El 11 de febrero de 2004 fue asesinado el Palomo Usuriaga. Un hombre cargado de goles, gambetas y misterios. Una vida llena de realismo mágico. Este texto es un adelanto del próximo libro de Lástima a nadie. Escribe Juan Boldini.
La primera condición del realismo mágico es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico.
Gabriel García Márquez
Diario Reforma, México, 2000.
En Colombia, la tierra de Gabriel García Márquez y de Pablo Escobar Gaviria, hubo un futbolista que parece haber nacido de la imaginación literaria de Gabo y haber sucumbido al universo violento del Patrón. Su nombre de pila ya es, en sí mismo, un problema. Escribir Albeiro o Alveiro es algo que sólo se puede decidir tirando una moneda al aire. Su tumba dice Alveiro, pero el tatuaje de su hija dice Albeiro. El carnet de la Asociación del Fútbol Argentino que lo habilitaba para jugar en Independiente decía Alveiro. Pero la placa que lo homenajeaba en el estadio Pascual Guerrero decía: “Este palco fue construido por la Alcaldía en memoria de Albeiro Usuriaga”.
En Colombia no hay una ley que establezca con qué nombres se puede inscribir a una persona. Por ese motivo, por ejemplo, abundan las personas llamadas Usnavy, porque era lo que sus progenitores leían en el casco de los barcos estadounidenses que los rodeaban (U.S. Navy). Pero en el caso de Usuriaga pareciera nunca haberse zanjado una duda ortográfica.
Su carrera profesional es una partida de ajedrez entre la buena suerte y un olvido impiadoso. Como una especie de Forrest Gump, Usuriaga aparece en distintos momentos trascendentes de la historia del fútbol colombiano y, del mismo modo, desaparece.

Un traje blanco y unos botines prestados
Usuriaga tiene un origen muy humilde. Nació (y murió) en Cali, en la barriada obrera 12 de octubre. Poco se cuenta de su papá, murió joven o se fue rápido. Tenía cuatro hermanos. Y, si bien no era el menor, era el más consentido. Muy apegado a su madre, creció como un niño temeroso. Con el tiempo se convirtió en un joven de 1,92 metros, con contextura atlética y rasgos delicados. Pero el miedo no se fue, su hermana Yolanda cuenta que, ya siendo profesional, necesitaba las luces prendidas para poder dormir.
Pero el joven Usuriga no anhelaba la gloria del fútbol. Él soñaba con ser como Michael Jordan. Hasta que un día, sin querer, fue fichado por el América de Cali como futbolista. Había acompañado a sus amigos del barrio. Debido a su físico, la gente del club quiso verlo en la cancha. Hubo que prestarle los botines, porque no tenía. Así nace la carrera de un jugador que triunfa sin buscarlo.
Sin dudas tenía talento. Siendo aún jóven y pobre, uno de sus goles fue elegido el más lindo de la fecha. El premio era un traje a elección en una tienda de ropa que auspiciaba el torneo. Usuriaga fue a la tienda acompañado por un amigo, eligió un llamativo traje blanco y volvió caminando al barrio, porque no tenía plata para el colectivo, con el traje puesto. En el barrio se festejaba el cumpleaños de su hermana Yolanda. Al verlo llegar alguien gritó “ahí viene el Palomo”. El apodo se grabó más fuerte que el nombre.
La única alegría del año
En el año de 1989, a la vez que la relación entre el fútbol colombiano y el narcotráfico implosiona, Usuriga escribe su nombre con letras indelebles en la memoria del pueblo gracias a dos goles. Primero, el 31 de mayo. En la final de la Copa Libertadores en la que se enfrentaron Atlético Nacional de Medellín y Olimpia de Paraguay. Usuriaga se eleva a más de un metro del piso para ganarle en el salto al arquero rival y marcar el dos a cero que le permite a su equipo ir a los penales. Un rato después Atlético Nacional se convierte en el primer equipo colombiano en ser campeón de la Libertadores.

