“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“–Jugar una final y debutar en Primera son lo mismo, lo más parecido a estar soñando que vi. Desde que te levantás hasta que termina el día es como que flotás en el aire. Y estás tan concentrado, tan pero tan alerta, que puede pasar una vida y no te la olvidás más.  

–Bueno, Migue, el Conejo Tarantini siempre dijo que se acuerda de la final contra Holanda jugada por jugada.  

–Ah, ¿viste? Lo que te digo, Caza. Tiene el partido en la cabeza y pasaron treinta años.”

Charla con Miguelo Díaz, concentración previa a F. S. M. 2 – Claypole 1 (2009)     

  La calma de los días anteriores se evaporó en cuanto leí el mensaje: tenso, excitado, me metí en el baño a darme una ducha con agua helada. Ya vestido de bermuda y remera, agarré el atado de cigarros, el teléfono y, por las dudas, los últimos trescientos pesos que me quedaban.

-Me voy a lo de Manu –le dije a Totó, bien acompañado por los muchachos de Planeta Gol.

  Salí a la calle luego de varios días encerrado. El barrio estaba calmo, silencioso, pero atento ante la tormenta que se venía desde el Sur. La avenida Irigoyen, en cambio, en plena transición entre la serenidad de enero y el quilombo infernal de marzo: más pendejos, más minas, más autos, colectivos hasta las manos, algún que otro estudiante de colegio privado con la soga al cuello y la mirada perdida. 

  Entré al bar. Eran las cuatro y media. Marito estaba en la barra y Camila atendía en una de las mesas a un cliente con pinta de distinguido.

-Caza –me saludó Marito.

-Marito. ¿El trompa?

-En el fondo. Pasá.

  Camila se ubicó a mi lado, le pasó la orden a su compañero y me miró con lástima, como si yo fuera víctima de una grave afección.  

-Hola, Cami. 

-Ah, hola –me dijo, dándome un cariñoso abrazo.

-Después quiero hablar con vos, Marito –le advertí al desprenderme del saludo, señalándole el medio de la frente con mi dedo índice.  

  Atravesé el salón, luego de haber saludado a los muchachos del pool, y salí al patio. El Santo estaba fumando en un rincón.

-Manu –saludé con seriedad.

-Marmota. ¿Todo bien? –me devolvió, tranquilo y sonriente– ¿Qué te hiciste en la cabeza?  

-Nada, me quise hacer el Peaky Blinder y me quedó para el orto.

-Ya veo. Parecés el paraguayo Víctor Ayala con el pelo así.

-¿Vamos?

-Sí, sí. En un toque salimos. ¿Metemos un veintiuno?

  Me eché ligeramente hacia atrás, sorprendido.

-¿Qué?

-¿Qué qué, boludo? Hagamos unos tiritos, ya nos vamos…

-¿Ahora?

-Y sí, ahora. Mirate, estás más duro que caramelo de abuela. Aflojá que no pasa nada.

-Si vos lo decís.

-Pero si parece que vas al cumpleaños de la compañerita de escuela que te gusta, dejate de hinchar las bolas. Bañadito, bermuda, remera limpia… ¿Me trajiste un regalo por lo menos?

-¿La bocha?

-En el mostrador, andá pediselá a Cami.

  -Poné Credeence.

-Nah.

-Sí, boludo. Ponelo al mango –me insistió.

  Los primeros acordes y golpes de batería de Fortunate Son me transportaron a otro lugar. Sentí que éramos las dos únicas personas vivas que había en la calle, los únicos que sabíamos a dónde estábamos yendo. 

-Esto va como piña, tenías razón.  

  Cruzamos Almafuerte sin hablar. Al entrar en Hernandarias, Valentín me pidió que bajara el volumen.

-¿Qué onda, pánfilo?

-No entiendo lo de los teléfonos.

-Porque no entendés a dónde estamos yendo –le respondí. 

-Sí que entiendo.

-No, chabón. Lo de los teléfonos es por si se pudre. ¿Dónde estaban Valentín y Manuel? Jugando al básquet en el patio del bar.

