Un 27 de agosto pero de 1994 fallecía el cantor de tangos Roberto El Polaco Goyeneche. Algunas historias que muestran su amor por el Club Atlético Platense. Escribe Juan Stanisci.

Con la lentitud de los derrotados la hinchada de Platense sale del estadio. “Siempre lo mismo, viejo”. “No le ganamos a nadie”. “Somos un desastre”. “Así nos vamos al descenso”. Las frases van describiendo un futuro oscuro para los calamares. Un hincha está solo. Apoyado contra un Ford Taunus. Mirando el piso. “Polaco, dale que no pasa nada”, le dice uno más joven. “¿Sabes que pasa pibe? Yo hoy a la noche tengo que cantar”. El pibe lo sabe. Todo el barrio lo sabe. “¿Me querés decir como hago para subir al escenario después de esto?”.

Roberto Goyeneche nació el 29 de enero de 1926 en Saavedra. Era el límite de la Ciudad de Buenos Aires. En esos años transcurre Adan Buenosayres de Leopoldo Marechal. Saavedra para los personajes de la novela es la última posta antes del campo. Más allá, La Pampa inmensa. El barrio de Goyeneche aparece también en El sueño de los Héroes de Adolfo Bioy Casares. Y no solo el barrio, también Platense. Emilio Gauna y sus muchachos se juntan en el café hablan de fútbol y van a la cancha. En esos años Goyeneche gateaba y tenía una certeza. Era un Calamar.

Su oficio de cantor y su locura por Platense chocaban. Siendo cantante de la orquesta de Horacio Salgán, cuando su carrera empezaba, iba de smoking negro a la cancha. A las seis de la tarde tenía que cantar en la radio. Los partidos empezaban a las tres y media. Iba igual. Miraba a la tercera. Después a la reserva. Se quedaba todo el primer tiempo y se iba. Despacio. Caminaba lento mientras se alejaba tratando de descifrar por los gritos alguna jugada importante.

En 1974 en cancha de Atlanta jugaban Platense y Defensores de Belgrano. Alejandro Fabbri, periodista deportivo y también calamar, lo vio en la popular gritando un gol como si el mundo dependiera de eso. Casi se queda sin voz. Sus compañeros de tribuna tuvieron que llevarlo a ver a un doctor porque esa noche tenía que cantar.

Lo peor era cuando estaba de gira. En Francia tuvo dos problemas. El primero fue la comida. Estuvo dos meses comiendo sándwich porque era la única palabra que le entendían los franceses. El segundo no poder ni siquiera escuchar los partidos. Todos los domingos a la noche iba hasta la oficina de Aerolíneas Argentinas y pedía que le averiguaran cómo había salido Platense.

Una tarde lo llevaron al hipódromo para hacerle una entrevista. El tango siempre fue cercano a los burros. Pero Goyeneche no entendía mucho del tema. Le pidieron que gritara cuando el caballo estuviera atravesando la línea de llegada. Como no tenía idea de que se grita en esas ocasiones recurrió a la memoria. Cuando el caballo cruzó la línea y el fotógrafo puso en marcha su cámara, el Polaco empezó: “¡Platense! ¡Platense viejo nomás!”.

Llevaba al club como bandera a todos lados. Fue a cantar al programa de Porcel con la camiseta puesta. Habló en otra entrevista sobre su breve paso por las inferiores. Ser el hincha más famoso de Platense le permitía algunos privilegios. Ir a los entrenamientos, conocer a los jugadores. “Cuando yo dirigía a Platense, “El Polaco” se aparecía en los entrenamientos con la camiseta del club puesta. Vivía a ocho cuadras de la cancha. Cuando se enteró de que me estaba por ir a Independiente, me esperó a la salida del entrenamiento, se paró delante de mí y exclamó: “¡No te vayás, hermano! ¡Quedate con nosotros!”. La verdad es que sí me lo pedía dos veces más, me quedaba”, contó en su autobiografía Pedro Marchetta.

La forma de decir a través del canto fue su marca registrada. Decía que había que cantar “hasta las comas y los puntos”. Lo suyo no eran los tonos perfectos ni la pulcritud. En las palabras había dolor, amor, tristeza, nostalgia o alegría. Por eso quizás, después de asimilar aquella derrota apoyado contra el Taunus, entendió que sí podía subir al escenario. Las canciones serían un poco más tristes esa noche.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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