La disputa simbólica que produjo Inglaterra – Argentina seguirá dándonos vueltas por el corazón y el cuerpo mucho tiempo más. ¿Sólo un partido de fútbol? Claro que no. Escribe Sofía Zarbo.
Ganando le podíamos atenuar el dolor a muchas madres que perdieron hijos en Malvinas.
Diego Armando Maradona.
No podíamos fallarle al pueblo argentino.
Lisandro Martínez
Cuando en la película Fue la mano de dios, de Paolo Sorrentino, están mirando México 86 y Maradona hace el primer gol, el abuelo fanático del Nápoles le explica a su nieto entre dientes y, como hilando el pensamiento en ese mismo instante, que ese mínimo acto, en esa pequeña hazaña: “Ha vengado al gran pueblo argentino, oprimido por los innobles imperialistas en las Malvinas’ y sigue, ya un poco más eufórico, ‘es un genio, es un acto polìtico, es una revolución. Los humilló”. El nieto asiente y mira asombrado.
¿Es solo un partido de fútbol? ¿Es solo fútbol? El Partido no sustituye la historia con Malvinas. Pero hay algo en esa victoria futbolística que se apega tanto al recuerdo que hace que nunca se vaya a olvidar la guerra o la ocupación. Lo material es irreparable. El partido es otra cosa.
Lo que hace el abuelo es ver y remarcar una sustitución simbólica, da cuenta de aquello que se convertirá en mito. Roland Barthes nos dice en Mitologías que los mitos son formas de hablar de la realidad, y no relatos falsos, fantasías colectivas. Son hechos que dejan de pertenecerse a sí mismos para empezar a significar algo más. La historia los toma, los carga de sentidos y los transforma en mensajes que una sociedad reconoce como propios. México 86 es uno de esos casos. Ya no es solamente un partido de fútbol. Es un acontecimiento al que se le fueron adhiriendo recuerdos, heridas, deseos de revancha y formas de narrar un hecho. Lo que ocurrió ese día en ese estadio, terminó significando mucho más. Objetivamente sabemos que es un deporte, es un partido dentro de los términos de un campeonato. Pero hay una expectativa. Es innegable la suma de signos que lo rodean.
El mito no existe porque la herida haya sanado. Existe porque sigue abierta. Lo material permanece irreparable y es precisamente por eso que la sociedad necesita producir símbolos capaces de cargar con aquello que no puede resolverse en los hechos. Entonces si, los recuerdos de México 86 no sustituyen la guerra ni el colonialismo y eso ya lo sabemos. Lo que sucede es que recuerda el mito y mantiene viva la memoria de que Las Malvinas son argentinas y que hubo una guerra. La selección del 86 no solo le ganó a la selección de los ingleses en el juego que ellos reglaron.
La justicia divina y las cuentas, esperaban a ser jugadas, impartidas y saldadas de alguna manera en este otro campo, cuatro años después, en el de los futbolistas y no en el de los conscriptos.
En Mitologías , la lucha libre y el boxeo son contrapuestos en el sentido que uno es un espectáculo y el otro un deporte de lo real. En el espectáculo, el espectador va a ver una representación moral que conlleva la humillación del villano.

Suena conocido. Argentina no solo vence a los sucios ingleses que habían robado su único campeonato mundial hacía veinte años después de mandarnos a casa; sino a los villanos que también nos hundieron un barco fuera de combate, que tajearon la herida. Argentina venció a Inglaterra dándole justicia moral, en términos barthesianos, pero además la divina que se esperaba, de la mano del mismísimo dios, que jugando el juego de los villanos, lo hacía con las 10 para nosotros en ese estadio.
Estadio, un estadio muchas veces es analogía de campo de batalla, pero en 1986, no alcanzó la retórica. Y fundamos un mito alrededor de ello, con esta forma de justicia y el nacimiento del nuevo agente del destino apellidado Maradona.
Parece ser que el boxeo se convirtió en lucha libre.
¿Cuántos de nosotros, de chicos, creíamos, como un efecto Mandela, que Argentina-Inglaterra era la final de ese mundial? Bueno, no, la final se le ganó a Alemania Federal y Maradona no anotó ninguno de los tres goles. En el partido de cuartos, el 10, dice que lo hizo por las madres y por los que fueron a la verdadera guerra. Y ellos, los veteranos, lo recuerdan como algo más que una victoria futbolística. Y lo agradecen desde su más fuero interno.

Así entonces, nunca hubiese podido ser solo un partido en este 2026, porque hace cuarenta años tampoco lo fue. El efecto Mandela nos trae que el mito devoró hasta la realidad cronológica del campeonato. Argentina ya era campeón en cuartos.
Hoy, en 2026, cuarenta años después, se jugó la necesidad de sostener la potestad del triunfo, de sostener la venganza que dimos en ese Estadio Azteca y por último llegar a la final. Y esa potestad la pudimos sostener con la épica que solo este equipo puede tener. El partido moría con un 1-0 abajo y esta otra selección, la de nuestro 10 contemporáneo, se sostuvo firme hasta el final y selló el espectáculo con otro 2-1. Un resultado atávico. Como si Maradona se hubiese metido no solo en el 10, sino que en cada jugador, ¿qué fue ese pie a pie del Cuti Romero en el área? Nuevamente los villanos vencidos, nuevamente los sacamos. Vencedores vencidos. Y la bandera del final, ‘Las Malvinas son argentinas’, nos responde, o reafirma, que no, que jamás podría haber sido solo un partido. Maradona fue el portador de la victoria aquella vez, la portadora de esta es la Scaloneta.

Esta vez no le ganamos la final al equipo europeo con un 3 a 20; pero en unos años el triunfo va a haber sido, como aquella vez en cuartos, el de las semis. La reparación simbólica en la que se apoya este mito es que, sin más armas en la mano que un diez en la camiseta, venció al villano en su propio juego y lo remató con el gol del siglo. Y sin más armas en la mano, que un escudo albiceleste y una bandera desplegada, reafirma esta selección que un soldado no muere en batalla, muere cuando se lo olvida. Y nunca los vamos a olvidar.
Sofía Zarbo
Instagram: @sozarbo
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