En octubre de ese mismo año reaparece como por obra del destino. La Selección Colombia enfrentaba a Israel. Sólo una de las dos iría al mundial de Italia 90. Hacía 28 años que Colombia no clasificaba a un mundial. Usuriaga comienza el partido sentado en el banco de suplentes. Recién cuando arranca el segundo tiempo, Pacho Maturana lo manda a la cancha. En una jugada intrascendente, el Palomo recibe en tres cuartos de cancha un pase de Valderrama. Le cuesta cuatro toques controlar la pelota. Sus piernas largas parecen enredarse. Finalmente encara hacia el arco israelí. Se la da a un compañero que está al borde del área grande y corre hacia un espacio aún vacío. Un segundo más tarde, en ese espacio se reencuentran el Palomo y la pelota. Luego se separan, ella va hacia la red (con la fuerza y dirección justas para pasar entre el arquero y el primer palo) y él trota sonriente hacia la pista olímpica del Estadio Metropolitano de Barranquilla donde es abrazado por todos los que estaban cerca.
La alegría nacional por los festejos es interrumpida por la violencia. La vinculación entre los cárteles y el fútbol es incontrolable. El 15 de noviembre, sicarios de Pablo Escobar asesinaron al árbitro Álvaro Ortega. Tal fue el precio por anular un gol de Independiente de Medellín. Se suspende el campeonato colombiano de 1989. Muchos colombianos recuerdan a Usuriaga como la única alegría de aquel año.
Sin embargo, medio año después, Maturana (quien era su director técnico tanto en el equipo como en la selección) no convoca a Usuriga para jugar el mundial. Se rumorea algún acto de indisciplina. Esther Lopez, la madre de Usuriaga, cuenta que desde ese día dejó de sentirse colombiana y que sólo reconoce como nacionalidad al barrio 12 de Octubre.
El amor en los tiempos de El Gráfico
Esta dinámica se repite en los siguientes años. En 1990 es el primer colombiano en jugar en Europa, pero su equipo (el Málaga) desciende a poco de su llegada. En 1994 llega a la Argentina y es el primer colombiano en ser tapa de la revista El Gráfico. En los tiempos previos a internet, estar en la portada de El Gráfico era como llegar a un podio selecto. Usuriaga lo logra gracias a ser el goleador lujoso de un equipo lleno de talento, el Independiente multicampeón dirigido por Miguel Ángel Brindisi.

Independiente todavía estaba haciendo el duelo por la retirada de su máximo ídolo, Ricardo Bochini, cuando el Palomo sin previo aviso empezó a hacer goles hermosos. Su estilo de juego era, por lo menos, inesperado. Pese a su altura no jugaba por el centro del campo. Le gustaba habitar el costado de la cancha. Y desde ahí ir recortando hacia al arco. Enganchaba tantas veces como su habilidad se lo permitiera. A veces la pelota parecía enredarse entre su tranco largo, pero tenía la técnica suficiente para salir del enredo como si ése siempre hubiese sido el plan. También sabía ser contundente. Cabeceaba bien y tenía un remate seco y preciso.
No le toma mucho tiempo ser ídolo en Avellaneda. Sin embargo, un año y medio después se va a México, donde le pagan más. Aún no lo sabe, pero el pico de su carrera ha pasado.
De la gloria y otros demonios
A partir de acá cada vez dura menos en los clubes. Se destaca que juega en el Santos de Brasil siendo recomendado por Pelé. Pero también dura poco. En 1997 vuelve a Independiente pero ya no es lo mismo. Si bien hace varios goles lindos, casi siempre es suplente. Mientras la década del noventa y el espejismo de la paridad cambiaria menemista se resquebrajan, Usuriaga cierra su paso por el club con un doping positivo de cocaína. La sanción, dos años de inactividad profesional.
Vuelve a Colombia y su nombre se traslada a la sección policial de la noticias. Primero es detenido manejando una moto robada. Luego, lo condenan a 18 meses de cárcel en suspenso por conducir borracho y lesionar a un policía en un control de rutina. Pasa un tiempo hasta que la buena suerte se vuelve a acordar de él.
La eternidad a las trompadas
En octubre de 1999, las selecciones de Argentina y Colombia juegan un partido amistoso en la provincia de Córdoba. El estadio se llena de representantes buscando hacer negocios. Entre ellos se encuentran Carlos Quieto, el histórico manager del Palomo, y Oscar Gencarelli, el presidente de un humilde club cordobés. No se sabe cómo el presidente se va con la promesa de que Usuriaga jugará en su equipo, General Paz Juniors. Al principio nadie le cree.
Pero, en pleno verano del año 2000, el colombiano de 33 años aparece en el humilde estadio Ambrosio Taravella. Su paso por el “Poeta” termina de eternizar su recuerdo. Por última vez graba su nombre en el corazón de una hinchada. Está un poco más gordo y tiene el pelo platinado, pero en su primer partido agarra un rebote y clava la pelota en el ángulo. Entre semana es mimado. Dicen que entrena lo justo, mientras juega al pool y coquetea bastante.

