Los duros también lloran

A Claudio que me contó esta historia.

Dicen quiénes las nieves del tiempo han plateado sus sienes que antes era mejor. Que en esa neblina del ayer llamada pasado, los hombres no cambiaban de colores, se pasaban la pelota entre los de la misma camiseta, los botines eran negros, el marcador central usaba bigote y el wing trazaba un paralelo a la línea de cal. Se olvidan, quizás porque la memoria  es selectiva, que en ese mar de nostalgias incomprobables proliferaban los alfileres, vestuarios más peligrosos que la franja de gaza y militares arreglando partidos para llegar a presidentes. En esas aguas turbias de recuerdos inventados y exagerados nos sumergiremos para traer a flote una historia. Una historia de amor entre un hombre y miles de personas. Una historia de poliamor tal vez. Historia que se puede sintetizar en una noche.

Cuenta la leyenda que una noche, en un partido que pocos recuerdan una hinchada gritó el gol del rival. Esa noche el equipo ganador venía del peor año de su historia, varios de sus mejores jugadores habían pasado la mayor parte del tiempo en huelga para terminar yendosé, algunos directamente al equipo contrario de toda la vida. Pero que el dolor más fuerte fue cuando vieron que el emblema, el tipo que más veces se había puesto esa querida camiseta se iba a jugar a un equipo ignoto. Esa misma leyenda sostiene que, en el año que siguió a la crisis, el equipo grande y el equipo ignoto se enfrentarían por primera vez en la historia de manera oficial y que el ídolo, el tipo que más veces vistió la que hasta entonces era su camiseta, tendría que jugar contra el club de toda su vida.

Roberto Mouzo es el jugador que más partidos jugó con la camiseta de Boca: 426. Fue compañero de Antonio Roma, Antonio Ubaldo Rattín, Diego Armando Maradona, Angel Clemente Rojas, Hugo Orlando Gatti, Roberto Passucci, Rubén Suñé, Vicente Pernía o, mejor, todos ellos pueden decir que fueron compañeros de Roberto Mouzo. Ganó tres copas Libertadores, una Intercontinental, dos Metropolitanos y un Nacional.

En 1984 Boca atravesaba la peor crisis económica de su historia. Tras una serie de promesas de pago que nunca llegaron, deudas que se hacían impagables, huelgas de los jugadores, un presidente que se tomó licencia en plena crisis, pedidos de remate de La Bombonera, convocatoria de acreedores y una intervención del estado nacional, Boca Juniors se quedó sin plantel profesional. Uno de los jugadores que se fue del club fue, justamente, Roberto Mouzo.

En ochenta años nunca se habían cruzado en un partido por los puntos. Algún que otro amistoso hubo, pero por los puntos ninguno. El destino los volvió a juntar. Luego de la disputa económica con los dirigentes ningún club de primera lo quiso contratar por considerarlo conflictivo, por lo cual Roberto Mouzo se fue a jugar a Estudiantes de Rio Cuarto. En ese momento el club jugaba la liga Cordobesa y había clasificado al Nacional. Las vueltas del destino pusieron al club de Río Cuarto en el mismo grupo que Boca.

El partido de ida en Río Cuarto terminó empatado en uno. Un mes después se volverían a cruzar en Buenos Aires, más precisamente en la cancha de Huracán, ya que por ese entonces La Bombonera estaba clausurada por peligro de derrumbe.

Durante toda la entrada en calor la hinchada de Boca se dedicó a gritar a los cuatro vientos un nombre. Más bien, un apellido: Mouzo. La mayoría de los mortales no aguantaría semejante demostración de amor de parte de la hinchada rival y se le volvería imposible jugar el partido. Algo así le pasó, décadas después a Bermudez jugando para Newell’s tras haberse ido de Boca acusando a Macri de ganar plata con los pases de los jugadores. Pero volvamos al año 1985. Más precisamente al estadio Tomás Adolfo Ducó un seis de marzo. Boca arranca el partido aplastando a su rival: a los veintiocho minutos gana tres a cero. Antes del final de la primera parte, Passucci golpea a jugador de Estudiantes dentro del área y el árbitro cobra penal. ¿El encargado? Roberto Mouzo.

El penal más largo del mundo no se pateó en 1958 en Río Negro como dijo Soriano. No por lo menos en la cabeza de Mouzo. Entre que el árbitro pitó el penal y el defensor recordó que él era el encargado de patearlos, no pueden haber pasado más unos segundos. Pero no en su cabeza. Hacía pocos meses que había cambiado de camiseta. ¡Catorce años con la azul y oro! Y justo ahora le tocaba patear a él. Encaró para el área. La hinchada rival coreaba su nombre como en las mejores noches en La Bombonera. Levantó la cabeza tratando de mirarlos a los ojos a todos juntos. De agradecerles y pedirles perdón a la vez. Pero no pudo. Siguió adelante atravesando compañeros y rivales. Passucci le habrá dicho a la pasada “dale que lo errás, viejo”. Pero Mouzo ya sabía de esas yerbas, se las había enseñado él. Llegó al área y volvió a mirar a esa gente loca que gritaba su nombre. Puso la pelota en el punto penal, tomó carrera y esperó la señal del árbitro. Al oír el silbatazo cerró los ojos y, como en toda su carrera, le dio para adelante.

La gente que había llevado Estudiantes de Río Cuarto era poca en comparación con el estruendo que se escuchó cuando la pelota tocó la red. Abrió los ojos sin entender. La hinchada de Boca estaba gritando el gol. No lo estaban puteando ni gritándole traidor. Gritaban su gol.

Ahora lo entendía: sus goles no eran solo suyos. No importaba la camiseta que tuviera puesta. Cada vez que un remate suyo tocara la red, aunque esto no ocurriera muy seguido, habría un ejército de enardecidos gritando el gol con él. Como ahora, que la hinchada rival se rinde en agradecimiento a su ídolo, gritando un gol que hace para el otro equipo. Mouzo levanta la cabeza entre lágrimas y no sabe si pide perdón o agradecer. O todo junto.

Aquella leyenda que fuimos a buscar a las profundidades de la memoria colectiva futbolera tiene un último capítulo. Faltan quince minutos para que el partido muera de una vez y para siempre. Boca gana seis a uno. Poco parece importar lo que pase de ahora en más. Hasta que el árbitro cobra otro penal para Estudiantes. Lentamente, como una brisa que se levanta pidiendo permiso en una noche de verano, de las tribunas vuelve a bajar el mítico apellido. El ídolo avanza otra vez a enfrentarse con el segundo grito de gol más doloroso de su extensa carrera. Ruedan fantasmas que dicen su nombre por entre las populares. Con un nudo en la garganta pone la pelota en el punto penal. Espera el silbatazo como una redención. La pelota termina en las manos de Balerio y su apellido se vuelve un rugido ensordecedor. Sin fuerzas ni para levantar los brazos vuelve a su posición sabiendo que nada de lo que hubiera hecho lo habría sacado de ese llanto que ahora lo inunda. De la misma manera que su apellido inunda el Tomás Adolfo Ducó hasta rebalsar.

 

Juan Stanisci

 

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