Paolo Guerrero y Jefferson Farfán se conocieron en las inferiores de Alianza Lima, fueron juntos al colegio y llegaron a convertirse en los futbolistas más queridos de Perú. Historia de una amistad.

Decir amigo, es decir juegos, escuela, calle y niñez

Es una imagen típica en una cancha de fútbol. Un jugador llevando de la mano a un nene durante la entrada del equipo a la cancha. El arquero, un morocho de pelo afro, con camiseta naranja bien ochentosa, se agacha para alcanzar su mano estirada. Al pibito la pelota le llega a las rodillas. Mira para todos lados. Está embobado con la hinchada local.

El jugador que lleva al niño se llama José  “Caico” González Ganoza, es el arquero de Alianza Lima y de la selección peruana. El mejor de su época. Moriría años más tarde junto con todos sus compañeros, cuando el avión que los transportaba cayó en el Océano Pacífico en 1987. El pibito es su sobrino, se llama José Paolo Guerrero Gonzales.

A los siete años Paolo Guerrero ingresó en las inferiores del Alianza Lima. Así como su tío evitaba los goles, desde el principio Paolo los hacía. Siempre de delantero y goleador. Cuando el equipo ganaba y él no hacía goles, se iba llorando. Así se ganó los retos de sus técnicos varias veces. Aprendió que se puede ser un enfermo del gol, pero el equipo siempre tiene que estar más arriba. Nadie se puede ir triste si el equipo gana, ni siquiera siendo Paolo Guerrero. O El Chupadedos, como le decían por esos años, por su manía de llevar el dedo gordo a su boca.

Pero un Guerrero solo no puede ir muy lejos. En 1998 llega a las inferiores de Alianza Lima un morochito de dentadura generosa y gambeta veloz: Jefferson Farfán. Juntos La Foquita y el entonces Chupadedos Guerrero, formarían una tremenda delantera. Y de las inferiores de Alianza irían a parar, sin escalas, a la selección sub-17 de Perú.

Dirigidos por César Chalaca González, ex compañero del Caico González Ganoza, ganaron los Juegos Bolivarianos (una suerte de juegos Olímpicos disputado por los países liberados por Bolívar). En la final Guerrero es reemplazado y Farfán hace el gol de la victoria. Todos festejan menos Paolo, que llora solo de tristeza. “¿Y qué quieres mi hijo?”, le preguntó “Chalaca” González. “Estoy triste porque yo no he metido el gol, lo ha metido Farfán”, responde el joven Guerrero. “¿Y a mí que mierda me importa? Acá gana el Perú, no ganas tú ni Farfan”, le gritó el técnico.

El goleador siempre fue Paolo. Pero los goles clave para Perú estarían en el botín de Farfán.

Decir amigo, es decir aula

La dictadura instaurada en 1968 por Velázquez Alvarado en Perú, no tuvo nada que ver con el resto de los gobiernos militares en América Latina. Un gobierno militar, es cierto, pero que promovió la enseñanza del quechua como segunda lengua, la expropiación de los yacimientos petrolíferos de los capitales privados para su estatización, reformas agrarias, incremento de derechos laborales y poder económico real para los trabajadores.

En este marco y a tono con el resto del continente la intervención de la oligarquía y los Estados Unidos no se hizo esperar. En 1975 una ola de saqueos producto de un paro policial generó un golpe de estado a manos de Francisco Morales Bermúdez. El nuevo presidente introdujo reformas dictadas por el FMI, aumentando el desempleo, incrementando la inflación para destrozar los salarios obreros. La receta que todos ya más o menos conocemos del neoliberalismo.

A contramano de las políticas oficiales un filósofo funda un colegio: Los Reyes Rojos. Constantino Carvallo Rey fue uno de los pedagogos más revolucionarios de la historia peruana. Creía en el pensamiento crítico y en fomentar el desarrollo individual de los alumnos. Los estudiantes asistían sin uniforme a clases y se empapaban tanto de matemáticas como de pintura, cine y literatura.

Constantino Carvallo Rey era hincha de Alianza Lima y fue dirigente del club. Otorgó becas a todos los jugadores de las inferiores de Alianza Lima que provinieran de clases sociales bajas. Jefferson y Paolo también fueron al mismo colegio. Sin uniforme, sin notas, aprendiendo más sobre arte que sobre biología. Algo les quedó: el arte lo metieron todo en el pasto.

Decir amigo, es decir lejos y antes fue decir adiós

La grabación es vieja. Está pixelada y el sonido ambiente no permite escuchar bien. Un grupo de jugadores con la camiseta de Alianza Lima hacen una ronda. Uno lleva la posta. Juntos rezan. El líder es Paolo Guerrero. El equipo está en Alemania para jugar unos amistosos. Emisarios del Bayern Munich observan el partido. El nueve les llama la atención.

