El ídolo de los niños volvió al pasto a desparramar felicidad televisada. Pero como eso de la juventud es solo una actitud del alma no solo emociona a la franja etaria más baja. Es como un circo rodante que desparrama alegría por la ruta. Frena y sigue. Te deja retazos de sueños por los rincones, alguna risa y su zurda. La magia de los rocanroles. Escribe Lucas Jiménez.

“Estar lejos de las canchas me hizo pensar. Como cualquier otro jugador, sólo quiero volver a jugar. Porque jugar es un premio y con la gente que nos sigue, es más lindo todavía. Inspirar a otros y que otros nos inspiren. Quizás la Copa más importante de todas… es traer felicidad a todos. Así que ahora que volvió el fútbol, estoy listo para ir por esa Copa de nuevo.”

Lionel MessiJunio 2020

Santiago de Chile

Chile nunca ganó la Copa América. Ellos lo saben por la tele que lo repite a cada segundo antes de la final. Partido al que van a ir porque son familiares de Charles Aranguiz. Ellos tampoco saben que Argentina no tiene volantes modernos como su hermano y primo. En realidad su objetivo en aquella tarde-noche en Santiago no es preocuparse por lo que no saben sino aprovechar lo que sí saben.

Van a ver de cerca a su ídolo que usa la 10 de la selección rival. Cuando Chile y Argentina definían al campeón de la Copa América 2015 en tanda de penales a ellos ya les habían dado la noticia de que iban a poder bajar al campo de juego. Alexis Sánchez la picó ante Chiquito Romero y Chile ganó la primera Copa América de su historia. Ellos ingresaron a la cancha a festejar. La idea era dar la vuelta olímpica pero al entrar vieron una imagen.

Estaba el 10 rival sentado en el piso con la vista clavando el suelo. Los 2 pequeños, de 9 y 6 años, enfilaron para ahí.»¿Por qué en vez de ir a celebrar fueron donde estaba él?», les preguntaron en una de las tantas notas que hicieron en la televisión chilena. «Porque vi al mejor del mundo tirado en el suelo con cara de fracaso», respondió el más grande de los dos.

Se acercó, le pidió una foto pero al toque se dio cuenta que no estaba la cosa para selfies. Entonces se inclinó a acompañar el momento a pocos centímetros de distancia. No le salían las palabras. Pero se animó a hacer algo. Le apoyó su manito en la cabeza y de adentro del cuerpo le salió decirle «tenes que estar tranquilo, esta vez le tocó a Chile».

Belo Horizonte

Juega su selección y él tiene entrada para ver las semifinales de la Copa América que su país organiza. La noche anterior se duerme tarde. Busca el lado frío de la almohada pero no hay caso. Prende la luz y revisa si en la mochila todo está en su lugar. La cartulina nueva le pincha suavemente sus manos semi dormidas. De arriba ojea si el pegamento no hizo desprender la hoja pegada. Todo es uno.

Al otro día va a la cancha con su remera amarilla y el escudo de Brasil en el corazón. De repente sale el equipo rival. Le tiemblan las manos. Mira para los costados. Desliza la hoja por la mochila que había apoyado en el piso con el cierre abierto. La saca y la levanta como un juez de línea anunciando que se van a jugar 5 minutos más. La sostiene con fuerza sin saber que fotógrafos del mundo lo están enfocando. No posa, su cara es natural. Casi tanto como su cartel que dice «MESSI» Quando crescer, quiero ser craque igual a vocé!!!!

Almagro-Palma de Mallorca

Cumplir años a mitad de junio hace que tus cumpleaños transcurran, casi siempre, mientras la selección argentina está por jugar alguna competencia: mundial o Copa América. Es mi caso puedo recordar particularidades de cada cumpleaños que cayó en el medio de un torneo. Hace 15 años que Messi es la banda de sonido de los debates de mi cumpleaños. A favor o en contra. También lo iba a ser este 2020. Mi autoregalo de cumpleaños era ir a Córdoba a ver Argentina-Uruguay por la Copa América.

