El rock y el fútbol, desde siempre, tuvieron sus cruces de rituales y pertenencias: banderas, bengalas (al aire libre), cantos, rivalidades: que los Redondos o Soda Stéreo.
Y en el universo futbolero, sabemos que un tema llega a todos los oídos y un artista es popular cuando su canción empieza a sonar en las hinchadas: Gilda estaba allá arriba antes de partir, cuando “no me arrepiento de este amor” estalló en las gargantas de quienes poblaban las tribunas.
La otra señal son las banderas. Esos rezos que mixturan la pasión por el equipo con el amor por la banda que se sigue, que más se escucha, de la que se juntaba el mango para comprar el disco original el día en que salía. Y en eso, Los Redondos, el Indio, ganan en presencia en las canchas de todo el país.
Hay que imaginar a esos pibes, a esas pibas, que piensan en pintar el trapo: la frase tiene que ser corta, precisa, por eso dan vueltas, tararean, se consultan, tiran estrofas antes de encontrar la que abarque todo el sentir.

Entonces, ahí están las banderas de las tribus, desangeladas y no tanto, que flamean, gritan, dicen, confiesan: “Ladrón de mi cerebro”, cuelga de un alambrado en la cancha de Banfield y también la lleva el Monterrey de México; “Como no sentirme así”, cerca de una esquina de la tribuna de Newell´s o atada a un poste en la de Belgrano de Córdoba, mientras Chacarita canta “Preso de mi ilusión”. Un “Mi sueño duerme aquí” se ve en la popular de San Lorenzo; “A brillar mi amor”, piden desde la de River, “Un gran remedio para un gran mal”, proponen desde Huracán; “Con vos soy rico gratis”, ríe desde la tribuna de la Academia, “Mi único héroe en este lío”, dice la de Boca y “La alegría por la que mi mundo gira” puede verse en las gradas de Peñarol, Uruguay. Y la que nos recuerda, desde Gimnasia y Esgrima en la Plata: “Violencia es mentir”.
Se mueven, ondean, se vuelven techo que condensa el grito de gol. Entre el arrabal y el cemento; entre la esquina y la filosofía, la poesía del Indio, nuestro padre poeta, se mueve libre en las tribunas. El golpe certero que aniquila análisis posibles, la palabra escogida en el lugar que sobran las sensaciones, una punta para arrimarse a eso que llaman “sentimiento inexplicable”. Mientras seguimos sobrellevando este duelo colectivo. Mientras nos seguimos amuchando para cantarlo, saltarlo, despedirlo, ondea nuestro trapo que reza: “Nos merecemos bellos milagros… y ocurrirán”.
Nadia Fink
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