-¿Todo en orden, Leguizamón? –me preguntó Portillo, en medio del bullicio.
Supe lo que me hubiesen dicho el Viejo Juárez y el Vasco: que le metiera para adelante, que no me quedara anclado en el pasado, que debía exprimir cada gota de vida hasta el último suspiro, que ya llegaría el tiempo de reencontrarnos. Y en ese momento, tuve el sincero deseo de que la furgoneta tuviera la fuerza necesaria para despegar y llevarnos al espacio para encarar el desafío que nos pusieran por delante.
-Todo en orden, Portillo. Arranque nomás. Y que Dios nos agarre confesados.
-¡Esa es la mentalidad ganadora que nos estaba faltando! Aprendé, Turbo, vos que tenés alma de perdedor.
-¡Lo estoy absorbiendo todo como una esponja, míster!
-Déjeme decirle que el dicho popular empleado por el señor Leguizamón tiene un matiz negativo, míster Portillo –observó X 8/14, correctamente–. O, si no negativo, al menos poco optimista.
-Vos atendé cada palabra que salga de su boca y vas a ver cómo empieza a cambiar la Manusovich, Medio Polvo.
Portillo giró la llave. La furgoneta, luego de arrancar con estrépito, se despegó del piso, zozobró en las alturas como una mosca que acaba de recibir un chancletazo y casi se estrella contra el techo de la YPF, pero finalmente logró elevarse a una altura considerable.
-¡No vuelvas más, Portillo ladrón! –bramó con saña un vecino, amparado en las sombras de la madrugada.
Suspendidos en el aire, el DT apretó un botón ubicado a la altura de sus rodillas. Las casas del barrio quedaron abajo en pocos segundos. Portillo, entonces, aceleró con ganas, con la furgoneta de punta, como si fuese una cañita voladora. Me aferré al brazo de mi enfermera, también a la manija de la puerta, y clavé las pantuflas en el sucio piso de la cabina. Los aplausos de atrás se multiplicaron.
-Vení, vení… Cantá conmigo… Que un amigo vas a encontrar… Que de la mano del gran Portillo, todos la vuelta vamos a dar…
Transpirado, el aludido maniobraba con todas sus fuerzas para enderezar el bólido, ya lanzado a una velocidad supersónica.
-¡Legui! ¡Leguizamón! –me gritó Portillo, pero solo alcancé a leerle los labios debido al infernal ruido que nos envolvía–. ¡Abra la guantera y saque la guía, ahí aparecen las rutas!
-¡¿Adónde estamos yendo, Portillo?! –le grité, y él, tras accionar un pedal con pericia, hizo aparecer ante mí una mascarilla que me coloqué de inmediato.
-¿Me escucha? –preguntó, ya dentro de su mascarilla, y ante mi respuesta afirmativa continuó hablando–. Al pelo. Estamos yendo al planeta Prstp, en la otra punta de la galaxia. Fíjese en el mapa galáctico, ahí nos dice qué agujero de gusano nos va a convenir agarrar.
Abrí la guía, mientras percibía por el rabillo del ojo el contorno de la provincia de Buenos Aires perfilado en la oscuridad. Prstp estaba a 45 millones de años luz de la Tierra. Según el mapa, para acortar camino, y no tardar esos imposibles millones de años luz en llegar, una vez en la órbita de nuestro planeta nos convenía tomar el agujero de gusano número 18.
-Perfecto, Legui. En un rato vaya preparando los Matterazzis, ahora agárrese fuerte.
-Dele, Portillo –aprobé, maravillado por la visión del Río de la Plata, experimentando en el cuerpo una electricidad que creía olvidada.
Era la electricidad provocada por el fútbol. Quería llegar inmediatamente a Prstp, ponerme una visera en la cabeza, colgarme un silbato en el pecho, ajustar un cronómetro en mi pulsera, agarrar una carpeta con papeles, apretar una birome negra, calzarme unos botines y pisar el verde césped. ¿Quería ganar, gustar y golear? Sí, igual que todos. Pero eso fue, es y será siempre secundario. Lo que quería era competir. Lo que quería, a fin de cuentas, era vivir. Seguir viviendo.
-Le…
-¿Qué?
-¿Estás bien?
La miré. Me miraba con la misma ternura del primer día. Armé una sonrisa con cierta impericia, por falta de uso. Dejé que me acariciara la mano. El universo que se abría ante mí era un misterio, un desafío.
-Sí. Bien. Creo que muy bien. Gracias por acompañarme este tiempo.
-De nada, viejo bobo. ¿Viste que te dije? Esto te faltaba.
-¿Un viaje por el espacio?
-No. Volver al fútbol. Le tenés que agradecer eternamente al señor Portillo por haberte ido a buscar, Le.
Cabeceé para reconocerle que, como siempre, ella tenía razón.
-Te espero –fue lo último que me dijo.
-Vos esperame acá, Sol –le rogué, con dos lágrimas de cemento rodando mejillas abajo.
Miré a mi nuevo compañero de ruta. Venía de comerse seis esa misma tarde, de ser echado a la calle como un perro sarnoso, de acumular un fracaso tras otro. No tenía dónde caerse muerto, pero tampoco dónde caerse vivo. Sin embargo, ahí estaba, tarareando “Lunes por la madrugada” al mando de su nave, seguro y confiado de que podía dar vuelta la compleja situación en la que se encontraba. No tenía una idea de juego eficiente ni bella, no era un gran declarante, tampoco tenía suerte. Pero tenía coraje, porque irse del planeta subido a su furgoneta no era para cualquiera; tenía convicciones, porque defendía su sistema de la doble X horizontal a pesar de una infinita cantidad de derrotas. Y era buen tipo. Lo había demostrado con los cigarrillos que me había enviado durante una década de encierro.
-¿Usted qué dice, Legui? ¿Me va a poder sacar bueno como DT?
-Haremos todo lo posible, Portillo.
-Eso mismo. Dejemos que la pelota siga rodando.
Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas
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