Hace un año los campeones del mundo llegaban a sus ciudades y pueblos. Miles de personas revolucionaban las calles que habían visto crecer a sus hijos pródigos. Una forma de sentirse parte y cerca del logro conseguido. Escribe Esteban Bedriñan.
La larga fila en el Boulevard Colón, más precisamente entre las calles Juan B. Justo y Rivadavia, se muestra repleta de feligreses cargados con cámaras y celulares para la foto deseada, pero también con quesos, salamines, vinos o alfajores a modo de ofrenda. No son para depositarlas en agradecimiento a algún dios o deidad en un santuario, sino para ser entregadas en mano al célebre vecino que hace unos días volvió del Medio Oriente como campeón del mundo.
Sencillo y atento como toda su vida, el destinatario no deja de charlar con nadie y sale entre tres o cuatro veces al día para cumplir con ellas y ellos, a pesar de que la tranquilidad en la casa de su familia, en la localidad de Pujato, Santa Fe, se vea alterada por tanto amor y agradecimiento. Campeón del mundo desde hace un par de días, Lionel Sebastián Scaloni sabe bien que ese pueblo, su pueblo, ha pasado un poco mejor el cierre de un año complicado en lo económico y lo social con la inmensa alegría que los suyos le dieron a su gente y a todo el país.

A poco más de 200 kilómetros al este, la localidad entrerriana de Gualeguay recibe como un héroe a Lisandro Martínez en el escenario montado en un predio de la costanera. A pesar de contar en sus filas con otro campeón mundial como Jorge Burruchaga en México ’86 (además del Mencho Medina Bello, campeón de América en el ’93), la llegada de Licha al pueblo generó una revolución en gualeyas y gualeyos que se vio manifestada en una aglomeración rara vez vista por esos pagos.
Con recorrido en los clubes locales Urquiza y Libertad, Lisandro armó de joven la valija para perseguir sus sueños luego de que su padre le mostrara que su oficio, la albañilería, no iba para nada con sus dotes futbolísticas. Newell’s, Defensa y Justicia, Ajax y finalmente Manchester United fueron los peldaños que el entrerriano multiuso fue escalando, mientras anotaba su nombre en la consideración de Scaloni.
Ante su gente, con la misma tranquilidad que demuestra dentro de una cancha, pero con una sonrisa pintada en el rostro, Lisandro deseó que la obtención del mundial “nos una a todos, que se acabe la violencia, nos podamos abrazar más y podamos festejar por toda esa gente que la está pasando mal.”

Autor de una salvada providencial en los octavos ante Australia, el entrerriano enfatizó que la unión entre plantel e hinchas se fue incrementando con el correr de los partidos. “Todos éramos un equipo. No solo los jugadores, sino toda la gente que se identificaba con todos nosotros. Hasta los jugadores de los otros países hablaban de una fuerza que teníamos. No salíamos a jugar solamente nosotros, salíamos a jugar el chico que recién arranca en el fútbol, aquella madre, padre, aquel tío o abuelo. Era salir con una fuerza extra normal. Salíamos a ganar o ganar”, declaró Martínez y generó un estruendoso grito en su ciudad que todavía causa emoción al recordarlo.
Más acostumbrada como provincia en eso de contar con campeones del mundo, Córdoba sumó en 2022 a otros cuatro: Paulo Dybala, Cuti Romero, Nahuel Molina y Julián Álvarez. De ellos, el único que no tuvo un recibimiento ni homenaje fue el nacido en la capital del a provincia: Cristian Romero.
Dueña del lago más grande de la provincia, Embalse decretó feriado para recibir a su héroe, quien volvía a “su lugar en el mundo” como le gusta a Nahuel Molina referirse a su pueblo.

Entre los reconocimientos varios que recibió, destacó el de “Ciudadano ilustre y Embajador del deporte de Embalse” por parte del Consejo Deliberante local como así también otras plaquetas en nombre del municipio y el pueblo. Embargado por la emoción, el lateral se quebró a poco de subir al escenario montado para la ocasión. “Es difícil hablar con tanta gente que se acercó. Estoy muy feliz por nosotros, mis compañeros y cada persona del staff que nos acompañó en este tiempo. Estamos disfrutando, esto no se vive nunca. Somos campeones del mundo”, y generó la primera gran ovación de la jornada.
Con poco más de 8500 habitantes, casi un tercio se acercó al Monolito, el punto de concentración de festejos que sirvió para que Nahuel Molina sintiera el amor y la devoción de su gente. “Hay que disfrutar esto porque es único. Tenemos que ser felices porque la Copa del Mundo está en casa”, exclamó en la bendita fiesta de un pueblo trabajador que se encontraba unido, de corazón a corazón, celebrando al mejor de los suyos.
El arrollador paso de Julián Álvarez en el segundo gol a los croatas puede ser comparado con lo que generó en su regreso a Calchín. En una localidad con casi 2500 habitantes, la llegada del delantero del Manchester City a su pueblo tuvo mucho de misa ricotera. Al igual que la banda del Indio Solari en esos mega recitales, la Araña congregó a unas 10 mil personas provenientes de ciudades lindantes que no querían perder la ocasión de vivar a su campeón del mundo.

“Es difícil hablar en un momento así, en la situación que estamos viviendo los argentinos, la alegría más grande de todas. Muchas gracias a todos. Agradecido de por vida por el cariño y apoyo, a la gente de Calchín y a la gente de cada rincón del país. Cada día nos sentimos más orgullosos de ser argentinos. Es una emoción muy grande. Haber cumplido un sueño es muy difícil describirlo en palabras. Se siente lo que nos tocó vivir”, manifestó Álvarez y pidió disculpas por no poder responder todos los mensajes recibidos en sus redes sociales, pero aclaró que “sepan que los leo, que llegan”.
El paseo previo en la autobomba, la subida al escenario para hablar ante su gente, la entrega de las llaves de la ciudad y el bautismo con su nombre al estadio del Club Atlético Calchín fueron el preludio a un recital de “Los Caligaris”, una banda que fusiona el rock con el cuarteto y otros ritmos, a los que el propio Julián se les sumó para cantar en una jornada inolvidable para todas las personas presentes.
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Nacer, crecer y vivir en los márgenes de las grandes urbes es para sus habitantes motivo de orgullo. Curtidos en eso de ponerle el lomo y laburar de sol a sol, los pueblos son los primeros en sufrir los estragos ante cada crisis y aguantar los rebencazos de un sistema que los excluye cada día más. Asfixiados por el paso arrollador de cuatro años de capitalismo salvaje y con el fantasma de la pandemia respirando un par de cuadras atrás, las y los peublerinos tienen desde finales del 2022 una nueva fecha para dejar todo eso a un lado y celebrar. Cada 18 de diciembre se recordará no solo un título mundial, sino también el día que los pueblos y su gente, hermanados, salieron por fin a la calle para poder festejar.
Esteban Bedriñan
Twitter: @ebedrinan
Texto publicado en nuestro libro Ilusión Eterna, conseguilo acá.