Diez situaciones o circunstancias que intentan explicar por qué amamos tanto a Diego. Escribe Santiago Núñez.

I ¿Por qué salta?

Como la resignación no está en su diccionario, no hay nada que parezca disruptivo en saltar a intentar cabecear una pelota que por distancia y altura ya tienen ganada los alemanes en su área. No importa que los suyos estén con nueve jugadores ni que una parte del sueño se haya roto. Maradona salta, así como también mirá, busca, corre y hará lo que sea para no soltar las riendas de un pueblo que lo tiene como conductor indiscutido, dentro y fuera de la cancha. Sólo unos minutos después, cuando escuche junto con el silbatazo final el estruendo del Olímpico de Roma, Diego va a admitir que el penal que acaba de cobrar Edgardo Codesal y que el blondo Andreas Brehme transformó en gol con un derechazo cruzado que pasó a milímetros de las manos de Sergio Goycochea lo dejó sin el campeonato del mundo, y entonces va a caminar, va a colocar su cabeza en dirección al suelo, va a transitar con la tristeza inherente a la desazón por los atriles de premiación y va a llorar con la medalla plateada colgada en el pecho, y junto a él se entregará en lágrimas un país entero, en cada televisor prendido desde Ushuaia a La Quiaca. Pero antes, sabiendo que no hay partido en disputa que esté perdido, Maradona salta para una pelota que no logrará conseguir y demuestra que la eternidad no está hecha para aquellos que solamente juegan bien sino sobre todo para quienes nunca abandonan. Y que el amor por su camiseta y su pueblo no pueden ni deben morir jamás.

II Con los trabajadores, siempre

Cuando el periodista llegó a su destino en tierras andaluzas, no se imaginaba la respuesta con la que se iba a encontrar.

– Decile a los de Clarín que hasta que no dejen entrar a Pablo Llonto no le doy más notas al diario

Horacio Pagani le contó lo sucedido a Llonto, periodista perseguido por la patronal de los Noble por ser parte de la Comisión Interna, y éste lo tomó con orgullo aunque también con algo de sorpresa. Si bien le había contado a Maradona sobre su conflicto laboral, lo hizo “a la pasada”. Jamás en su cabeza estuvo presente la posibilidad de tamaño acto solidario. Pero Diego tiene clase y es de clase.

Emerger del riñón más postergado de la sociedad, en los márgenes del capitalismo ya no tan moderno, y dar un salto en la cuenta bancaria que permita saltar el charco es en sí mismo un proceso complejo y conflictivo. Nadie lo duda. Pero Maradona tiene sobradas muestras consecuentes de un entendimiento de clase.

Es el que un día gritó frente a las cámaras de televisión que “tenemos que ser muy cagones para no defender a los jubilados”. El que armó una cena a beneficio para los damnificados por el paso del Huracán Willa, en Sinaloa, en 2018. El que en 1985 en Acerra, cerquita de la Nápoles que todavía no lo tenía como indudable emperador, jugó un partido a beneficio en una cancha de barro (a pesar de que su club no lo dejaba) para recaudar fondos para la operación de un niño gravemente enfermo que tenía que viajar a Francia. “Fue un encuentro entre pobres, entre despreciados”, le dijo Alicia Dujovne (autora de “Maradona soy yo”) a la BBC en una entrevista de noviembre del año pasado. En 1995 armó un Sindicato Internacional de Futbolistas porque todos sabían lo que sabía él, pero nadie se atrevía a  “ponerle la cara a Blatter, Havelange, Grondona”.

Es 25 de octubre de 1997. Maradona no lo sabe (o quizás sí) pero este será su último partido. El estadio Monumental estalla por el Superclásico. Boca posa para las portadas de los diarios del día siguiente. Arriba: Solano, Bermúdez, Córdoba, Fabbri, Arruabarrena y el capitán, que no mira para adelante. Posa sus ojos hacia abajo y señala un recuadro plastificado que señala con el índice. Enmarca una foto, con la leyenda “no se olviden de (José Luis) Cabezas”.

