El fútbol fue fundamental en la vida de los integrantes de la banda punk The Clash. Tanto en la formación de los músicos, como en la grabación de su mejor disco: London calling. Escribe Juan Stanisci.

Mick Jones corre, se esconde y se trepa un alambrado. Todavía no es el guitarrista de The Clash. No escapa de la policía por punk ni por andar tratando de prender fuego un patrullero. Tiene trece años y esa es su forma de entrar a Stamford Bridge a ver al Chelsea. “En Chelsea te podías meter trepando por las rejas del ferrocarril. Una vez me quedé trabado. Me enganché la pierna en el alambre de púas y casi me agarran.”

Columna de Juan Stanisci en el programa de radio La parte maldita sobre punk y fútbol.

Una buena lección

Antes de agarrar su primer guitarra y escuchar sus primeros discos, el niño Mick Jones apuntaba su atención al fútbol. Todos los sábados a la mañana esperaba en las afueras del hotel Plaza Russell a los equipos que llegaban a Londres para jugar contra equipos locales. Coleccionaba autógrafos. “coleccionar autógrafos de futbolistas me fue muy útil. Porque algunos eran re agrandados. No quiero mencionar nombres, pero podría. La forma en que te trataban era una buena lección sobre cómo no tratar a los demás cuando te encontraras en esa posición de poder.”

Los Clash formaron con sus seguidores una especie de cofradía que los distinguía de otras bandas. No era la clásica relación entre estrellas y subordinados, porque ellos no eran más que los que estaban en el público. La banda y el público estaban al mismo nivel. Es probable que Mick Jones haya incorporado esta mirada para con el público cuando era un niño que pedía autógrafos y algunos futbolistas no lo trataban con el respeto que merecía. “Lo que finalmente aprendí con mayor seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al deporte”, decía Albert Camus recordando sus tiempos de arquero en Argelia. Jones no formó su mirada jugando, pero sí siendo un hincha que admiraba futbolistas.

El precalentamiento

Mick Jones no era el único fanático de la pelota. Joe Strummer, Topper Headon y Paul Simonon también jugaban al fútbol. Los cuatro coincidieron en que jugar a la pelota fue fundamental para poder su mejor disco: London Calling. En 1977 habían grabado The Clash, su primer álbum. Les había ido bastante bien: fue el disco extranjero más vendido en Estados Unidos.

El segundo lo grabaron en Estados Unidos. Pero el ambiente más formal no los favoreció. Give’em enough rope no fue lo que esperaban. Distintas cuestiones los llevaron a romper con su manager Bernard Rhodes. Andaban medio perdidos y peleados entre todos.

Volvieron a Londres con la idea de trabajar en el tercer disco, pero sin productores ni nadie que les diga que hacer. Consiguieron una sala de ensayo en en el barrio de Pimlico llamada Vanilla. “Parecía un garaje de autos”, recordó Mick Jones. Al fondo de todo estaba la sala de ensayo bastante aislada del mundo.

El estudio Vanilla

“The clash estaban en Vanilla. Ensayaban, tocaban componían y jugaban al fútbol como un equipo”, contó Kosmo Vinyl uno de los productores de lo que luego sería London calling. Empezaron a jugar al fútbol en una plaza que estaba frente a la sala de ensayo. Sin darse cuenta lo adoptaron como rutina. “Nuestro único pasatiempo era jugar al fútbol”, contaba Joe Strummer, cantante y guitarrista de la banda. “Los partidos eran brutales. Era como la guerra”, continuaba Kosmo Vinyl. Punk aplicado al fútbol.

“Jugábamos un montón al fútbol, hasta que no podíamos dar ni una sola patada más. Y después empezábamos a tocar y componer. Era nuestro precalentamiento”, le contó Joe Strummer al periodista inglés Chris Salewicz. “Creo que realmente nos encontramos a nosotros mismos en esa época, y el fútbol tuvo mucho que ver, porque nos hizo estar unidos, como si fuéramos una sola cosa”, coincidió Mick Jones. “Esto les proporcionó un sentimiento de unidad y cohesión”, concluye Kosmo Vinyl.

“Como no era muy bueno, le daba patadas a todo el mundo. Cuando tenía la pelota todos se alejaban”, se reía Paul Simonon, bajista de The Clash. El mejor jugador del grupo era el baterista: Topper Headon. “Mick (Jones) era rápido y hábil, era difícil marcarlo”, continuaba Simonon su resumen del equipo Clash. Strummer era más entusiasmo que talento. “Joe (Strummer) hacía lo imposible por tener la pelota”, seguía el bajista.

Los Clash jugando en Pimlico

The Clash Football Club

Unos pibes de quince años que iban a la escuela cerca de ahí se acercaban cada tarde a patear con ellos. Los pibes no sabían que estaban jugando con una banda de punk. Tampoco sabían, los pibes, que estaban siendo parte fundamental del disco. “¿Pueden salir a jugar?”, preguntaban todas las tardes. Entonces Headon, Simonon, Jones y Strummer apagaban los amplificadores, colgaban sus instrumentos y salían a jugar un rato. Con el tiempo irían cambiando el orden, primero el fútbol, después los ensayos.

  “Eran típicos pibes londinenses de clase obrera, de las viviendas municipales, de unos 9 a 13 años –dijo Andrew Leslie, encargado de Vanilla. Habían visto a los Clash jugando entre ellos, y se prendieron y se volvió algo habitual. Creo que ellos no estaban tan al tanto de que era una banda y que podían alardear de eso en la escuela. Era un buen momento para que el grupo se tomara un recreo; habían empezado a la una de la tarde. Jugaban en contra, dos en cada equipo, con los chicos.”

