El Cazador, capítulo 8 parte 1: el apriete

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

   “ARTÍCULO 2: son fines que persigue la institución:

                  Estimular en la juventud la práctica de la cultura física.

     Organizar eventos sociales, atléticos y deportivos.

           Fomentar y mantener entre sus asociados el lazo de solidaridad.”

                                    Estatuto del Club Social y Deportivo Ferrocarril San Martín

  Hasta junio de 2006, el Furgón fue un club familiar, ameno, sin grandes aspiraciones ni demasiados sobresaltos. Tenía dos ascensos a la Primera C, en 1987 y en 1994, y dos descensos inmediatos, en 1988 y 1995. Como si fuera un mandato divino, una cuestión de nacer con la sangre azul, los Solís gobernaron desde el inicio de los tiempos sin que nadie objetara eso. Hasta que llegó un concejal cocinado al calor de los tambores prendidos fuego en las esquinas de Las Tunas en diciembre del 2001 y dijo:

-Permiso. Sí, gracias. Mi nombre es Marcelo Lozano, vengo a formalizar mi candidatura para dirigir la Subcomisión de Fútbol.

  En una operación relámpago, con los votos de los pibes de Las Tunas direccionados por el histórico Zurdo Daniel, Lozano le arrebató el fútbol a los Solís y aceleró a fondo: le dio un tan festejado como literal voleo en el ojete al Topo Daniele, un delincuente que nos obligaba a los pendejos a tomar un mate cocido veloz que mandó a varios al cardiólogo, y le dio la primera a Fito Vargas, el coordinador de inferiores que venía sembrando una categoría mejor que la otra. En apenas doce meses, con una indestructible base formada por Paracucchi, Ramírez, el Chino Suárez, Miguelo Díaz y el Toro, más los pichichos que acompañábamos a puro galope y ladrido, logramos el ascenso a la C y con ello la aparición del Chelo Lozano careteándola en diarios de tirada municipal, provincial y nacional.

  En lo futbolístico las cosas salieron bárbaro tanto en el 2008 y el 2009, con el club manteniéndose a flote en la durísima Primera C gracias a la magia de Miguelo y a los pibes del club, un grupo de amigos que salíamos a jugarle de igual a igual a los tanques de la categoría, ya con el Tano Damiani en el arco; José Pedro por derecha, Weber y el Rusito Casá en la zaga, Juampi Sulpis de 3; el Cabezón Lemos, el Chino Suárez, Nicolás Perizzo y el Mudo Díaz en el medio, y arriba yo facturando cada uno de los últimos trucos que Miguelo sacaba de su gastada galera.    

  Todo lo bueno, genuino y artesanal que hacíamos como grupo adentro de la cancha, Lozano, desde afuera, lo transformaba en guita y capital político que se llevaba para su molino, pero no se presentaban quejas porque nadie salía perjudicado: Fito podía ejecutar el proceso que había diagramado con el rigor y la pericia de un científico del fútbol, nosotros éramos felices porque a las 6 sonaba el despertador y salíamos de la cama de un salto y con una sonrisa porque a las 7 nos encontrábamos con el resto de la banda, los de Las Tunas picoteaban unos pesos más y se medían la pija con tribus de otra espesura, los hinchas del barrio encaraban la vida con el pecho inflado por las epopeyas del piberío de la casa, el Bebi Solís se desentendía de la negrada del Andén y de paso cañazo pegaba algún que otro reportaje en Crónica, Olé o Almafuerte TV.     

  El problema llegó cuando Lozano quiso ir por más, y a todo lo bueno lo terminó transformando en mierda.

  En 2007 había renovado su banca como concejal, pero los mellizos Driscoll, desde el incipiente partido Propuesta Republicana, le habían arrebatado la conducción de Almafuerte al peronismo del Armenio Mouratian. Con la partida de defunción del histórico Barón, los de la segunda línea del PJ, Osvaldito Rendo, el Beto Pérez y el propio Lozano, se lanzaron a la carrera para el 2011. Y para tal galopada, con semejante acefalía en el peronismo local, los tres necesitaban fierros y plata. Muchos fierros y mucha plata. Así llega Aníbal Docabo a la escudería del Chelo. Para aportar violencia con el fin de recaudar.  

  Su primera aparición en el Andén fue en la primavera del 2008. Pelado, barbudo, con la mirada y el andar de un leopardo, con un cigarro colgado en los labios, vistiendo el conjunto de Vélez Sarfield, agarrado al alambrado detrás del arco que da a los vestuarios y al buffet, con el Toti Gauna, el Jere y el Rata como laderos, ahí se quedó durante un par de fechas estudiando las piezas mientras el Chelo negociaba con la cúpula de Las Tunas.