III:Bangladesh

El mail depositado en la casilla de correo de la redacción de El Gráfico conectaba lo admirable con lo pintoresco. La firma era de Mehedi Hasan Sujan y el pedido combinaba la intensidad del amor permanente con la rareza de la búsqueda icónica. El oriundo de Bangladesh pedía a la revista si por favor podrían facilitarle el video del partido entre Argentina y Escocia del 2 de junio de 1979 en el estadio Hampden Park, encuentro en el que Maradona marcó su primer gol con la albiceleste. Sujan, que había llamado “más de 100 veces a ATC”, aseguraba en su relato estar hace un año buscando ese partido, con un objetivo particular. “No puedo aceptar que Messi sea mejor que Maradona. Por eso, si alguna vez llego a comprobarlo, dejaré de mirar fútbol en honor a Diego”.

El amor por Maradona llega a todo el mundo, pero el fanatismo declarado en Bangladesh por él y por el fútbol argentino se hunde en raíces profundas. El país asiático se independizó en 1971 de la Corona Británica. Aquel latir anti-imperialista llevó a un pueblo entero a vibrar con los goles contra Inglaterra en 1986 y a sentir como propia cada zancada de Diego ante las tropas de la Reina. De allí en más, el cariño por el fútbol argentino se volvió inamovible: en Daca, la capital del país, hubo gritos a las 2 AM por el gol de Marcos Rojo contra Nigeria para que la celeste y blanca pase a octavos de final del Mundial de Rusia 2018 y se festejó de forma pronunciada la última Copa América ganada en el Maracaná.

En 1994, cuando Maradona fue expulsado de la Copa del Mundo de Estados Unidos, millones de lágrimas sinceras inundaron el suelo de Bangladesh, regado de gloria por Diego. Pero los pueblos tristes se hacen mejores cuando pasan de la resignación a la lucha. Ese día en el  país, por Diego y para Diego, hubo una huelga general.

IV Maestro de sueños

Al discurso de casi media hora detrás del atril con la frase “Oxford University. L‘ Chaim Society” le faltarán algunas consideraciones sobre dialéctica, epistemología, marco teórico y discurso científico, pero no por eso dejará de ser histórico. De hecho, la sala está llena y la expectativa es total. El aforo supera al de 1969, cuando la Reina Isabel pisó el instituto. 

La contundencia de las palabras fueron implacables pero más lo fue el pie que con un zapato elegante de cuero terminó haciendo jueguitos con una pelota de golf para todo el auditorio.

Alguna vez Diego afirmó, con convicción y orgullo, que su hija Dalma es la primera Maradona en terminar la Universidad. Nadie duda que es cierto, pero hay un detalle insoslayable: el astro recibió un título de educación superior. Fue en Oxford, en 1997, en donde a partir de una actividad extracurricular le otorgaron el galardón de “Maestro inspirador de sueños”.

La actividad la organizó el argentino Esteban Cichello Hübner, que tenía una organización que armaba ese tipo de eventos para los estudiantes de la Universidad. Había conocido a Diego más de 10 años atrás, cuando trabajaba de botones en el Hotel Conquistador, en el que estaba alojado Boca. Según contó el periodista Roberto Parrotino en Tiempo Argentino (10/09/2019), se dijeron lo siguiente.

– ¿Le llevo el bolso, señor?

-No hace falta petiso, me lo llevo yo.

Y le regaló un caramelo.

V: ¿Cuántos 22 de junio de 1986 hubo?

Nunca entendí como hace el tiempo para existir sólo una vez. El “dónde” o el “qué”, en cambio, son de una existencia más prolongada. Eso que existe pasa por su minuto, su segundo, y su milésima de segundo correspondiente, en una única ocasión. Cada aguja del reloj de cada día tiene un instante, un tiempo determinado después del cual se convierte en otra cosa. Deja de existir.