-Nos vieron salir.

-¿Y qué tiene? ¿Quién te pensás que anda mirando lo que hacemos vos y yo? Nadie, loco. Y de última fuimos al mayorista a buscar congelados… Estábamos jugando al básquet, salimos rápido y nos olvidamos los fonos. 

-Pero vos decís que se puede pudrir.

-Sí. No sabemos cómo va a reaccionar Matías, o te pensás que se va a regalar y te va a contar la movida porque se lo preguntás vos.

-No, no sé.

-Y bueno. Hacé tu parte, todo como te lo dije, y llegado el momento aparezco yo.

-¿Vos decís que no va a sospechar?

-Que sospeche. Una vez que suba, que sospeche todo lo que quiera. Pero ahí va a tener la traba puesta y va a tener que cantar… Praparate porque vas a ver un recital, otra que Abel Pintos este pedazo de hijo de puta.

  Volví a subir la música.

-Metele que menos diez quiero estar ahí.

  Ya en Bouchard, mudos, con los dientes apretados y bajo una lluvia torrencial, el Santo me señaló una esquina cualquiera, donde había un descampado lleno de basura frente a unas casitas moribundas.

  -Acá, acá nomás. Dale, apurá.

  Bajé con calma. Los tornillos de ambas patentes ya estaban flojos y en cuestión de segundos los saqué. Volví a subirme al trote.

-Dale, dos cuadras más por esta.

  Aceleré. El Santo guardó las patentes debajo de su asiento.

-Acá, dale.

  Volví a frenar. Bajé nuevamente, rodeé la Kangoo y abrí una puerta trasera, me lo cargué al hombro a Manuel y lo dejé en la caja como si fuera una bolsa de papas.

-Me arreglo, tocá que ya son menos cinco.

  Me acomodé en el volante. El Santo, detrás, me indicó que ya estaba sentado en la silla. No podía verlo, porque había tapado la caja con una media sombra que él mismo se había encargado de colgar con unos ganchos.

-Dale, boludo, acelerá pero con carpa.

  Estábamos con la tensión de dos cables pelados.

  A las seis en punto detuvo la Kangoo a dos cuadras de la puerta de la fábrica BouPlas.      

-Pegá la provisoria –murmuré–. Está en la guantera.

-¿Conseguiste una patente provisoria?

-Sí, boludo, si te dije… ¡Despertate, la concha tuya!

-No me dijiste.

-Está con la cinta scotch, ¿la encontraste?

-Sí, sí. Ah, la concha de mi madre.

  Nos quedamos un minuto en silencio. No sé en qué estaba pensando él, pero yo pensaba en Dardo. Lo mismo que había pensado horas atrás, cuando opté por la 22 en lugar de la navaja.

-¿Estás nervioso, no? –pregunté.

-Y sí.

-Sí, yo también, yo también, pero tranquilo que es una boludez, concentrate en la puerta que este es un relojito. Ya sale, raja primero porque y cinco pasa el bondi.

-Ya sé, ya sé.

  Me afirmé en la silla, aprovechando que no estábamos en movimiento, y saqué la 22 de la cajita de lata. La coloqué sobre mis muslos, con el seguro puesto, y respiré profundo, con los ojos cerrados, mirando los cajones vacíos de cerveza y consolándome con que a las ocho, a más tardar a las nueve, ya estaría de vuelta en el bar, escuchando música, tomando algo, vacío de sensaciones.

-Ahí está, salió.

-¿Salió? ¡¿Es él seguro?!

-Sí, es él. Está con paraguas.  

-Ponete la gorra.

-No.

-Ponete la gorra y arrancá, boludo.

  -¡Ey, Caza! ¿Qué hacés por acá, loco?

-¿Qué onda, Mati? Le vine a buscar unas cerámicas al Santo. ¿Laburás acá?

-Acá, sí, recién recién acabo de salir. Me voy que viene el bondi.

