Hoy se cumplen 22 años de la final de Libertadores que Boca Juniors le ganó al Palmeiras en el Morumbí. El día que Córdoba y Bermúdez vengaron la que habían perdido con América de Cali contra River. La historia de su amistad desde la Selección juvenil de Colombia hasta llegar juntos a ser ídolos del Xeneize. Escribe Lucas Jiménez.

La noche del 26 de junio de 1996 la hinchada de River realiza en el Monumental uno de los recibimientos más impresionantes de la historia de la Copa Libertadores. El local juega la final de vuelta contra América de Cali y tiene que revertir un 0-1. Óscar Eduardo Córdoba es el arquero visitante. Sale a la cancha con un buzo azul con dibujitos, todavía no sabe que en el futuro será uno de los arqueros emblemáticos de la historia de Boca. Ya tiene 26 años y muchas cosas vividas. En el mismo Monumental, tres años antes, fue el que puso las manos para tapar los remates de Gabriel Batistuta que podrían haber evitado la goleada 5-0 de Colombia contra Argentina. Ya atajó en el mundial Estados Unidos 94, no pudo evitar el gol en contra de su compañero Andrés Escobar y se tuvo que bancar que le gritaran asesino en los estadios de su país.

Mientras llueven papelitos en Núñez, está en la escalera que da al campo de juego. Al lado suyo está Jorge Hernán Bermúdez, quien acaba de cumplir 25 años hace seis días. El defensor viene de meter dos goles en la semifinal contra Gremio. El primero recuperando una pelota en mitad de cancha y yendo a buscar la devolución al área. El segundo de cabeza, tras un centro de Alexander Escobar, quien metió el otro tanto del 3-1 que hizo trizas el 1-0 de la ida a favor del equipo brasileño.

Jorge todavía no es el Patrón, viste la camiseta 5 de América de Cali porque cuando llegó al club hace algunos años atrás el técnico Gabriel Ochoa Uribe lo ponía de volante de marca. Ahora sale corriendo a la cancha y se aleja de sus compañeros. Quiere mirar de frente al público para que no se olviden de su cara.

Córdoba piensa en decirle al árbitro uruguayo Julio Matto que no están dadas las condiciones para empezar el partido, que primero quite todos los papelitos que hay en el área. Pero no se anima. Lo mira a Jorge y este le da tranquilidad. Se conocieron en las juveniles de la Selección Colombia. El primer torneo que jugaron juntos justamente fue en Buenos Aires, el Sudamericano Sub 20 de 1988. Una competencia clasificatoria que tuvo la participación de Israel, que había sido excluido del campeonato juvenil asiático.

Colombia ganó su grupo, por encima de Brasil, jugando todos los partidos en cancha de Ferro. Pero la fase final se disputó en el estadio de River. Allí perdieron 2-1 contra Argentina. Igual clasificaron al mundial de Arabia Saudita 1989.El estadio les traía sensaciones ambiguas. Rápidamente la noche acomodó el recuerdo para un lado.

A los seis minutos Ortega tiró un centro desde la derecha al corazón del área del América. Córdoba no vio la pelota por los papelitos y Bermúdez no vio a Crespo entrando solo a sus espaldas para igualar la serie. La jornada se volvió fatídica a los 14 del 2°T. Óscar salió del área a cortar un avance, pero su despeje terminó en las piernas de Escudero, centro y gol de Crespo.

A Jorge Bermúdez la pelota le pasó por arriba. No pudo evitar el tanto que valió el título de Libertadores para River, que levantó el capitán Enzo Francescoli. A Córdoba intentaron consolarlo, pero no había manera, se culpaba de la derrota. Ese fue el último partido de Bermúdez con la camiseta de América de Cali, ya que lo habían vendido al Benfica. Óscar y Jorge no pasarían mucho tiempo distanciados.

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Tengo un amigo para recomendar

De la época de las juveniles en la selección Colombia, Bermúdez recuerda que Córdoba tenía algunos privilegios. Lo dejaban salir de las concentraciones de noche para que vaya a estudiar, ya que estaba finalizando el colegio en una nocturna. Óscar aprovechaba las salidas también para ver a su novia Mónica Arteaga. Siempre que Bermúdez quiere explicar que conoce a Córdoba hace mucho tiempo repite la misma frase: “lo conozco desde que su esposa era su novia”. Óscar y Jorge eran compañeros de habitación en el Sudamericano Sub 20 de Buenos Aires. Una vez Bermúdez lo vio preocupado y le dijo “¿Qué pasó, Cordobita?”. El arquero respondió “vamos a ser papás”, fue el primero en enterarse que Mónica estaba embarazada.

