Prólogo de Crónicas Maradonianas. Los primeros amistosos de Diego con la selección argentina, en Chascomús, Luján y Cipoletti. El Sudamericano de Venezuela en 1977. Los primeros pasos de alguien que nunca olvidaría los inicios. Escribe Guillermo Blanco.

Durante todo septiembre estará disponible a precio promocional Crónicas maradonianas. Pueden conseguirlo a través de la web de Milena Caserola acá.

A Diego siempre le gustó jugar por abajo, y para los de abajo. Desde que su primo el Beto le ragaló la primera pelota y él la puso abajo de la almohada. En el piso escabroso que para él y sus pares era mejor que el de Wembley, la escolaseó gambeteando piernas tan percudidas como las suyas. Y fue creciendo desde abajo, para no dejar jamás de pertenecer a la raíz. Y creció desde el pie, como la musiquita de Teresa Parodi. Fue creciendo desde abajo en sus tiempos cebollitas, hizo su primer caño en primera por abajo al Cabrera de Talleres, y más allá de cualquier contingencia en algún resultado, sus comienzos enfrascado en la eterna camiseta argentina también fueron desde abajo. Arrodillado en esa imagen con  llanto en suelo venezolano, cuando su primer Juvenil quedó eliminado para el Mundial de Túnez.

De abajo y para los de abajo. Su vida transcurrió así, sin perder el rumbo de sus sentimientos. Acaso por eso la de la selección fue con la que más tiempo anduvo. Y lo cubrió cuando aquellos primeros fríos, cuando los segundos en el ’78, los  del ’82… Pero también la revoleó por los aires en tiempos felices como los del Sudamericano y el Mundial Juvenil de Japón en el´79, y ni hablar de la locura explosiva del ’86. Lo del  ’90 fue una mezcla, en tiempos  turbulentos.

 Y a  pesar de degustar manjares reservados para otros, siempre supo para quién jugó, y lo refrendó con tanta pasión en las selecciones. Desde aquella vez en Chascomús el 23 de marzo del ’77 cuando  debutó con un 3-2 ante un combinado de la tierra alfonsinista, siete días después al golear a Inafor de Luján 5 a 1, o al marcar su primer gol con la blanquiceleste en el 2 a 1 en Cipolletti.

Y desde la vuelta de la ciudad Valencia la barrera del sonido empezó a parecer más cerca de romperse. El sudamericano de Venezuela lo devolvió sin triunfos. Dos derrotas por 2 a 1 ante Paraguay y Perú, luego de un empate inicial ante Uruguay y otro contra el local. Desde entonces, un nuevo horizonte alumbró su vida seleccionada, que había tenido el debut dos meses antes en la mayor frente a Hungría. Eran tiempos fundacionales, siempre jugando desde abajo y transformándose en emblema para los de abajo. Se fue conformando una simbiosis que resultó indestructible, y de todo aquello vestido de selección sobresalió lo del ’86 por el logro pero más lo de Japón ’79, por el logro pero también por la forma de jugar. Y lo que significó para hacer feliz a los de abajo, para los que siempre jugó, aquellos que se levantaban de madrugada para gozar de ese equipo inmaculado.

Si bien hubo varios amores futboleros en esas dos décadas de su vida, el de la selección fue el más intenso y profundo. En el que solidificó su relación afectiva  con la gente a la que perteneció siempre, con la que se sintió identificado y a la que le brindó lo mejor de sí.

Guillermo Blanco*

*Jefe de prensa de Diego Maradona durante 4 años.

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