Adelanto de Crónicas Maradonianas. Un arqueólogo del futuro investiga todas las camisetas que usó Diego Maradona en su vida. No solo las de su carrera profesional, sino todas aquellas que usó en amistosos, homenajes o partidos despedida. Ciencia ficción maradoniana. Escribe Lucas Bauzá.

17 de febrero de 2.520

Hoy encontré algo que nunca hubiera querido encontrar: la irrefutable prueba de que Diego Armando Maradona jamás vistió la camiseta de mi humilde cuadro, el Club Social y Deportivo José C. Paz. Quizás escribo estas líneas para descargarme, como un desahogo, porque de ninguna manera podría salir por mi ciudad a pregonar esto, ya que me colgarían de la plaza principal por hereje. Yo mismo, si alguien hubiera venido ayer a decirme tal revelación, habría ayudado a la lapidación pública del autor de semejante blasfemia a nuestro héroe.

“¡¿Cómo que el Diego no se puso la del Gaucho?!”.

 No, Diego no se puso la del Gaucho ni por un segundo. Tampoco la de tantos otros clubes, como se cree actualmente. Y ahora no sé qué hacer.

22 de febrero de 2.520

 Llegué al descubrimiento de que Diego jamás se puso nuestra camiseta mientras armaba un discurso para dar en la universidad en la cual trabajo, en conmemoración por los 500 años del paso a la eternidad del astro. La premisa era –sigue siendo– hablar de él y su relación tan fugaz como eterna con la institución deportiva más importante de la ciudad, que consistió en Diego vistiendo la tricolor del Gaucho en un partido a beneficio que en los hechos no existió. Sí existe el hospital que necesitaba los fondos, también existió el partido… Pero lo que no coinciden son las fechas: Diego, el día que se realizó dicho acto benéfico, estaba en la lejana Dubái. Pero para mi ciudad, Diego estuvo acá, si hasta hizo dos goles y una decena de asistencias. Mi propio abuelo siempre me contó que su bisabuelo había hecho un gol después de una habilitación de Diego…

Este texto forma parte de Crónicas Maradonianas. Conseguilo acá.

1 de marzo de 2.520

Con el único que puedo hablar de esto, porque sé que me puede ayudar, es con el holograma de Diego que me compré en una feria el año pasado. Modelo 93, mi holograma tiene el cabello corto y negro, está afeitado y es muy delgado. Toma mate, si le ofrezco, y sale a correr por las mañanas.

 Le acabo de decir esto mismo que estoy escribiendo, que estoy vomitando, esta verdad que me lacera el alma, y que provocaría un profundo dolor en mi ciudad, pero también en cada rincón del país y del mundo, porque son cientos de fechas las que no coinciden. ¿Qué me contestó el holograma de Diego? Algo sin demasiado sentido.

-Estoy perdiendo cinco a cero, faltan dos minutos y el árbitro es Castrilli.

14 de marzo de 2.520

Maradooo… Maradooo…

16 de marzo de 2.520

Tengo que decir la verdad. Diego, el 7 de agosto del año 2.015, no se puso la camiseta de mis amores porque estaba dirigiendo en Dubái. Hay fotos y videos que lo demuestran.

23 de marzo de 2.520

Pasaron treinta y seis días desde mi descubrimiento, lo cual me condujo a esta cruel encrucijada. Revelar la verdad, exponer ante el mundo que las cosas no fueron como se creían, sería justo con el legado de Diego y con mi carrera de arqueólogo, con el juramento que hice al recibirme décadas atrás. Eso era lo que tenía decidido hace unos días: contar la verdad, mostrar las pruebas del equívoco, separar la leyenda de la historia tal como fue. Se lo dije al holograma de Diego, que me respondió lo siguiente:

-Ben Johnson es más serio que mi suegra el día que me conoció.

 Lamentablemente, estos días seguí escarbando. Y encontré que Diego jamás se puso más de tres mil camisetas, cuyos hinchas están seguros de lo contrario y que me matarían si tan solo lo sugiriera.

-Lo mío con Boca es amor –me dice el holograma, programado tanto para entablar una conversación como para hablar cuando él lo considere.

-Pero Diego –le acabo de responder–, eso ya lo sé. El tema es qué hago con el amor que te tienen los demás. Uno de cada dos hinchas en el universo están seguros que vos, aunque sea una vez, en un amistoso o en un partido a beneficio, te pusiste, al menos durante unos segundos, la camiseta de su club. Hay miles y miles de fotos, de anécdotas, de videos apócrifos. Miles.