  Miré por el espejo retrovisor que un colectivo doblaba en la esquina en la que habíamos estado un minuto atrás. Las lucecitas amarillas todavía estaban lejos y calculé que por los pozos y el aguacero llegaría a la esquina de la parada en unos treinta segundos, el tiempo que tenía para convencerlo de que se subiera a la camioneta. Mis manos estaban empapadas de transpiración y sentía que no estaba haciendo mi papel de manera demasiado convincente.

-Subí, loco, vamos que voy para allá –lo invité, acompañándolo a paso de hombre con la camioneta, porque había comenzado a caminar ligeramente en dirección a la parada, a unos cien metros.

-¿Para allá dónde? Ahí viene mi bondi, dejame en la parada que

-Para allá, boludo, Almafuerte, Lourdes. Te tiro, subí –lo interrumpí, con él trotando a mi lado, y frené.

-Dale, dale –por fin aceptó, rodeando el frente de la camioneta.

 -Bien, gato, bien –susurró el Santo.

  Yo ya había subido la ventanilla, ocultándome gracias al polarizado, y había dejado abierta la puerta del acompañante. El colectivo pasó a nuestro lado a gran velocidad. Matías se subió. Apreté el botón rojo de la traba.

  Escuché la voz de Matías agradeciendo, ya sentado junto a Valentín. Escuché el cierre centralizado, clausurando las salidas.

-Alta lluvia.

-Olvidate, acá estamos joya. ¿Vas para Lourdes nomás?

-Sí, estoy viviendo allá hace un par de años ya. En el barrio quedó mi vieja con el marido.

-Ah.

  Escuché el ruidito del giro. Estábamos llegando a la Ameghino, callecita de tierra que nos permitiría esquivar los domos municipales. Valentín tenía que doblar a la izquierda. Dobló a la izquierda.

-¿Qué onda? Por esta salíamos más fácil.

  Me mordí los labios.

-Tengo que pasar a buscar algo más, por esta misma. Son dos minutos –se equivocó Valentín en la respuesta.

-Ah, bueno. ¿Vos cómo andás tanto tiempo? ¿De visita otra vez? –preguntó el otro, luego de un silencio cargado de misterio.

  Escuché gritos de chicos, de madres jóvenes, demasiado cerca de la caja. La Kangoo debía estar yendo a seis, siete kilómetros por hora. Muchos pozos, me dije, mucha gente caminando por la calle, mientras Valentín explicaba su regreso a Almafuerte.

-¿Te pasa algo, loco? –preguntó el otro, demasiado pronto. La voz a Valentín le salía astillada de los nervios. Me lo imaginé pálido, a punto de confesar que yo estaba escondido en la caja.

-Sí, chabón. Estoy para el orto. Y calculo que vos estás igual.

  Comencé a preocuparme por mi estabilidad. Habíamos aumentado la velocidad, lo cual era bueno porque indicaba que no había demasiada gente ocupando la calle, pero malo porque estaba a punto de irme a la mierda en cada pozo.

-¿Eh?

-Nos mandamos una cagada tremenda, Matías –improvisó Valentín.

-¿Con qué? –preguntó el otro, también nervioso.

-Con el club, boludo. Con Dardito.

  Otro largo silencio. Se escuchaban las gotas pegando contra el techo de la camioneta y los trabajosos movimientos del limpiaparabrisas. Nada más. 

-No te hagás el pelotudo, Matías –siguió Valentín, con la voz afirmada–. Yo estoy igual de metido que vos en todo esto, pero a mí no me dijeron que iban a matar a alguien.

-Loco, no entiendo. Frená dos minutos.

  “No frenés, la concha de tu madre. Seguí”.

-Sí que entendés, la concha tuya. Yo me senté a hablar con Tute Sánchez, no sé con quién habrás hablado vos pero me dijeron que estabas metido, vos y tu hermano también.

  Frenamos abruptamente. Me tuve que agarrar del cabezal de Valentín para no terminar en el piso.

-Yo no estoy metido en nada.