El 25 de junio en la Ciudad de Pergamino, -con dos goles del Palomo- General Paz Juniors vence a Douglas Haig y asciende por primera vez a la segunda categoría del fútbol argentino. Después de que termina el partido la hinchada local invade la cancha para agredir a los vencedores. Usuriaga, persona de ánimo tranquilo, se trenza a golpes de puño con los pergaminenses y se vuelve leyenda.
La mala hora
El día que lo iban a matar, Usuriaga se levantó a las once de la mañana, tal era su hábito desde que no era futbolista profesional. Después del mediodía caminó treinta metros y llegó a su destino final, un precario bar de barrio del que era habitué. Allí se comía, bebía y jugaba al dominó. No sabemos qué pasó por la cabeza de Usuriaga, si lo habrá notado. Pero los presentes cuentan que ese once de febrero del 2004 el Palomo estaba con mucha mala suerte.
En el habitual dominó no paraba de perder. La prenda para el que perdía tres manos era tomar un litro de agua. A las siete de la tarde Usu ya había tomado cinco litros. El día anterior una de sus hermanas había recibido una llamada anónima amenazando al Palomo, pero no lo tomó en serio. Recién la recordó a las ocho de la noche. Cuando desde el balcón de la casa familiar vio el cuerpo de su hermano abatido en el piso.
El sicario fue un menor de edad, apodado La Nana. Se bajó de una moto conducida por otro. Sin mediar palabra descargó dos pistolas sobre el pecho amplio del goleador. Todas las versiones coinciden en que La Nana no fue el autor intelectual. Sólo era una mano de obra barata y desechable. La leyenda dice que lo sepultaron incluso antes que al Palomo.
Los motivos del asesinato, aún cuando “se han aclarado”, son confusos. La hipótesis más fuerte dice que Jefferson Valdez Marin, figura de peso en la organización criminal “Los Molina”, tenía celos del Palomo. Es tan incierto como posible. No se especifica la identidad de la mujer que los vinculaba, ni de cuál de los dos era pareja. La reconstrucción de los motivos se hizo en base a testimonios de narcos arrepentidos. Ya que Jefferson Valdez fue asesinado en octubre del 2006 en una cancha de fútbol en Ciudad Jardín, un barrio lujoso de Cali.
Esto no es una rumba
Tres semanas antes de su asesinato, Usuriaga estaba en medio del Cementerio Metropolitano del Sur frente a una tumba. Está un poco borracho, lo acompañan su hermana Carmen y una mujer con la que el Palomo salía. Están ahí porque, después de comer y beber, Usuriaga quiso ir a conocer a la difunta madre de su novia. La pasan bien. Cantan y ríen. Usuriaga promete a la difunta casarse con la chica. Cuando se van le suelta un pensamiento a su hermana: cuando muriese su madre ellos no debían mostrarse tristes, por algo eran gente alegre.
El 14 de febrero del 2004 una multitud de caleños de clase trabajadora grita “Usu, Usu, Usu…”. Sin embargo, no están en el estadio Pascual Guerrero. Están en la capilla del Cementerio Metropolitano del Sur, en Cali. A medio kilómetro, la tumba marcada como “lote 582 Jardín S-53” espera por los restos del Palomo. Durante la misa cuesta que apaguen la música que está a todo volumen. Alguien finalmente grita: “Esto no es una rumba, le estamos rezando al socio!”. Hay tanta gente que se alquilaron colectivos especialmente y hasta hay vendedores ambulantes. Se dice que una mujer que iba en moto en la procesión cayó debajo de un colectivo y perdió la vida.

Cuando el cura se silencia, una marea humana arrastra el ataúd hacia la tumba, como si fuera una madera entre olas de brazos morenos. Mientras, desde el auto del Pepepson (un locutor radial), retumba la canción Vida vencida, de El Gran Combo de Puerto Rico. La letra habla de un hombre infiel que abandona su hogar después de haber hecho mucho daño. Algunos versos funcionan como despedida del ídolo. “Llegó el final, me voy de tu vida, mi vida vencida está”.
Según Yolanda Usuriaga el espíritu de su hermano habitó un par de años la casa materna, hasta que decidió irse.
Usuriaguismo mágico
El realismo mágico es un movimiento literario en el cual en medio de una narración realista se introducen elementos fantásticos como si fueran parte de la cotidianidad ordinaria de ese universo. Su autor más destacado fue el colombiano Gabriel Garcia Márquez. Quien cruzó sus orígenes como periodista con la fantasía y las creencias populares. En el realismo mágico, a diferencia de la literatura fantástica, lo extraño se vuelve familiar.
Han pasado quince años de la muerte del Palomo, cuando el domingo 28 de abril de 2019 la televisión colombiana emite un informe recordando su caso. Entre los testimonios que aparecen en el informe, una vendedora de lotería cuenta que muchos apostadores caleños suelen elegir el número 3582 debido a que es el número de la tumba de Usuriaga. El lunes 29 fueron muchos más los que apostaron por ese número. Cuando por la noche se anunciaron los resultados se calcula que hubo más de 1800 colombianos que festejaron el milagro.
Juan Boldini
Twitter: @juanboldini
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