En realidad, no es que no lo entendí. No lo creo. Dudo que sea verdad. Un experimento rápido, no muy científico, creo que puede demostrarlo.

¿Cuántas veces vimos el pase del Negro Enrique bajo el sol y la estructura colgada del Estadio Azteca? ¿En cuántas ocasiones nuestro oído se fusionó con la frase “arranca por la derecha el genio del fútbol mundial”? ¿Cuántas veces focalizamos los ojos para centrar la vista en ese puño del Olimpo que se elevaba por el cielo para vencer lo que hubiera sido una atajada fácil del arquero Peter Shilton? ¿Cuántas veces justificamos (correctamente) la trampa por la picardía honrosa de vencer a las tropas de la reina?

¿Cuántas veces contamos los pasos, los segundos, los jugadores en el camino, los metros, las caricias al balón, los gritos y los instantes previos al mejor gol de la historia de todos los goles? ¿Cuántas veces soñamos, quienes no estuvimos, con estar ahí, en esa tarde de junio? ¿Cuántas veces recordaron, quienes sí existían, en dónde y con quién se encontraban mientras se abrazaban con la obra de arte más grande que haya visto un ojo humano?

Hay un 22 de junio de 1986 por cada recuerdo de partido glorioso, único no sólo para entender el fútbol sino para comprender la cultura popular argentina, maradoniana por gusto pero más por antonomasia. Hay una mano de Dios en cada sonrisa futbolera, o una corrida de 10.6 segundos y seis ingleses, en cada aliento albiceleste. El tiempo se repite. Una y otra vez. Porque no se conoce por ahora tragedia ni olvido que le puedan ganar al recuerdo grato de una tarde mágica. Porque Maradona juega para el equipo de la eternidad.

VI: Escribir a Diego

Eduardo Galeano dice que Maradona es el más humano de los dioses. Eduardo Sacheri afirma que lo van a tener que disculpar pero que él no puede medir al astro con la misma vara que a los demás mortales porque a él le debe esos dos goles a Inglaterra. Ariel Scher le pregunta a Diego cómo hacemos, ahora, para hacer posible lo imposible. Ezequiel Scher estima que, quizás, se tarde una vida en recuperarse de haber perdido al más grande. Alejandro Wall dice que Maradona es el apellido de un país. Andrés Burgo entrevista a Walter Rotundo, integrante de la iglesia Maradoniana y éste le afirma que Diego se escapó del cielo y que su misión y la de todas las personas es acompañar su regreso con alegría y cantos. Ezequiel Fernández Moores, que califica al Diego como “nuestro Alí de Villa Fiorito”, sentencia que el Mundial de 1986 fue el último ganado en la historia del fútbol por un héroe individual. Ayelén Pujol le dice a Maradona que muchas mujeres quisieron ser cracks del fútbol e ídolas como él y que Diego se va cuando todo eso empieza a ser posible. Santiago Segurola concluye que Maradona elevó lo extraordinario a la categoría de lo cotidiano y que fue arte en estado puro. Leila Guerriero indica que los dos goles de Maradona contra Inglaterra en 1986 se parecen bastante a una parábola de lo que nos gustaría ser. Juan Villoro identifica a Maradona como un Espartaco del Sur que luchaba contra las huestes de la Roma imperial. Alejandro Duchini no duda en que tuvo dos meses de pensar nada más que en Diego. Roberto Parrotino señala que los maradonianos sentimos que se nos murió un padre, un hermano, un hijo. Roberto Fontarrosa recuerda que Maradona demostró que la mano es más rápida que la vista. Osvaldo Soriano indica que es una bendición de Dios haber visto al jugador y recibir al héroe en el cielo de los hombres y supone que poder ver a Maradona es como haber estado en la primera fila escuchando a Gardel. Sara Gallardo califica al astro como un niño descendido del cielo. Ezequiel Adamovsky advierte que no mira fútbol pero que Diego siempre le pareció entrañable. Alejandro Seselovsky afirma en alusión al Diez que cada Dios merece su exégesis. Lo primero que piensa Mónica Santino es cómo va a ser el próximo Mundial sin la presencia de Maradona en la tribuna. Pedro Saborido indica que Maradona siempre fue un montón de sucesos invadiendo nuestra realidad. Mario Benedetti sostiene que el primer gol de Maradona a los ingleses es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios.  García Marquez desliza que más es lo que se conoce de Diego por los que no lo quieren que por los que sí (entre los que se incluye). Dice el mito popular que Jorge Luis Borges, que buscaba hacer creer que no conocía al astro, le responde a los que lo comparan con Diego que den esa sentencia en Estocolmo, para ver si le dan el Premio Nobel. Sebastian Chittadini admite que a muchos uruguayos les hubiera encantado que aquella leyenda que decía que los padres de Maradona casi se van a vivir a Uruguay estando su madre embarazada de él, fuese cierta. Rómulo Martínez Chenlo afirma que el dolor lacerante de la muerte de Diego obnubila, nubla, te deja sin más defensas que tus emociones apiladas y dejadas atrás como en una tarde del Estadio Azteca de 1986. Federico Yañez describe al maestro como el pibe de Fiorito que tuvo en vilo al poder. Ignacio Fusco prefiere hacer lo propio con un verbo: Maradona es llorar. Guillermo Blanco sentencia que a Diego siempre le gustó jugar por abajo y para los de abajo. Lucas Bauzá se imagina a un Diego pibe y jugador tropezando con el tango “El sueño del pibe” de Roberto Chanel. Lucas Jiménez se mete en Villa Fiorito, en esas calles que lo vieron partir a Diego, para concluir, entre otras cosas, que hay muchos Maradonas, fueron muchas vidas en una sola. Lo primero que sintió Esteban Bedriñan luego de la muerte de Maradona fue miedo, pero su hija lo convenció de que hay que recordarlo con alegría. Juan Stanisci le dice a Diego que lo espera en el mismo lugar en el que se vieron por última vez, la tribuna Socios Norte de la Bombonera.