-La Sociedad anónima que quiere traer Lozano. Quieren vender el club –se tiró a la pileta. Era negro o colorado. Los terrenos de la cancha o la Sociedad Anónima. Cincuenta y cincuenta–. Ahí están metidos ustedes y yo también. ¿O por qué te creés que le dije que no a Dardo para ir en la lista?

-¿Vos decís que hablaste con Tute Sánchez Morano, che?

-Sí, Matías. Con él y con el hermano. Calculo que sabrás que una de estas movidas no se puede hacer sin ellos.

  Alguien prendió un cigarro. Escuché la caja, la primera que entraba. Estábamos nuevamente en movimiento. No lo había hecho nada mal.

-Vos no viniste a buscarle algo al Santo.

-No.

  Escuché las respiraciones de ambos. Valentín no lo había hecho nada mal, pero no era suficiente.  

-Mirá, chabón… Te juro, por mi vieja te lo juro, que no tengo idea de qué estás hablando –mintió Matías.

  Me deslicé hasta el extremo derecho de la caja y descolgué el gancho que sujetaba la media sombra. Se me hizo la luz. Más allá del parabrisas estaba el mismo barrio que había atravesado semanas atrás, pero cubierto por una cortina de agua y oscuridad que nos tornaba prácticamente invisibles. Un auto en la lejanía, una vieja corriendo con la bolsa de los mandados, un par de perros sarnosos, un albañil fumando bajo el toldo carcomido de un kiosquito. Estábamos bien, mucho mejor de lo que me había imaginado en la oscuridad de la caja.

 Le puse la 22 en la cabeza a la voz que acababa de jurar no tener nada que ver con la muerte de Dardo. Pensé las palabras que había ensayado durante quince días. 

-Quedate pillo porque te vuelo la cabeza acá nomás, forrito. ¿Me escuchaste? Pillo quedate.

  Le tanteé la oreja con el caño, luego le rocé la sien. Se erizó como si lo hubiera tocado un sigiloso espectro proveniente del otro mundo.    

-Manuel. La concha tuya, Manuel.

-Cerrá el orto y manejá, boludo –me respondió con las palabras entredientes.

-¿De dónde sacaste eso? –pregunté, comido por el terror, y arranqué la marcha nuevamente.

-Matute, esto es simple: decinos quiénes están metidos y te dejamos en la puerta de tu casa.

-Te jur, te juro

-Cerrá el orto y no mientas más. ¡No mientas más! ¿Vos te pensás que esto es joda? ¡¿Quién te compró, la concha de tu madre?! ¿Quién fue, Lozano?

-No, pará, pará.                                                                  

-Manuel –imploré.

-¿Qué Manuel? Que hable porque lo tumbo, te juro que se la pongo acá –apuró, haciendo un movimiento con el arma y dando a entender que una bala estaba lista para salir despedida.

-Hablá porque te hacemos cajeta, Matías –comenté, como el policía cuerdo–. No nos vio nadie. Hablá de una vez, la concha de tu madre. ¡Hablá!

  Bajé la velocidad por instinto. La aparición de la 22 nos había transformado en tres animales que nos comunicábamos por los olores. El Santo aprovechó la calma en el andar y con la mano libre le pegó una trompada que lo estampó contra la ventanilla. Con su descomunal fuerza en los brazos, pensé que una más sería suficiente para terminar de ablandarlo.

-Vos, Lozano, Solís, ese petero de Sánchez Morando. ¿Quién más?

-¡¡Este boludo se piensa que estamos jodiendo, Valentín!! –gritó el Santo y le volvió a meter otra poderosa mano en el techo de la cabeza. Matías se puso a llorar sin escándalo, tragándose los mocos.  

-Dejalo que va a hablar.

-Que hable, que hable. Hablá y dejá de mariconear, la concha de tu madre.

-Ponele otra mano, Manu.

-No van a vender el club.

-¿No?

-¿Y qué van a hacer?

-Dejame hablar a mí, Valentín. ¿Qué van a hacer, Matías? Hablá porque te meto un tiro en la rodilla. Te dejo rengo para toda la vida, no vale la pena. ¿O vale la pe  

-La cancha.