-Algún día me gustaría jugar en San Lorenzo. Después de la de Boca, es la mejor hinchada.

-Diego… Por favor… Te estoy pidiendo que me ayudes. Iluminame desde arriba.

-Tabárez es un bife de chorizo. 

 Basta de esto. No sé por qué sigo perdiendo el tiempo con este diario. La verdad duele, ya lo sé. Pero estoy obligado a decirla. Maradona no va a dejar de ser Maradona. ¿O sí?

3 de abril de 2.520

Estuve pensando mucho este tiempo. Llegué a la conclusión de que lo ocurrido con Maradona también ocurrió con otros grandes personajes de la historia de la humanidad. Homero, Jesús, Mozart, Shakespeare, Cervantes, Muhammad Ali, Colón, Gardel, van Gogh… ¿Cuántas orejas se cortó el pintor? ¿Dónde nació Homero? ¿Quién era Mozart y quién era Salieri? ¿Cuántos Shakespeare hubo? ¿Colón era apenas un contramaestre de segunda línea? ¿Y Diego? ¿Diego jugó solo en Argentinos, Boca, Napoli, Barcelona, Sevilla y Ñuls? ¿O eso también es mentira? Porque la discusión duró más de cien años, y todavía hay gente de peso, historiadores, periodistas deportivos, arqueólogos, médiums, doctores en Estudios Culturales y especialistas en dispositivos de imagen antiguos que siguen sosteniendo la tesis contraria, la de Diego jugando para más de setenta equipos, tal como se desprende de sus declaraciones a lo largo de su carrera. Lo miro al holograma. Sabe que necesito una respuesta.

-Hay tres ofrecimientos de equipos ingleses. Le voy a dar para adelante, pero ojo, porque los ingleses son muy derechos, pero también muy caretones –me responde, como si estuviera leyendo mi mente.

-Sabés que esa respuesta no me ayuda para nada –le acabo de responder.

-Ojalá pueda jugar con Marito Kempes en el Mineros de Venezuela.

-Entonces yo estoy equivocado. Y los que sostienen la tesis de los seis clubes también. Jugaste en setenta equipos, dirigiste a medio planeta y te pusiste más de tres mil camisetas.

-Quiero que All Boys me anote para jugar el octogonal.

-¿Eso es un sí, Diego?

 El holograma me miró. Por un segundo creí que iba a cobrar vida y respondería lo que necesitaba escuchar. Pero me respondió lo siguiente:

-Shilton quedó como una bolsa de papas.

4 de abril de 2.520

¿Dónde habría nacido la leyenda de un Diego de todos y todas, de un Diego con tiempo, ganas y generosidad como para ponerse más de tres mil camisetas? En lo que Diego hizo a lo largo de su carrera. Jugó en seis clubes y en la selección argentina, dirigió a seis clubes y también a su selección, fue manager en por lo menos tres equipos y también fue presidente de un club de Bielorrusia. Esto que enumeré lo hizo por gloria y por dinero. No es la razón que explicaría el nacimiento de la leyenda.

-¿Qué me decís, Diego?

-Havelange le vende las balas a uno y el rifle a otro.

-Tenés razón –le respondí, y luego continué con esto que transcribo a continuación?–. ¿Pero sabés dónde surge la leyenda, para mí? En tu modo de actuar fuera de la cancha. Jugaste en partidos homenaje, o a beneficio, en cientos de pueblitos del país y del mundo. En cientos, Diego. Te pusiste la camiseta de Belgrano, la de Colón, la de Talleres de Remedios de Escalada, la de Vélez, la de Huracán, la de Lafe, la de Instituto, la de San Lorenzo… Esto está documentado y probado.

-La Tota integró la barrera cuando me peloteaban de todos lados. 

-Sigo enumerando. También vestiste la del Granada de España, la del Bayern Múnich, la de Gimnasia y la de Estudiantes, la de la Católica de Chile, la del Tottenham… Apareciste en Misiones para un partido a beneficio del Hospital Madariaga, y también en Uruguay y en Chile, en Tres Arroyos y en Roma, en la pequeña y ya mítica Marisol, en Río Tercero y en Río Cuarto.

-Salas se mareó un poquito, es difícil llegar a la cima, y más para un chileno.

