La historia del mejor equipo de ese deporte de la historia de Concordia, que en 1994 llegó a jugar una temporada en la máxima categoría del vóley argentino. Un entrenador y un grupo de jugadores tirando para adelante sin demasiado apoyo del presidente del club. Escribe Esteban Bedriñan.

El brasileño Luciano Tales Guimarães del Club Regatas de Concordia se levantó a las 5 AM. Era la madrugada posterior a la derrota en San Juan frente a la Unión Vecinal Trinidad en el primer juego de semifinales de la Liga Nacional de Ascenso de vóley. Tomó varias pelotas y encendió en el más absoluto silencio las luces del enorme estadio. Junto a su esposa, también voleibolista, se puso a practicar recepción y otros conceptos técnicos por casi cuatro horas.

En el partido de la noche anterior, el gran tamaño del estadio hizo que el receptor-punta, oriundo de la ciudad de Uruguayana, no se haya adaptado bien a los espacios y comenzó un par de horas más temprano el entrenamiento para el segundo cotejo.

Cuando el entrenador Aníbal Challiol se despertó a las 7 y contempló la escena, supo que gran parte de esa dura llave estaba asegurada. Lo que siguió forma parte de la historia grande del vóley de Concordia. Regatas ganó el segundo partido y aseguró la localía, donde pudo definir la serie y encaminarse a la final para luego conseguir el ascenso a la Primera División en el año 1994.

El recuerdo, del que se han cumplido ya más de 27 años, es el punto más alto de un equipo concordiense en la historia de ese deporte. Regatas paseó su ilusión por todo el país y consiguió el anhelado salto a la máxima categoría con autoridad. Aunque lamentablemente la dura coyuntura económica de entonces no ayudó a que la institución pueda sostenerse más de una temporada y el deseo de tener un proyecto sólido en el tiempo se desvaneció en los cuartos de final.

El paso del conjunto concordiense por la segunda categoría tuvo su momento más álgido en esa memorable llave ante los de San Juan (ciudad referente a nivel país en el deporte). Ya como local, Regatas se puso 2 a 1 en el tercer juego y una serie de desatenciones hizo que perdiera el cuarto partido.

Para el definitorio, tuvieron que batallar en un durísimo primer set, que demandó más de una hora. Luego de pelear punto a punto en un piso constantemente húmedo, el 17-16 soltó a los locales quienes pudieron encarar con más comodidad el resto y clasificar a la gran final.

El encuentro definitorio fue ante Tucumán de Gimnasia con barrida por 3-0. Si bien el resultado pareciera denotar cierta facilidad, y más cuando Regatas se fue 2 a 0 arriba a jugar de visitante. Lo cierto es que en la coronación tuvo mucho que ver la visión del entrenador a la hora de realizar cambios arriesgados que terminaron dando sus frutos.

En una entrevista con el periodista Luis Merini en el programa televisivo Te invito un café del año 2019, el jugador Marcelo Prat comentó que ese tercer partido se jugó con muchísimo calor y que Regatas no lo hizo nada bien en el primer set, en el que cayó por 14-6. “Aníbal Challiol patea el tablero y hace un doble cambio: nos saca a Alejandro Bordacahar y a mí y pone a los juveniles Franco Zanier y Miguel León y les ganamos 17-16. Ellos ahí se vinieron abajo y los rematamos con un 15-6 y 15-7.”

Prat, uno de los baluartes de ese equipo en el ascenso y que luego tuvo poco rodaje en la Liga A por una hepatitis, cuenta que “en el momento no asimilamos lo que hicimos. De hecho, nos fuimos a comer unas pizzas ahí en Tucumán. Con el tiempo sí te das cuenta del valor que tiene.”

