya no es un chico.

III

“Lo que más me sorprende de Scola es que es que no tiene merma, que no tiene fuga. Yo a veces trato de buscar una faceta en la que pueda decir ‘en esto está débil’, pero no la encuentro.”

El recuerdo empieza así, pero el reportaje sigue con definiciones concretas. “La proyección de Scola se diferencia de los demás porque no se le encuentra ningún perjuicio, ningún punto flojo (…) Ni yo ni nadie sabe cuál es su techo”.

La entrevista a modo de opinión, continúa. “Luis es muy inteligente, buen alumno, buen muchacho, salta, corre, tiene temperamento (…) Tiene todas las condiciones, el talento y las facetas del juego necesarias para ser un grande del básquetbol”.

León Najnudel vio a Scola nacer y crecer, aunque quizás no brillar. Se fue en abril de 1998, 14 meses antes del debut de Luis con la selección mayor. Pero aunque no haya podido observar cómo su estudiante pasaba a ser un maestro, definió sin tapujos que “el futuro depende sólo de él”. León algo sabía.

IV

Recibe la pelota contra la línea, en la parte izquierda de la zona pintada, y con un pequeño salto lanza y encesta. Defiende con agilidad y gana un rebote defensivo, toma la pelota a la carrera de frente al aro, penetra y convierte. Va de contragolpe y deja bandeja para inflar la red con ayuda del tablero. Sigue así. La escena se repite, sin entrar en detalles, 20 veces. El 10 de marzo del 2010, Scola tiene una de sus actuaciones más brillantes como jugador y en la NBA. Convierte 44 puntos en el encuentro entre los Houston Rockets y los New Jersey Nets.

Aquella noche fue una de las más recordadas de sus 10 temporadas (entre 2007-2008 y 2016-2017) en 4 equipos (Rockets, Suns, Raptors y Nets). Scola llegó a jugar 4 veces en Playoffs pero nunca una final. Participó en total de 743 partidos y promedió 25,6 minutos y 12 puntos en temporada regular y 21,4 y 8 puntos en postemporada. Legado es poco.

Ahora pasaron 9 años. Un 10 de Septiembre, luego de que la Argentina de Scola elimine en cuartos de final de la Copa del Mundo a la Serbia de Jokic y Bogdanovic, la cuenta de twitter oficial de la NBA lanza a las redes una foto del Luifa con el puño apretado y la boca abierta gritando triunfo. El tweet dice “La leyenda continúa”.

V

Pozzeco, el nro. 9 italiano, mira cabizbajo con la pelota en la mano, dispuesto a sacar para empezar la jugada de 24 segundos. Tiene una mirada que no puede esquivar la resignación: la derrota es inevitable. Luis Scola acaba de meter una volcada violenta, de esas que explotan la red. Durante un segundo, se queda en el cielo, gritando que es campeón olímpico. La foto es del 28 de agosto del 2004, día en el que Argentina pasó de no tener una medalla dorada en 52 años a ostentar tener dos en un mismo día. La sonrisa de Scola es la alegría de un país.

Mandatory Credit: Photo by Jussi Nukari/Shutterstock (490816a) Italy vs Argentina basketball – Argentinian player Luis Scola celebrates winning the Basketball gold medal. 2004 OLYMPIC GAMES, ATHENS, GREECE – 28 AUG 2004

VI

-No vas a jugar mucho tiempo más. Yo estaría sorprendido si jugás más de un año. Ojalá esté equivocado

Cuando Scola escuchó esa frase en 2011, un poco sintió que murió. Pero cómo bajar los brazos es una frase prohibida, decidió avanzar. Buscó mejorar su alimentación. Menos harinas, azúcar procesada y lácteos. Se formó. Leyó. Buscó la salida.

Se operó pero en dos meses se recuperó de la rodilla. Fue a Mar del Plata para jugar el Preolímpico. Su amor por la selección, algo de siempre, podía más, como lo demuestran sus números. Capitán indiscutido dentro y fuera de la cancha (no dudó en pelearse contra la Confederación Argentina de Básquetbol cuando fue necesario), jugó 169 partidos (es la persona con más presencias en el seleccionado nacional) y convirtió 2791 puntos. A su vez, en los Juegos Olímpicos es el cuarto máximo anotador de la historia con 591 tantos.