La pandemia global del Covid-19 arrasó con todo. Con mi cumpleaños, con mi regalo, con mi festejo. De repente un día leí la noticia: “Vuelve el fútbol español”. Todavía no tenía fechas precisas. Al final se dio este fin de semana que pasó. Pudo haber sido el anterior o el siguiente. Pero fue este. Un día antes de mi cumpleaños y después de 98 días sin jugar por el coronavirus Messi volvía a las canchas. Era en un Mallorca-Barcelona, de esos partidos que en un mundo normal ves el compacto de los goles por SportsCenter en algún hueco de tu vida.

A nada de cumplir 32 años el sábado a la tarde fui un nene ansioso haciendo la fila para comprarse un copo de nieve en la plaza. 10 minutos antes que empiece el partido ya estaba en posición. Hacía más de 3 meses no me sentaba a ver un partido en vivo. Me había olvidado hasta cómo era. Arrancó rápido y furioso. Quería tomar nota de la primera pelota que toque Messi y se me pasó. Algunas distracciones son un buen signo de relajación. Algunos relajos son necesarios para la mente.

Grité un gol de Braithwaite. Tan cuarentena que duele. Tuve que googlearlo para ver cómo se escribía. El 1 a 0 de Arturo Vidal no lo grité porque me tomó por sorpresa. Estaba buscando la posición de Messi y cuando lo divisé solo por derecha en modo Raúl “Pipa” Estévez en sus mejores épocas en San Lorenzo, la pelota ya era impulsada por la cabeza del chileno antes de inflar la red como nariz al barbijo. Era la segunda vez en 2 días que se me escapaba la tortuga.

La primera fue en la fila de la caja del supermercado. Trataba de guardar distancia con la persona que estaba adelante mío cuando una señora se metió en el hueco a fingir un acting (nivel Sebastián Estevanez) sobre si llevar un paquete de Terepin grande o chico. Cuando levanté la vista ya estaba adelante mío en la fila sin paquete de pepas en el carrito y sin vergüenza. No había VAR, ni ganas de discutir, así que no le dije nada.

Donde sí hay VAR es en el fútbol español, revisaron el gol del futbolista danés que festejé como propio. También hay sonido ambiente de estadio por más que no haya público en la cancha. Una aberración tecnológica efectiva para la transmisión televisiva. Llena de normalidad ficticia un partido anormal.

Sigue el primer tiempo. Messi lo juega como si fuera un papi entre amigos. Combina creatividad en sus intervenciones con algunos movimientos lentos y displicentes. Se nota que está disfrutando volver a jugar. Combina con Jordi Alba como si hubieran estado 3 meses entrenando juntos a escondidas al estilo Riestra. El 18 que juega de lateral izquierdo parece haber guardado la precisión en un pen drive. La conserva intacta. Centro perfecto para el gol de Vidal, trepada y definición suya en el tercero. Pintaba para figura de la cancha. Pero Messi tenía otros planes. El papi fútbol fue agarrando vuelo profesional de crack de elite a medida que pasaron los minutos. Yo en mi casa disfrutaba que volvió mientras acá sigue el encierro y aumentan los casos día a día.

En 3 meses pasó de todo. Ya no está Luis Torre para recordarme que no es mejor que Diego. Tampoco lo tengo para que me avise cada vez que La Renga saca un tema nuevo. Días antes de partir a alentar desde las plateas más altas me firmó una publicación de Facebook donde puse que acababa de gritar de nuevo el gol de Rojo a Nigeria con Messi a cococho en el festejo en el último mundial. “Hoy pensaba en que me da miedo olvidarme qué es gritar un gol”, me puso. Yo, que desconocía su situación de salud, le respondí “ni aunque pierdas la memoria”. El próximo gol que haga Independiente estoy seguro que va a mandar un Truenotierra para avisar que lo está gritando allá arriba.

Volvió Messi nomás y por hoy no le voy a ver la cara a mis miedos. Soy un nene gritando y aplaudiendo cómo le hace el 4 a 0 a Mallorca. “Cuatrentena”, titula Miguel Simón, el mejor relator televisivo de fútbol en la Argentina. Por un segundo pienso si ya se habrá confirmado que en el AMBA volvemos a la fase 1. Pienso en mis amigos y en mi familia que mañana no voy a ver. En que no vamos a hablar de Messi. Trato de buscar si hay relación entre amar y envejecer.

