Dos deberes tendría todo fútbol: comunicar un hecho y tocarnos física y emocionalmente, como la brisa del mar.

No disponíamos de otro documento que la fé y la memoria; lo que fue y lo que será; 39 años de historia, 20 de amor, minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible.

Dios operaba para él un último secreto: una revancha con la corona, en la hora determinada, a 40 años del último baile. De la perplejidad, al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

Sin que nadie lo sepa derramaron lágrimas. Fueron, vinieron, compraron, se agarraron el pecho, un ritual, una cábala. Invocaron -en silencio- sin que nadie lo sepa. Sin que nadie lo sepa pensaron en la muerte, en la gloria, en el dolor de la despedida, en una nostalgia anticipada. No pudieron salir del embrollo: melancólico, sutil y tanguero.

después, quizá mordiendo un llanto,
quedate siempre, me dijiste (…)
Afuera es noche y llueve tanto,
y comenzaste a llorar(…)

El melodrama todavía nos desvela. En el Río de la Plata, entre tanos, negros, indios, gallegos y mestizos, se silban penas y se reza mucho. Nuestra infancia y la de Messi se tocaron la puerta y sin que nadie lo sepa se quedaron a vivir un tiempo. Atravesaron la fatídica medida del éxito, el trauma con el pasado, las banderas derechas e izquierdas y los análisis de sangre. Fue esa nuestra imagen de la década: una ilusión incompleta y paranoica, un amorío trunco con sabor a resentimiento adolescente. Llegamos adultos y no nos dimos cuenta. Nuestros años más dorados. Nos dimos un adiós inteligente, sin que nadie lo sepa. Y sin que nadie lo sepa también nos fuimos agarrando de lo que había a mano: mística, misterio y trabajo. Pusimos sobre la mesa nuestra arrogancia, también el orgullo, nuestro territorio, el autoestima nacional. Se lo tiramos de un guadañazo en una sábana al centro del mundo. Y la historia se repite sin que nadie lo sepa. Diego desde hace tres décadas nos anticipaba el final, la final, soltaba sus lágrimas, lo puteaba a Codesal, desde el alma, con una injusticia en la mano. Nos cortaron las piernas, nos cortamos, lloramos, nos quedamos sin piernas sin alma: restaba mirar la herida de los noventa de frente. Todavía duele. Fuimos gateando al destino de grandeza que nos esperaba, sin que nadie lo sepa.

El domingo, no lejos de la Avenida 9 de julio, una ruidosa, bochornosa música de bombos, balas de goma y trompetas nos acaba de revelar que la derrota es más inverosímil que la victoria. Que el alma perdura cuando en el cuerpo hay dolor. Esto quiere decir que Solari y Maradona no son dos estrellas, como ilusoriamente creíamos. Son tres porque vos también estás con nosotros y Dios no está en los detalles.

Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza.

Lionel Andrés Messi: hemos brindado a tu honor. No hacía falta tu voz, no hacía falta declarar nada, ni que hicieras más. Estabas ahí, silencioso y sin duda algo sonriente, al percibir que nos asombraba y maravillaba ese hecho tan notorio de que nadie puede morir. Estabas ahí, a nuestro lado, y con vos los muchos que sueñan con jugar en primera, representar a su Patria, gritarle en la cara al invasor. Estaban las multitudes de las sombras que cruzaron el puente Avellaneda, los que pagaron miles de dólares para verte, los que conectaron fútbol libre, los solos que esperaron en Corrientes, los pocos en sus casas y todos los muchos que fueron al obelisco o imaginaron que fueron. Todos estaban ahí y vos también.

Por fin como Borges esta noche puedo llorar como un hombre, puedo sentir que por mis mejillas las lágrimas resbalan, porque sé que en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra. Esta noche -cómo indios- debemos entrar en la muerte como quien entra en una fiesta.

Gracias selección. Gracias Messi.

Bautista Prusso
Twitter: @prussismo 

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