1

¿Cuándo nos volveremos a encontrar nosotros tres en medio del trueno, los relámpagos, la lluvia? Cuando termine el estruendo; cuando la batalla esté perdida y ganada.

Shakespeare

 Era una tarde de domingo celeste y radiante, una de esas tardes hechas para ganar, gustar y golear frente a tu gente. ¿Cuántas jornadas había vivido así junto a Antonio Juárez y Julio Illarramendi? Cientos, quizá miles; embriagadoras, vividas al límite de lo humano, cara a cara con la Historia con mayúsculas. Esa era la pastilla que andaba necesitando, no los antidepresivos, ni los ansiolíticos, ni tampoco las pastillas para conciliar el sueño. Lo que me faltaba era la gloria en el verde césped, la competencia eterna, sentir que la vida estaba en juego en cada pelota. Me faltaban el Viejo Juárez y el Vasco. Me faltaba un pedazo de alma. 

 Por eso estaba así, somnoliento y vencido, con el espíritu maniatado por los químicos. Tenía, es verdad, mi atado de cigarrillos negros, la radio sintonizada en la AM para escuchar los partidos, mi reposera bajo la sombra de un sauce y la compañía de mi enfermera. Pero no tenía nada más.

-Chau, Legui. Vengo en un ratito. Descanse.

 “Chau, Legui” y un beso en la frente. Le faltó agregar: “¿No supo recuperarse de la muerte de sus laderos? Jódase. Lo único que podemos hacer por usted es proveerlo de un colchón, dos platos de comida diarios y una artillería de pastillas para que no haga locuras. Y agradezca que un ángel de la guarda le deja religiosamente cada semana un cartón de los cigarrillos que le gustan”.

 ¿Quién era el hada madrina del tabaco? Después de diez años, no lo sabía y hasta había dejado de importarme. Creía que podría ser algún hincha agradecido por tantos años de gloria y sacrificios, o algún primo perdido, si es que todavía quedaba alguno dando vueltas del otro lado de los murallones alambrados. Mi madre no, porque sabía que ella también había muerto.

2

 El calor de inicios de noviembre ya no era tan agobiante. En un rato, la enfermera se acercaría con el mate y las dos rodajas de pan con manteca, y después de la merienda me acompañaría en el rezo del Ángelus. Pero para eso faltaba, porque estaba pegado a la radio escuchando el final de la jornada: San Lorenzo le había ganado uno a cero a Boca; River y Huracán habían empatado en dos; Banfield, que venía peleando arriba y al parecer tenía varios chicos de buen pie, se había impuesto en Rosario; y el Sportivo Italiano había perdido con escándalo frente a Argentinos Juniors. Los insultos al DT del local se imponían sobre la voz de los relatores, en un estruendo de odio, desazón y furia no apto para almas sensibles.

 Ese tal Portillo, DT del Sportivo Italiano, era todo un caso. Perder seis a uno como local, frente al anteúltimo de la tabla, es lo que se conoce como un resultado sacatécnico. Y a este muchacho, efectivamente, lo habían eyectado a patadas. Me lo imaginaba en ese momento limpiándose los escupitajos de la espalda con un trapo, visto de lejos por jugadores, utileros y dirigentes como si fuera un leproso, un paria, un condenado a muerte, ya derrumbado, ya triste, solitario y final en las penumbras de un vestuario que no volvería a pisar en su vida, con la mirada perdida en una venda enviciada, en una botella de agua, en la imagen de una Virgen que miró para otro lado, en una media extraviada, en una camiseta que no se transpiró lo suficiente.

 Chau, Portillo. Ciclo cumplido.

3

-Lo buscan –me avisó la enfermera.

 No le pude contestar de inmediato, tenía la lengua como una gelatina aplastada por un camión.

-Leguizamón –insistió–. Le estoy diciendo que lo buscan, lo esperan en el estacionamiento.

-¿Quién es?

-Un tal Chiche.

-No conozco a ningún Chiche. ¿Qué hora es?

-Las once de la noche.

-¡¿Las once?! ¿No querrán secuestrarme?

 Me miró con esos ojos.

-Lo dudo, Le.

-No me digas “Le” –le contesté, poniéndome de pie con su ayuda–. Y no me mires así.

-Bueno, viejo cascarrabias.

 El cielo estrellado, claro, y una brisa proveniente del río cercano, fueron los únicos testigos de mi andar por los pabellones del hospital hasta dar con las piedritas que indicaban mi llegada a destino. Recién ahí me puse los anteojos; no lamenté haber salido de mi habitación en piyama y pantuflas: en los márgenes del estacionamiento, iluminado por la débil luz amarillenta de un farol, me esperaba un muchacho excedido de peso, de pelo castaño ceniza, largo y desarreglado, barba descuidada al tono, vestido de conjunto deportivo. Fumaba con la espalda apoyada en el capot de una furgoneta celeste que flotaba a cincuenta centímetros del suelo, despedía un humo espeso por el escape, y luces y flashes desde la parte baja del chasis. 

Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas

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