Hoy se cumplen 29 años de la Copa Artemio Franchi ganada por la selección argentina. El último título con la celeste y blanca de Diego. Una historia que muestra que el fútbol es mucho más que fútbol. Escribe Esteban Bedriñan.

La tarde noche del 24 de febrero de 1993 fue para mí tan importante como un mundial pero no lo supe sino hasta hace un par de días mientras repasaba el partido. Jugada en Mar del Plata, la Copa Artemio Franchi  entre Argentina y Dinamarca fue el último título de Diego Maradona con la Selección. Tal vez por tratarse de un torneo extinto o por la magnitud de los hechos que pasaron poco tiempo después, con mi padre no le dimos a ese partido la importancia que realmente tenía.

Mi viejo no era un gurú del fútbol, de esos que te veían al volante izquierdo de un cuadro chico y te vaticinaban que en un par de temporadas estaría jugando en un grande o usando la camiseta de la Selección. Pero sí sabía reconocer a los buenos de verdad y les daba crédito a futuro. Al haber sido hincha del Rojo, se deshacía en elogios con Bochini. Miles de veces lo escuché hablar maravillas de él con la radio Tonomac al lado del mate y del pucho, en esas tardes eternas de domingo en que la voz de Víctor Hugo, una pelota y la familia nos encontraba siempre cerca. Y si al Bocha lo bancaba por ese lazo afectivo, con Maradona la vinculación era visceral. Como le pasó a cualquier argentino de bien, digamos.

A día de hoy ostenta el record de romper unos tres termos a lo largo de México ’86, pero lo cierto es que de ese mundial no tengo mucha memoria y por ende recién para Italia ’90 es que poseo mis primeros recuerdos frente a la tele, sentado junto a él. A lo largo de esa cita italiana, mi viejo me fue tranquilizando con que no importó haber perdido con Camerún en el debut jugando para el culo, los rusos no eran tan bravos como antes. Cuando Pumpido salió con la pierna quebrada, me tranquilizó diciéndome que “igual lo vamos a ganar” y tuvo razón. Para el empate con los rumanos, me consoló diciendo que “de todas formas clasificamos así que no pasa nada, en octavos empieza el verdadero mundial.”

Este texto está incluido en Crónicas Maradonianas, nuestro primer libro. Conseguilo acá.

El tema es que nos tocó Brasil y nos llenó los palos de pelotazos. Para colmo ese partido lo viví con unas paperas que me tenían casi sin voz pero que no impidió que a la hora de la apilada de Diego y la definición de Caniggia, nos fundamos en un abrazo cargado de gritos y de gol. Y así seguimos toda esa aventura, como decía la canción de esa Copa del Mundo, con los penales ante yugoslavos e italianos, en los que al “quedate tranquilo que lo tenemos a Maradona” se le sumó el “tenemos un arquero que es una maravilla, que ataja los penales sentado en una silla” que se le aplicó a Goycochea pero cuyo origen venía desde 1920, con Américo Tesorieri y esa icónica canción.

El consuelo para la final fue que Codesal nos robó, ya que en los penales no tenían chances. Para la Copa América del 91, sin Diego pero con un Batistuta bestial, la cosa fue más sencilla. Entonces la ecuación en febrero de 1993, con una Argentina invicta en 22 partidos en la era Basile y con el retorno de Maradona al equipo, era que volvía la normalidad futbolera con la que me crié. Íbamos a ser imparables.

El partido contra Dinamarca puso frente a frente al vigente campeón de América contra el de Europa, en una especie de prueba de ensayo de lo que luego se transformó en la Copa de las Confederaciones de la FIFA. Ese equipo danés, que había sorprendido en la Euro del año anterior al entrar por la descalificación de una Yugoslavia inmersa en la guerra de los Balcanes, contaba con jugadores muy buenos como el arquero Peter Schmeichel y Brian Laudrup.

Si bien en mi casa no se lo vivió como una final per se, la noche veraniega de entonces era una invitación para sentarse frente a la tele, al lado del viejo, y así disfrutar de un choque contra un equipo que, en épocas donde no existía internet más que en las noticias, poco conocíamos. El título pomposo de campeón europeo asustaba más que lo que propusieron esos once tipos de remera roja en un estadio repleto con más de 35 mil personas. Cuando los vi correr como atletas, mi viejo me tranquilizó diciéndome que ni por asomo el nueve de ellos era mejor que Batistuta, o que a pesar de la ausencia del cabezón Ruggeri, Borelli y Vázquez eran una mejor pareja de centrales que la de los rivales. Y así fue con cada sector del campo, enumerándome las virtudes de un Cholo Simeone, un Leo Rodríguez o las bondades del negro Altamirano y del Otto Craviotto por las bandas. Además lo teníamos de nuevo a Maradona.