Desde entonces son como hermanos. Estuvieron a punto de coincidir en Deportes Quindío. El defensor hizo las inferiores en el club donde su papá, Jorge Enrique Bermúdez, tiene el récord de presencias con 608 partidos. Esa mochila no le pesó a la hora de establecerse en Primera. Debutó a los 17 años y jugó 70 partidos entre 1988 y 1989. Al año siguiente se lo llevó América de Cali.

En 1990 Córdoba llegó al Quindío para tener continuidad. Había empezado su carrera en el club del que era hincha, el Deportivo Cali, y luego pasó a Atlético Nacional de Medellín, donde estaba tapado por la figura de René Higuita. Luego de mostrarse en Quindío, dio el salto a Millonarios, donde tuvo una buena primera temporada y una segunda manchada por una derrota histórica 7-3 en un clásico contra Santa Fe.

Para 1993, mientras Jorge ya había ganado dos títulos de liga colombiana con América de Cali, Óscar pasaba al Once Caldas para volver a relanzar su carrera. Anduvo bien y eso le valió ser convocado por Pacho Maturana para la Selección que iba a jugar la Copa América. Tras ese torneo, América de Cali buscaba un arquero y le consultó a Bermúdez si tenía alguien para recomendar. Sin dudar un segundo dijo “Óscar Córdoba”. Lo compraron al Deportivo Cali y fue cuatro años el portero del América.

Antes del partido de vuelta de la final contra River, el Millonario estaba interesado en el arquero colombiano. El error en el segundo gol de Crespo hizo que se caiga la negociación. Pero hubo un ex jugador que tuvo la visión de futuro que les faltó a los dirigentes del club de Núñez. Fue el Loco Gatti, quien después de aquella final hizo un seguimiento de las actuaciones de Córdoba. Para 1997 el técnico de Colombia Héctor “Bolillo” Gómez le volvió a dar la chance de ocupar el arco de la Selección. El 20 de agosto Colombia recibía a Bolivia en Barranquilla por las Eliminatorias clasificatorias a Francia 98.

Para esa época Gatti ya les había recomendado al presidente de Boca, Mauricio Macri, y al técnico, Héctor Veira, que contraten a Córdoba. Esa noche Colombia ganó 3-0 y el 1 realizó una triple atajada descomunal tras un tiro libre de Erwin “Platini” Sánchez. Macri y Veira vieron ese partido y se decidieron a mandarle los pasajes. Córdoba estaba concentrado con la selección en Barranquilla y le dijo al Bolillo que se tenía que ir a Argentina porque lo quería Boca. “Andate, güevón”, le respondió.

La primera reunión la tuvo con Pedro Pompilio, en mitad de la charla Macri abrió la puerta y sin verlo que estaba ahí le dijo a su vicepresidente “¿ya firmó el colombiano o traemos a Chilavert?”. Córdoba agarró la birome y estampó la firma antes de que se arrepientan.

Una semana después Boca buscaba un defensor central y le consultaron a Óscar, quien les dijo que en Colombia había uno con mucho futuro en Atlético Nacional llamado Iván Córdoba, pero que si tenía que recomendar a alguien era a Bermúdez. “Tráigame a Jorge, que con Jorge vamos hasta el fin del mundo juntos”, preanunció el futuro.

El defensor apenas supo del interés de Boca se pagó los pasajes y se vino de Portugal. El 3 de septiembre de 1997 firmó el contrato en el vestuario antes de debutar contra Cruzeiro por la Supercopa. Salió a la cancha pasado de revoluciones. A los 6 segundos de partido el brasileño Cleisson recibió de espalda, Bermúdez se tiró al piso y lo bajó. Según el propio Jorge después de esa patada escuchó un silencio de La Bombonera que por dentro susurraba “acá llegó uno que nos va a defender en la cancha”.

El árbitro del partido parecía que lo iba a amonestar, pero solo le hizo señas de que se calme. La advertencia del juez no apagó las ganas de demostrar presencia que tenía el defensor colombiano, que siguió sin poder frenar la moto. Casi lesiona a su amigo Córdoba en una jugada donde se le cayó encima. Para completar su presentación metió de cabeza el tanto del triunfo por 1-0. En la jugada del gol, después de cabecear, se estroló contra el palo derecho. Ese mismo día le pusieron como apodo “el Patrón”.

La venganza será terrible

El 25 de octubre de 1997 Córdoba y Bermúdez son titulares en el último partido como profesional de Diego Armando Maradona, en un Superclásico contra River en el Monumental. El local se pone en ventaja con un gol de Sergio Berti, lo empata Julio César Toresani en el segundo tiempo. Boca lo gana 2-1 con un gol de Palermo, tras una cortina de Bermúdez en el área tapando al Mono Burgos.