Maradona es literatura.

VII: Antes de caer

“Es nuestro héroe, nuestro Supermán”. Las palabras son de Juan Román Riquelme en una entrevista reciente. Lo que define a ese tipo de seres no está vinculado tanto a sus cualidades mágicas y a sus poderes estruendosos como muestran las películas, sino a la capacidad de salvar a cualquiera en cualquier parte de su territorio. Es una habilidad tan instantánea como atemporal, tan puntual como general, tan individual como habitual a la multitud.

El Maradona modelo 94 venía con ese combo completo. La selección Argentina, vapuleada por Colombia, va a un repechaje en el que vuelve Diego, y clasifica al Mundial. Maradona hace una extensa preparación. En el debut todo cambia: ya la incertidumbre del mal juego se convirtió en una anécdota y aparecen los rugidos del león que se come a todos crudo. Gol y cara histórica para las cámaras ante Grecia. Habilitación contra Nigeria y fiesta. Argentina es más que los primos brasileros. Más que los tanos. Puede ser campeón.

En el que si el final hubiera sido distinto podría haber sido uno de los mejores momentos de su carrera, Maradona sale caminando. Antes de caer, de conocer la Kriptonita o de tener que agarrar la bomba y llevársela para que no explote Ciudad Gótica, lanza una frase de ensueño: “Es para ustedes argentinos, los quiero mucho”. El telón de las ilusiones de Dallas se cierra para siempre. Hay frases y lágrimas sinceras que valen más que cualquier copa.

VIII:  Vivir es vida

Luego de sostener la pelota en la punta de su cabeza, trota y salta mientras aplaude. Mueve los hombros mientras resuenan los tambores y el hi hat de la batería. Se frena y lanza las caderas a un ritmo inigualable. La guitarra empieza su andar. Las manos van a la cintura, que se desplaza de un lado al otro. El coro afina. “Na-na-na-na-na”. Arrancan los jueguitos. Le pega al arco. Estira los brazos con las piernas separadas y juega con el viento. Suena la voz principal.

