“El amor nos hace hacer cosas imprudentes”. La frase, no muy novedosa, pertenece a Hércules Poirot, detective ficticio creado por Agatha Christie. Lo dice en una de las historias más conocidas de la escritora inglesa. “Muerte en el Nilo”. Se nos viene encima la obra por la conexión con la tierra de los jeroglíficos, las pirámides y los faraones, pero sobre todo por esa sensación de estar cerca del margen.

Deportivamente, la Argentina estuvo cerca de terminar. En la jerga futbolera: estaba muerto. Dos cero abajo, con un gol anulado al rival que no hizo que el partido se revierta, sin el control del partido, con el peligro de cada contragolpe. Hasta el minuto 79.

El partido lo cambió Messi, como si la rutina pudiera modificar el rumbo de los acontecimientos. Vio un hueco en el lado derecho. Entendió que su lugar era ahí: no se lo dijo nadie. Y, desde allí, simplemente empujó. Centro ideal para el gol de Cuti, golazo espectacular en la jugada de pinball del minuto 83. Messi estaba empecinado en no perder el partido. Tiene 39 años y es su sexto mundial: el amor nos hace hacer cosas imprudentes.

La ilusión es la bandera. No hay explicación lógica más que entender que nada es imposible. Como ese personaje al que lo matan pero aparece un par de escenas después porque tenía un chaleco antibalas.

Es cierto, bien analizado, Argentina no mereció irse abajo en el primer tiempo: cuatro chances contra una. Pero lo de los últimos veinticinco con el alargue es simplemente magia. Qué equipo hermano. Talento, corazón, valentía. Llanto. El equipo acompañando a su salvador. Cumbia sobre el mar de Los Palmeras.

Un análisis serio debería estudiar problemas varios: los malos retrocesos, la cantidad de goles recibidos por cada llegada del rival (hoy, tres de tres), algunos bajos rendimientos como Molina, De Paul e incluso el Dibu Martínez.

Pero todo eso quedará para mañana, cuando Argentina empiece a entrenar para meterse entre los cuatro mejores del mundo, el sábado que viene a las diez de la noche.

Hay otra frase interesante de Poirot en aquella novela: “Una gran fuerza emotiva es siempre aterradora”.

Escribe: Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

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