Paolo no llegó a debutar con la camiseta azul y blanca del Alianza Lima. El club de su mamá Doña Peta, de su tío El Caico, de su medio hermano El Coyote. El banco de suplentes fue lo más cerca que estuvo de calzarse la camiseta del Alianza. A mediados de 2002, luego de varias pruebas de resistencia, técnica y disciplina, el Bayern se convenció del potencial de Guerrero y sus goles se fueron a tierras alemanas. Allá lo esperaban Claudio Pizarro, figura del fútbol peruano como compañero, y Gerd Müller, histórico goleador alemán, como técnico de inferiores. Pizarro lo acompañó como un hermano mayor y Müller le enseñó los secretos del goleador. Por cada gol que Paolo metía, Müller le regalaba un chocolate.

El que sí debutó en Alianza Lima fue Farfán. El técnico por aquel entonces era Jaime Duarte, otro excompañero del Caico González Ganoza. Alcanzó a jugar varios partidos con su tío Roberto “La Foca” Farfán. Fue indiscutido y fundamental como titular del club limeño. En una gira por Estados Unidos, Jaime Duarte encontró a Farfán mirando las carteras de una vidriera. “¿Estás viendo las carteras?”, le preguntó el técnico al juvenil. “Sí, para mi madre”, respondió Farfán que no tenía la plata necesaria para comprar una. “Si haces un gol, yo te doy para que la compres.” Faltando veinte minutos para terminar el amistoso, Duarte mandó a la cancha a Farfán. La foquita metió un gol y pudo llevarle un regalo a su madre. 

En 2004 Farfán también cruzó el Océano Atlántico. Vino el PSV Eindhoven y la potencia de la foquita se fue para Holanda. Estuvo cuatro años y la rompió. 170 partidos, 67 goles y 23 asistencias, el peruano intervenía en un gol de su equipo cada dos partidos.

Lo quisieron el Chelsea y el Portsmouth. El destino de Jefferson parecía estar en las Islas Británicas. Pero los amigos no iban a estar separados tanto tiempo. A Farfán le tiró la amistad y se fue a jugar a Alemania en el Schalke 04. A esas tierras donde la habían roto años atrás y que habían decretado el pase de Guerrero a Múnich.

Durante los cuatro años que compartieron en Alemania se cruzaron cuatro veces: ganó uno cada uno y empataron dos. Dos goles para cada uno. Cuatro a favor y cuatro en contra para los clubes. No vaya a ser cosa que los muchachos se peleen por unos alemanes.

Gorriones presos de un mismo viento

Obtuvieron el tercer puesto en las ediciones 2011 y 2014 de la Copa América. Guerrero goleador y mejor jugador peruano. Mientras que Farfán era más nombrado por actos de indisciplina con su selección, que por sus goles y gambetas. Para ese entonces Guerrero había traído sus goles para Sudamérica, a Sao Paulo. El Corinthians lo compró con un solo objetivo. O mejor dicho, Guerrero fue al Corinthians con un solo objetivo: ser campeón del mundo. Y en diciembre de 2012 con un gol suyo O Timao le ganó al Chelsea la final del Mundial de Clubes.

Con la llegada del Tigre Gareca a la selección peruana, la tolerancia ante la indisciplina de las figuras europeas se terminó. Para jugar tenían que entrenar como uno más y rendir en la cancha. El Tigre trajo toda una renovación a la selección incaica: Trauco, Yotún, Cueva, Flores, Gallese. Una idea de juego clara: pelota al piso, toque y gambeta.

Se habían terminado los tiempos de las figuras para darle paso al equipo y Farfán tardó en entenderlo. Gareca lo colgó durante varias convocatorias. Guerrero era el emblema del equipo. Arrancaron a los tumbos las eliminatorias pero de a poco se acomodaron. A falta de pocos partidos, Perú tenía claras chances de clasificar a un Mundial por primera vez en 36 años. Ese de España que había jugado el tío de Guerrero había sido la última participación peruana. Entonces Paolo hizo un pedido: “Farfán debe estar convocado. Con seguridad vuelve.”. Y Gareca le hizo caso.

Argentina. La Boca. 5 de octubre de 2017. Perú está en zona de clasificación directa al Mundial de Rusia 2018. Se enfrenta a la selección Argentina de Messi. Esa noche en La Bombonera puede ser recordada como la batalla entre Otamendi y Guerrero. Codazos, patadas y empujones como en el barrio. En el último minuto Paolo casi la clava en un ángulo pero Romero la mandó al corner. Quedaba la última fecha contra Colombia en Lima. Y quedaba Paolo. Un tiro libre suyo, con error del arquero colombiano, mete a Perú al repechaje. Los últimos minutos son un toqueteo intrascendente entre los defensores peruanos sabiendo que con el empate, Colombia clasificaba y Perú quedaba en repechaje contra Nueva Zelanda. Los dos equipos terminaron festejando como si fuera un campeonato. Para sumarle leña al fuego, Perú dejó afuera de todo a Chile, su clásico.

Y ayer y siempre, lo tuyo es nuestro y lo mío de los dos

El repechaje parecía fácil. Nueva Zelanda, un equipo conocido por sus seleccionados de Rugby pero bastante mediocre en el fútbol, no era un rival al que tenerle miedo. Pero la complicación no vendría del equipo contrario, sino de los escritorios. Días antes del repechaje apareció la noticia: Guerrero había dado doping positivo después del partido con Argentina. Se dijo que la sustancia era cocaína. Paolo recibió una sanción provisoria de un mes. Perú tenía que viajar a Oceanía sin su figura. Su emblema. Su bandera. Su Guerrero.