En el mismo arco donde había sufrido el segundo gol de Crespo un año antes, Óscar Córdoba festeja en solitario haber dejado atrás el karma del mal recuerdo. Pero una cosa es pensar que atravesaste un trauma y otra muy distinta superarlo realmente. En tiempo descuento Martín Cardetti tiene el empate. Cuando se perfila para rematar se mete en su camino Jorge Bermúdez y la tira al córner. Córdoba está en un limbo, del tiro de esquina sale a revolear un puñetazo al aire, lejos de donde pasa la pelota. River no empata porque el Vasco Arruabarrena la saca en la línea.

Antes que se ejecute un nuevo córner se sacude la cabeza y cae que está en 1997 y no en 1996. Entonces llega un nuevo envío al área de Boca ejecutado por Marcelo Gallardo y Córdoba mete su mano adonde hay miles de cabezas, el puño del colombiano manda la pelota lejos. No llega a caer al piso que ya se levanta con el pecho inflado. Estaba listo para transformarse en un arquero invencible a nivel continental.

El arribo de Carlos Bianchi como técnico de Boca a mediados del 98 potenció el plantel que había dejado el Bambino Veira. Un equipo que venía de ser segundo del River tricampeón de Ramón Díaz. El Virrey llegaba con la chapa de campeón de Libertadores e Intercontinental con Vélez y fue llenando de confianza a cada uno de sus jugadores. El más cuestionado era el arquero Óscar Córdoba, que en las primeras tres fechas recibió 7 goles. Boca ganó los primeros dos partidos del torneo y en el tercero empató 2-2 contra Argentinos Juniors en La Bombonera, con doblete del Polo Quinteros, el primero un golazo de afuera del área agarrando adelantado al arquero.

Bianchi se sentó para dar la conferencia de prensa habitual previa a los partidos y sin que nadie le diga nada, agarró el micrófono para decir “Córdoba juega, ¿alguna pregunta?”. A los pocos días el colombiano sumó la primera valla invicta del torneo en un empate 0-0 contra Gimnasia. En el momento clave del campeonato tuvo una racha de cinco partidos sin que le hagan goles, que incluyó un triunfo contra el Vélez de Chilavert y un empate en el Monumental contra River. Ese día sucedió el momento bisagra de su estadía en Boca. Le atajó un penal a Gallardo en el arco maldito de la final del 96.

Ya campeón del torneo local el objetivo estaba marcado en la Libertadores, pero había que esperar dos años para jugarla, por cuestiones ilógicas de los mecanismos de clasificación de ese entonces. Ya en el 2000 Boca llegaba a jugar el torneo que no ganaba desde 1978. Diego Cagna se había ido al Villarreal de España y Bianchi había elegido a Bermúdez como nuevo capitán del equipo. Encabezaba la trilogía colombiana que se completaba con Córdoba y Serna, la ancha avenida del medio que tenía buena relación con los dos bandos en que estaba dividido el plantel.

El Xeneize ganó el grupo B que compartió con Peñarol, Blooming y Universidad Católica. A este equipo el Patrón le marcó un gol de cabeza en el triunfo como visitante en Santiago de Chile. Fue el 2-1 de un 3-1 definitivo que dio la tranquilidad de llegar a la última fecha puntero, un punto por encima de Peñarol, a quien recibiría en La Bombonera y vencería 3-1.

En los octavos de final esperaba El Nacional de Ecuador. Fue 0-0 en la ida en la altura de Quito y 5-3 en La Bombonera, el quinto lo marcó Bermúdez para sellar la clasificación y mandarle un mensaje a River, que al día siguiente completaba su serie contra Cerro Porteño, a quien había goleado en la ida.

El primer Superclásico por los cuartos de final de Libertadores se jugó el 10 de mayo en el Monumental. Córdoba y Bermúdez salieron a escribir la nueva historia. Pero a los 14 minutos de partido todos los fantasmas aparecieron de repente. En el área donde Crespo les generó un trauma, el único sobreviviente en River de la final del 96, Hernán Díaz, tira un centro desde la derecha, Óscar sale mal y despeja corto. La pelota le cae a su compatriota Juan Pablo Ángel que patea al arco y Bermúdez en la línea no puede evitar el gol. Una historia enterrada florece del pasto del estadio Antonio Vespucio Liberti. Quince minutos después Juan Román Riquelme se hace cargo del momento histórico y empata el partido con un tiro libre artístico.