Una semana antes, por el Centenario de la AFA, Diego se había vuelto a poner la celeste y blanca después de aquella triste noche romana en la final del ’90. En octubre del ’92 había firmado con el Sevilla de España y venía en buena forma física. Contra Brasil fue empate a uno en cancha de River.  Dirigidos por Parreira, la Verdeamarelha alineó a varios jugadores que al mundial siguiente serían campeones del mundo, como Taffarel, Cafú, Ricardo Rocha, Branco, Mauro Silva, Raí y Bebeto. El partido sirvió para ver al mito otra vez con la cinta y la diez en la espalda, que regaló algunas pinceladas de su calidad aunque terminó enojado, pateando al aire cuando finalizó el juego.

Para colmo de males, según los diarios de la época, la dirigencia del Sevilla, no lo autorizó a volver para el partido con los daneses, por lo que Maradona debió escaparse junto a Simeone (compañero en el equipo andaluz). Años después, el propio Cholo comentó en una nota que les habían robado el auto para que no pudieran llegar al aeropuerto pero se tomaron un taxi y viajaron igual, a pesar de la sanción que les correspondía  por eso. También Maradona cuenta en su libro “Yo soy el Diego” que a raíz de esa negativa, lo mandó al presidente” a que le devuelva la cara al perro” y acudió nuevamente al llamado de su seleccionado sin medir las consecuencias que le generaba abordar el vuelo.

Con todos estos condimentos, me senté frente al televisor junto a mi viejo  y vimos una Argentina que comenzó mejor, atacando, manejando la pelota con mayor criterio y con el as de espadas activo. Pero a los 12 minutos, en el intento por despejar un centro al área, Craviotto cabeceó y marcó en contra para la visita. Por suerte, los de Basile asimilaron rápido el golpe y siguieron atacando hasta que Caniggia desvió un disparo imperfecto de Batistuta y puso el empate.  

El segundo tiempo estuvo bastante aburrido, no sé si producto del cansancio que traía Argentina del partido con Brasil o por la propuesta cautelosa de Dinamarca. Apenas si recuerdo una pelota que cayó de una altura considerable y que Maradona la bajó con ese acordonado guante zurdo que usaba en su pie izquierdo o la primera silbatina que se comió Basile en su ciclo cuando sacó a Leo Rodríguez, que se retiró ovacionado por todo el estadio.

El alargue tampoco entregó más que algunas situaciones sueltas, como esa apurada de Diego en un tiro libre que ni las cámaras de televisión llegaron a enfocar cómo se estrelló en el palo, mientras el referí levantaba del suelo a Simeone y el arquero danés hacía vista.

Al igual que un par de años antes, Goycochea le dijo a Maradona casi lo mismo que mi viejo a mí: “quedate tranquilo que atajo dos”. “Quedate tranquilo que ataja dos” fue lo que me dijo papá. Como si se tratara de ver una definición de un hecho pasado, con la serenidad que emitían las palabras de mi padre y la actitud de Goycochea en el arco, Argentina se terminó imponiendo por 5 a 4, con dos penales atajados por el arquero que agigantaba aun más su leyenda de imbatible desde los doce pasos.

Cada vez que rememoro ese partido, creo que entonces no se le dio tanta trascendencia por todo lo que  vino después. Diego siguió en Sevilla pero comenzó a declinar su forma física, se peleó con Bilardo, se fue. Coco lo preinscribió para la Copa América de Ecuador ’93 aunque no llegó. Firmó con Newell’s. El 5-0 de Colombia. Su puesta a punto en La Pampa.  El repechaje con Australia. Mundial, gol a Grecia y la maldita efedrina.

Con mi viejo a esa noche de los penales contra Dinamarca la cerramos con un abrazo que hoy, visto a la distancia, nunca lo valoré. Yo empecé a crecer y, cosas de adolescente tonto, a darle menos bola a él, a compartir menos momentos juntos. Ni esa Copa América en Ecuador, ni el gol a Grecia, ni siquiera el llanto cuando le cortaron las piernas a Diego en Estados Unidos me acercó tanto como tendría que haber sucedido.

Papá murió en noviembre de 1996 y cuando pienso en esa tarde noche de verano, la de la última copa de Maradona jugando para la Argentina, me doy cuenta de por qué ese título vale para mí tanto como un mundial: fue la última vez que por un partido de fútbol nos abrazamos con mi viejo.

Esteban Bedriñan
Twitter: @ebedrinan

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