25 de abril de 2.520

Pienso en mi prestigio. Revelar lo de Diego sería mi consagración como arqueólogo, un pasaporte directo a las cátedras de las mejores universidades del planeta, el salto a la inmortalidad de mi nombre. ¿Pero a cambio de qué?

27 de mayo de 2.520

Hace tiempo que estoy decidido a decir la verdad. Pero anoche soñé que decía la verdad.

De repente pasaba (en el sueño) por el mural de Diego que está en la esquina de mi casa pero no lo encontraba. Le pregunté a una vecina para ver si esta sabía algo, pero la vieja me respondió que no sabía quién era Maradona. Me fui caminando a la cancha del Gaucho, pero tampoco la encontré. De repente estaba en un tren en movimiento. Y a los costados había miles y miles de murales de Diego con camisetas que nunca vistió. Pero la cara de Diego estaba borrada, sin ojos y sin boca.

2 de juni0 de 2.520

Pienso en mis hijas y en mi mujer, en mis padres, en mis amigos, en mis vecinos. Sería muy duro para ellos enterarse de la verdad. ¿Qué pasaría si no dijera nada? Si estoy en este mundo para que me quieran más… ¿Ellas me van a querer más si cuento la historia tal como fue? ¿O sería exactamente lo mismo? Y mis amigos… ¿Pasarían a idolatrarme si paso a ser el responsable de derribar la leyenda de Diego con la 10 tricolor del Gaucho? No creo. 

22 de junio de 2.520

 Hoy se cumplen 514 años de los goles de Diego a los ingleses. Mis amigos viajaron a las Malvinas para la recreación del gol en Puerto Bilardo. Me preguntaron, claro, por qué no fui. Pero no les pude decir la verdad. 

4 de julio de 2.520

 Hoy encaré al holograma de Diego dispuesto a sacarle algo, porque estoy decidido a privilegiar mi carrera como docente e investigador. Y casi lo consigo. Pero no hubo más que un equívoco, una coincidencia entre la programación aleatoria del holograma y mis preguntas.

A continuación, transcribo el diálogo que tuvimos.

-Diego, ayudame. Dale, que se acerca la fecha.

-El juez Bernasconi aprovechó el caso Coppola para conseguir novia.

-Me cago en el juez.

-Estados Unidos es un país siniestro, careta, mala leche e hipócrita.

-Diego: tirame una soga o digo la verdad.

-Soy un defensor de Bilardo a muerte. Hasta lo veo cada día más lindo. Creo

que inclusive se le deshinchó la nariz.

 Estuve a punto de rendirme. Pero no lo hice.

-¿Y la leyenda de las tres mil camisetas? ¿Qué hago con eso?

 El Diego dejó el mate a un costado y me miró.

-Yo soy popular, no soy público.

-Ya lo sé, Diego. Por eso me pesa tanto la…

-Yo quiero festejar con todo el pueblo maradoniano.

-Diego… ¿Sos vos?

-El orgullo que tengo yo es que yo no soy ni Diego Maradona, ni Pelusa. No. Yo soy el Diego para la gente. El Diego. Me siento orgulloso de ser el Diego, porque yo soy popular, no soy público. 

  Sentí que estaba a un paso de conectarme con el alma del Diego.

-Listo, Diego. Me estás hablando vos.

-Lamolina se tomó dos litros de vino antes de dirigir.

7 de agosto de 2.520

 Hoy fue un día fuerte. Se cumplió un nuevo aniversario del supuesto partido a beneficio en el cual nació la leyenda de Diego vistiendo la del Gaucho y la fiesta, acá en José C. Paz, fue inconmensurable. Todo indica que va a durar varios días.

 La amargura que siento, al ser la única persona consciente de que esta celebración nunca más va a ocurrir, no la puedo expresar con palabras.

 Me siento un traidor a mi gente, a mi familia, a mi pasado. Todavía recuerdo mi niñez, cuando llegaba este día y salíamos con mi papá a festejar con el pueblo maradoniano de José C. Paz. O ya de adolescente, yendo con los pibes, todos con la 10 tricolor, ovacionando al Diego, yendo en peregrinación a la cancha donde había ocurrido el milagro.

30 de octubre de 2.520

 Saludé al holograma, hace un rato, y me sacó una carcajada. El Diego fue el más grande entre los grandes.

-El dirigente de fútbol abre la heladera y sonríe. Le gusta más la foto que a Sharon Stone.