Apago la tele. ¿Qué podemos comer hoy? Vuelve la rutina de encierro. “Una rutina que me lastima si no estás vos”. Pongo música. Algo del vacío. “Hablan de mí las paredes. Entran todos en sus redes”. Entro yo también. Messi, Messi, Messi por todos lados. Pienso que asistencias y goles ya hizo muchos. Esta vez no es eso. Sigue la cuarentena y “no hay lugar para las emociones, lo estamos viendo”. Volvió a jugar Messi para recordarnos “¿Hace cuanto no pensamos en nosotros?”

Sevilla

El estadio olímpico La Cartuja está vacío. La tribuna que está frente a los lentes de las cámaras de televisión tiene un telón grande rojo que dice “Copa del Rey”. Messi sale a la cancha afeitado como en la vuelta al fútbol post pandemia. Es una de las tanas maneras que tiene de rejuvenecer y hacernos creer que el tiempo no pasa para él.

Nota incluida en nuestro segundo libro, conseguilo acá

Hace tres años no le mete goles al Real Madrid. Desde que se fue Cristiano Ronaldo no le convirtió más. Messi no es parte del problema del tobogán de rendimiento del Barcelona pero sí ya no es solución. Con Leo y todo ya no alcanza. Lógico tiene 33 años. Se sostuvo una década en la cima máxima. Hizo normal lo anormal.

El final de la temporada 2020/21 el técnico holandés Koemam encontró el esquema que mejor se ajusta a la realidad del equipo y de Messi. Línea de 3 que muta en 5 porque los 2 volantes por los costados son laterales. No es muy distinto al último esquema usado por Guardiola antes de irse. Ni al primero que pensó Sampaoli en la Selección y al que usó Scaloni en la vuelta de Messi con Venezuela después del mundial de Rusia.

Leo con libertades por el centro sin necesidad de seguir al lateral rival. Buena cobertura del ancho del campo para facilitar la presión alta en el medio y para mayor firmeza defensiva cuando la situación requiere las líneas bajas. Busquets sigue siendo útil si comparte el eje. De Jong conduce la propuesta. Así ya le ganó al Sevilla y maniató a un finalista de Champions plagado de grandes futbolistas como París Saint Germain, en el partido de vuelta de los octavos de final de la edición 2020/21.

Con el 3-5-2 sale a jugar en Sevilla la final de la Copa del Rey contra el Athletic de Bilbao. En una instancia similar, Diego Armando Maradona jugó su último partido en Barcelona. Fue el día que terminó con un show de patadas voladoras. El fútbol funciona a veces como una carrera 4×4 donde los jugadores se van pasando la posta y uno termina vengando las cosas que le faltaron cumplir al otro.

Lionel ya le ganó finales al Athletic. Pero la del 2021 es especial porque hace dos años no gana ningún título con el Barcelona. La presión le pesa más que antes porque ahora, además de figura y goleador, es el capitán del equipo. Lidera a la nueva camada que tiene a Pedri como mayor exponente. Messi lo sabe y lo busca seguido porque sabe que la pelota vuelve con sentido como con Paredes y De Paul en la Selección.

Igual el que más lo entiende por el medio sigue siendo Busquets. Ese volante caminante que de fútbol lo sabe todo. El 10 regala asistencias para chances de gol erradas por sus compañeros. Se agarra la cabeza. Van 15 minutos del segundo tiempo y el partido sigue 0-0. De repente cuando la pelota la tienen los centrales del Barsa cocina la especialidad de la casa: hacerse el distraído hasta encontrar un espacio para recibir. Agarra la pelota, encara y espera que le pique De Jong por la derecha. La abre en el momento justo, centro y gol de Griezmann. En la jugada del 2-0 del ex volante del Ajax no participa, pero en el festejo le agarra la cabeza y le da a entender como “viste, viste” que los volantes internos tienen que pisar el área para que el tiki tiki no sea fútbol sin arcos.