Vivir es vida.

Lleva la rodilla al pecho y luego deposita los pies en ambos costados, de forma sucesiva. Tira la pelota al cielo y la duerme como si el botín fuera un pincel con óleo y el cuero un lienzo. Le pega con el hombro.

Vivir es vida.

Hace equilibrio con la cabeza y la pelota duerme allí. Le pega con las rodillas. Nunca se cae. Con el muslo el balón toma efecto. Bajan los instrumentos. El fondo es sólo de aplausos.

Vivir es vida.

La pelota salta en su cuero cabelludo. Gira el cuerpo sobre su eje y salta. Baila. Se pone en cuclillas. Se para, aplaude y grita.

Vivir es vida. Live is life.

IX: La última sonrisa

Si tan sólo supiéramos que esa caminata a paso lento, con ayuda, van a ser tus últimos primeros pasos. Si tan sólo tuviéramos en cuenta que aquella aparición de sexta década con injustas gradas vacías será el epílogo de una historia de amor increíble.

Si tan sólo tuviésemos la certeza de que aquellos trapos, hoy más que nunca periódicos de pueblo, serán los mensajes finales de una tertulia magnífica o que esa torta va a ser la última gracia de muchas. Si tan sólo pudiéramos anticipar al futuro y prever que la alegría de volverte a ver en realidad es el recuerdo eterno de no haberte visto nunca más.

Si supiéramos Diego que ese 30 de octubre del 2020 en el Bosque platense te veríamos por última vez, habríamos entendido en el momento exacto que no hay éxtasis más increíble y sorprendente que la última sonrisa.

X: ¿A dónde va la autopista?

25 y 26 de noviembre de 2020. En el mismo día en el que Maradona muere, Diego se hace inmortal. En una calle de China un grupo de personas ponen una camiseta argentina y una réplica de la copa del mundo. En Calcuta (India) prenden velas. El estadio San Paolo de Nápoles, que pronto cambiará de nombre, recibe hinchas, lágrimas y fieles. En México ponen una corona de flores con una bandera amarilla y azul de Boca de fondo. En el Estadio Azteca hay un mensaje: “Te vas de la mano de dios”.  En Indonesia elevan un plotter con una foto del Diego en 1986, con la leyenda “Rest in peace Maradona”. En Cali, Colombia, los diarios que se leen en el subte tienen en la portada “Murió el D10S”. En el estadio Hernando Siles, de La Paz, aparece una foto de Diego en la pantalla con el clásico “Q.E.P.D.”, antes de que arranque el partido entre Bolívar y Lanús por Copa Sudamericana. Algo similar sucede en Moenchengladbach (Alemania) antes de que el Borussia juegue contra el Shaktar Donetsk por la Europa League. En Marsella (Francia) cuelgan una pancarta que dice “RIP Diego”.

En cada rincón de la Argentina hay conmoción. La Paternal, Villa Fiorito, La Boca, Rosario en todos lados. Hay rituales, juntadas, intentos cruciales de que todo permanezca y nada se termine. Buenos Aires no puede dormir ni dejar de llorar. Empieza la liturgia más numerosa, dulce, amarga, fehaciente, esplendorosa, ruidosa y silenciosa jamás vista. Una de las movilizaciones más grandes de la historia argentina avanza a paso lento.

Hay olor a choripán y a cerveza. En uno de los puestos de comida, un parlante explota con un tema de Rodrigo titulado “Un largo camino al cielo”. Hay más recuerdos que fútbol. En un momento la policía, como no podía ser de otra manera, reprime. Hay horas de espera para un saludo de segundos que es tan vibrante como fugaz

Sale un auto rumbo a lo que aprendimos todos se llama “cortejo fúnebre”. El vehículo va con peatones que miran y aplauden. El adiós se enraíza con la prestancia del último camino. La autopista final apunta al horizonte. Parece que no termina. Es un camino eterno.

Santiago Núñez

Twitter: @SantiNunez

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