-¿Van a vender la cancha?

-¿Quién?

-¿Vos sabías lo de Dardo?

-Les juro que no. Les juro que eso no, Manuel.

-¿Y qué te ofrecieron, Matías? Guita, un lugar.  

-No, no.

-¿Qué, la concha de tu madre? Valentín, andá tranqui que estás yendo a los gomazos. Ya está, se está portando bien este –dijo el Santo, con la boca de la pistola palmeándole la nuez–. ¿Qué te ofrecieron?

  A Matías, por culpa de los fluidos que le salían de la boca, de los ojos y de la nariz, no le salían las palabras, y el Santo consideró que merecía una trompada más.

-Basta, Manu, por favor.

-¿Qué Manu, la concha de tu madre? Señor Santopietro para vos, rata. 

  Dado vuelta por la adrenalina, me concentré en manejar. Con sigilosa lentitud, cruzamos la ruta provincial que separaba los distritos de Bouchard y Lourdes. Entramos al territorio del clan Tello bajo una tormenta implacable, estruendosa, ideal para pasar desapercibidos. De manera abrupta, se había hecho de noche, pero de tanto en tanto aparecía un rayo que cortaba el cielo como un faconazo y nos iluminaba como si estuviéramos en un estudio de televisión.   

-Laburo y casa. Para los dos. Nos ofrecieron trabajar de porteros en la torre –explicó de manera entrecortada, rompiendo en llanto–. No se zarpen, loco, les juro que lo de Dardo no tiene nada que ver con esto. Por mi vieja se los juro.

-Sos una rata, Matías, la concha de tu madre –dije y le escupí la cara.

-¿Quién te lo ofreció?

-¿Lozano está metido, no? 

-Thiago.

-¿Thiago Solís?

  Matías cabeceó, o eso creí ver.

-¡¿Thiago Solís?! ¿Habló con ustedes dos? ¿En persona? ¡Hablá y dejá de llorar, la reputa que te parió!

  Por el rabillo del ojo, vi que el Santo bajaba el arma.

-Nos vienen siguiendo –murmuró.

  Clavé los frenos.

  Lo que vino después, sucedió demasiado rápido.

  Lo que pasó, pasó en cámara lenta. Tenía el 22 metido en la garganta de Matías, que transpiraba, lloraba, moqueaba y escupía a la vez; yo estaba tan lúcido, que podía ver cada gota desde que salía expulsada de su cuerpo hasta que se perdía en el impacto contra algo sólido. También escuchaba y analizaba cada palabra dicha por nosotros tres. Y a su vez, le prestaba atención a la calle, a cada pozo y a cada persona que aparecía en nuestro reptiliano andar; así reparé en el auto negro que no se movía del espejo retrovisor del lado derecho. Vi que los faroles blancos y la cabina amarillenta estaban ahí, como una mancha, y que siempre habían estado ahí.

  Bajé la 22, que quedó entre ambos asientos, entre ambas cabezas mojadas de transpiración, y cuando quise pensar en el siguiente movimiento de piezas, recibí un artero golpe que no pude ver hasta que lo tuve enfrente de mis ojos. Mis dientes superiores se estrellaron contra mis dientes inferiores.

  Apreté el gatillo por reflejo.

  Lo único que veía era una pintura negra, repleta de estrellas rojas, verdes, amarillas, violetas. Lo único que sentía era un agudo dolor en la nariz y los dientes. Lo único que escuchaba eran gritos de animales que me llegaban desde un lugar muy lejano, haciéndose camino entre los reventados pabellones de mis orejas. Lo único que olfateaba era pólvora y miedo. El del miedo era más fuerte que el de la pólvora. 

  El disparo llenó la cabina de humo y de pánico, dándole un matiz de colores a las cosas que nunca había visto. Todo estallaba de vida y de muerte. Matías tiró un zarpazo y el arma se volvió a disparar. Lo único que supe era que yo seguía vivo. Intentó localizar el arma,  tan cerca de ambos, pero yo aposté por arruinarle la cara de una piña.

