Un hincha de River viaja a Estambul durante la mitad del Clausura 2011. Entre mezquitas y ruinas troyanas intenta conectarse a internet para conocer los resultados del equipo. Escribe Jorge Castro.

Es la mañana del domingo 1° de mayo de 2011 y estoy en un Tienda León yendo a Ezeiza: en pocas horas viajo en avión por primera vez. El vuelo de Alitalia hace escala en Roma y de ahí hasta Estambul. Viajo tranquilo: el día anterior River le ganó 1 a 0 a Racing, quedó momentáneamente puntero del campeonato y asomó un poco el cogote fuera del pozo ciego del descenso. El partido no pude verlo porque los sábados trabajo en la librería y como a la tarde estuvo nublado y el día siguiente —hoy— era uno de los cuatro días en que el shopping cierra (junto a Navidad, Año Nuevo y el Día del Empleado de Comercio),  Unicenter parecía un subte gigantesco a las 9 de la mañana. Apenas aflojó la cantidad de clientes entré en Promiedos desde la computadora del Salón de Ventas. Parece que Racing que nos cagó a pelotazos pero Carrizo se atajó la vida. “A veces me siento invencible”, declaró después del partido, y pareciera tener razón. De seguir así en el futuro va a sentarse en la mesa de Amadeo, el Pato, Perico Pérez y Comizzo. Apenas supe que ganamos empecé a sentirme en viaje. Mientras estuviese en Turquía íbamos a jugar contra All Boys en el Monumental y el superclásico en la Bombonera. Si se da la lógica y le ganamos a All Boys, empatando contra Boca quedamos cerca de salir de la promoción y hasta podemos pensar en pelear el campeonato.

La encargada me ve caminando en círculos por el Salón, se apiada de mí y me manda a casa. Mis compañeros me abrazan como si fuese a viajar a la luna. Me pasó algo raro: cuando les conté mi destino, varios me empezaron a decir que tengo cara de turco.

—Tené cuidado que no te pase lo del flaco de Expreso de Medianoche —me dice Miguel después de saludarme—. ¿La viste?

En Fiumicino no sé para dónde disparar. En Ezeiza descubrí que los aeropuertos son a prueba de boludos y obedezco a la señalización. Llego a una especie de subte. Me freno. No veo otro lugar por donde seguir que no sea ese, pero nunca vi algo así. ¿Y si me lo tomo y termino en cualquier lado? La escala es de dos horas nada más y el aeropuerto es una ciudad. Doy dos pasos adelante y después retrocedo. Espero hasta que un contingente de japoneses se sube y no lo dudo más, tantos nipones no pueden estar equivocados. El subte me deja frente a unas escaleras mecánicas, las bajo y cuando paso el detector de metales, dos tipos de migraciones me paran solamente a mí: es verdad nomás que tengo cara de turco. Uno de ellos es alto y fibroso, tranquilamente podría ser el 2 de la Roma o haber sido gladiador en una vida pasada. Es el que lleva la batuta, su compañero —metro sesenta y monedas, aunque al lado del otro parece un hobbit— asiente anta cada una de sus preguntas. Me interrogan y contesto entrecortado y a las apuradas. A eso de la quinta pregunta me hincho las bolas de lo que parece un examen oral de geografía (¿a qué ciudad va?, ¿cuáles otras conoce?, ¿qué nos puede decir del lugar?), me acuerdo de todos los fines de semana y feriados que me clavé vendiendo libros de Claudio María Domínguez, el Aleph —de Coehlo—, preguntando “¿cuotas?”, “¿es para regalo?” y empiezo a subir la voz. La hago corta, sigo el consejo de mi papá, viejo zorro de la Secretaría de Comercio, (“a estos tipos les gusta ver las cosas organizadas, les mostrás los papeles ordenaditos y te van a dejar pasar sin chistar”) y les hago ver la carpeta con el pasaje de vuelta, la reserva del hostel y los euros para gastar allá. “¿En Argentina estudiás o trabajás?”, me preguntan por último. “Las dos cosas, en Argentina es difícil estudiar sin trabajar”, contesto mirándolos de costado. “En Italia también”, responde el más alto. Estoy por mandarles saludos de Goycochea pero cierro la boca y enfilo a la sala de embarque. Ahí me siento y tengo más ganas de volverme que seguir viaje, por suerte la espera es corta. Llego a Estambul y no sé dónde buscar la mochila. Camino de una cinta transportadora a la otra y no aparece. En ese momento me pregunto qué necesidad de venirme solo al culo del mundo. Me traspiran las manos. Tengo ganas de llorar. Veo a un empleado de limpieza y en inglés le digo que no encuentro mi mochila. Mira para otro lado. Le vuelvo a preguntar y nada.