  Su primer aviso fue al mes, cuando el Eduardito, un flamante jubilado que tenía décadas de platea y de vicedirector en la escuela del barrio, le tiró al pasar un comentario en chiste por la pilcha de Vélez y se ganó una zamarreada y un cortito que al resto del club nos cayó como un baldazo de agua helada. Su segundo aviso fue a los quince días de lo del respetado vice, en el entretiempo de un partido que terminamos perdiendo contra Sportivo Italiano: el Gordo Leandro fue a explicarle en buenos términos que los únicos colores que se aceptaban ahí eran los del Furgón o los de la Selección, y hubo un mano a mano legendario que terminó con los dos desfigurados pero con Docabo pidiendo la escupidera.   

  Finalmente, tras haberse replegado debido a la capacidad pugilística del Gordo, su desembarco en la popular local se dio un año y medio después, en la segunda fecha del Clausura 2010. El objetivo era claro: sacar de la tribuna, y en lo posible del club, a los pendejos rompepelotas que discutían los manejos de Lozano y amenazaban con darle mayor contenido político a la agrupación para disputarle las elecciones del fútbol a fines de año: esos pendejos eran Fabricio, Juan, Leandro, Dardo, los Paz, el Santo, Cuco González y otros vecinos, que habían heredado de la generación anterior el hecho de compartir la tribuna con la gente de Las Tunas en paz, sin ningún problema y con genuina camaradería. El choque de planetas, tan conversado y temido como inevitable, llegó en la previa a un partido jugado en el Andén contra Cambaceres. Y fue una carnicería. A pesar de que el Zurdo Daniel y algunos caballeros de su tropa se quedaron a un costado, Docabo y los suyos, entre quienes se habían sumado una docena de mercenarios y un puñado de faloperos de Las Tunas, arrasaron no solo con los pibes sino que también con los plateístas y veteranos de la vieja guardia que se acercaron a ponerle el pecho a la situación, entre los que estaban mi viejo, el padre de Dardo y varios familiares de los jugadores, incluidas algunas madres y hermanas que también recibieron su pequeña tajada de violencia.

 Al Gordo Leandro lo encararon tres: Docabo, el Rata y un boxeador flaquito que no volvió a aparecer nunca más, y que después de haber tumbado al Gordo tuvo tiempo para partirle el pómulo al Mosca. Otros heridos de gravedad fueron el histórico Chiche, que terminó en el hospital con una conmoción cerebral; el papá de Dardo, a quien Docabo le rompió el tabique luego de haberse comido un maderazo en el lomo; el hermano de Nico Perizzo, un pibito de inferiores a quien caranchearon entre cinco y le desprendieron la retina de un ojo; y mi hermano Fabri, que repartió como un caballo pero no pude evitar quedar con la cara inflada por la veintena de piñas que recibió.  

  Ese partido contra Cambaceres se suspendió y la AFA nos terminó sacando tres puntos, pero era lo de menos. En el grupo, jugadores y cuerpo técnico, manejábamos un nivel de calentura que casi nos lleva a iniciar acciones legales contra el club para exigir la libertad de acción, algo imposible de lograr. Ya veníamos de ganar el Apertura, habíamos hecho una pretemporada fantástica y estábamos listos para encarar el Clausura y así lograr un histórico ascenso a la Primera B, y de un minuto a otro pasamos de escuchar las últimas indicaciones de Fito para salir a comerles el orto a los de Ensenada en cada rincón de la cancha a escuchar las sirenas de ambulancias, de patrulleros, y a enterarnos de que varios de nuestros familiares y amigos estaban rumbo al hospital, y que los autores de tal animalada ya habían desaparecido del estadio. 

  Los mismos que habían sufrido el irracional ataque fueron quienes nos convencieron de racionalizar el tema y seguir adelante. Nuestros hinchas y familiares nos pidieron que nos olvidáramos del tema, convenciéndonos de que la mejor manera de demostrarles de quién era el Furgón era ganando el campeonato con chicos de las inferiores. Una pelotudez impresionante, pero que sin embargo llevamos a cabo con la candidez propia de un grupo de futbolistas entusiasmados por jugar a la pelota. Ascendimos, con Docabo y la banda de Las Tunas en la popular, el Chelo Lozano lejos del vestuario, y nuestra gente en las plateas, pero algo ya se había roto en aquella tarde de febrero y no volvería a arreglarse nunca más.

