Un 25 de septiembre de 1971 en Durazno, Uruguay, nacía este delantero velocista que corría todo lo que le tiraban. Le gustaba más el campo que el fútbol. Pero se volvió inolvidable para muchas hinchadas por sus goles contra equipos grandes, para ganar clásicos o cumplir objetivos. Nota incluida en nuestro libro «Las Calles no Olvidan». Escribe Lucas Jiménez.
Le debe el nombre a sus dos abuelos: José y Emir. Jugó al fútbol de casualidad, su pasión siempre fue el campo. Estudiaba para ser ingeniero agrónomo cuando abandonó su Durazno natal, en Uruguay, para empezar su carrera como profesional en Defensor Sporting. Antes había participado con la Selección de un Sudamericano Sub 20 en Venezuela y el Mundial Portugal 1991, por más que jugaba en un equipo amateur como Deportivo Champagnat. Junto con Darío Silva son los últimos jugadores del fútbol amateur del interior uruguayo en ser llevados a las juveniles del país.
Jugando en el fútbol del interior ganaba 100 pesos por mes y cuando llegó a la Primera División de Uruguay pasó a cobrar 1200 dólares mensuales. Ahí se dio cuenta que a través del fútbol podía encontrar la forma de cumplir su sueño: ahora tiene un complejo de cabañas en Paso de los Toros, donde nació el escritor uruguayo Mario Benedetti. “Hoy puedo vivir de lo que me gusta, antes ganaba mucho y no hacía lo que me gustaba, ahora gano poquito pero soy feliz, entonces la ecuación está bien”, reflexionó en una entrevista con La Diaria de Uruguay.

En 1991, cuando debutó en Defensor Sporting, salieron campeones del fútbol uruguayo y jugaron la Libertadores de 1992. El primer gol como profesional de Josemir fue uno de chilena a Newells en el estadio Centenario por el partido de ida de los octavos de la Copa. Bajó la pelota con el pecho y la levantó para inventar una pirueta extraordinaria ante la mirada quieta del Gringo Scoponi. En la vuelta en Rosario cayeron 1-0 y quedaron eliminados por quienes serían finalistas del certamen.
Después pasó por Bella Vista de Uruguay antes de irse al Sport Marítimo de Venezuela. “Me fui seis meses y me fue muy bien. En aquellos años en Venezuela el fútbol era amateur, entonces el que llegaba de afuera marcaba una ventaja», recordó en La Diaria.
Tres veces pensó que ya había hecho lo suficiente en el fútbol y colgó los botines. La primera fue a los 24 años cuando volvió de Venezuela. Estaba pescando en una laguna y Julio Ribas lo mandó a llamar, a través de su papá Walter Lujambio. “Yo estaba en Sarandí del Yí y fui con lo puesto a hablar con Julio, para ver qué era lo que quería. Pero hizo que me quedara porque al otro día el equipo se iba a hacer la pretemporada, yo no traje nada de ropa le dije, ‘no me importa, vos quédate, ¿qué? ¿Sos cagón nene?’ me contestaba él. Hacía tres meses que no hacía nada pero acepté la propuesta y a los dos días estaba jugando un amistoso en Chile”, contó.

Ribas necesitaba un 9 pescador y se encontró con un avión que corría todos los pelotazos que le tiraban. Juntos devolvieron a Sudamérica a la A en Uruguay. Lo mismo hizo en su primera experiencia en el fútbol argentino en Huracán de Corrientes metiendo tres goles en la final de vuelta de la B Nacional contra Talleres en Córdoba, que ganaron 4-1, luego de haber empatado en la ida.
Después, en su paso por el fútbol argentino, vinieron Newell ‘s, Belgrano, Banfield, Instituto, Olimpo, Atlético Tucumán y siguió metiendo los goles por los que los goleadores se vuelven inolvidables: contra equipos grandes, para ganar clásicos o cumplir objetivos. Disfrutaba los de cabeza porque aprendió a cabecear de grande, de chico había tenido un duro golpe que lo dejó con miedo. Tenía un despegue en el salto que hacía parecer que había un trampolín en el pasto. Era un luchador incansable que siempre se las arreglaba para hacer goles, por más que lo dejaran solo arriba peleando con los defensores.

En Belgrano estuvo dos años y medio, que fueron los mejores de su carrera. El 14 de noviembre de 1999 ganaron el clásico 4-1 contra Instituto con un triplete suyo. Hubo de cabeza esquinado, llegando y estando en el área, con tiempo para desparramar al arquero con una pisada y definir tranquilo. En Banfield también metió un triplete en un 4-1, fue contra River, el segundo con un sombrero a un defensor pinchándosela y sin que caiga la pelota, le dio con los cordones de aire. Con la camiseta de Olimpo también le metió goles a River, tanto en Bahía Blanca, como en el Monumental en el Clausura 2008, para ponerle suspenso al día de la consagración del equipo que dirigía el Cholo Simeone.

