“Si queréis estudiar a alguien
no prestéis atención al modo en que calla, o habla, o llora,
ni siquiera en que es conmovido por las nobles ideas.
Miradle más bien cuando ríe”.
Fiodor Dostoievski

Con el típico rodete bien tirante en el pelo, y una mirada profunda, Simone Biles sale a escena en cualquier competencia de gimnasia y se convierte en un imán para todos los ojos. La magia de sus movimientos se ve desde lejos, aunque no entiendas de piruetas, de doble mortal con triple giro, ni de la puntuación de un jurado de gimnasia. Como cuando te parás frente a una gran obra de algún maestro del arte, que aunque no sepas de técnicas ni de pinceles, te deja cautivo mirando el lienzo. A distancia se nota que Simone es una distinta, no sabes bien por qué, pero se mueve como si la gravedad le influyera diferente que al resto de los mortales. Hay otro detalle que se ve desde lejos: su enorme sonrisa.

A través de los siglos, la risa carga con la sospecha de ser socialmente peligrosa. Por supuesto dicha sospecha fue apuntalada por todos los poderes dictatoriales, opresivos y profundamente “serios”.

En “El Nombre de la Rosa”, la elevadísima novela de Umberto Eco, un bibliotecario asesina a varios monjes para ocultar el desaparecido segundo libro de la Poética de Aristóteles, que supuestamente trata de la risa. “-¿Pero qué tiene de alarmante la risa? -La risa mata el temor… “, Eco se pregunta y se responde la gran cuestión. Luego avanza con la idea de que sin temor no puede haber fe, planteando la relación entre la existencia del miedo y la necesidad de Dios. No llegaremos a tanto. En estas líneas nos alcanza con las alturas a las que llega Simone Biles en sus presentaciones.

Biles había ganado cuatro medallas de oro y una de bronce en Rio 2016, llegó a Tokio en 2021 como estrella y candidata al oro en todas las disciplinas de gimnasia artística. Favorita del público, por carisma y simpatía, además de un talento descomunal. Pero su segunda participación en juegos olímpicos no terminó nada bien. Abandonó varias de las competencias por una patología llamada Twisties. Una especie de ataque de pánico que le provocaba desorientación en el aire mientras realizaba sus rutinas.

La campeona se alejó de la gimnasia durante un largo tiempo. Su conocida y dolosa historia se mediatizó a niveles nocivos. Simone había sido abusada sexualmente por Larry Nassar, médico del equipo nacional estadounidense de gimnasia. Dio testimonio en el juicio oral.

Su salud mental y su patología tergiversada, fue tendencia en los medios, para bien y para mal. Culminando en críticas y hasta en acusaciones de traición, por su abandono en Tokio.

Simone Biles pudo dejar atrás todo aquello, luego de mucho trabajo volvió al equipo de gimnasia de USA, y llegó a Paris 2024. A brillar, a volar, a reír.

Según explicó Robert Andrews, psicólogo de Biles: “uno de los secretos de mi trabajo con los deportistas es lograr que su personalidad se refleje en sus actuaciones en competencia, y eso es muy importante en la gimnasia. Poco a poco, conseguimos que Simone se fuera divirtiendo… y su cuerpo respondió magníficamente. Si ella pone una gran sonrisa, los jueces sonríen y los entrenadores de sus rivales se detienen a mirarla. En un análisis psicológico, eso la hace especial. Tuvimos que trabajar mucho para mantenerla empoderada y que pudiese seguir apareciendo de esa manera a pesar de una cultura que no lo permitía. Así que esa fue realmente la única lucha que tuvimos: combatir contra esa vieja cultura de estoicismo en la que parece que una gimnasta no se está divirtiendo, asociando seriedad con perfección. Tuvimos que luchar para que Simone pudiera ser ella misma y ser su esencia.”

El deporte de alta competencia, avanza en el perfeccionismo y en extraer de los atletas sus máximas posibilidades. Pero se sabe que físicamente no termina siendo saludable, y anímicamente mucho menos. Las presiones y exigencias hacen un trabajo fino y desgastante, que se incorpora al torrente sanguíneo de los atletas y muchas veces concluye censurando la diversión. Y allí se abre un portal de contradicciones: una persona que no se divierte, que no disfruta de lo que hace, disminuye su rendimiento. Aún en términos de productividad fría y acomodable a una tabla de rentabilidad, la falta de placer y de sonrisa, es una variable que reduce los beneficios.

Algunos se dan cuenta de ello y evitan ese positivismo material, que alienta el gesto adusto y la seriedad patológica como síntoma de máximo profesionalismo.

Carlos Alcaraz, estrella del circuito de tenis, habitante del podio del ranking mundial y ganador de tres torneos Grand Slam con apenas 21 años, suele mostrar su amplia sonrisa llena de grandes dientes, en los momentos de máxima tensión de los partidos.

Carlitos contó recientemente, que está muy atento a “no ser un esclavo del tenis. Necesito mi tiempo libre. Salir, divertirme, compartir ocio con mi familia o irme a Ibiza con amigos”.

Cuando Lionel Messi saltó por primera vez al césped del Camp Nou, a dúo con la sonrisa gigante de Ronaldinho, la rompieron toda. Messi levantó la copa del mundo siendo capitán de la selección dirigida por Lionel Scaloni, quien insiste en que los jugadores disfruten de jugar, y que disfruten aún más cuando se trata de finales. Pablo Aimar, otro integrante de ese cuerpo técnico, milita la necesidad de que la formación de juveniles debe ser “jugando”, que ya habrá tiempo para todo lo demás.

Lejos quedó el paradigma de salir a la cancha a pelear una guerra, a sufrir y a confundir rival con enemigo. Brindo por ello. Los fantasmas de perder finales se repelen disfrutando. Los temores de Biles, son combatidos por su propia sonrisa.

Varios de los saltos de Simone solo los hace ella, de antemano se sabe que, con la extrema dificultad que plantea en sus rutinas, si no hay caídas, será la ganadora. La batalla es con ella misma, una pugna mental: afrontar los riesgos.

Biles se va de Paris 2024 con cuatro medallas en el pecho. Tres de Oro, una de Plata. Antes, después, e incluso a veces durante, sus saltos y sus rutinas, que desafían la gravedad y el equilibrio, Simone Biles no dejó de sonreír.

Fabián Spina
Twitter: @fabspina10

Lástima a nadie, maestro necesita tu ayuda para seguir existiendo:

Deja un comentario