Ernesto dice go

Ernesto hace fuerza para no dormir. Desde la practi-cuna grita y llora sin lagrimas para que mamá o papá se acerquen. Lo hace de manera que, tarde o temprano, alguno de los dos se va a arrimar. Y cuando lo hagan, los gritos y el llanto falso se borrarán para pronunciar una palabra: “Go”.

En su incipiente léxico la palabra Go significa gol, que equivale desde una pelota hasta un escudo de Racing, como también es utilizada para señalar la tele y pedir que al prenderla pongamos un partido de fútbol (aunque también podría ser otro deporte).

Ernesto vive diciendo Go y no podemos recordar cuando empezó ni porqué. Tiene un amor hacia la pelota, hacia el fútbol, que ni la madre ni yo podemos creerlo. Mi participación en esa locura por la redonda es fundamental, aunque nunca pensé que podría ser así.

Cuando alguno de los dos se acerque a la practi-cuna, Ernesto le va a pedir una pelota. Y cuando se la entregen, será feliz.

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Mientras estábamos en la clínica esperando que Ernesto venga al mundo nos pidieron que armemos un bolsito con la ropa que le pondrían al nacer. Mi mujer, precavida al mango, ya tenía todo listo. Entre las prendas metió unas medias muy pequeñas con el escudo de Racing, no porque ella sea fanatica ni mucho menos (de hecho no admira ningún club ni equipo de fútbol) sino porque sabía lo que significaba para mi.

La primera noche ya le estaba cantando canciones de cancha para dormir. ¡Y funcionaban! Desde el primer momento me salió así, no tenía un bagaje muy amplio del cancionero para niños y apelé a lo que aprendí desde chico: la tribuna.

Así fue como el pequeño dormía con frases como “Si tu gente ya te lo demostró, que en las malas siempre va a estar con vos” o alguna un poco menos romantica como “Sos la droga que le pido a Dios que nunca me falte”. Es un momento que se los deseo a todas la madres y todos los padres que tengan amor por su club.

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Al tiempo me empecé a quedar sin repertorio. No quería cantarle las canciones que contengan violencia o insultos al rival. Pero alguna noche dificil, entreverado por el sueño y la vigilia, cedí ante la completud del cancionero. Y bue, tarde o muy temprano las iba a escuchar.

Después empecé a cantar las de otros clubes que son pegadizas, las de la selección, las de clubes de afuera… cualquier cosa con tal de que duerma. Así fui creando un fanatico que dice Go todo el tiempo, se sienta a ver los partidos (un ratito) y salta cuando papá agita algun ritmo del tablón. El hincha del fútbol más pequeño que conozco.

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Ernesto desayuna una mamadera ni bien se levanta. Infaltable. Hasta que no agarra la preciosa no arranca su día. Pocas veces pide ver la tele antes del mediodia, pero los sábados tenemos el permitido de padre e hijo. Como mamá no está, desayunamos viendo futbol italiano, comemos con la Bundesliga y a la hora de la fruta, si no se durmió, pispiamos el comienzo de algún partido de la B Metro. Sabados de futbol papá-bebé, sabados de Go.

A la tarde la plaza, ya con mamá. Y la pelota, la Go. Papá tira unos jueguitos fallidos y Ernesto lo mira asombrado (¡con que poco!). Patea un poquito y se tira a agarrarla con las manos. Yo le digo que va a ser arquero, el mini Musso. Pero no tengo ninguna intención, es solo una forma de pensar el futuro. Mi hijo, arquero de Racing, la camiseta de Mario Agustín Cejas, Nacho Gonzalez, Saja, Campagnuolo… y todos los pibes que no llegaron a debutar. Eso también es el futbol. Y ahí papá deja de soñar con el arco y vuelve al niño.

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La pelota entra al area, un defesor del Génoa se cruza en ataque y tira un taco al medio para que el viejo Pandev la mande al fondo y descuente. Atalanta 2-Genoa 1. ¿Se grita un gol de un jugador serbio descontando para un equipo italiano un sábado de mayo por la mañana, en Argentina? En casa se grita cualquier gol. Más si el nene deja de revolear las galletitas para gritar Go, así papá puede acomodar todo el desastre que hay en la casa. Al menos hasta que termine la repetición.

Ernesto mira futbol desde que nació. En la clinica vimos juntos los mejores goles del 2017, porque nació a fines de ese año y la tele se llena de programas que muestran goles pefectos en un deporte que está lejos de la perfección. El primer partido fue uno de verano, Racing-Temperley, un embole. Pero después mejoró y llegó el campeonato 2018-19. Antes de irme a la cancha, le prometía que a la vuelta le traería la punta del campeonato. Pude cumplir todas las veces.

Ernesto no reconoce ningún jugador del campeón. Ni Lisandro, ni Arias, menos Pillud. Todos son Go. Pero hay algo que ya sabe que es: el escudo del club. El otro día se lo señaló a un señor que tenía un buzo de Racing en una heladería. Yo ya gané.

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Cuando tenía seis meses fui a buscar a un placard la pelota que tengo hace unos cuantos años en la casa. Se la mostré a mi señora y me dijo “es muy grande para él, no le va a dar bola”. Se la alcancé igual, capaz tenía suerte. No me creerían si les cuento como la abrazó.

En ese momento ya tenía algunas pelotas y después de este hecho divino llegarían más. Mi casa es una utilería. Hay pelotas de futbol pequeñas, una caprichito tamaño tenis, unas de padel, una de plastico con un sonajero adentro, una parecida a la de handball pero con gajos de goma. Se multiplican. Los regalos vienen por ahí.

Ernesto juega como deberíamos hacerlo todos y todas. Hay una pasión al buscar la pelota, pero sobre todo amor por las redondas. El nene no llora por cualquier cosa, él llora si no tiene cerca una pelota. ¿No es acaso la historia nuestra?

Federico Cavalli

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