Al mundial le faltaba él. La estrella de la última Copa África, el hombre que no es él sino la representación de otro, memoria viva de un destino trunco. Llegó al mundial Michel Nkuka Mboladinga, el hincha de Congo que, en cada partido, homenajea a Patrice Lumumba. Escribe Bautista Prusso.

Michel Nkuka Mboladinga, conocido como «Lumumba», el gran performer del momento, acompaña de forma galana y atrevida desde 2013 los partidos de la República Democrática del Congo vestido con elegantes trajes inspirados en los colores nacionales. Un celeste opaco y a la vez celestial, combina con el rojo fuerte sanguíneo, ochentoso y vivo que con un amarillo mostaza completa los colores primarios del atuendo. Un leopardo va cosido en el lado del corazón. Exorbitante, curioso y guionado por una película de Godard, el cuerpo del revolucionario se hizo presente en la segunda fecha de este mundial. La historia caprichosa empecinada en decir acá estoy; no les vamos a dejar pasar el cooling break tranquilos. Un poco de africanización sin llanto. Pugliese Pugliese; Lumumba Lumumba, Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice.  La estatua de Kinshasa le da el mapa de su figura: brazo en alto y palma abierta. Es un muñeco de torta afro y colorido, imposible pasar por alto lo potente de esa imagen. Hollywood y Paris en el mundial. Eso que llaman mística vino en un avión con ébola. La idea de la estatua en sí es tan vieja como la mentira o el viento. Contemplar la escena en un mundial donde no hay más lugar para la atención de nuestros ojos es tarea fina. Los leopardos quieren hacer historia.

No pude no pensar en la peatonal San Martín en Mar del Plata o la calle Florida; entre la fascinación y el espanto.  Un freak, un artista, un gurú o un cabulero de novela.

Patrice Lumumba encabezó el movimiento revolucionario que llevó al Congo a independizarse de Bélgica en 1960. Fue el primer jefe de gobierno congoleño en la historia. En el discurso de la independencia rompió con el discurso colonial y le enrostro al mismismo rey belga la humillante esclavitud que les impusieron por la fuerza con su colonialismo. El legado revolucionario duró poco en el gobierno pero consolidó los recursos minerales en sus manos, africanizó el cuerpo militar y tejió alianzas con otros países vecinos. A los meses fue derrocado, al poco tiempo torturado y ejecutado por una alianza contrarrevolucionaria entre contras propios, belgas y yankees.

Sus captores disolvieron el cuerpo en ácido. Un sadismo parecido al de algunos episodios históricos con los cuerpos de grandes líderes. Siempre el objetivo es el mismo, que ninguna tumba se convierta en lugar de peregrinación. La fórmula es en la historia garantía de fracaso. Florecieron mil Lubumbas, su diente (si, sólo un diente) fue enterrado hace poco y su imagen se expandió como el espíritu de la revolución congoleña en todo áfrica. 

Es por eso que la performance de la tribuna devuelve al presente ese cuerpo, una imagen que se reproduce en un millón de pantallas del mundo. Lumumba logró volverse visible en miles de imágenes que se producen y nos saturan todos los días. La palabra potente del discurso de 1960 que da el líder africano es prestigio. Señala que la tarea para sus revolucionarios es volver a poner al Congo en el centro del prestigio, una oda al autoestima afro y marcando la cancha para una década de independencias en el continente.

El cosmista ruso Nikolái Fiódorov imaginó las condiciones técnicas para resucitar a todos los que alguna vez vivieron. Su proyecto utópico formula una pregunta seria: cómo sostener la propia inmortalidad sin ninguna garantía ontológica, siendo apenas un cuerpo efímero entre otros tantos. Ayer, el estadio Guadalajara funcionó como ese museo móvil donde mirar la obra de arte y donde la técnica se volvió estética. Lumumba es resucitado del pasado como objeto estético; y la estatua de Kinshasa, un modo de preservación, vuelve a ponerse en movimiento. Ahí donde es contrabandeada la historia con nuestra época la cosa se vuelve interesante..

Todo esto nos invita a pensar en el registro histórico y hasta religioso con el que se viene dando la gestualidad mundialista. Desde el remo vikingo de Noruega, Senegal y los tambores del Sabar, el Cielito lindo Mexicano, Corea y los Red devils, el Wonderwall inglés, la Argentina y la memoria con las Malvinas, ahora son los Leopards Congoleños. El lenguaje religioso es el lenguaje de la repetición: el hincha aparece cada partido como un rito que reactualiza una verdad difícil de comunicar. ¿Que hay en los ritos cabalísticos de cada hinchada sino una invocación mística? 

La discusión entre quienes ven un freak roto de avenida Corrientes en el Lumumba teatral y quienes ven él un vehículo de sentido no es una discusión sobre verdad o mentira, sino sobre creer o no. La insistencia del performer es la necesidad de que Lumumba siga naciendo, de que su imagen se reproduzca al infinito durante lo que dure el fútbol. La revolución siempre corre riesgos en su expansión. La  imagen de un mártir hecha estatua, estampita y la guevarización latente, ¿La ficción puede ser verdadera?

La narrativa mundialista nos exhibe todos los días su rostro político. Lo que empezó como curiosidad en redes y en un empate histórico con Portugal quizá empuje a miles de espectadores en todo el mundo a googlear quién fue Patrice Lumumba: leer la palabra descolonización después de asombrarse por un smoking celeste son regalos que nos da este mundial vidriera del espectáculo. Pero sin moral. Exhibe tensiones, tradiciones y ritos. Los espectaculariza, fetichiza y la mar en coche, a la par que es innegable el tráfico de tradiciones y  simbologías nacionales que circulan. El fútbol funciona también como puerta de entrada, no como punto de llegada. La imagen dentro de miles de imágenes partidas y fragmentos dispara sentidos, preguntas: ¿Existen las performance de denuncia? ¿Hay ironía en los disfraces o cuentan algo más? ¿Tiene un propósito? En un torneo saturado e hiper mega monetizado, un hombre inmóvil con sacos de colores primarios detiene la pelota y nos obliga a pensar. Silbando bajito la historia del Congo se metió en tu scroleo y terminaste defendiendo la africanización. El soft power africano es un tik tiki en las redes.

Ausente en el debut ante Portugal —cuarentena por el brote de ébola y restricciones de visa de Estados Unidos mediante— el amuleto llegó a Guadalajara para el partido contra Colombia. 

Lumumba: el punto de transición entre el pasado y el futuro. El San Martín africano quiere ser un hincha más. El Congo volvió a un Mundial después de 52 años — lo jugó como Zaire en 1974—, y lo hizo arrastrando un pasado colonial que el deporte mundialista intenta sopesar. 

Es que la revancha no tardaría en caer. Mobutu, el presidente golpista, fue quien derrocó a nuestro Lumumba y decidió en la década del 70 limpiar su imagen con la participación mundialista. Una campaña de acercarse al mundo globalizado, occidental y  cosmopolita. El 74 fue un año de entreguismo cultural con el pueblo estadounidense: Zaire 74´ es el evento político que busca esa plasmar occidentalización y que congrega músicos como Bill withers, BB king, James Brown en aras a promocionar la pelea entre Alí y Frazier. El fútbol aparece como el escenario global donde el pasado y la pelota se tiran paredes. El puente entre la tradición que se niega a desaparecer o al menos a dejar tranquilo al presente y el fútbol que acelera lo más rápido hacia no sabemos donde. El mundo futbolero mira esa estatua y piensa ¿está pasando algo más que fútbol en un mundial?

Bautista Prusso
Twitter: @prussismo 

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