-Hijo de puta. 

-Cochetumdre.

Se la pegué de lleno, entre los dientes. Cuando volví a ver hacia abajo, su mano estaba a un centímetro de la culata, tanteando a ciegas entre el humo, hasta que finalmente dio con ella. Disparó ahí mismo, sin apuntar.

  Nos cruzamos la mirada por última vez en nuestras vidas. Éramos dos salvajes.

  Me repuse y reconocí dónde estaba luego del segundo disparo, del que no sabía nada: ni quién lo había realizado ni quién lo había recibido. Trepé a la silla y quedé colgado desprolijamente gracias a uno de los asientos, justo cuando Matías levantaba el arma en dirección a Valentín. Armé un desprolijo manotazo con la derecha, que era lo único que podía hacer, usando toda la fuerza que tenía con la intención de empujarla lo más adelante posible, lejos del cuerpo de Valentín, que se había quedado duro viendo el accionar del otro. La 22, con su caño tirando chispas rojas como la boquita de un volcán traicionero y feroz, a centímetros del muslo derecho de Valentín, no se elevó por mi manotazo, y la bala que iba a ir de abajo hacia arriba, directa a su cabeza, terminó volando en pedazos la ventanilla. No logré hacer pie, algo que intenté tragado por la irracionalidad de lo que estábamos viviendo, y tampoco pude afirmarme entre los asientos. Estaba en el aire, cayendo de nuca contra el piso de la caja, lamentando que Valentín y Matías se quedaran solos.

  Cuando pegué la nuca contra el piso, no pensé “Vamos, Valentín”. Pensé, quizás grité “¡Vamos Caza, carajo!”. Por primera vez en más de treinta años de amistad, lo invoqué por su apodo.  

  No fui por el arma. Fui por ambas cosas.

-¡Vamos Caza, carajo!

  Con mi izquierda intenté atajarle la mano derecha, la que tenía el arma colgando y a punto de resbalársele, y con la derecha le volví a buscar la cara. Se la rompí. Un hueso, al menos, se le quebró. Y la fuerza de su mano derecha se diluyó, desapareció, porque la soltó como si le estuviera pesando trescientos kilos.

  A mí también me pesaba mucho. La vi entre mis manos, caliente y definitiva, mientras él comenzaba a retorcerse entre violentos espasmos que me recordaron a los de un gato acorralado. Le apunté al muslo. Recibí un rodillazo que me reventó la boca. Y disparé.

-¡Tirale! ¡Tirale!

  Solté el arma. Desesperado, en la milésima de segundo en la que yo decidía no hacerle un agujero en la cabeza, él había buscado la manija de la puerta y la había abierto.

-No, dejalo –alcancé a decir, con la boca escupiendo sangre como un surtidor, tratando de recordar en qué momento se había desactivado el cierre centralizado de la camioneta.  

  Colgado del asiento del acompañante, vi el balazo y el rodillazo, vi la 22 rebotando contra el piso, vi a Matías tirado en el piso, junto a una zanja en la que repiqueteaban miles de gotas de lluvia, inmóvil a un metro de la Kangoo. Le grité a Valentín, paralizado por el shock. Sin dejar de gritar por el pánico, junté fuerzas e intenté saltar a la cabina para agarrar la 22 y rematarlo. Cuando lo hice, con Matías todavía tirado y dando gritos de dolor desgarradores, Valentín puso primera y comenzó a alejarnos de la vereda, de la cuadra, de la zona.

-¿¡Qué hacés qué hacés qué hacés?! ¡La concha de tu madre, volvé! ¡Volvé que le doy yo, Valentín!   