En el segundo tiempo Javier Saviola en velocidad llega hasta Bermúdez, la tira larga para sacar un remate que el defensor no puede bloquear ni Córdoba contener. Golazo esquinado y triunfo de River. Américo Gallego se agranda y antes de salir del campo de juego se muestra confiado para la revancha. En la semana previa a la vuelta infla aún más el pecho y chicanea con que si Bianchi pone a Palermo, que volvía de la rotura de ligamentos cruzados, él ponía a Francescoli, retirado en 1998.

Algunos jugadores de River se suben a ese tono triunfalista. Juan Pablo Ángel declara en la revista El Gráfico que ya compró los tickets para Japón, donde se jugaba la Intercontinental. Esto molesta mucho a los colombianos de Boca porque comían todas las semanas con el delantero en una parrilla en Belgrano. Eran juntadas de compatriotas a las que también iban Faryd Mondragón e Iván Córdoba.

El 24 de mayo se juega la vuelta en La Bombonera. Cuando sale el equipo, la gente de Boca ovaciona a Palermo que está en el banco de suplentes como una amenaza para River. En el primer tiempo Walter Samuel, un prometedor defensor de 21 años que nunca fallaba, falla. Ángel se mete en el área para empezar a liquidar la serie, pero Córdoba se hace gigante y le pone el pecho a su remate.

En el segundo tiempo Boca se pone en ventaja con gol de Delgado, tras pase de Román. A la jugada siguiente Víctor Zapata entra al área con pelota dominada, Bermúdez no lo había querido tocar porque tenía amarilla. El volante de River remata, Córdoba estira la mano a puro reflejo y la manda al córner. Bermúdez lo choca con el cuerpo y lo felicita.

Después Riquelme pone el 2-0 de penal, ya con Palermo en cancha. Hasta que llega el gol más gritado por aquel grupo de jugadores. No representó un título sino la revancha del Titán. Battaglia corre por la izquierda y se la da a Martín en su hábitat, el área. Recibe, se acomoda y la pone adonde no llega ni la imaginación del Tolo Gallego, ni las manos de Tito Bonano, quien había vencido a Córdoba y Bermúdez en el Argentina-Colombia del Sudamericano del 88. Palermo sale corriendo a festejar y a llorar, todo a la vez. Bermúdez cruza toda la cancha para ser la frutilla colgante de una marea humana encima del 9. Córdoba tiene ganas de decirle a Juan Pablo Ángel “¿y qué vas a hacer con los tickets?”.

Boca va a jugar la semi de Libertadores contra el América de México. El Xeneize gana la ida 4-1 en La Bombonera, pero no hay historia que valga la pena sin épica. Faltando nueve minutos del partido de vuelta en el estadio Azteca, el argentino José Luis Calderón pone el 3-0 para las Águilas a 9 minutos del final. Boca está irreconocible. A esa altura llegar a los penales era negocio. Sin embargo, los equipos se construyen de favores devueltos. Samuel se acuerda que Córdoba lo salvó contra River y saca un cabezazo imposible para el 1-3 que mete a Boca en la final. En el equipo mexicano estaba en cancha el argentino Sergio Berti, aquel volante de River que le metió el primer gol a Córdoba en un Superclásico. Se suma a Gallardo, Hernán Díaz, Tolo Gallego y Bonano como los testigos riverplatenses de la revancha de los colombianos.

La revancha del Morumbí

La final es contra el Palmeiras de Luis Felipe Scolari. Bermúdez da una nota junto con Córdoba en La Nación que sale publicada la mañana previa al primer partido, el 14 de junio del 2000. Juntos afirman que “es la hora de la revancha”. Hablan de vengar la final perdida en el 96 con América de Cali. «Todavía me pregunto para qué salí tanto del arco. Hice todo mal, se la di a uno de River, después se la dieron a Crespo y convirtió de cabeza. Me sentí el gran responsable de la derrota», recuerda Córdoba.

El periodista huele sangre y mete la cuchara. El arquero confirma que en su momento lo “afectó muchísimo” ese partido. Bermúdez se aprieta la cinta de capitán como una curita en una lastimadura. “Ya pasó. Igual, nos tomamos revancha con Boca dejándolos afuera en esta Copa. Con ellos, saldamos la deuda”, dice en referencia a River.

La final de ida contra Palmeiras fue 2-2 en La Bombonera. La vuelta se jugará en el Morumbí porque el Parque Antártica no tiene la cantidad mínima de espectadores que se pide para una final continental. En la cancha donde hace de local el Palmeiras entran 27 mil personas, contra las 69 mil que albergará el mítico estadio del San Pablo. Cinco mil hinchas de Boca viajan creyendo que se puede. En Brasil se respira aire de fiesta, Bianchi pega en el vestuario los diarios brasileños que ya dan por campeón al Palmeiras.

