Populares impopulares: el dolor de no poder ir a la cancha

Un pensamiento largo entre la estación Malabia y la estación Pasteur de la línea B del subte. Miles de alegrías, una frustración. La vida, el fútbol y el ajuste.

Agarraba el poste metálico con desgano, y la cabeza oscilaba entre apoyarse en el brazo y quedar en el aire. Su voz inconfundible de las mañanas le decía: “Usted está en la estación Malabia”. Acababa de pasar el molinete con la SUBE, sin ya si quiera preguntarse cuánto le quedaba porque el mes que viene habría otro aumento. Pero el desgano no era la modorra, la falta de energía. No era el típico “no quiero ir a trabajar” de todos los días. Le pasaba otra cosa.

Se acordaba de las noches de gloria en la tribuna. Rememoraba momentos únicos, tristezas infinitas, alegrías eternas, bengalas, latidos de bombos, canciones. Traía a su mente Copas y fracasos.

Pensaba, por caso, en aquel partido de copa de hace 10 años. Aquella noche estupenda en la que las banderas, los aplausos y los cantos, que lo enamoraron al punto de decir “esta noche no podemos perder”, se transformaron en una pesadilla. Cuando ese partido en el que no podían ser vencidos, ganando dos a cero y con dos hombres de más, perdieron y quedaron afuera de la Copa.

Sonrió levemente, mientras veía el cartel de la ventana que decía “Estación Ángel Gallardo”, porque alguna vez pensó que ese sería el peor partido de su vida. , entonces, esa tarde en las que los piratas celestes lo mandaron a la B y, con ese recuerdo, los partidos sufridos contra Boca Unidos de Corrientes, el día que se fue de la cancha de Vélez habiendo perdido 1 a 0 con Atlanta, el penal del “Chori” Domínguez contra Patronato, el ascenso histórico contra Almirante Brown.

Y ahí pensó, mientras una señora embarazada pedía el asiento en la estación Medrano, en las noches de gloria. En el gol de Pisculichi, la victoria contra Atlético Nacional, el penal de Sánchez contra Boca, el 3 a 0 a Tigres, las Recopas, el partido en el que dieron vuelta un 3 a 0 y el último baile contra Racing. Siempre había estado allí. Pensaba, pero mientras lo hacía se ponía triste, y todavía quedaba viaje en subte por andar.

“Vamos a la popu, eh”. El padre bajaba rápido la escalera, más rápido bajar por ahí que por el ascensor del monoambiente de Oro entre Güemes y Santa fe en el que vivía. Él era un niño que apenas había cumplido 9 años hace una semana. En esa frase, había entendido todo. Corría el 22 de julio del 2001 y el chico era llevado por su padre a ver la vuelta del gran Ramón Díaz, en un domingo en el que River y Gremio jugaban por la Mercosur.

Había ido dos veces a la cancha, por un contacto amigo de su vieja, ya separada de su padre hacía varios años. Pero la platea baja no era real.

“La popu” significaba en lo meramente material ese pedazo de cemento que está por encima de la platea y desde donde estás más lejos del campo de juego. Pero en lo simbólico era otra cosa. Era el signo del ajuste, del no podemos gastar más de dos mangos en esto. Significaba la dificultad para salir adelante, el “rascar la olla”.

Mientras Ramón volvía, el movimiento piquetero crecía en el norte del país y hasta se formulaba un programa para gobernar la provincia de Salta. Aumentaban las movilizaciones en las arterias a la Ciudad y las organizaciones de trabajadores desocupados, desde Matanza a Lanús. Chacho Álvarez ya no estaba, De la Rúa no era salvado ni por el Blindaje ni por el Megacanje y Cavallo pensaba en sacarle los ahorros de los bancos a los trabajadores para intentar pagar la deuda externa. La desocupación llegaba a dos dígitos y el 50% de la población estaba debajo del índice de pobreza.

Entre tanta malaria, “la popu” también se convertía en la confesión de un padre a un hijo de que la vida está difícil pero porque te quiero podemos ir a alentar. No hay nada más lindo en el fútbol que eso.

Y el problema es que ya no todo es el fútbol. No es como cuando tenías 8 años y jugabas en la computadora al FIFA 2000. Tampoco como cuando probaste poner a Roberto Carlos de centro delantero en la Play 1. Tampoco como, ya cuando creciste, dejabas cualquier cosa para ir a la cancha. Como esa vez que fuiste a ver a River 13 minutos porque jugaba un partido suspendido por lluvia contra San Martín de San Juan. Y tampoco, como cuando te hiciste más grande, y la plata de los primeros laburos se podía ir en entradas y posteriores latas de cerveza de noche de Copa Libertadores. Ya nada es así, vivís solo, la cosa está peluda, y ya no es lo mismo.

“Carlos Gardel”, dice la voz de todas sus mañanas y él, nadie sabe porque, se vuelve a intentar convencer de lo que ya está convencido: no pudo. Porque esa entrada salía lo mismo que la mitad de la plata que tiene en el segundo cajón del armario, ese de debajo de la ropa interior. Porque en el mueble tiene una factura de luz de 1000 pesos que aún no tiene bien en claro cómo va a pagar.

Se acuerda, con sonrisa pícara, que cuando se fue a vivir solo seis meses atrás el dólar estaba a 18 o 19 pesos. “La divisa toca los $42”, dice uno de los titulares del celular del tipo que va agarrado del poste de al lado en el subte.

Sonríe un poco más, cuando se acuerda de las luchas en curso. Los cortes, las movilizaciones, los plenarios, las clases públicas, las luchas por el presupuesto universitario, las vigilias por el aborto legal, las mesas, los volantes. Sonríe porque se acuerda, en una mañana fea, que derrotar el ajuste ahora es fundamental, sino solo te queda “votar bien en 2019” y eso es chamuyo. Ya es claro que no todo es fútbol en la vida.

En la estación Pueyrredón del subte B un pibe está triste porque esa noche no estará en el Monumental por los cuartos de final de la Copa Libertadores para ver a su River querido. No podrá porque la entrada sale 550 pesos y ya se tiene que mantener solo. Hay que pagar la luz, el gas, el bondi y el subte. Hay que ir al supermercado. Hay que comprar el fernet 1882 en lugar del Branca.

Está triste y le falta una estación. Él no lo sabe pero en el trayecto hacia la bajada del subte se acordará de todo lo que hizo y hará para enfrentar a Macri, el FMI, los gobernadores y el ajuste en curso. Rememorará, a su vez, todas las veces que sí estuvo en la cancha, en las buenas y en las malas mucho más, que fueron cientas en esos últimos años. Recordará que sus amigos hinchas de Independiente le ofrecieron, cuando él les explicó que estaba triste, ver el partido con un asado y el que pierde tiene que armar la parrilla de achuras el fin de semana siguiente (por supuesto, pase lo que pase, todos pagan por igual). Entonces va a sonreír por el futbol sabiendo que el futbol no es todo en la vida.

Cuando baje en “Pasteur” irá cantando. Pensará historias, recuperará anécdotas. Se acordará de que juega River temprano (19:30) entonces tiene que llegar rápido a la tarde. Llegará a la escalera de la estación, subirá y, cuando el hueco le permita empezar a ver el cielo, dirá, en voz no muy baja, “esta noche, cueste lo que cueste, esta noche tenemos que ganar”.

Santiago Núñez

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