Viaje al fondo de un penal

El penal no es solo un tiro libre que se realiza a doce pasos del arco sin barrera mediante. No es nada más que un mano a mano entre un jugador y el arquero rival. Es nuestro primer acercamiento a esa cosa rara llamada fútbol.

En aquellos tiempos de los que no tenemos memoria, cuando todavía necesitábamos andar de la mano de un adulto para no caernos, el domingo no era un día más en la semana. Y no porque se jugara el partido más importante de la fecha, era el día en que podíamos quedarnos pateando con papá. Hubiera estado bueno hacerlo también con mamá, pero por cuestiones culturales y mandatos patriarcales en los que no voy a ahondar ahora, mamá se quedaba alentándonos y tomando mate.

Era el domingo cuando papá venía y decía “agarra la pelota que vamos a la plaza”. En mi caso había que cambiar la z por la y, ya que el lugar designado para ir a patear un rato era la playa. Lo primero que uno hace con un adulto y una pelota es patearle penales. Después se pueden dar pases y ya más de grande jugar un fútbol tenis o un partido con arcos chicos. Pero lo primero es el penal: patear hasta poder meter la pelota entre los palos y arquero. Cosa que nunca fue fácil para mí ya que mi viejo nunca se dignó a dejarse hacer un gol.

También de pibe, pero en soledad, me quedaba pateando penales contra la pared. Crecer en Punta Mogotes a fines de la década del noventa fue algo similar a crecer en un pueblo fantasma. Cuando llegaba el invierno y caía la tarde no quedaba un alma en la calle y a los niños y niñas nos mandaban a casa temprano. En aquel entonces no existía internet para mí, así que los caminos para gambetear el aburrimiento eran tres: los juguetes, la pelota o los libros. Cuando la elegida era la pelota entonces armaba dos arcos contra una pared del patio y me dedicaba a patear imaginándome como Guillermo Barros Schelotto.

Pero el penal es también mucho más que nuestro primer acercamiento al fóbal. Es el momento de más tensión, más aun si fue cobrado en nuestra contra. En el instante en que el árbitro se lleva el silbato a la boca y señala con el brazo estirado como el arco de Cupido al punto penal, el tiempo se detiene. Imaginemos que en un partido trascendental nos cobran un penal en contra en el último minuto. El penal define el partido. Primero viene la bronca; al toque nomás la indignación.

Luego la tristeza se apodera de nuestro cuerpo. A todo esto no han pasado treinta segundos de la sanción de la pena máxima. Los jugadores discuten como si algo se pudiera cambiar, como si hubiera vuelta atrás. Pero sabemos que no hay vuelta atrás, entonces una fuerte resignación se hace carne en los músculos hasta recién tensos y dispuestos a todo con tal de que ese penal no exista.

El capitán de nuestro equipo saca a todos sus compañeros del área y ahora charla solo con el árbitro. Nuestro arquero le mueve la pelota al ejecutante; salta intentando achicar el arco.

El ejecutante mira como si estuviera por conquistar algo más que un gol. Achina los ojos como divisando eso que busca apropiarse, eso que no es otra cosa que nuestra felicidad. El ejecutante, nunca mejor llamado, busca ejecutar la alegría de nuestro equipo y llenarnos de tristeza. Por unos segundo estaremos muertos, simbólicamente hablando para no afectar razones demasiado literales. La charla entre nuestro capitán y el árbitro termina.

Ese Clint Eastwood con botines que busca arrebatarnos la alegría nuestra de cada fin de semana está listo para rematar. Mira al arquero fingiendo una seguridad que no tiene. Nuestro único héroe en este lío, el arquero, salta y salta, mueve la cabeza como saliendo del grogui, grita. Dicen que los aymara hacen ruidos golpeando el suelo para espantar a un tigre mitológico que trae el granizo. Nuestro arquero trata de espantar la frágil seguridad de su único oponente.

Suena el silbato, patea el ejecutante y ataja nuestro arquero. Toda la tensión, la bronca y la tristeza se purgan en un alarido que sale desde lo más hondo de nuestro estómago hasta ese momento hecho un nudo.

Termina el partido y con este, un padecimiento de un par de minutos que parecieron días. ¿Pero entonces vamos a la cancha de puros masoquistas? Está claro que no. Vamos a buscar alegría y si los planetas se alinean, un poco de buen fútbol.

Pero no es solo eso, también vamos a sentirnos vivos. Vamos a la cancha a buscar vida. Porque la vida no se encuentra en la comodidad ni en la rutina. La vida no anda dando vueltas por las oficinas ni los canales de deporte. Ella se esconde en el terror, la angustia, la alegría irracional, el llanto y la euforia. Está en todas esas sensaciones que nos llevan a estar en el presente; en esos momentos entre que el árbitro cobra el penal y el delantero toma carrera para patear no existe pasado ni futuro; no importa si en la tabla estamos últimos o sextos, solo tiene peso lo que está sucediendo.

Cuando abandonamos la preocupación por el pasado y el futuro volvemos a la inocencia. Nos reconvertimos en niños o niñas. El fútbol además de un juego, es el pasaje que adquirimos para volver a la niñez. Cuando somos chicos los juegos son la vida misma. Los autitos de juguete corren carreras reales y los muñecos hablan. Todo lo que hay alrededor adquiere un valor simbólico que excede la realidad. Y eso es lo que nos sucede, ya de adultos, cuando vamos a la cancha.

Porque al fin de cuentas ¿Qué son tres puntos? ¿Qué es un campeonato? ¿Qué es un descenso? Nada y a la vez todo. Los tres puntos, el campeonato y el descenso son relatos que armamos a partir de un juego. Nada de esto existe en realidad, son artificios narrativos que vamos armando para justificar el hecho de ir a ver fútbol. Todo se forma alrededor del fútbol y está por fuera del mismo. Los tres puntos, el descenso y los campeonatos suceden después del fútbol, nunca durante el partido.

Durante el partido somos nosotros volviéndonos niños o niñas para sacarnos el corazón y con la palma bien abierta ponerlo en juego. Y de esa manera sentirnos vivos.

Juan Stanisci

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