En el día del cumpleaños 40 del delantero Javier Toledo que metió los goles para devolver a Rosario Central a Primera, traemos la historia detrás del trapo “Se terminó mi pesadilla, ahora empieza la tuya” realizada ese mismo día del ascenso antes del partido. Testimonios de los creadores que la colgaron en su casa y la incógnita sobre quién sacó la foto que se viralizó. Escribe Santiago Garat.
“Se terminó mi pesadilla, ahora empieza la tuya”, reza el trapo blanco con letras escupidas en aerosol negro que aparece colgado en el oeste rosarino la mañana del 19 de mayo de 2013. Horas más tarde, Rosario Central logra el ansiado ascenso de la mano del eterno Miguel Ángel Russo exactamente un mes después de que su clásico rival se coronara campeón del fútbol argentino. Esa premonición se convertirá en leyenda.
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En 1999 y con apenas 13 años, Javier Fabián Toledo deja su Marcos Juárez natal para probar suerte en Chacarita. Lejos de su padres –María Rosa y Arturo– y de sus siete hermanos, ese pibe grandote y con olfato de gol se empieza a hacer un lugar en el fútbol. Debuta con 19 años en el Funebrero y tras pasar por Sarmiento de Junín, el Deportivo Cuenca de Ecuador, el Paranaense brasileño y hasta el Al-Ahli de Arabia Saudita, recala en Central.
Serán tres temporadas en el oscuro Nacional B con el Canalla y demasiados técnicos: Mostaza Merlo, Héctor Rivoira, Fernando Lanzidei, Omar Arnaldo Palma y Juan Antonio Pizzi se suceden hasta que llega Russo. De la mano de Miguel, el conjunto de Arroyito le pondrá fin al ostracismo y regresará por fin a su lugar de pertenencia histórica. Y Toledo, el pibe que cada vez que volvía a su ciudad hacía changas de albañil para poder mantenerse en la pensión de Chaca, se convertirá en héroe marcando los 3 goles con los que Central le gana a Gimnasia y Esgrima en Jujuy.

“El mismo día del ascenso, a la mañana, obviamente ansiosos y ya queriendo que empiece el partido y por supuesto ganemos, nos juntamos en casa y decidimos hacer una bandera. Se nos ocurrió la frase, fuimos a comprar el aerosol y la pintamos en un trapo blanco que tenía mi vieja porque era costurera. Lo colgamos arriba de una bandera grande a rayas de Central en la ventana de casa pero nunca nos imaginamos que después iba a pasar todo lo que pasó”, rememora Stefano, el gran hacedor junto a Matías de esa premonición. Y confiesa: “Lo más chistoso de todo esto es que la foto la sacó alguien que pasó por acá por la puerta y la subió a las redes. A partir de ahí, se empezó a viralizar a medida que fuimos ganando clásicos y la historia que ya conocemos”.
El 20 de octubre de ese 2013, se juega en Arroyito el clásico rosarino, uno de los más apasionantes del mundo. Newell’s llega puntero absoluto de la mano de Alfredo Berti y se encamina al bicampeonato tras el título conseguido en marzo bajo la conducción técnica del Tata Gerardo Martino. Además tiene entre sus filas a figuras de la talla de Maxi Rodríguez, Lucas Bernardi, Gabriel Heinze y el campeón del mundo con Francia David Trezeguet.
Central, por su parte, se encuentra decimosexto en un torneo de sólo 20 equipos. Pero el fútbol tiene esas cosas que lo hacen el más bello de los deportes y el Canalla gana 2 a 1 con tantos del Flaco Donatti y del Sapito Encina, luego del empate parcial de Maxi Rodríguez con festejo del Topo Gigio incluido. Todo en el primer tiempo. El equipo del Parque Independencia no volverá a ganar a lo largo del torneo (cinco empates y dos derrotas) y terminará cuarto detrás de San Lorenzo, Lanús y Vélez.
Será el primero de cuatro triunfos clásicos consecutivos y en cada uno de ellos la foto de la bandera de las pesadillas se multiplicará por cuantas redes sociales existan. “Nos podría haber salido mal y quedábamos como unos mufas bárbaros”, coinciden entre risas Stefano y Matías. Y repasan: “La hicimos desde el sentimiento a la bandera y chicaneando obviamente a nuestro clásico rival pero nadie nunca se podía imaginar que iba a ser realmente así la historia. La foto empezó a aparecer por todos lados y se llenaban de comentarios que decían «Nostradamus», «visionarios», «estos pibes la tienen re clara». Porque desde que la hicimos pasamos de +8 a +22 en los clásicos, ganamos tres campeonatos, peleamos torneos, copas. Y también la parte de la pesadilla de ellos porque no ganaron nunca más nada”.
“Jodíamos mucho con los compañeros de la escuela, había dos cursos muy divididos entre hinchas de Central y de Newell’s, y obviamente sufrimos las cargadas de parte de ellos por nosotros habernos ido al descenso. Después hicimos esta bandera y a partir de ahí los volvimos locos y cada vez que la veían se querían matar”, recuerda Stefano. Y agrega: “La colgamos a la mañana en la ventana de casa y quedó ahí todo el día. Lo más loco es que nunca más la volvimos a colgar, ni la llevamos a la cancha ni a ningún lado. Ya cumplió. Está bien guardada, ni se lava, ni nada. Está así, con la misma soga de ese día que era la tirita de un short viejo”.