Lo que resta del partido es el show despedida de Messi del Barcelona por más que falten más de tres meses para el discurso mocoso que emocionó hasta las piedras en Catalunya. A los 28 minutos arranca una pilada desde el campo propio. Corre como si fuera aquel niño que llegó de Rosario a transformar para siempre la historia del club blaugrana. Hace una pared con De Jong. La vuelve a recibir ya en el área rival, gambetea a un defensor y, por más que tiene todo el arco a disposición, esquina el remate, porque no le da lo mismo hacer un gol que un golazo. El 4-0 también es suyo. Centro de Jordi Alba porque los finales de los cuentos mágicos así están diagramados. Lo señala con el dedo como tantas veces. Lo abraza y no lo suelta como si quisiera detener el tiempo en ese instante del presente.

El partido termina y el Barsa es campeón de la Copa del Rey. Sube al palco a recibir el título. Saluda con el puño protocolar por Covid a todos los dirigentes menos al nuevo/viejo presidente del Barcelona, Joan Laporta, con quien se da un abrazo. Un mes antes fue a votar en las elecciones del club por primera vez para que todo vuelva a ser como era. Con todos estos gestos no hay dudas el nombre de quién puso en la urna.

Levanta el trofeo y está solo. Se lo muestra a sus compañeros que están saltando y festejando en el campo. Esa imagen solitaria se repetiría en el final de esta historia en el club de su vida. Solo que esa vez levantaría un micrófono y sus compañeros, sentados en la sala de conferencia de Barcelona, no tendrían ningún motivo para festejar.

Cuando el 10 vuelve a bajar al césped cada uno de sus compañeros le pide sacarse una foto con él y la Copa del Rey. Mejor no saber cuándo son las despedidas pero siempre hay que actuar como si no habría mañana. Para la foto de campeones lo llama a Busquets para levantar el título entre los dos. Los flashes disparan, él sonríe como un nene. Atrás es todo fiesta. Está terminando una era inolvidable del fútbol moderno.

Cuando los fotógrafos se alejan, Messi lo busca a Busquets y le da el abrazo final. Menos mal que no hay fotos de eso. Todavía estamos en pandemia pasándola mal y prefiero guardarme las lágrimas para la despedida.

Río de Janeiro (Parte 1)

Es 14 de junio del 2021 y hoy estoy cumpliendo 33 años. El cumple pandémico del año pasado recibí montones de cosas para desayunar. Pero esa idea quedó en el tiempo como el aplauso a la noche a los trabajadorxs de la salud. El desayuno de este año no es tan importante como lo que dicen las tapas de los diarios. Hablan de que llegan al país más de 900 mil vacunas y aparece él en la portada principal diciendo la frase que caló hondo adentro del grupo: “es el momento de dar el golpe”.

A la noche Argentina debuta contra Chile por la Copa América que debió coorganizar con Colombia, pero que finalmente se jugará en Brasil, por la pandemia pegando fuerte acá y las protestas sociales copando las calles allá. Mi día empieza con la ansiedad y alegría que siempre me genera saber que hoy voy a ver a Messi corriendo en el pasto con la camiseta de la Selección Argentina.

Solo va a venir mi mamá a saludarme antes del partido. La pandemia me ayudó a potenciar algo que vengo realizando después de la última final de Copa América perdida con Chile en 2016, que es ver los partidos de Argentina solo o con la menor cantidad de gente posible, básicamente porque quiero ver el partido y disfrutarlo a él, que no durará para siempre.

Al mediodía mi vieja me avisa que no va a poder venir porque es contacto estrecho de un positivo de Covid. Le digo que no hay problema. Capaz a la noche encuentro algo de alegría en esta dura realidad. Me siento en el sillón a ver el partido, estoy solo, mi novia Agustina está cursando vía Zoom. La Argentina de Scaloni, a la que le veo cosas de buen equipo en potencia, viene de dos empates por Eliminatorias, por más que mereció ganar. En la tele hablan de que falta un proyecto y un técnico con experiencia.

A los pocos minutos de partido Nicolás Tagliafico entra al área y la toca al medio para Messi. Como hincha de Banfield no tendría mejor regalo que esta jugada termine en gol pero Leo la patea muy desviada. Cuantos kilos de ilusiones y deseos le cargamos a un jugador antes que patee una pelota. Es tan loco como real, tan injusto como necesario. Porque a la jugada siguiente sigo esperando una ofrenda que me llegue desde el estadio olímpico Nilton Santos del Botafogo que está vacío de público.