  Las señales de que el sueño se había terminado fueron varias: festejamos el ascenso en lo del Tano Damiani, lo más lejos posible del club; Fito Vargas presentó su renuncia al día siguiente del logro, tal como nos había anunciado apenas se enteró que le habían pegado a las madres de sus jugadores; varios amigos se fueron del equipo en la madrugada del 30 de junio; pero lo que más me dolió a mí, en un semestre cargado de emociones encontradas porque metí 14 goles en 19 partidos, fue que mi viejo no formó parte de la farsa posterior a la batalla campal. Esa misma noche, a la vuelta del hospital y con la sangre todavía caliente, me avisó que no volvería a pisar el Andén nunca más, juramento que cumplió.  

-Abrite del club, flaco. Y si es posible abrite del fútbol. Ponete a estudiar algo, aprovechá ahora que todavía sos joven…

-No, ya sé. La idea nuestra es pelear este campeonato y después ver.

-¿Ver qué? ¿Cómo nos tapan el club de mierda?

-No, eso sí, pá. Si ascendemos va a ser peor.

-Más veo lo que se viene y más me amargo, flaco, si yo los llevé al Andén para otra cosa, no para ver cómo le rompen la cabeza a un hijo…  

-No, no… No es el club que era. No…

-Hay que aprender a cerrar etapas, Valen. Con todo el dolor del mundo pero hay que correrse porque hoy es una trompada pero mañana no sabés… Cuando entra a correr la guita y la falopa no sabés cómo puede reaccionar la gente…  

  El 11 de julio de 2010, a siete meses de esta premonitoria charla con mi viejo y con el ascenso a la Primera B aún entibiándose, golpeaba la puerta en el despacho de Lozano de la calle Ameghino, tras haber atravesado los pasillos de una sede vacía, fantasmal, porque era domingo y no cualquier domingo: a la tarde se jugaba la final del Mundial de Sudáfrica 2010.

-Sentate.

  Mano a mano, en una habitación con el aire espeso, la puerta entornada y las persianas bajas. Yo todavía tenía vendados los pies y llevaba la misma ropa con la que había entrenado. Él tenía una camisa arrugada, unas ojeras tremendas, y despedía un viscoso tufo a noche de naipes, whisky, cocaína y algún polvo rápido.

-Me acaba de llamar Alejito Solís.

-Ah. ¿Y?  

-Te dijo que no te cambiés, que mañana se firma el pase.

-Y yo le dije que no me voy. No firmo nada.

  Tenso silencio, de unos diez segundos. Lozano sacó un atado de Philip Morris del bolsillo de la camisa y prendió un cigarrillo con un encendedor plateado. Me miró de manera inexpresiva,  dio un par de golpecitos en la mesa y arrojó el humo por la nariz sin abrir la boca.

-Así que no te vas… ¿Y se puede saber por qué?

-Sí, porque no tengo ganas, Marcelo.

-No tenés ganas… Mirá, flaco, vamos al grano porque me toca cocinar, vienen mis suegros a ver la final a casa y no quiero llegar tarde. ¿Te parece? ¿Podemos ser directos por una vez en la vida?

-Sí, podemos.

-Bueno, dejá de hacerte el esquivadizo y decime qué problema tenés. Porque vos del club te vas, por las buenas o por las malas. Y como te tengo aprecio, mucho aprecio, vamos a intentar de que sea por las buenas. Así que dale, largá.

-Primero que no me voy. Y segundo que tengo una pila de problemas. ¿Por dónde querés que arranque?

-Por donde se te cante el orto arrancá.  

-Bueno. Yo arranco, a ver… Básicamente no me quiero ir porque ahora empiezo a estudiar una carrera en Lourdes y no tengo ganas de mudarme a Lomas de Zamora. Eso es apenas algo… Algo de todo lo que tengo para decirte. Lo segundo, soy hincha, soy bien hincha, y si hay algo que hice fue romperme el ojete para dejar al club en donde está. No pienso irme y en tres fechas tener que jugar contra el Furgón. No lo voy a hacer, Marcelo.

-¿Vos viste la que te toca? Cómo vas a estudiar si estás a nada de vivir de esto, pichón.

-Voy a estudiar historia.

-¿Pero qué historia qué, pajuerano? Si llegás a hacer diez goles en Los Andes te vas a la B Nacional por medio palo verde. ¿O no ves cómo están chupando jugadores de abajo? Cada día más, y vos estás a punto caramelo.  

-Bueno, que chupen a otro.