La charla con Stefano y Matías se da en el mismo salón de la casa donde vieron aquel partido ante el Lobo jujeño en el que se empezaba a terminar la pesadilla auriazul. “Hasta el día de hoy no sabemos quién sacó la foto y la subió a las redes, pero también la rompió. Es un genio. O una genia”, destacan a coro, y señalan que pese a que el trapo nunca salió de esas cuatro paredes, hay quienes aseguran haberla visto el mismo día del ascenso en las tribunas del estadio 23 de Agosto, bien al norte de nuestro país, y hasta en una juntada canalla en las playas de Villa Gesell. La bandera auriazul, que se usó de fondo, sí tiene historia encima: “Era como el empapelado de mi pieza, la tenía toda clavada en la pared. Por eso conserva los agujeritos. Esa estuvo el día de la final de la Copa Argentina en 2018, contra Gimnasia y Esgrima de La Plata, en Mendoza”.
Durante la entrevista, en el oeste rosarino, Stefano pela otro tesoro: una pelota oficial con las iniciales RC estampadas con fibrón indeleble negro. “Esta es del primero de los seis clásicos al hilo, la del gol de Malcorra de tiro libre. En medio de los festejos, el plantel y el cuerpo técnico terminan de cara a la popular de Regatas, porque el túnel estaba ahí y no en el medio como ahora, y (Luca Martínez) Dupuy se la saca a un alcanzapelota y la patea de contento a la popular. La pelota cae unos escalones detrás mío, dos personas se empiezan a pelear para agarrarla y le termina cayendo en los brazos a mi novia que calculo que por ser mujer nadie se la intentó sacar ni nada, y la trajimos para acá. Y por supuesto nadie la usa ni nada. Ese mismo día hice dos jueguitos y la guardé”, detalla, mientras Matías lo curte entre risas con que esos dos jueguitos fueron “el récord de tu vida”.

Antes de despedirnos, les pregunto a ambos ¿qué significa Central en sus vidas?
“Es todo. Es ir a la cancha con mis amigos, con mi novia, ahora tuve un hijo, lo hice socio y ya lo llevaré. Dejo de trabajar para ir a la cancha, he renunciado para ir a San Juan a ver a Central contra Desamparados. Es como dice la canción: «No tengo un mango y voy igual». Te la rebuscás como sea para ir porque es el sentimiento, la pasión que uno tiene”, responde Stefano. “Es un estilo de vida –se suma Matías–. Todo gira en torno a Central, uno ve los colores y ya te produce alegría. Ir a la cancha es como tener un recital cada 15 días de la banda que más te gusta. Eso es Central”.
Santiago Garat
Twitter: @segarat
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