— ¡No encuentro la mochila! —le grito en español.

El tipo sigue barriendo como si nada. Veo a otro laburante del aeropuerto y le pregunto. Me responde mitad en inglés y mitad en turco. Retengo la mitad en inglés y eso me orienta un poco. Hablo con otro y también me responde 50 y 50, con la ventaja de que la mitad en inglés es la que el otro me contestó en turco y viceversa. Llego a la oficina de Alitalia pidiendo la escupidera. Un empleado me acompaña hasta la cinta mecánica y ahí solita sigue dando vueltas mi mochila, como una nena a la que llevaron a la calesita y nunca fueron a buscar. La abrazo y salgo del aeropuerto. Afuera veo un pibe de mi misma edad con un cartel: JORGO CASTRO. Le explico que me llamo Jorge y me hace un gesto de que el nombre no importa. Me lleva al hostel, que queda en el barrio de Sultanahmet, una especie de San Telmo local.

 — ¿Aryentina? —me pregunta el conserje— ¡Viejitaaaa! —y hace el gesto característico de la expresión. A partir de ese momento, cada vez que le pida la llave le diré “viejita´s room”.

Ese día vagabundeo, no quiero ver ninguna de las cosas que tengo anotadas para visitar. Bordeo la ribera del Mar de Mármara,  entro a un parque que me recuerda al Lezama y camino sin rumbo fijo pero no tan lejos como para perderme. Recién me siento cómodo en los lugares una vez que paso una noche ahí.

Al día siguiente arranco el turisteo y desde ese momento hasta que me vuelvo a Buenos Aires me siento dentro de una Indiana Jones. El Palacio de Topkaki con su colección de espadas con mangos tan anchos que solo podían manipularlos un ejército de gigantes, los jardines empezando a reverdecer, el harem. De ahí subo hacia el centro y de golpe aparece Santa Sofía. Miro al costado y los ojos me quedan chicos para admirar La Mezquita Azul. Jamás había visto dos cosas tan hermosas en segundos de diferencia. Yo, que no puedo quedarme quieto en ningún lado, me siento en unos bancos equidistantes entre las dos y miro a una y acto seguido a la otra como si tuviese un tic nervioso. Las imagino como dos Transformers agazapados esperando el momento de enfrentarse. Entro primero a Santa Sofía: el ladrillo rojo desgastado, los minaretes que parecen ser comidos por las nubes, el piso esmeralda, los vitrales. Cada paso es descubrir una maravilla. Uso por primera vez los audioguías. Tengo miedo de perderme de algo, en cada lugar pareciera descansar un tesoro perdido. A las horas me cruzo a la Mezquita Azul. Hay que dejar el calzado en las escaleras antes de entrar. Mis Topper azules algo agujereadas comparten lugar con zapatillas y zapatos de turistas europeos. La alfombra azul con rombos multicolores es tan mullida que se puede caminar descalzo o con medias sin ningún problema. Dejo de mirar la cúpula porque si no me va a agarrar tortícolis. Esa semana recorro la ciudad —Acueducto Bizantino, otras mezquitas, Gran Bazar, donde los vendedores dominan no menos de cinco idiomas cada uno— pero también visito las canchas del Besiktas y el Galatasaray.

A donde voy cuento que soy de River, algunos lo conocen, menos un taxista que ni siquiera sabe dónde queda Argentina. El domingo que jugamos contra All Boys visito Taskim, la peatonal Florida estambulense, y a la noche cuando llego al hostel encaro al salón donde enfrente de la barra está la única computadora del lugar, todavía no son tiempos —para mí— de celular con wifi. Llego cansado pero feliz con el paseo, siento que voy conociendo la ciudad y eso me gusta, odio el turismo japonés de visitar 15 ciudades en 14 días. En los sillones hay un grupo de yanquis tomando birra y masacrando a los gritos Californication. Prendo la compu, entro a Promiedos y me quedo duro. Perdimos 2 a 0. Entro a Olé: Carrizo fue a cabecear el último córner y nos metieron el segundo de contra. Mis cálculos —y el de todos los hinchas de River— se van al carajo. Ahora hay que visitar a Boca y sabemos bien que a Palermo contra nosotros le tiran un portaaviones y de un cabezazo lo clava en el ángulo. Me pido una cerveza y me voy a tomarla a la terraza. La vista es preciosa, se ve Santa Sofía y parte del casco histórico. La noche es primaveral y en la mesa de al lado está la francesa que unos días antes quise chamuyarme en inglés. Le sonrió y tomo el chopp en silencio. El cielo no está despejado como otras veces.  