-Y además qué me venís con el club, con que sos hincha… Si le preguntás a cualquier pelotudo que va a la cancha y sabés cómo se pone otra casaca por veinte lucas gringas. Jejeje, otra que el Furgón, esas ratas, si son capaces de besar el escudo del Atlético Almafuerte por cincuenta pesos…

-No, sí, de eso no hay dudas. Si hay algo en el Furgón son ratas que se venden por dos pesos. Eso ya lo sabemos to

-Pero dejate de hinchar las pelotas con la barra, ya lo pasado, pisado… Vos agarrá la moneda, que bien te la ganaste porque acá nadie te está negando nada, y ojo, eh, ojo al piojo que vos tenés un lugarcito en mi corazón. Pero llevate la tuya y dejá que con la guita que entre yo me voy a ocupar de dejarlo bien paradito al club. Perdé cuidado que vamos a andar bien.

-Le rompieron la cara a mi hermano, Chelo. Y dijiste que vayamos al grano, ¿no? Vamos al grano, dale: no te pienso dejar los cien mil dólares. Por eso no me voy, para que no  

-La guita que entra es para el club, no para mí. Y si tenés algo para decirme hacelo pero mirándome a la cara. ¿Qué tenés, las medias desatadas?

-No. Y ya te dije lo que te tenía que decir.

-Ahora voy a hablar yo, y también… Vamos a calzón quitado porque mirá que no estás en la D, eh, despertate, che, y dejá de hacerte el místico, el hombre rebelde que no sé qué… Mirá que acá hay un contrato firmado y si te llegás a trancar te voy a dejar el orto como un florero. Yo te aviso, nomás, que el que avisa no traiciona.

-Si yo sigo entrenando.

-Dejame hablar. Ahora estoy hablando yo, no seas maleducado. Vos tenés un compromiso firmado con la institución y si me la pudrís por h o por b vas a tener serios problemas.

-Me deben tres meses y el premio del ascenso.

-Nos estamos poniendo al día. Y además ya te dije, respetá que estoy hablando yo.

-Seguí, seguí. Pero yo ya consulté, si me descuentan   

-Pero cerrá el orto, cerrá-el-or-to, que mirá que no estás hablando con el Bebi, eh, estás con el Chelo. ¡Eu, estás conmigo! Y no te me hagás el canchero porque sabés que te rompo la trucha acá nomás, mirá que a mí me importa un carajo que seas jugador, eh… ¡No te pasés de vivo porque sabés que conmigo te cabe, eh! ¡Te cabe!

  Recién ahí levanté la mirada. Me llevaba veinte años, treinta kilos y quinientas peleas callejeras de ventaja. Estaba duro de merca y tenso, midiéndome con astucia pero con la seguridad de que me doblegaría tarde o temprano, puteadas más o puteadas menos.

-Qué transas que son… Son un asco, Marcelo… Un asco. Vos, los Solís, los forros esos que metiste al club… Son todos uno más mierda que el otro.

-Sí, somos una mierda pero hoy al club lo manejamos nosotros. Así que vas a tener que cerrar el upite y hacer lo que te digo.

-No, Marcelo…

-Pero la concha de tu hermana, Rodríguez. ¿Se puede saber qué mierda te jodió tanto? ¿Querés que lo llame a tu viejo a tu casa y le pida perdón? Se lo pido, de todo corazón se lo pido.

-Mi viejo está internado, Marcelo. Se está muriendo.

-No sabía. Te pido disculpas, che. No, en serio… No sabía nada. Y disculpame si me fui de boca también, debés estar pasando un momento de mierda. En serio, pichón. Vamos a serenarnos.

-Yo estoy muy sereno. Y no tengo dudas que la amargura que le hicieron agarrar ese día los mercenarios que metiste

-Pará, pará un poco que nosotros no matamos a nadie. No te vengás a hacer la víctima tampoco que los tuyos también son flores de hijos de puta, eh. Jugándome por atrás para sacarme del club, tu hermano, el diarierito, el otro gordo bolsa de pedos… Esta que les iba a dar el club.

-¿Y era necesario lo que hicieron?

-¿Qué hicieron qué? Guardá eh, guardá con el piripipí porque se habló mucho y yo no tuve nada que ver con eso. Creeme que estoy como todos con esta gente, este muchacho Aníbal es un problema para mí también… No sé ni de dónde carajo salió, un día llegó, dicen que es barra de Vélez, yo la verdad que no sé qué mierda hace metido en el Andén… No lo sé, boludo, no me pongás esa cara de opa si sabés que los míos son el Zurdo Daniel, el Chila, el resto de los muchachos del barrio… En serio te digo, yo con ellos me siento y lo arreglo en dos minutos… Unos pelpas, les doy para el faso y unos tintos y nunca una historia, nunca una zarpada en las plateas. ¿O no?