 Feliz cumpleaños, Diego. Donde quiera que estés.

1 de noviembre de 2.520

 Le confesé todo a mi mujer. No me creyó.

5 de noviembre de 2.520

 Hace una semana que no le contesto las llamadas a las autoridades de la universidad, que intentan contactarme para leer el discurso antes de aprobarlo. No sé qué hacer. Quedan veinte días.

7 de noviembre de 2.520

 Absolutamente borracho, con la 10 transpirada del Diego sobre la piel.

 Repito que no sé qué hacer. Pasaría a vivir como un rey, pero no podría volver a caminar por las calles donde nací, crecí y me desarrollé como persona. La gente no me lo perdonaría.  

 La concha de tu madre, aguante el diego. El 10.

20 de noviembre de 2.520

 Si yo fuera Maradona, viviría como él. Si yo fuera Maradona, frente a cualquier portería. Si yo fuera Maradona, nunca me equivocaría.

 Pero no soy Maradona. Apenas soy un pobre boludo que admira a los buenos jugadores de fútbol y a los rebeldes, y que nunca tuvo otra opción que no amarlo al Diego.

 No quiero equivocarme. No quiero romperle la ilusión a la gente. No quiero esconder la verdad de los hechos. No quiero. No quiero nada. Hubiera sido mejor no saber la verdad.

22 de noviembre de 2.520

 Ya sé.

24 de noviembre de 2.520 

Faltan horas para que se cumplan los 500 años de la muerte del Diego. Y ya tomé una decisión. A las 23:59 de esta noche, le voy a hacer una sola pregunta al holograma. Una sola. Dependerá del Diego. Él va a ser capaz de indicarme el camino. Alguna frase dicha por él me va a ayudar a decidir el camino a seguir. A esta altura ya me da igual, porque confío plenamente en su respuesta.

 Diego… Los hinchas te aman, la leyenda hoy dice que vestiste más de tres mil camisetas, pero eso no ocurrió. Y a mí, un simple arqueólogo bonaerense, me tocó descubrir la verdad. Si la revelo, me espera la gloria y el reconocimiento de la academia. Si no digo nada, nadie se va a enterar de mi renuncia a consagrarme como arqueólogo, pero todo va a seguir como está con respecto a la leyenda… El pueblo va a seguir creyendo que vos te pusiste la camiseta de su equipo. Porque a esta altura, para la gente usaste hasta la de River y la de Central. Entonces, Diego… Vos tenés la respuesta. ¿Qué hago?

25 de noviembre de 2.520

 Me estoy yendo a la universidad. Tengo los dos discursos preparados. También tengo al holograma sentado frente a mí. Le hago la misma pregunta que escribí ayer.   

-Diego… Los hinchas te aman, la leyenda hoy dice que vestiste más de tres mil camisetas, pero eso no ocurrió. Y a mí, un simple arqueólogo bonaerense, me tocó descubrir la verdad. Si la revelo, me espera la gloria y el reconocimiento de la academia. Si no digo nada, nadie se va a enterar de mi renuncia a consagrarme como arqueólogo, pero todo va a seguir como está con respecto a la leyenda… El pueblo va a seguir creyendo que vos te pusiste la camiseta de su equipo. Porque a esta altura, para la gente usaste hasta la de River y la de Central. Entonces, Diego… Vos tenés la respuesta. ¿Qué hago?

 El holograma me miró, sonriente. Y me respondió lo siguiente:

-En un momento vi como que entraba en un largo túnel y los hinchas de Boca, River, San Lorenzo, Racing e Independiente venían y me sacaban y salvaban de la muerte.

26 de noviembre de 2.520

 Todo salió perfecto. Di un discurso rescatando la figura del Diego que la gente ya olvidó. Me fui a cenar con mi familia. Volvimos caminando entre fuegos artificiales, rodeados por la multitud maradoniana. Mi hija más grande, que ya entiende un poco más, me pidió que le cuente qué pasó el día que Maradona se acercó a nuestra ciudad. Y yo se lo conté. Con lujo de detalles se lo conté. Con las mismas palabras que mi abuelo y mi viejo me lo contaron a mí. Con los ojos llenos de lágrimas se lo conté. Como si lo estuviera viendo gambetear frente a mí, etéreo y eterno, despeinado y omnipresente, celestial y ardiente. El Diego. 

Conseguí Cronicas Maradonianas acá.

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

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