El equipo merodea el arco de Claudio Bravo, pero la jugada del gol argentino nace del arco de enfrente. Dibu Martínez despeja con un pelotazo largo un avance chileno y la pelota va hasta Lautaro Martínez que pierde en el cabezazo. El balón le cae a Lo Celso, solo están ellos dos de Argentina en la escena. La única manera que esta jugada pedorra termine en algo es que le hagan falta al ex Central, cosa que hace Pulgar tirándose a barrer de atrás. Foul de frente al arco.

Yo tengo la teoría de que todos los goles de Messi de tiro libre suceden en partidos donde está jugando bien. En un principio pensaba que era un futbolista netamente anímico y mental, hoy sigo pensando lo mismo, solo que agrego que cuál no lo es. El partido de Messi en media hora de juego no es ni bueno, ni malo. Está en la búsqueda de esa jugada definitiva por la que salta a la cancha cada partido a intentarlo una y otra vez.

El 14 de junio de 2021 hace casi cinco años que Lionel no mete un gol de tiro libre para Argentina. ¿Sabrá que hoy es mi cumpleaños? Van 32 minutos del primer tiempo cuando mira fijo al arquero como cumpleañero a la vela de la torta, a la que le pide deseos antes de soplarla. Da un par de pasos y suelta el pie zurdo como le dijo Diego, Riquelme o los dos juntos. Cuando la pelota pasa la barrera abro los ojos como un sapo.

 ¿Será? Va con la altura justa que agarran los sueños cuando van a cumplirse. Comienza a abrirse levemente a la izquierda, Claudio Bravo alcanza a tocarla y a los 33 minutos de partido la pelota pega en el costado interno de la red, el frontón de los golazos. Los compañeros lo corren para abrazarlo y él mete un salto con puñetazo maradoniano. Me río, solo y por placer. Lo grito fuerte.

Agustina de la pieza siempre me dice que se da cuenta si el gol de Argentina lo metió Messi porque lo grito más. Tiene tanta razón que tengo un miedo sincero que el día que no juegue más en la Selección no me genere tanto nerviosismo un partido del equipo masculino de fútbol que representa a mi país.

Me llegan montones de mensajes diciéndome que el gol de Messi fue mi regalo, el mejor de todos, a los 33 minutos en mi cumpleaños 33. El primer gol que hace un 14 de junio en todos sus años de carrera. Lo que resta del partido me importa menos que lo que ya pasó. Messi se retrasó a arrastrar marcas y después del empate de Chile se cargó el ataque al hombro, como desde hace 12 años, de Sudáfrica 2010 para acá. Salió a poner la cara cuando el resto entró en el desorden y la confusión.

Terminó el día con Argentina sumando su tercer empate consecutivo. Yo con mis primeras 24 horas teniendo 33 años. Creo que una de las cosas que más disfruto de ver a Messi con la celeste y blanca es que me hace pensar que el tiempo no pasó, que soy distinto de aquel pero casi igual. Los días siguientes recorreré todos los locales de Florida y Lavalle en busca del parche que tenía la camiseta de Argentina ese día que decía “14 de junio”. Estoy dispuesto a comprarme la remera más horrible de todas las que tuvimos. No lo consigo. Aún lo sigo buscando. Algún día lo encontraré.

Río de Janeiro (Parte 2)

10 de julio. Argentina va a jugar la final de la Copa América 2021 contra Brasil en el Maracaná. La primera vez que Lionel Messi jugó una final en la selección mayor tenía 20 años, fue en la Copa América 2007. Vio al capitán del equipo Roberto Ayala meter un gol en contra en su despedida de la selección. Hoy que lo superó en partidos jugados con la albiceleste lo tiene de ayudante de campo del técnico Lionel Scaloni. Igual que Pablo Aimar, otro que estuvo en la final en Venezuela contra Brasil.

Después de la de 2007, Messi jugó y perdió 3 finales más. Vio el gol de Gotze en 2014 y sobrevivió para contarlo. Vio un penal de Higuaín irse por arriba del travesaño en 2015 y uno suyo en 2016.

Renunció de palabra, pero nunca fue al correo para mandar el telegrama porque ama demasiado a esta camiseta. Volvió a intentarlo una y otra vez. No lo hizo solo, sino acompañado por “La Vieja Guardia”: Otamendi, Di María, Kun Aguero. La banda que se bancó todos los palos y siguió girando para vivir este momento.

