Hay un viejo ideal que el mundo de efímera comunicación convirtió en un tweet de 280 caracteres. La leyenda dice que, ante un partido neutral de Copa del Mundo, hinchamos para el equipo más tercermundista. América para los latinoamericanos. Porque esto es África. Disculpen nuestra visión de ultraizquierda.
Tuvimos un gran lunes: los cazadores de utopías guaraníes nos hicieron felices en televisores, estaciones de tren, supermercados. Bounou y Marruecos nos llevaron al mejor cine de trasnoche.
Pero hoy el imperio contraatacó.
Harry Kane fue el villano cruel, ese que después sonríe cantando Oasis porque nadie sabe que es el malo. Los belgas cometieron el pecado más amargo para nosotros, los gordos antiimperialistas: ser europeo y ganar injustamente.
Después vino Estados Unidos, con una victoria inapelable y bien armada. De hecho, es probable que el más local haya sido el único anfitrión perjudicado, sufriendo una roja dudosa.
El equipo de Mauricio Pochettino es, quizás, la gran aparición de esta Copa del Mundo. Se metió fácil entre los mejores dieciséis y tiene todo para entrar entre los mejores ocho.
Juego fluido, punzante, vertical pero con pausas. Encuentra en Folarin Balogun un ariete peligroso, en Sergiño Dest un puntero tenaz, en Weston McKennie un volante mixto y moderno y en Christian Pulisic un faro. El buen juego asociado hace disimular la camiseta desarreglada, imitadora de una bandera no muy agraciada.

¿Y Bosnia? La versión mundialista del meme “me anotó un amigo”.
La noche de victorias futbolero-imperiales termina con un freno agradable. Pochettino va a la tribuna a buscar gente cercana. Mira orgulloso. Dice que está orgulloso. De fondo, Elvis Presley no está pero canta, con suavidad y armonía, el famoso “Can’t Help Falling in Love”: “¿Sería un pecado si no puedo evitar enamorarme de ti?”
Pero el imperialismo no nos conmueve. Veremos que nos depara el destino en el día de la fecha.
Escribe: Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez
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