-Me estás chamuyando en la cara, Marcelo.

-No te estoy chamuyando, boludo… Te estoy hablando de frente mar. Ahí está, ahí salió tu problema. Mejor, ves que si hablamos dos minutos nos entendemos. Yo veo de limpiarlo al sátrapa este de Vélez y vos mañana firmás el contrato. O no, o no… Le podemos buscar la vuelta, ¿quién nos apura?… Renovás hasta junio del año que viene y en enero te pasamos a valores por más guita.

-Ni en pedo.

-¡Pará! Si me llaman preguntándome por vos todos los días, boludo… Todos los putos días, te lo juro por mi vieja que en paz descanse… De Uruguay, de Chile, de Córdoba, de la concha de su madre… Un nueve de veinticinco años que la mete hasta con la pija… ¿Vos sos consciente de lo que valés? Ayer. Ayer me llamó un gringo de Texas que tiene una punta en la liga aquella… “El Cazadour”. ¡Boludo, escuchame una cosa! ¡Pidiéndome condiciones por El Cazadour! “Sí, me integüesa el Cazadour…”. Así, boludo, no te me riás que te estoy hablando en serio… Me sonó el teléfono a las cuatro de la madrugada. Vos cagate de risa pero no te estoy verseando, te vas para arriba y

-Me río porque sos patético.

-En enero estás en Estados Unidos si me hacés la segunda. ¿Cómo? Ah, ¿soy patético? Shosh patético, Chelo.

-Sí, sos patético. Y además un impresentable. Vas a destruir el club.

-Sí, vos fíjate si lo destruí, payaso.

-Ya lo hiciste mierda.

-Lo agarré en la D, quebrado. Quebrado, eh, lleno de viejos putañeros oliendo a bolas en las reunioncitas de comisión… Acá, los viejos culo con rosca, y los infelices de tu familia más tres cuatro jeropas de allá. Y mirá dónde estamos hoy. Miranos, vos mirá el panorama por un segundo: estoy por colocar a un conchetito de mierda en ciento veinte mil dólares, que en cuanto vea al primer negro con mal aliento en Casanova se va a hacer caca en la bombacha. A ese pedazo de puto voy a vender, mirá si seré buen dirigente o no.  

-Te felicito.

-¿O te vas a creer que ascendimos por tus goles, otario?

-Ah, ¿no fue así?

-Ahora nos tenemos que arreglar solos, hay que mantenerse y esto se define en la cancha… Pero en dos años… Ya hablé con el quía, eh, en el dos mil doce nos levantan la barrera y de ahí al B Nacional, papá. Y ahí te vas a querer matar.

-Bueno, éxitos.

-Pará, no te parés. Lo último… De acá te vas vendido, eh. ¿O te creés que te vas a ir libre? Mucho Furgón pero querés toda la lechuga para vos, turro. Esta que me vas a caminar cien lucas.

-Vendelo a Docabo por cien mil dólares, a ver si te los pagan.

-A vos te voy a vender. A vos, la reputa que te remil reparió. Pará, no te vayás, vení un segundo más, vení. Esto va a quedar entre nosotros… ¿Viste un fierro alguna vez?

-¿Qué? ¿Qué me estás diciendo?

-Te pregunto, no te asustés. ¿Viste un fierro en vivo alguna vez? Mirá, con este…

  Abrió un cajón y sacó un revólver negro sin brillo.

-¿Qué hacés, Marcelo?

-Qué Marcelo ni Marcelo, pedazo de bobina. Mirá, con este… Bien lustradito para la ocasión acá, en el medio de la frente te lo voy a poner. Vas a ver cómo ponés el gancho. Y dame una horita que si llego te vendo a Laferrere, vos dame una horita que pego dos llamados y a ver si te hacés el comunista por aquellos pagos.    

-Ahora llamo a Pisani el de Olé y te meto una flor de denuncia pública por hijo de puta.  

-Llamalo a Pisani. Por mí llamá al Gordo Farinella, al pelotudo de Fabbri que también la va con la de los valores que se perdieron… Vos si querés llamalo a Dante Panzeri. Pero mañana a las diez de la mañana te quiero acá con una birome en la mano. Y tomatelás, pirá, pirá de acá porque si me paro te voy a terminar metiendo un par de roscazos y no quiero. Pirá, dale, chau.

El capítulo continúa acá.

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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