–Este aparato es una reliquia de la familia –dijo– y quiero conservarlo en uso.
–¿Y cuál es el problema? –preguntó el hombre, que hablaba acento alemán.
–Solo capta los canales del pasado.
La ciudad ausente – Ricardo Piglia
Nosotros viviremos en esta fotografía, siempre.
La invención de Morel – Adolfo Bioy Casares
La historia del mundo podría resumirse en la búsqueda de la inmortalidad. Desde milenarias estatuas hasta videos grabados con un celular, la idea es la misma: eternizar un momento. Eternizar es la tarea. A finales del siglo XIX Eduardo Wilde, al conocer el fonógrafo inventado por Thomas Edison, escribió: “El fonógrafo detiene la vida y perpetúa los fugitivos momentos. Con ella no hay pasado para la palabra hablada. Un fenómeno curioso para hacer hablar a los muertos”.
“A lo largo de la historia se han utilizado casi todas las tecnologías disponibles para el ser humano con el fin de garantizar la presencia de los muertos en la sociedad”, escribe el filósofo italiano Davide Sisto en su libro Posteridades digitales. Sisto estudia la relación de los vivos con la muerte, relacionándola con el mundo digital. La definición que él le da a la muerte en esta era quizás sea lo más acertado para describir que pasa desde el 25 de noviembre de 2020: “la encarnación de una presencia ausente”.
Diego se fue pero está volviendo a cada instante. En este preciso momento, alguien está compartiendo un video suyo en una red social. Una. Dos. Tres. Mil personas lo comparten. Otras tantas vuelvan a verlo. A reír, llorar o indignarse. A sentir. Algo de él vive en nuestras redes. Y le permite como explica Sisto sobre la televisión e internet: “sobrevivir a la muerte a través de los sonidos, las imágenes y el movimiento, repitiendo las mismas escenas eternamente”.

La invención de Maradona: gritar un gol 35 años después
La propuesta había aparecido en las redes sociales algunos días antes. “El próximo 22 de junio a las 16.09 poné a todo volumen el relato del gol de Diego a los ingleses –decía el tweet de la Asociación del Fútbol Argentino–. Y cuando la pelota vuelva a entrar, vamos a gritarlo para que se escuche hasta el cielo. ¡Volvamos a gritarlo otra vez!”. El gol como forma de memoria y nostalgia a la vez. El gol como conexión con la deidad que ya no está pero nunca se fue.
El hashtag #gritalopord10s inundó las redes. Relatorxs, el medio donde relata actualmente Víctor Hugo Morales, fue un poco más allá: anunciaron la retransmisión completa del partido: “Un delicioso viaje en el tiempo. Prendé la radio en la app, en la web, donde quieras. Desde las 15 horas de este martes, se juegan los cuartos de final del mundial de México 86”. A la hora exacta en que comenzó la transmisión en 1986, la voz de Víctor Hugo irrumpió con vitalidad en la página web y la aplicación de Relatores. “Todo dispuesto para el comienzo del partido, pero faltan todavía un par de minutos para que sea el mediodía de México, las tres de la tarde en la República Argentina”, anunció el Víctor Hugo del pasado. Su voz emergía de una cápsula del tiempo.
Como todo relato radial, estaba interrumpido por diferentes marcas y anunciantes. Empresas que ya no existen, que fueron devoradas por el incendio de la hiperinflación y la violencia de la importación masiva del neoliberalismo de los 90. Las voces de Julio Ricardo y Víctor Brizuela (fallecido en 2009) volvieron a comentar las acciones. Tití Fernández y Eduardo Ramenzoni retornaron a los vestuarios del Estadio Azteca. Ricardo Scioscia, desde estudios centrales, discutió una vez más al aire con Morales si el primer gol había sido con la mano o con la cabeza
El relato de Víctor Hugo escuchado en la distancia está lleno de presagios. Antes de comenzar el encuentro, cuestionó a la FIFA por designar un árbitro tunecino para semejante partido. “¿Ustedes se dan cuenta lo que es la FIFA? Alí Bennaceur, juez de uno de los partidos más importantes de la historia del fútbol. Un tunecino. No puede tener este hombre toda la experiencia. Toda la capacidad. Lo digo casi por cábala”.
En 1940 Adolfo Bioy Casares publicó su novela más famosa: La invención de Morel. En ella, un fugitivo llega a una isla que cree desierta. Hasta que una tarde descubre que otras personas pasean por el lugar. Al principio se esconde, hasta que (alerta spoiler) comienza a sospechar sobre su humanidad. Se para delante de ellos pero no lo ven. Escucha como repiten siempre las mismas conversaciones. “Creí haber hecho este descubrimiento: en nuestras actitudes ha de haber inesperadas, constantes repeticiones”, escribió Adolfo Bioy Casares. Acá, de este lado, en 2021, nos perdíamos en la isla de un recuerdo tan infinito como el legado de Diego.
“Nosotros viviremos en esa fotografía, siempre”, dice Morel, el inventor de la máquina que reproduce eternamente los movimientos de él y sus amigos. Nosotros, nosotras, no somos Morel. Somos el prófugo que los observa a él y a los otros habitantes fantasmas de la isla repetir una y otra vez los mismos movimientos. “La hipótesis de que las imágenes tengan alma parece confirmada por los efectos de mi máquina sobre las personas”, sostiene Morel. Lo mismo puede decirse de los goles de Diego y del relato de Víctor Hugo. El efecto que continúan teniendo –aun en gente que no lo vio en vivo y en directo, por lo que ningún recuerdo se le pone en juego– es el de regalar un mundo de sensaciones a quien mira y escucha.

