En el equipo de Javier «el Vasco» Aguirre nadie es mejor que todos juntos. Lo que se llama un equipo. Las estrellas son para el cielito lindo, que ayer nos hizo dormir una hora menos por la lluvia.
De los once que salieron a la cancha con la camiseta verde titular, ninguno juega en un fútbol considerado de élite. Solo Johan Vásquez se desempeña en el Genoa, del fútbol italiano, mientras que Jiménez hace lo propio en el Wolverhampton del ascenso inglés. Luego, un habitante de la liga griega, otro del fútbol ruso, otro del saudí y seis jugadores locales. Ese esquema le permitió estar concentrado desde el pasado 6 de mayo.
No hubo primer tiempo ayer en el Azteca: fue un monólogo. Ecuador la vio pasar. Canta y no llores. El triángulo entre Lira, Romo y Mora, con el fútbol compacto de Alvarado y de Quiñones, el MVP de la noche, llenaron de un fútbol más posicional que vistoso todas las pantallas. No hubo equivalencias ante un equipo con más figuras que el local: el cinco del Chelsea y dos finalistas de Champions League. Europa no nos ordena.
Como la vecindad del Chavo o cualquier otro sketch de Chespirito, la selección mexicana mostró el valor colectivo de la belleza de los comunes. Como el Chapulín Colorado, hace un reconocimiento a los destacados héroes del subdesarrollo.
Aguirre y los suyos llegaron, cantando porque así se alegran, a su no muy agraciado Rubicón. Es el segundo duelo de eliminación directa que México gana en la historia de la Copa del Mundo. ¿El primero? Hace cuarenta años de local contra Bulgaria.

Lo ingrato de este formato es que ese paso lo llevó a la misma instancia que hace treinta y dos años lo condena: desde Estados Unidos 1994 siempre pierde en octavos de final, con la excepción del último Mundial de Qatar, que lo vio marchar en la primera ronda.
A veces las preguntas adecuadas son igual de relevantes que las certezas incuestionables. ¿Será que México puede hacer historia y pelear una Copa del Mundo?
Escribe: Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez
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