A la mañana siguiente salgo a caminar y llego a un barrio de calles angostas donde los hombres juegan al domino en las esquinas. Bordeo un parque y me freno de golpe: en la esquina hay un bar lleno de fotos de equipos y banderines de clubes. Veo la del Galatasaray campeón de la Copa UEFA y la de la selección turca tercera en el Mundial 2002. Entro con pasos cortos, mirando las paredes con la misma atención que las de Santa Sofía. En todas las mesas los hombres toman té y juegan a las cartas o domino. De pronto uno me mira y se levanta. Me saluda y en inglés le explico que soy argentino y fanático del fútbol. El tipo hace un gesto de sorpresa donde también cabe la felicidad y me lleva al segundo salón del bar. Me ofrece una silla y al minuto llega con un té. La seña es de “invita la casa” y me quedo tomando el té y mirando las otras fotos y banderines que hay en el lugar.

La segunda semana visito el Palacio Dolmabahce —las alfombras de piel de oso son lo menos lujoso del lugar—, Efeso —desde que veo la Biblioteca de Celso el parapam pam pam pam pam pa papam pampampampam me retumba en la cabeza— y los restos del Templo de Artemisa. Cuando viajo a Troya y cruzo el Dardánelos con la sensación de que está por pasar algo importante. El guía me explica que baje las expectativas, que son ruinas. Pero es Troya, con eso no hay tu tía. En la plaza hay un caballo de madera gigante, en las ruinas hay otro más chico y bien pintado al que se puede entrar. Pero me gusta más el de la plaza porque es desordenado. Un ejército hambriento, casi vencido, obligado a la desesperada, acumula las maderas a la buena de Dios y no tiene tiempo para lijarlas.

El viaje se termina y el último domingo turco es el superclásico. Ese día me tomo el tranvía hasta las afueras para ver los barrios más ortodoxos, cruza de Europa a Asia en un barquito, y a la noche llego al hostel. Enfrento a la computadora y entro a Promiedos. Vamos 0 a 0. Compro. A los cinco minutos actualizo y perdemos 2 a 0. Me agarro la cabeza. Apago la computadora y me voy al cuarto. Paso la última noche durmiendo entrecortado y a la mañana me voy al aeropuerto. Hasta que no llego a Ezeiza no tengo manera de saber cómo terminó el partido. Pero tampoco tengo esperanza de buenas noticias. Mientras espero en la escala en Roma pienso en el salto de fe de Indiana Jones en La última cruzada, cuando estira la pierna hacia el vacío y no se cae. Después del partido contra Racing yo lo daba sin dudar.

Llego a Ezeiza y en voz baja le pregunto a un tachero si el partido terminó 2 a 0. “Sí”, me contesta sin prestarme mucha atención. En casa veo los goles y no puedo creer el que se comió Carrizo. Durante la semana mis amigos me preguntan sobre el viaje y yo les pregunto por River. Los que son hinchas están preocupados. Los noto agotados, estuvieron aguantando el día a día mientras yo paseaba a 12mil kilómetros de distancia. Los de otros clubes mantienen el discurso de “se van a salvar, Grondona arregla todo”. El domingo siguiente a mi llegada jugamos contra San Lorenzo. Como trabajo a la mañana tengo la tarde libre y lo puedo ver. Vamos ganando 1 a 0, estamos para el segundo y de golpe Ferrari patea desde veintipico de metros un bonobón que va directo a las manos de Carrizo. El que se cree invencible la agarra, se le escapa y nos empatan. Después quiere demostrar que nada lo afecta, intenta gambetear a Romagnoli y el Pipi casi se la saca. Al final del partido el Pato lo espera para consolarlo y él lo empuja. A esta altura, en la mesa de los arqueros suerte si aparece como mozo. Salgo a caminar al borde del llanto pero ya no hay mezquitas y palacios que me despejen. Me preguntó cómo pude dejar solo a River. Si en este momento tengo que dar el salto de Indiana Jones, me caigo al precipicio y los nazis se quedan con el Santo Grial.

Jorge Castro
Twitter: @FutboleroIntel

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