Esta semana Ruben Magnano anunció oficialmente su retiro de la dirección técnica. Fue quien comandó a la selección argentina en el triunfo contra Estados Unidos en Indianápolis 2002. Fragmento de la biografía «Ruben Magnano» de Gabriel Ronsenbaun.
La conferencia de prensa más rupturista de la historia del básquet mundial ocurre casi en modo analógico. Aún no hay redes sociales, celulares inteligentes ni plataformas de video o streaming. Lo que hay es un murmullo pesado, casi sepulcral. El rey todopoderoso acaba de abdicar, al menos en su formato invencible.
–En treinta años de carrera nunca vi una rueda de prensa con tanto respeto, silencio y sorpresa a nivel mundial –describirá Duró.
–Yo estuve junto con Rubén en esa conferencia –detallará Oberto-. Nosotros hablamos muy poquito. Las preguntas eran casi todas para George Karl, que decía: «El número cinco tal cosa, el número siete tal otra». ¡Nos trataba por números, no por nombres! En un momento, Rubén me dijo: «Vamos». Nos levantamos respetuosamente y nos fuimos.
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Afuera del estadio, el resto del equipo vive su fiesta en el estacionamiento del Conseco Fieldhouse. ESPN hace un móvil en vivo desde el lugar. Los jugadores parecen estudiantes en viaje de fin de curso, bien lejos de las poses de tipos bravos que dejaron dentro de la cancha. Victoriano tiene la cinta de la acreditación puesta como una vincha. Se hacen cargadas mientras salen al aire, se molestan entre ellos. Ginóbili, habitualmente locuaz, no sabe qué decir; la sonrisa le ensancha la cara. Se divierten como lo que son: un grupo de amigos que está descubriendo estados nuevos de felicidad.
Muy requerido por la prensa, Magnano se queda con Duró en el estadio mientras el resto se sube al colectivo para regresar al hotel. Al sentarse en el micro aparece cierto cansancio, algún quejido, el punzante dolor por los roces de un partido asperísimo.
–No la caguemos mañana. El partido de cuartos es el que vinimos a ganar a este Mundial. No seamos boludos –dice alguno de los jugadores durante ese recorrido de apenas unas cuadras.

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El Embassy Suites en el que se alojan todas las delegaciones, excepto el Dream Team, tiene una disposición particular. Todas las habitaciones dan a unos balcones y esos balcones aparecen enfrentados en torres intercomunicadas bajo un techo de acrílico.
Al entrar, los jugadores argentinos reciben una ovación que les eriza la piel. Desde los balcones, asomados con gestos casi reverenciales, los demás equipos ofrecen una bienvenida espontánea y antológica.
–Esa imagen es muy fuerte: entrar y que estuvieran aplaudiéndonos todos los equipos, incluido Brasil, con el que nos íbamos a enfrentar al día siguiente. El honor de tus pares es muy importante. Todos esos equipos nos querían ganar y nosotros queríamos ganarles a ellos. Fue tremendo –se llenará de orgullo Oberto al rememorar esa imagen.
José «Piculín» Ortiz, figura del básquet FIBA y emblema de la selección de Puerto Rico que acaba de ganar el otro grupo de segunda fase, es uno de los que más aplaude desde el balcón.
–Argentina venía demostrando un ascenso muy interesante en su juego y tenía un gran compromiso por su país, bajo el trabajo de excelencia del «coach» Magnano. Recuerdo que esa noche les dije que por fin les habían dado una patada en el traste a esos prepotentes. Era la mejor lección para la soberbia de muchos NBA –dirá «Picu» para este libro.
El yugoslavo Vlade Divac, otra estrella mundial, solía pasar de largo cuando se cruzaba con los argentinos. En ese instante olvida su parquedad y va directo a estrecharle la mano a Wolkowyski.
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Magnano y Duró salen del Conseco Fieldhouse y deciden volverse caminando al hotel. El disfrute está en esas sensaciones irrepetibles de haber hecho algo grande, pero la cabeza del entrenador va desenganchándose de lo que pasó para sincronizarse con lo que vendrá. Es un mecanismo naturalizado. Ni siquiera debe forzarlo.
En las habitaciones, la euforia va decayendo lentamente y el esfuerzo colosal se percibe de manera evidente.
–Después de haber hecho lo que hicimos, necesitábamos bañarnos y relajarnos un rato. Tirarnos en la cama aunque sea diez minutos –dirá Wolkowyski-. No recuerdo si fue antes o después de cenar, apareció alguien y dijo: «Hay reunión en la habitación de Rubén». Y allá fuimos.
Los jugadores van entrando uno a uno. Se acomodan como pueden. Están algo amontonados. Magnano les habla con firmeza.
–Rubén tiene la «culpa» de todo lo que conseguimos –lo elogiará Wolkowyski-. Siempre estuvo un paso adelante y no permitió que nos relajáramos nunca, ni siquiera en esa noche histórica.
En su habitación, con el mismo fibrón con el que había remarcado situaciones para enfrentar al Dream Team mientras sus jugadores lo miraban como a un marciano unas cuantas horas atrás, el entrenador se acerca a la pizarra sobre la que hay un afiche. Esta vez no tiene dibujados esquemas de juego. Es de un blanco impoluto.
Entre su charla anterior y este mensaje, el mundo deportivo cambió para siempre. El tótem invencible ya no existe.
Magnano escribe con mayúsculas. Cuando termina el último trazo está otra vez adelantado en el tiempo. Mientras ese 4 de septiembre comienza a quedar en el pasado, Magnano señala con el dedo índice de la mano derecha esas nueve palabras que escribió con esmero:
–Ya entramos en la historia. Vamos por la gloria –dice la pizarra.
Fragmento del primer capítulo narrativo de «Magnano», la biografía del ahora ex DT escrita por Gabriel Rosenbaun. Conseguila acá.
Gabriel Rosenbaun
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