El local está tan convencido que va a pasar por encima a Boca que Scolari, a diferencia del partido en La Boca, saca un volante y mete un delantero. Bianchi pone a Guillermo, Palermo y Basualdo, quienes no habían sido titulares en la ida, pero formaron parte del primer Boca del Virrey. Al 11 de memoria solo le falta Cagna que está en España y Chicho Serna lesionado. En los 90 minutos Carlos no haría un solo cambio.

Boca sale a pararse de manos en el Morumbí, Palermo mete un gol que anulan por posición adelantada de Arruabarrena. Palmeiras responde, su 10 Alex pone a prueba los reflejos de Córdoba, que despeja la pelota con los puños como si fuera un boxeador. En el segundo tiempo Riquelme pierde una pelota en mitad de cancha solo para confirmar que siempre te salva el equipo, el héroe colectivo. Alex corre y entra al área, define ante Córdoba, que a esa altura ya es Gulliver. Mide dos metros y parece invencible.

Llegan los penales. Bianchi se le acerca al arquero colombiano y le dice: “Ellos patean a un palo, vos quedate parado. Cuando llega la pelota, te adelantas un paso y te tiras a un palo. Total, no te lo van a hacer patear de nuevo ¿de acuerdo?”. Tiene un papelito en la mano con los nombres “Guillermo, Riquelme, Palermo, Bermúdez, Traverso”. Un integrante del cuerpo técnico le pregunta a Córdoba si se acuerda lo que habían estudiado de adonde pateaba cada jugador de Palmeiras. Óscar está en las nubes, borró su memoria, funciona como un vengador enceguecido. Entonces el ayudante de campo Carlos Ischia va atrás del arco y le va cantando donde patea cada ejecutante.

En el primer penal de Alex se adelanta demasiado, adivina el palo, pero el remate es tan esquinado que es gol igual. Empata Guillermo. Llega el turno de su compatriota Faustino Asprilla y vuelve a adivinar el palo y ahora también la altura del remate. La despeja con los puños, sigue boxeando y va por el KO.

Riquelme pone el 2-1. Entra en escena Roque Junior, patea a la derecha y Córdoba va directo ahí para tapar su segundo penal de la noche. Palermo pone el 3-1. Si Óscar le ataja el penal a Rogerio Boca es campeón, pero llamativamente el arquero va para el lado distinto adonde va la pelota. Todo fríamente calculado para que sea su amigo Jorge Bermúdez el que defina la historia, un regalo de cumpleaños para el defensor que tres días antes cumplió los 29.

El Patrón toma una carrera larga y patea al fondo de los recuerdos. La pelota infla la red y Boca es campeón de Libertadores después de veintidós años. Sale corriendo con los brazos abiertos como un avión que aterriza en la gloria eterna. Al costado del campo de juego Bianchi grita “Campeones acá de vuelta, papá”, recordando que hace seis años en ese mismo estadio le ganó una final de Libertadores a San Pablo con Vélez.

Al otro día el diario Página 12 recoge testimonios de personas del mundo del fútbol sobre el título del Xeneize. Uno de los entrevistados es Hernán Crespo que no puede ocultar su bronca: “Los felicito. Nada más. ¿Qué quieren, que me ponga a festejar? Es muy importante que la Argentina vuelva a ganar la Copa Libertadores después de cuatro años, lástima que al club que le tocó haya sido Boca”.

Óscar y Jorge cierran la herida de 1996. Llevan consigo la rabia de los vencidos que cruzan sin mapa la oscuridad. Se abrazan y se sacan una foto con Serna, los tres colombianos. Jorge en un futuro pintará en su casa de Colombia un mural con él levantando la Libertadores y atrás las caras de Córdoba, Chicho y Samuel, que hará una carrera bestial en Europa y el Patrón sentirá que “los logros de Walter son los míos”.

Córdoba guardará el buzo que usó en el Morumbí y lo sacará seis meses después en el vestuario del estadio Nacional de Tokio en el entretiempo de la Intercontinental contra el Real Madrid. El segundo tiempo atajará con la armadura de campeón de Libertadores y ningún Galáctico podrá meterle un gol que modifique el 2-1. Esa noche terminará también con Jorge levantando la copa. Son arquero y capitán de un equipo de época que quedará por siempre en la historia de Boca. El club que les dio la posibilidad de tomarse revancha en la Libertadores, para después ir a conquistar el mundo.

Lucas Jiménez

Twitter: @lucasjimenez88

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