El discurso futbolero de los medios hegemónicos tiende a vaciar de contenido y llevar las «polémicas» a lugares insólitos. Una pequeña reflexión sobre un cambio de camisetas. Escribe Santiago Núñez.

Un sacrilegio. Decenas de voces con título “auto service” de intelectual califican de una manera rotundamente negativa e impugnan con la lupa crítica de quien dice impartir justicia un hecho simple, concreto, pero también aborrecido. ¿Cómo es posible que alguien que ganó se lleve bien con alguien que perdió? ¿Cómo un jugador va a traicionar con semejante vehemencia a una hinchada? Las voces son más en cantidad que los conceptos y las ideas concretas.

Que alguien piense, genuinamente, que Pablo Pérez y Juan Fernando Quintero no pueden cambiar una camiseta de fútbol cuando termina un partido equivale a introducir una lógica de pensamiento que separa al fútbol de la amistad y del vínculo de construcción fraternal. Implica abrir una puerta, al menos, desafortunada, que ofrece un camino de implicancias negativas. Por supuesto, pensar que dos jugadores por haber sido rivales y por ser “¿símbolos?” de una victoria y una derrota muy importante no es inocente ni casual. Hay, por detrás, una lógica bien comercial clara. Veamos.

Los discursos que confrontan con semejante vehemencia no solamente dos equipos sino un intercambio entre alguien que participa en uno y otro que vistió la camiseta de su clásico rival está vinculado a una retórica de venta: hablar de River y de Boca y sobre todo aprovechar cualquier elemento potencialmente contrapuesto para generar polémica, “garpa”. De hecho, buena parte del ecosistema mediático televisivo comenzó a configurarse a partir de esa dinámica y los debates sobre si es peor descender o perder en Madrid ganan la escena de manera constante.

Es la misma lógica que llevó a que buena parte de los estudios montados sobre la playa marplatense discutan hasta el cansancio si el propio Quintero o Darío Benedeto eran mejor refuerzo que el otro. También la impronta que llevó a paneles enteros de programaciones completas a volver a la final de la Copa Libertadores 2018  para analizar detenidamente, jugada por jugada, si a Boca le faltó o no actitud, a partir de una declaración en un juego de preguntas y respuestas de un canal de la red social Youtube.

Así puede seguirse: ¿qué cancha es mejor? ¿Riquelme declara mejor que Gallardo y es más vivo o viceversa? ¿Quién quedó mejor eliminado contra Atlético Mineiro en el certamen continental? ¿Qué promesas dan más que hablar? ¿Por qué no juegan los pibes de Boca si es que no juegan?

El modelo de negocio, en términos capitalistas, es bastante sencillo. El tema abarca a mucho auditorio (los dos equipos que más hinchas tienen), lo hace de manera polémica, peleadora, por lo cual da argumentos no solamente para satisfacer un ego propio sino también para invadir el ajeno, y requiere un bajo costo: es simplemente hablar de algo que pasó o de conjeturas poco probadas de lo que pasa, durante muchas horas sin mucho análisis e investigación. Una lógica anti periodística: la perspectiva de la no noticia, por fuera de cualquier novedad. Más sencillo que cualquier periodismo de investigación.

Esto no quiere decir, por si hiciera falta aclararlo, que no haya en los canales deportivos hegemónicos grandes periodistas y trabajadores. Los hay y muchos, y en muchos casos se las ingenian en un contexto difícil para hacer la diferencia.

Pero esa lógica comercial de enemistad entre los dos clubes más grandes del fútbol argentino (el mundo “Bover”, como se le dice en las redes), trae consigo una oposición constante y permanente, ataca la expresión deportiva como belleza y como cultura. Si el fútbol tiene o no “valores” intrínsecos que son o no traicionados es un debate que no interesa, pero sí atender a que puede haber un fútbol más conector y fraternal me parece un debate preocupante. No hablo, para que se entienda, de la anulación del folklore, del cual no solamente soy admirador sino también participante.

No obstante, el camino en el cual el centro de cualquier debate y análisis no sea una enemistad forzada y a veces hasta inventada, sino la belleza del juego, el arte del deporte, resulta un lugar adecuado y placentero. En donde lo primordial sean los goles de Quintero y Fabra (sin comparación sobre cuál es mejor), el funcionamiento de Defensa y Justicia y los goles de Merentiel y Bou, el buen arranque de Banfield, la gambeta de Zeballos, el Equi González y todos los pibes, el meritorio juego de Platense. Y así.

Hablemos, un poquito más, de fútbol.

Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

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