-Maestro Leguizamón. Es un honor conocerlo en persona –me saludó el extraño mientras llegaba hacia él, estirando una mano temblorosa que no estreché.
Apuró el cigarrillo y lo aplastó con el taco de una zapatilla que debía tener más de una década de trajín y unos cien gramos de barro reseco adherido a ella. Me detuve a dos pasos. Lo miré a los ojos.
-Buenas noches, caballero –saludé, recibiendo una mano fofa, inquieta y transpirada, como si la muerte viniera pisándole los talones.
-Me autorizaron para que lo saque a dar un paseo. ¿Quiere subir a La Chicheneta así le explico el motivo de mi visita?
Ahogado por un acceso de tos, comencé a dar manotazos en el aire para disipar el humo negro que nos envolvía.
-No salgo de acá desde hace una década –contesté secamente, dando media vuelta para volver a mi habitación.
-No se perdió de mucho. Créame.
La respuesta me divirtió. Volví a darme vuelta, como un gesto de amistad.
-Le agradezco, pero no puedo salir. Ya me tengo que ir a acostar.
-No hay ningún problema. Discúlpeme por haberlo molestado a esta hora. Pero…
-No es ninguna molestia –lo interrumpí, alejándome a toda la velocidad que me permitían las piernas de esa venenosa atmósfera que había logrado marearme–. Que tenga buenas noches. Y haga revisar ese escape, está atentando contra la salud pública.
-¿Le llegaron los cigarrillos que le mandé?
Me frené, como alcanzado por un rayo. El extraño se alejó de la furgoneta. Quedamos cara a cara.
-Cada semana. Se lo… –balbuceé, con dificultad–. Se lo agradezco mucho, hombre.
-El agradecido soy yo, maestro. Yo soy DT gracias a ustedes. Juárez, el profe Ilarramendi y el ayudante Leguizamón. Qué cuerpo técnico, madre mía. Un mundial de clubes, tres copas Libertadores, cuatro Recopas, seis ligas, récord de partidos invictos…
Algo volvió a encenderse dentro mío, algo que llevaba mucho tiempo muerto. Era una voz que me llamaba de regreso, que me guiaba en la oscuridad de las pastillas y las cuatro paredes blancas; era algo en la nada, como un farol titilando en una niebla implacable; era alguien, donde no había nadie. Ni siquiera yo.
-¿Y se puede saber quién es usted?
Carraspeó con cierta teatralidad, se acarició la barba, miró hacia el infinito, por encima de mi hombro, y arrancó.
-Chiche Portillo. Treinta y cuatro clubs dirigidos, un campeonato en la liga Escobarense, una copa de liga en Honduras, peleé hasta el final dos reducidos en el ascenso uruguayo, quichicientos pibes promovidos a primera división, ventas por millones y un ascenso de la C a la B en el octogonal del setenta y nueve con Armenio.
-Recuerdo dicho octogonal. Un tanto brumoso…
-Las malas lenguas dicen que corrí con el caballo del comisario, pero vio lo que es la envidia en este ambiente. Yo dejo que la pelota siga rodando.
-Mire usted.
-Nada Malinovskyi mi carrera, ¿no?
-He escuchado peores.
-Exacto, lo que yo digo. Pero estoy decidido a relanzar mi carrera y por eso vine acá… Algo me dice que toqué fondo.
Levanté las cejas.
-¿No serán los muchachos de la radio? Hoy repasaron la tabla: Italiano sigue último con cuatro puntos, Argentinos quedó con nueve y Nueva Chicago con el empate de ayer llegó a once. Efectivamente: usted tocó fondo, Portillo.
-Lo que estoy diciéndole yo, lo que pasa acá es que los periodistas deportivos le tiran Salah a la llaga y le hacen creer a la gente que es peor de lo que parece, se ensañan con el trabajo ajeno y jamás patearon una pelota… Ya lo dijo el Diego, el más grande de todos.
-¿Pero qué tiene que ver Maradona con todo esto?
-El problema es que soy un incomprendido, maestro.
-En eso tiene toda la razón, yo tampoco lo comprendo –asentí, enérgico–. Mire, Portillo: ese sistema de la doble x horizontal es un despelote, un desfalco geométrico que no tiene pies ni cabeza… ¿Cómo se le ocurre dejar ambas bandas libradas a la buena de Dios? Hasta yo, en este estado lamentable y sin sacarme las pantuflas, desbordo al lateral de su equipo y tiro el centro atrás.
-¿Cómo dice?
-Lo que está escuchando. Y eso que nunca vi jugar a un equipo suyo, pero ya por las transmisiones me doy cuenta del sinsentido absoluto, de los espacios que le deja al rival.
-Y más cuando las cosas van mal –seguí–: ahí, con la soga al cuello, usted tiene que poner dos líneas de cuatro bien paraditas, con muchachos confiables, que no se le distraigan, adelante un ligerito rompepelotas jugando suelto y arriba un nueve que baje hasta un planeta con la cabeza, ¿me entiende, Portillo? –finalicé, aún sin darme cuenta de que me había olvidado por completo de mi condición física y mental, y que había logrado gambetear, durante ese minuto que hablé de fútbol, la férrea marca que controlaba mi mente.
-Yo soy un adelantado. Miro el fútbol cincuenta, cien años adelantado. Y lamentablemente, este planeta todavía no está preparado para reconocer mi genialidad. Por eso vengo a proponerle que me acompañe, que sea parte del relanzamiento de mi carrera, porque tengo pensado dominar el universo durante los próximos quince años.
-De ninguna manera, Portillo –contesté, tajante–. Usted todavía tiene las pulsaciones a mil y no sabe ni lo que dice ni lo que hace. Ahora tiene que ir a su casa, enfriarse y descansar, olvidarse del fútbol. Mañana verá las cosas de otra manera… Si ya vivió derrotas fuertes, no es alguien que está arrancando en esto. Haga el camino que ya conoce para salir del pozo, todos pasamos por lo mismo.
Portillo se llevó una mano a la frente, luego la paseó por el pelo con nerviosismo y prendió un nuevo cigarrillo. Un rastro de tristeza lo había invadido por completo.
-No puedo ir a mi casa. Una vecina me acaba de avisar que la barra del Tano me está esperando para cobrarme la derrota. Y yo soy de ir al frente, pero son más de cincuenta, y tienen palos y cadenas.
-Lo entiendo, lo entiendo a la perfección. No se vaya a creer que nosotros arrancamos ganando todos los partidos, más bien todo lo contrario. Puede ir a un hotel. Vaya a un hotel.
-¿A un hotel? Si me da vuelta no se me cae un Cobreloa, maestro. Me deben tres meses de sueldo, la última platita que vi fue cuando le sacamos el empate aquel sobre la hora a Vélez.
-¿Cenó esta noche, Portillo? –le pregunté, ante lo cual negó con la cabeza.
El joven entrenador me dio lástima. Y que yo, en mi situación, le tuviera lástima a alguien, significaba mucho.
Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas
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