Equipos encumbrados como Obras de San Juan, Azul Vóley, Mendoza de Regatas, Picún Leufú o Regatas de San Nicolás, por nombrar algunos, fueron varios de los rivales a los que el conjunto concordiense debió enfrentar en su periplo por lo más alto del vóley argentino de entonces. Jugadores fogueados en Juegos Olímpicos y Mundiales con la selección nacional se enfrentaron a Regatas, como Jon Uriarte, Javier Weber, Jorge Elgueta, Leandro Maly, Chiqui Wiernes o Pichón Barrionuevo, por citar unos pocos.

Consultado para esta nota, Challiol cuenta que en la Liga A dieron demasiadas ventajas en el plano técnico y táctico. Al tener jugadores que no estaban radicados en la ciudad y que solo venían un día antes de cada partido, hacía que la diferencia con el resto de los rivales, conforme fue pasando el torneo, se notara demasiado.

“El no tener una subcomisión de apoyo y no tener mucho trabajo hizo que cometamos muchos errores importantes. De todos los equipos que jugaban, el único que no concentraba y convivía junto toda la semana, éramos nosotros. Guemberena de Santa Fe y Moussa de Paraná se subían a un auto y venían el día anterior a un partido. Al igual que Guimarães. Él trabajaba en una casa de vestimenta deportiva muy grande en Uruguayana y no quería perder ese trabajo (cobraba por partido jugado). El error mío fue no haber seguido con el mismo equipo que ascendió o, en el caso de los refuerzos, conseguirles una casa en la ciudad, comida y demás comodidades para que vivieran acá”, comentó.

Challiol, considerado un entrenador adelantado para la época por su manera de entrenar y explotar lo mejor de cada uno de sus jugadores, explica la forma casi fortuita en que supo de Guimarães, lo que pinta de cuerpo entero el amateurismo que imperaba entonces y cómo fue que conoció al jugador brasileño. Cuando un alumno de él en la Universidad Nacional de Entre Ríos le contó sobre un excelente voleibolista que trabajaba en Uruguayana, hizo que el propio técnico fuera en un viaje relámpago a buscarlo para proponerle sumarse a las filas de Regatas. Bastó organizar un par de amistoso para quedarse asombrado con el juego que mostró el receptor-punta, quien además podía recibir en cualquier sector del campo.

El final de Regatas en esa Liga A se dio en los cuartos de final luego de caer ante su homónimo de Mendoza. Si al inicio del certamen todo era ilusión y esperanzas, el cierre se dio en un contexto donde prácticamente tuvieron que jugar con juveniles y sin los refuerzos, además de algunas bajas por lesiones o cuestiones laborales. La falta de presupuesto para seguir afrontando los costos de traslados y hospedajes hizo que para el último juego, los concordienses tuvieran que viajar en sus autos particulares hasta la región cuyana.

En palabras del propio Challiol, “lo más desmotivante que a mí me pasó fue que el presidente del club Regatas, cuando nosotros pusimos nuestra propia movilidad para ir a jugar esa llave, me dijo que me haga cargo de los riesgos ante posibles accidentes y me pidió que por favor quedásemos eliminados en esa instancia porque no había más dinero para solventar nada. Y que los riesgos, en caso de seguir avanzando en la competición, serían por cuenta del cuerpo técnico y no de la institución. Nos soltaron la mano”, se lamenta a día de hoy el entrenador.

A pesar de haber llegado al más alto nivel argentino, la ciudad y sus instituciones no supieron o no quisieron tomar ese impulso para seguir generando un semillero que pudiera continuar lo hecho por varios jugadores, que han quedado en la historia del deporte local. Apellidos como Prat, Bordacahar, Sterki, Humere, Cottet, Guemberena, Zanier, León, Moussa o el propio Guimarães son nombres que remiten a una historia de ilusión colectiva. Comandados por un enorme entrenador como Challiol, cada vez que se evoca a cada uno de ellos surge, imposible de olvidar, el recuerdo de la mayor hazaña que ha logrado el vóley en la ciudad de Concordia.

Esteban Bedriñan

Twitter: @ebedrinan

Nota publicada originalmente en Diario Uruguay

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