El primer partido del repechaje no fue fácil para Jefferson. Estaba sólo, sin su referencia y amigo. A Farfán no le hace falta levantar la cabeza, sabe dónde y cómo va a estar Guerrero. A dónde y cuándo tirarla para que el nueve la aguante y el ir a buscar la devolución.

En Nueva Zelanda le toco a él jugar de nueve. Siempre que Farfán levantaba la cabeza estaba solo. Farfán es la clase de delantero que hace goles, pero no es goleador. Esa raza de segunda punta, necesita siempre alguien más arriba. Una posta más. El arquero de Nueva Zelanda fue figura. Perú se volvió con un cero a cero que tenía gusto a poco, había que definir en Lima.

Gareca entendió que Farfán no podía ser el último jugador, necesitaba alguien más de antes del arco. Necesitaba a Guerrero. Aunque sea una imitación, no importaba. Alguien tenía que hacer de Guerrero para que Farfán se pudiera poner al hombro la clasificación. Aunque, como en toda la eliminatoria, había un equipo detrás. Trauco y Advíncula dejaron fosas en los laterales de tanto pasar. Yotún siempre le daba la pelota a un compañero. Flores y Cueva encararon y volvieron locos a todos los defensores neozelandeses. Y Ruidíaz se disfrazó de Paolo. Solo faltaba la potencia de Farfán.

A los veintiséis del primer tiempo Trauco despeja y se la pone en el pecho a Cueva. El número dos de Nueva Zelanda le lleva como una cabeza. Cueva la mata y la domina mientras encara. El central trastabilla pero se le pone de frente. Cueva espera. Mira. Le pasa un pie por encima a la pelota quebrando la cintura. Está esperando. El defensor cree que lo tiene dominado. Ahí perdió. Cueva pone un pase con la cara externa del pie al punto penal. Farfán entra solo. Domina levantando la pelota y sin dejarla caer le rompe arco al arquero imbatible.

El gol siempre lo hace uno. Pero se grita de a dos, de a cientos, de a miles, de a millones. Un país entero puede gritar un gol. En un estadio y en una plaza. Explotar en un grito de libertad que significa más que gol. Cuarenta mil gargantas desgarrándose al mismo tiempo. Y una camiseta que vuela en el medio de la corrida de Farfán. Es la 9. Farfán quería mostrarla y decir: “acá estás hermano, otra vez hice el gol que era tuyo, pero acá estás.” Pero no la muestra. La pone contra el piso y se arrodilla ante ella como rezando. Farfán llora, baña la camiseta en lágrimas.

Los goles no siempre los hace uno solo y nunca se gritan solos. Se vienen todos los fantasmas y todos los recuerdos, para gritar con ellos. Aunque el grito sea ahogado en lágrimas, sobre una camiseta que tiene el número 9.

Decir amigo, no se hace extraño

El doping de Paolo Guerrero amenazó con dejarlo afuera del mundial. La FIFA le había reducido la sanción a seis meses, pero la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) realizó una apelación ante en Tribuna de Arbitraje Deportivo (TAS por sus siglas en inglés). El 14 de mayo, a un mes y dos días del debut de Perú contra Dinamarca, el TAS aumentó la sanción a Guerrero a 14 meses. Paolo no jugaría el Mundial.

Guerrero decidió jugar su última carta. Presentó una apelación frente al Tribunal Federal Suizo. La solicitud planteaba que la sanción se suspendiera hasta después del Mundial. El Tribunal falló a su favor. A falta de dieciséis días para el debut de Perú, Paolo fue habilitado para jugar el torneo en Rusia.

Dos semanas más tarde se cumplía el sueño de los viejos amigos. A los 62 minutos de partido, Guerrero ingresó por Edison Flores. Farfán ya estaba en cancha desde el comienzo. No pudieron remontar y el partido terminó uno a cero para Dinamarca. En el siguiente partido ante Francia compartieron el ataque todo el segundo tiempo. A pesar de las buenas actuaciones de Perú, volvería a caer 1 a 0 ante los futuros campeones del mundo. Llegaron eliminados a la última fecha. Gareca volvió a poner a uno de los dos de arranque, nunca los juntó como titulares en todo el Mundial. Perú le ganó a Australia con un gol de Paolo. Farfán quedó en el banco. A pesar de la eliminación, el sueño estaba cumplido.

Hoy comienza la Copa América para Perú (quedó libre la primera fecha). Será la primera vez en veinte años que ni Paolo Guerrero ni Jefferson Farfán sean parte del plantel. Desde la Copa América 2001 en Colombia que ninguno era convocado, claro tampoco habían debutado en primera.

En marzo de este año La Foquita fue presentado en Alianza Lima. En la conferencia de prensa le hicieron la pregunta obvia: ¿jugarán juntos con Paolo? Su respuesta no fue menos cantada: “eso ni lo dudes, el otro año lo traigo de los pelos”.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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