En Clapiers, distrito de Montpellier, un pasaje homenajea a la selección paraguaya que disputo el Mundial de Francia en 1998. Aquel combinado guaraní, con Chilavert, Gamarra, Arce, Acuña, entre otros, que casi lleva a los penales al posterior campeón del mundo. Escribe Nicolás Moretti.

Clapiers es una ciudad francesa ubicada en el distrito de Montpellier, bien al sur del país, a unos 750 km de París. Fue la localidad elegida por la Asociación Paraguaya de Fútbol para que su selección concentre durante el Mundial de Francia en 1998, la quinta participación paraguaya en Copas del Mundo.

Aquel equipo que clasificó al Mundial luego de terminar segundo en la clasificación a un punto de Argentina (unas Eliminatorias que Brasil no disputó: tenía su lugar asegurado por ser el último campeón mundial, costumbres que se extrañan) y que disputó ¡diez! partidos amistosos de buen nivel (Italia, Países Bajos, Bélgica, entre otros) en menos de seis meses antes del debut frente a Bulgaria, llegó a Francia convencida de que no serían el relleno de una fiesta de otros, a pesar de que el sorteo los había colocado en un grupo imposible. Junto a los búlgaros de Stoichkov que ostentaban el cuarto puesto en el Mundial anterior, Paraguay compartió la zona no sólo con la España de Raúl, Luis Enrique y Kiko sino también con Nigeria, vigente campeón olímpico y equipo sensación de fines de siglo.

En su bunker de Clapiers, el brasileño Paulo Carpegiani entendió que sus dirigidos no deseaban ni necesitaban de diseños tácticos de avanzada, sino que el rigor y la disciplina que los habían llevado hasta allí eran su terreno conocido. Chilavert, que llegó a su primer Mundial obsesionado por ser el primer arquero en convertir un gol (estuvo muy muy cerca en el debut contra los búlgaros), Gamarra, Celso Ayala y Arce eran la defensa y el esqueleto del equipo. Todo lo que pudieran hacer el Toro Acuña, Saturnino Cardozo o Enciso sería gracias a las garantías de aquella defensa inolvidable, que no sufrió goles en los empates contra Bulgaria y España y que le dio el primer gol del campeonato a Paraguay con un cabezazo de Celso Ayala para empezar a ganarle a la Nigeria de Okocha y Kanú, que no hicieron mucho.

Luego del debut y el empate en cero con los búlgaros, Carpegiani y Chilavert pensaron en las correcciones y en lo mejor para el equipo. Sin ruborizarse, decidieron que los recaudos que Paraguay debía tomar frente a España, debían continuar en el partido siguiente y en los próximos, si llegaban: la Albirroja jugaría con cinco en el fondo durante todo el Mundial.

Los paraguayos sabían muy bien a quien iban a enfrentarse en octavos, antes de jugarse el pase a esa llave frente a Nigeria. Solo quedaba un lugar en el segundo puesto del grupo, a disputarse con los españoles.  El esquema de cinco atrás fue existoso y Paraguay consiguió la clasificación, un punto por encima de España, que pese a sus seis goles a Bulgaria quedó afuera y fue la cara de la humillación que aparece en todos los Mundiales. Bien lo sabríamos nosotros cuatro años después, como lo saben los alemanes e italianos en la actualidad.

En Clapiers, Montpellier, a pocos metros de aquel centro de entrenamiento que hospedó a Paraguay en aquel Mundial, existe una calle que lo homenajea: 98 Rue du Paraguay. Esta distinción que los franceses le otorgaron a los paraguayos, es el reconocimiento al plantel que le dio a Francia el susto de su vida en aquellos tremendos octavos de final.

El local llegó a aquel partido jugado en Lens, bien al norte del país, con puntaje ideal en su zona, nueve goles a favor y uno en contra, pero sin su estrella, Zinedine Zidane: había sido expulsado con roja directa en el segundo partido contra Arabia y debía cumplir su segunda fecha de suspensión.

Si aquel encuentro pasó a la historia, no fue solo por el corazón y el carácter de Paraguay, bien conocido en nuestro continente. Tampoco lo fue porque la Albirroja haya puesto en apuros serios a Francia, porque, siendo un poco generosos, tuvo solo una situación de gol en todo el encuentro y los franceses tuvieron un tiro en el palo de Henry y cuatro o cinco jugadas que no terminaron en gol por Chilavert. Ese partido es recordado por el emocionante despliegue y rigor físico de Paraguay, por la falta de respeto deportiva a monstruos de la talla de Henry, Trezeguet o Djorkaeff y, principalmente, por el temor que inspiraba el arquero de Vélez: Francia sabía muy bien que si había penales, no había nada que hacer.

Pero los de Jaquet no esperaban encontrarse con ese fantasma porque no concebían la posibilidad de no ganar en tiempo reglamentario. Le vieron el rostro cuando comenzó el alargue y lo sintieron encima cuando empezaron los segundos quince minutos de prórroga.

Pero el desahogo para Francia llegó desde el banco. El banco paraguayo. Gamarra jugó con el hombro dislocado el segundo tiempo de la prórroga, Carpegiani decidió no reemplazarlo por Rivarola o Ricardo Rojas (sí, el de la vaselina en cancha de Boca), por el dolor no pudo tomar a Trezeguet en la enésima pelota aérea al área de Paraguay, el surgido en Platense se la bajó a su capitán, Laurent Blanc, que fusiló sin miramientos a Chilavert. Gol. Y no solo eso: gol de oro. El primero en la historia de los Mundiales, a seis minutos de los penales.

Los homenajes de Francia a aquella selección paraguaya continuaron por muchos años. Unos días antes de que ambas selecciones vuelvan a enfrentarse en un amistoso disputado en Rennes en 2017 (partido que los galos ganaron 5 a 0 con tres goles de Giroud), la Embajada de Francia en Asunción distinguió a algunos integrantes de aquella selección paraguaya de 1998 a pedido de la FFF (Federación Francesa de Fútbol) con un comunicado, que decía, entre otras cosas, que aquel encuentro “ha dejado huellas en nuestro país” y del que compartiremos un breve fragmento: “La calidad y la solidaridad de la selección paraguaya, conducida por su capitán José Luis Chilavert, han dejado una profunda impresión y son hasta la actualidad citadas como ejemplo en las escuelas francesas de fútbol».

Podemos concluir con la idea de que, tal vez, no hubiese existido tal reconocimiento si Francia hubiese quedado afuera con Italia, una ronda después. O si hubiera perdido la final con Brasil. Pero Francia empezó a ganar aquel Mundial aquella tarde en Lens. Paraguay no fue su mejor rival, ni el que más lo comprometió. Pero sin dudas fue el que lo bajó a tierra y que por aquel campeonato le hizo entender que en el fútbol, y más en un Mundial, no existen los números puestos.

Nicolás Moretti

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