Pero esa sensación de cariño no se puede medir en números. A Scola lo representa la costumbre de nunca abandonar, como a pocos deportistas. En los últimos 22 años, solamente en el 2000, el 2005 y el 2018 no jugó con la selección, con la que disputó 22 torneos oficiales. Para tener un parámetro: Ginóbili disputó 13, lo cual no habla mal de Manu, pero sí le pone magnitud a un tipo que nunca paró de jugar.

Por eso, cuando llegó a Mar del Plata y el cuerpo técnico de Julio Lamas le recomendó que se prepare para jugar 15 minutos por partido, Scola respondió que no lo iba a hacer. “Me preparo para 35”.

Fue MVP del torneo y Argentina se clasificó a los JJOO. Luifa es mucho más que una cantidad enorme de triunfos. Ante todo, Scola es estar.

VII

“Acá no se retira nadie”. Con esa frase, Luis marcaba un camino. Por supuesto que había despedidas. Después de Río 2016, Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni dejaban de vestir la camiseta albiceleste (Carlos Delfino siguió hasta ahora el mismo camino, pero no desistió) y Scola quedaba como el último jugador presente de la “Generación Dorada”, campeona olímpica en Atenas, medalla de bronce en Beijing y subcampeona del mundo en Indianápolis.

Nadie sabía (quizás ni él) que estaba dando un mensaje. Con su epílogo, Luifa buscó y encontró trazar un puente entre un equipo glorioso y nuevas figuras (Campazzo, Laprovittola, Deck, D’Elia, Vildosa, Brussino, Bolmaro) que se fueron sumando hasta hoy, no solamente para seguir obteniendo buenos resultados sino para evitar que una transición brusca golpee al básquet argentino y a los integrantes de su plantel. Se quedó.

-Estamos para jugar las semifinales

Se lo dijo Luifa a Sergio Hernández, en una práctica del 2018, pensando en China 2019. Argentina llegó a la final y Scola fue designado para el “quinteto ideal” del certamen.

Minutos después de la semifinal que en aquel Mundial Argentina le ganó a Francia, el basquetbolista de los Orlando Magic Nikola Vucevic dijo, en sus redes sociales: “Cuando sea grande quiero ser como Luis Scola”.

VIII

“¿Cómo estás? ¿Cómo venís?”, le pregunta, mientras le da uno de los abrazos más lindos de su vida. En la parada del bus de la Villa Olímpica de Londres, Sebastián Crismanich se queda incrédulo, y se pone a intercambiar palabras con Scola. Según él mismo, esa charla le sirvió de aliento y lo cambió por completo. Lo cuenta Mauricio Codocea en El Abanderado, una biografía del Luifa.

Unos días después, el taekwondista triunfó en el combate final de la categoría hasta 80 kilos y ganó la medalla dorada. Lo llamó el presidente del Comité Olímpico Argentino, Gerardo Werthein y le dijo que iba a llevar la bandera argentina en la ceremonia de cierre. Crismanich se negó porque, en sus palabras, no podía sacarle ese galardón a Scola, persona designada previamente para esa tarea. Esa frase hizo que, desde el otro lado del teléfono, le tuvieran que aclarar los tantos:

-Es Luis el que dijo que la tenés que llevar vos. Él lo pidió.

IX

Todo el mundo se detiene un instante. El banco propio se estremece. El visitante también. El marcador que dice Australia 92- Argentina 56 no le importa, por unos segundos, a nadie. El entrenador oceánico Andrej Lemains se enrojece las palmas. Patty Mills hace lo mismo. Todos ven como Luis Scola camina por última vez como jugador de básquet con la celeste y blanca. Un mundo se detiene porque una leyenda se va. O quizás porque se queda allí por siempre.

X

“Uno gana o pierde en el proceso, después el resultado llega”, le dijo, en 2019 al periodista Juan Pablo Varsky. “Luis me enseñó que ganar es chiquito”, aseguró Hernández, que ve como sus pibes ya son maestros. Scola se va en paz, no solamente por la envergadura del retiro sino por la moraleja de la enseñanza.

Luifa camina con la 4 celeste en la espalda y una pelota debajo del brazo izquierdo. Da los que probablemente sean sus últimos pasos como jugador. Se mantiene serio. El resultado, por un rato, no le importa a nadie. Posiblemente porque no hay fin más noble y sincero que el propio camino. 

Santiago Núñez

Twitter: @santinunez

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