Voy a lo de Juan y Carla en La Boca a ver la final. Las filas en las fiambrerías muestran que hoy es más noche de picada que de asado. No podemos comer ningún objeto contundente de la pelota que tenemos en la garganta. Capaz es una bola de mierda de la que hablaba Mascherano que estaba cansando de comer. Llegamos tiroteados y dolidos a intentarlo una vez más, a confiar que esta vez sí se va a dar, a poder gritar un gol en una final después de 16 años. El último fue el de Aimar a Brasil en la Copa Confederaciones 2005 que ni gritamos en realidad porque ya íbamos perdiendo 4-0.

La final se jugó con algo de público. Otro clima, otro mambo. Arrancó más peleada que jugada. Messi se tiró a barrer y recuperar una pelota como el mejor Mascherano. Atrás el bloque defensivo argentino era una roca dispuesta a repartir las amarillas entre todos con tal de parar a Neymar. De repente Juan Sebastián De Paul mete un pelotazo/pase, a lo Verón, a la espalda de Renan Lodi para la corrida y el gol eterno de Fideo Di María por encima de Ederson.

Expulsamos todo el veneno que tragamos y teníamos acumulado hace años. Lo gritamos tanto que hasta Homero y Eva, los perris de Juan y Carla, saltan y ladran. El pogo más grande del mundo. No lo soñé.

El segundo tiempo Messi ya no daba más. Con 34 años y con dificultades físicas por un problema en el isquiotibial, siguió en cancha solo para seguir demostrando que se volvía loco por ganar algo con la Selección. Tanto como para tirarle una patada descalificadora a su amigo Neymar en una corrida del crack brasileño cuando se terminaba el encuentro.

El final del partido llegó segundos antes de que se cumplieran los minutos agregados. Messi se dejó caer al piso. Rodrigo De Paul, la figura de la noche, fue corriendo a abrazarlo. Lo mismo hicieron Acuña, Tagliafico y todos los jugadores que se hicieron una montaña arriba suyo. Como si fueran los encargados de haber hecho del mundo un lugar un poco más justo. Lo levantaron y tiraron para arriba como en un casamiento.

Parecía que había salido más campeón Messi que Argentina. Nada era normal. Darle tanta dimensión a una Copa América solo se entiende por Messi, el Loco de Ezeiza que siguió viniendo en busca de poder vivir este momento. Cuando se cruzó con el técnico Scaloni lo abrazó y lo levantó recordando que fue uno de los primeros en ir a protestarle al árbitro que lo expulsó contra Hungría, mientras un Messi de 18 años hundía su cabeza adentro de la camiseta. También lo consoló en el vestuario.

Desde La Boca fuimos caminando al Obelisco, escabiamos como si tuviéramos 17 años y el mundo terminara hoy. No habrá nada más lindo en la vida que verte y festejar también que aún me quedan purezas sin tristezas en mi corazón.

Al otro día me levanto y en el celular tenía el aviso de que podía sacar el turno para vacunarme contra el Covid. Dos días después de ver campeón a Messi con Argentina me daría la primera dosis de Sinopharm. El lunes, antes de ir al Parque de la Estación a poner el brazo para el pinchazo protector, recibo un mensaje de alguien que me ofrece escribir una nota sobre la consagración de Messi para un medio conocido. Mi primera nota paga en el periodismo va a ser sobre él. Todavía no sé cómo la voy a encarar pero antes de irme abro un Word y escribo un título bielsista: “Todo se equilibra al final”. Cierro la compu, me pongo el barbijo y salgo a la calle. Paso quince cuadras pensando la relación entre amar y envejecer.

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“Partículas, somos semillas, poco importa ver el fruto. Ponemos en marcha el carro. Los melones se acomodan. La música me daña, me sana, me enmusica. Vamos a hundir la nariz en el plato si hace falta. Si nos aplastan somos titanio. Si somos titanio venceremos. Las estrellas iluminan porque nos quieren. Es el resultante de ser buenas personas. Cosechamos las semillas. El amor como pandemia. Vamos x la copa.”

Martín El Lakkis-El resultante de una suma

Lucas Jiménez

Twitter: @lucasjimenez88 

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