  Una luz prendida a la derecha, un cuerpo encogido en la vereda, retorciéndose de dolor en el barro, partículas de pasto y de sangre, la esquina, una señora en moto a la derecha, tres chicos en bicicleta en cueros en trance, otra esquina, un auto en dirección contraria que no se detiene, un baldío, una camioneta arrumbada, una chica corriendo y cubriéndose de la lluvia con una mochila, otra esquina, una moto con dos pibes, cinco muchachos y otra esquina, un caballo atado en un potrero, dos chicas mojándose en la puerta de un local evangélico, un matrimonio sentado en un porche, otra esquina, otra esquina, una vieja, otra esquina, otra esquina, un semáforo, rojo, rojo, rojo, rojo, amarillo verde, dos gendarmes en la puerta de un supermercadito, otra esquina, una canchita de fútbol 5, otra esquina, otra esquina, una calle paralela a las vías del tren San Martín que cruza Lourdes, Almafuerte y Lamarque.   

-¡La reconcha de tu madre, Valentín! ¡La recontra concha de tu madre bien puta! 

-¡¡Cerrá el orto!!

-¡La concha tuya, la reconcha tuya! Vamos a terminar presos, no, no, cagamos, cagamos…

-Callate –le ordené.

-¡Sí, boludo! ¡Estamos hasta la pija!

-No seas cagón, no pasó nada. Prendé un cigarro y pasame uno.

-¡Casi te mata! ¡Si no le muevo la mano te mata! Le moví la mano, así, boludo, estaba levantando el fierro y se lo moví de ojete.

-Ya fue. Cerrá el orto y dejame pensar.

-¡¿Pensar?! ¿Pero pensar qué? ¡¡Volvamos, la concha de tu madre!!

-No… Dejalo que aprendió.

-¿Apre? No, no… Te volviste de la gorra. ¡Estás loco, hijo de puta!

-¿No te pegó, no?

-¿Me pegó qué? ¡¿Te pensás que estaría así?! ¡¿Eh?! ¡Pará, pará acá!

-Vamos a casa, boludo –resolví.  

-¿A mi casa?

-Y sí.

-Piraste, chabón. Vos piraste. ¿De qué te reís? ¡¡¿De qué te reíííís?!!      

  -¿Y el auto que nos seguía? –preguntó, luego de un largo silencio.

-¿Vos me estás cargando? No sé qué pasó con el auto que nos seguía, la concha bien de tu madre.

-Bueno, no te vuelvas loco. Vamos a esperar.

-Tenés la boca llena de chocolate. ¿No te duele?

-No.

-¿No?

-No, boludo, no siento un choto.

-Estás anulado. Se te anuló todo, la cabeza, el cuerpo, todo… Estás idiota… Manejá despacio, es lo único que te pido. Despacito, total no estamos corriendo de nadie y nos va a ir a romper el orto a casa.

-¿Quién?

-¿Escuchás las sirenas? Valentín, las sirenas, Valentín.

-Ttt. Pará, Manuel. Calmate, pasó hace dos minutos.

-¿Dos minutos? Estamos en Almafuerte, hace como media hora que estamos volviendo.

-Es una manera de decir, pelotudo.

-¡¿Pero no escuchás las sirenas?! A casa no, a casa no.

-¿Pero adónde querés que vayamos así? Si estás solo.

-Sacate la sangre de la boca si vamos a casa. Tapatelá ahora, frená y limpiate. No, no, estamos hasta la pija… No, no, chabón, no…

-¿Qué hasta la pija, boludo? Ellos están hasta la pija.

-¡¿Ellos?! ¿Qué ellos? ¿Thiago, la banda de Docabo? ¡¿El Toti?! ¡¡Idiota!!

-¿Eh? –balbuceó, boquiabierto y con cara de pescado.

-Ah, ahora te quedás callado.

-Tengo dos fierros en casa. Vamos a buscarlos y de ahí a tu casa.

-¿De dónde sacaste vos dos fierros?

-¡Mirá quién habla! ¡Mirá quién habla que estamos acá por vos!

-¡¿Ah, por mí?! Yo pensé que estábamos acá por tu culpa, la concha de tu madre. Vos empezaste con esto, con el timbre, con ir a buscarl… ¿Estás llorando? ¿¡Ahora encima te ponés a llorar?! ¡¡Manejá con cuidado, imbécil, y dejá de llorar que nos está viendo la gente!!  

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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