No fue el único equipo al que se enfrentaron pero sí los que menos los sufrieron. “Cuando venían los de CBS Récords era una gran oportunidad para jugar todos juntos”, contaba Kosmo Vinyl, “los dejaban hechos polvo.” Era una buena manera de decirles que no eran bienvenidos y de sumarle adrenalina a los partidos. A nadie le servía que Topper Headon se lastimara una pierna y no pudiera tocar la batería, en cambio un productor lastimado era un buen negocio para toda la banda. “Patadas en la espalda, empujones, era muy divertido”, recordaba Paul Simonon.

Por el espíritu de Liam Brady

La producción del disco, no en el sentido económico sino musical, estuvo a cargo de Guy Stevens un excéntrico productor londinense que había colaborado con bandas de los sesenta como Mott the hoople y Procol Harum. Stevens, a diferencia de otros productores, no traía el orden sino el desorden al estudio de grabación. Saltaba entre los músicos mientras tocaban, revoleaba escaleras o rompía sillas en medio de las grabaciones.

Cada mañana desviaba el taxi que lo llevaba al estudio para pasar por Highbury, el estadio del Arsenal. Stevens era fanático de los gunners. Al llegar al estadio se bajaba del auto y pedía permiso para entrar al campo de juego. Llegaba hasta la mitad y homenajeaba a Liam Brady para ayudarlo con la grabación. Llevaba a Wessex una bufanda de Brady también. Liam Brady fue un volante ofensivo irlandés que jugó en el Arsenal entre 1973 y 1979. Mientras grababan London Calling, Brady llevaba al Arsenal a la final de la FA Cup, aunque la terminarían perdiendo contra el Ipswich Town de Bobby Robson. Al año siguiente, cuando el disco ya había salido, pudieron ganar la FA Cup y llegar a la final de la Recopa Europea.

Eran los años del fútbol inglés con más barro que elegancia y del ascenso de Margaret Thatcher. La aparición de Brady como inspiración para el disco, se cruza con el retrato de época que es London Calling. La represión policial, la desocupación, la discriminación y los barrios a punto de estallar, están constantemente en las letras de las canciones. “Guns of Brixton”, cuenta la historia de un inmigrante jamaiquino, un cantante de Reggae que asesina un policía. Brixton era el barrio donde se habían asentado la mayoría de los inmigrantes de Jamaica. La relación entre fútbol, Jaimaica y desigualdad, no termina en las letras de The Clash, en este barrio se crió Raheem Sterling. El futbolista nacido en la isla caribeña, no olvidó sus raíces cuando, en el comienzo de la pandemia, el gobierno inglés intentó retirar las ayudas a los jóvenes de los barrios populares. Gracias a sus reclamos, muchos niños, en los que él se veía reflejado, pudieron mantener la ayuda estatal para seguir comiendo.  

Londres se ahoga

“Londres se ahoga y yo vivo al lado del río”, gritaba Joe Strummer en el estribillo de London calling. Strummer de verdad vivía pegado al Támesis, el río que cruza Londres. A unas diez cuadras de ahí se encuentra Stamford Bridge, el estadio del Chelsea. Por aquellos años el equipo estaba en la segunda división del fútbol inglés, totalmente alejado de los capitales millonarios rusos que hoy lo manejan. Todos los sábados a la tarde Joe Strummer iba a la cancha con el hermano de su novia y varios chicos más. Paraban en la Shed End, una de las cabeceras detrás de los arcos.

“Le encantaba lo tribal; el movimiento; unirse bajo un color. Joe vivía cerca y era hincha y le gustaba ese aspecto de la hinchada”, contó Josie Ohendkan quien tenía 12 años cuando iba a la cancha con Joe y luego terminaría siendo la niñera de sus dos hijas. Pero tanto hoy como por aquellos días, las tribunas son territorios alegres y hostiles a la vez. La hermandad se codea con el racismo y la discriminación en Gerli, La Boca o Chelsea. Joe Strummer detestaba el racismo y la agresión que a veces se respiraba en los estadios.

Viejo Stamford Bridge

Una tarde después de una partido contra el West Ham, el equipo más identificado con la clase obrera de Londres, Strummer y sus pequeños amigos decidieron dejar de ir a la cancha. Cuando estaban saliendo de la cancha se cruzaron con los hooligans de los Hammers. Tenían trinchetas y navajas. La banda de Strummer tuvo que correr hasta el puesto de papas fritas donde compraban antes de cada partido. Los del West Ham los persiguieron pero no los lastimaron.

De regreso a Stamford Bridge

Strummer se mantuvo alejado de las canchas luego del episodio con los hooligans del West Ham. London calling ya había salido cuando decidió regresar a ver al Chelsea. Cuando terminó el partido salió de la cancha y enfiló para su casa. En el camino decidió entrar en una disquería llamada Our Price, una cadena de Londres. Fue hacia la batea de las novedades y se encontró con que London calling no se vendía al precio que ellos habían acordado. El disco era doble, pero la banda había pedido que se vendiera como uno simple. Strummer empezó a gritarle al vendedor que ese no era el precio, que eran unos ladrones. El vendedor habrá intentado explicarle que no era él quien determinaba el valor de los discos. Strummer no le hizo caso y logró que le bajaran el precio. Tranquilamente volvió a la calle y se mezcló con los otros hinchas del Chelsea. El deber estaba cumplido.

Juan Stanisci

Twitter: @JuanStanisci

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