Arrancó siendo arquero en baby con el equipo del colegio. Un día faltaba uno adelante y lo pusieron como delantero. Sabía las mañas para meterles goles a sus ex colegas. En el Celaya de México pidió jugar con la 1 y se dio el gusto de atajar 20 minutos de un partido porque habían expulsado al arquero y no tenían más cambios. Después de eso se retiró por segunda vez, a los 33 años. Estuvo casi un año parado sin jugar. Lo llamó el Gordo Garisto para que lo ayudara a hacer en Instituto lo que habían logrado en Banfield: el milagro de salvar del descenso a un equipo casi condenado.
Llegó y dijo que era hincha de Belgrano. Lo putearon todo el torneo porque encima se juntaba a comer con los hinchas del Pirata, hasta que empezó a meter goles aprovechando las pelotas que le bajaba un ídolo del club como el Miliki Jiménez. Los más recordados fueron dos tantos claves para la permanencia. Fue en un partido contra Almagro que pasó de 0-2 a 3-2 por sus tantos agónicos en los minutos 90 y 91.
En el del empate agarró un rebote en el área y en el segundo metió un cabezazo bien bombeado, por arriba del arquero, que entró al ángulo izquierdo. En 2025, cuando lanzamos en nuestras redes sociales esta serie de textos, nos llegaron comentarios de hinchas de La Gloria que decían “ese día a mí y a mí viejo nos hizo llorar de alegría” y “el gol que más grité fue de este personaje contra Almagro, el 3 a 2 de Instituto, casi muero y si pasaba era feliz”.
No le fue bien en su única experiencia en Europa, en el Rayo Vallecano de España, ni en Peñarol, donde fue por pedido de Julio Ribas. Pero es el 4° futbolista uruguayo más goleador en los torneos de primera división del fútbol argentino con 91 goles, detrás de Santiago “el Tanque” Silva, Enzo Francescoli y Antonio Alzamendi. Por ser contemporáneo a grandes delanteros como Diego Forlán, Alvaro Recoba, Marcelo Otero, Sebastián Abreu o Marcelo Zalayeta nunca tuvo mucho lugar en la Selección. Jugó apenas 4 partidos (tres por las Eliminatorias para Francia 98 y uno en la Copa América del 97). A los 34 años Jorge Fossatti lo convocó para un partido contra Colombia y aunque no formó parte del banco de suplentes, lo tomó como un lindo regalo a su trayectoria.
Quiso terminar su carrera en Defensor Sporting, como agradecimiento por haberle dado la oportunidad de encontrar una profesión en el fútbol. Tenía todo arreglado, pero por un malentendido con la dirigencia que derivó en una discusión, se bajó de la concentración y no firmó. El final como profesional terminó siendo en Atlético Tucumán en 2009, pocos partidos, algún gol, pero otro ascenso para el cuaderno siendo campeón de la B Nacional.

Luego jugó en Defensor de Paso de los Toros y Porongos, equipos amateur del fútbol del interior del Uruguay, ya mechando su verdadera pasión con los últimos cartuchos como futbolista. “Pasé de Tucumán al campo, y al otro día estaba arriba de los caballos, con la gente trabajando, haciendo lo que me gustaba”, contó en una nota en Infobae.
Si hoy lo invitan a jugar dice que lleva el cordero, la bebida, hace el asado y los espera después del partido. Una vez que se retiró definitivamente, no volvió a tocar una pelota. Del fútbol como un trabajo de grandes estadios, a la pesca deportiva sobre el Arroyo Salsipuedes como turismo que ofrece en sus cabañas “Los Gallos Blancos”, apodo del Querétaro, primer club de México donde jugó. Pasó de surcar la tierra como un toro con su potencia de delantero velocista a vivir en Paso de los Toros, que debe su nombre a que era el lugar obligado de tránsito de reses de un lado al otro. Llegando por la ruta 5 desde Montevideo, hay un enorme Monumento al Toro que da la bienvenida a la ciudad que tiene 14 mil habitantes.
Hoy Josemir se levanta a hacer tareas de ganadería a la hora que antes se acostaba. Muchas noches, buenas gracias. Se enteraba en el micro rumbo al estadio contra quien jugaban ese día. Solo sabía lo más valioso y básico de este deporte: que hay una pelota dando vueltas y hay que meterla adentro del arco rival. Cuando Bilardo era técnico de Boca estaba buscando un delantero que hiciera goles. El Doctor le preguntó a Gloria, su esposa, que le respondió: “traé a Lujambio”.
Lucas Jiménez
Twitter: @lucasjimenez88
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