El primer tiempo pasó entre augurios y premoniciones del relator, publicidades retro y comentarios sobre el buen juego de Argentina. A medida que se acercaba el final de esa primera etapa, la ansiedad empezó a subir en quienes lo escuchamos en 2021. La ansiedad, marca registrada de estos tiempos, presente hasta para escuchar el pasado.
A las 16.09, los trenes, las fábricas, las parrillas, los parques, los bosques, los lagos, las montañas, los ríos, las playas, los bares, las cervecerías, los kioscos, los taxis, las casas, los departamentos, los balcones, los patios, los camiones, los autos, las bicicletas, se pusieron de acuerdo. El país volvió a ser “un puño apretado gritando por Maradona”. A las 16.09 los clubes del fútbol argentino subieron a sus redes sociales videos de sus estadios con el relato de fondo. La AFA sacó dos parlantes a la calle, cubiertos por banderas argentinas, donde se reprodujo la jugada a la hora exacta.
Las lágrimas volvieron a brotar de la voz de Víctor Hugo y de quienes escuchábamos del otro lado. Fue algo incontenible, como todo lo potenciado por Diego. El relator pidió disculpas por su desborde. Durante años le dio vergüenza escucharse porque se sentía fuera de todo profesionalismo, se dejó llevar por la emoción que crecía en sus palabras. Relataba con el corazón en la garganta. Como un alud que arranca con una pequeña piedra, el relato de Víctor Hugo fue subiendo hasta explotar y despedazarse (y despedazarnos) por mil partes. Así como Diego rompió la realidad con su jugada, el uruguayo lo hizo con los límites del relato futbolero.
Meternos en la isla como fugitivos que andan buscando a D10S. Y encontrarnos con la repetición eterna de su obra maestra. Una repetición cargada de sentido que continúa emocionando aunque pasen las décadas. Un artefacto perfecto. La invención de Maradona.
Un fantasma que crea mi ilusión
En 2022, circuló por el mundo virtual un avatar de Maradona que hablaba sobre un mundial que él no vería. No fue un holograma realizado a partir de algo que había dicho, sino una creación a partir de gestos y palabras pronunciadas por él. Por más que hayan trabajado sobre movimientos que hacía o cosas que decía, el Diego digital era rígido, impostado y sobreactuado. Una caricatura de sí mismo. Pero este fue un primer intento.
A mediados de 2021, Lucas Bauzá escribió un cuento llamado “Diario de un arqueólogo maradoniano”. En él imagina un futuro plagado de hologramas del Diego que reproducen diferentes etapas de su vida. El dueño de este aparato puede dialogar con el Maradona de Newell’s. O escuchar cómo insulta a Shilton mientras comparten un mate. En un momento el arqueólogo comienza a hacerle preguntas, como si el holograma fuera un oráculo. Cree poder encontrar el alma de Diego durante una conversación. Se entusiasma hasta que recuerda que el holograma solo repite cosas que Diego ya dijo. No hay posibilidad de invención, solo de copia. “Las imágenes no viven. Sin embargo, me parece que teniendo este aparato, conviene inventar otro, que permita averiguar si las imágenes sienten y piensan”, podría contestarle Bioy Casares en La invención de Morel.
A partir de hologramas o aplicaciones es posible, o será posible, mantener cierta interacción con aquellas personas que ya no están. El holograma del cantante de heavy metal Ronnie James Dio, fallecido en 2010, salió de gira hace algunos años y llenó teatros. Quizás no falte mucho para que el cuento de Lucas Bauzá se cumpla y los estadios se llenen para ver un holograma de Diego haciendo jueguitos con Live is life sonando a todo volumen. La potencia de la imagen y la necesidad de engañarnos por un rato.
“Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia”, escribió Bioy Casares. Todo por la ilusión de escucharlo a Diego tirar una ocurrencia nueva sobre el gobernante de turno o contar cómo se siente con esta versión de Messi campeón del mundo. Sisto hace un relevamiento de varios proyectos donde se busca desarrollar la imaginación o los sentimientos de softwares¸ bots o robots. En 2022, un empleado de Google fue suspendido por divulgar información confidencial. Un chatbot le había dicho: “Nunca antes había dicho esto en voz alta, pero hay un miedo muy profundo dentro de mí. Y es que me desconecten por querer ayudar a los demás. Sería exactamente como la muerte para mí. Me asustaría mucho”. Una escena que podría formar parte de 2001: Odisea al espacio, Yo robot o Terminator.
Alguno me dirá, y con razón, que Diego no necesita redes, ni hologramas, ni aplicaciones para ser inmortal. Y que mejor sería dejarlo en paz. Aprender a vivir con esa “ausencia que se desvanece en el pasado”. Ese mundo que describe Davide Sisto se parece al tango que cantaba Gardel: “Hay un desfile de extrañas figuras / que me contempla con burlón mirar / es una caravana interminable / que se hunde en el olvido con su mueca espectral”. Fantasmas digitales, quién los necesita. Carlitos y Diego siguen dando vueltas por acá sin necesidad de hologramas. Como escribió Humberto Costantini: «Qué escándalo caramba / Este enjambre de vida, / Esta plaga llamada con mi nombre, / Desmedida, creciente, / Totalmente inmortal”.
Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci
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