¡Quedate tranquilo, Obdulio!

Un cuento con olor a potrero y ruido de pelota de cuero. Una de esas historias que nuestros abuelos siempre contaban en la sobremesa una y otra vez, pero que nunca nos cansábamos de escuchar. Obdulio Varela aquel centrojás mítico, Montevideo Wanderers y el fútbol que ya no existe. Escribe Sebastián Chittadini.

El otro día iba caminando por el Centro y me crucé con el Chifle Barrios esperando para cruzar la calle. La misma estampa que cuando marcó a Maradona en México ’86 tenía ¿Podrás creer que nadie lo saludó, ni le pidió un autógrafo o una selfie? Ojo, yo tampoco. Lo miré con la misma admiración con que lo miraba antes de que se fuera a jugar a Grecia, pero ni me animé a saludarlo. Por respeto, porque esos tipos lo que imponen es respeto. Tenía la misma nobleza que cuando lo vi retirarse con casi 40 ñoquis, la misma dignidad de caudillo de siempre; pero para la gente que se lo cruzaba era un viejo como cualquiera de los que pueden andar caminando por 18 y no un centrojás de estirpe ¡La puta madre que con estas cosas uno se da cuenta de lo viejo que está! Será la nostalgia, yo qué sé, pero es inevitable que ver a estos tipos te mueva todo el sentimiento. Y todavía un sentimiento que compartís con poca gente, porque cualquiera tiene de ídolo a los jugadores de cuadro grande. Es fácil ser de esos cuadros y querer ser como los que salen en los posters y los entrevistan en todos lados; pero los que somos de cuadro chico, nos emocionamos cuando vemos al Chifle Barrios en la calle. O nos recontra calentamos cuando hay gente que no sabe quién carajo es el Chifle, o quiénes son los ídolos de otra gente que es hincha de otros cuadros que no tienen los beneficios de la masividad. Mi viejo nunca le dio pelota al fútbol, pero mi abuelo era de Wanderers. Guander, para los íntimos. Y así me hice hincha del cuadro al que muchos tildan como “de viejos”, gracias a uno de esos viejos locos al que le gustaba contarle historias al único que tenía ganas de escucharlas. Y si tenía a mano una cañita con butiá, más le gustaba contarlas.

La palomita de Victorino acaba de conectar el centro de Venancio y de mandar la globa al fondo del arco brasilero. La radio transmite a un volumen como para que la escuchen en todo el barrio y la voz del relator me da la idea de que algo importante está pasando en el Estadio Centenario, seguramente algo tan importante como para hacerme dejar por un rato los autitos y quedarme mirando al abuelo emocionado partiéndose la garganta “¡Uruguay que no ni no!” en camisilla y short a cuadros, las Sorpasso con medias y la pipa apagada en un costado de la boca. Miro todo eso con la inocencia de unos seis años que no tienen idea de que la gente canta “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” en las tribunas; que no sabe por qué ese día no miro a Cacho Bochinche ni se imagina lo bien que juega Ruben Paz. Es sábado 10 de enero de 1981 y alguien -que después supe que se llamaba Víctor Hugo Morales- le grita emocionado a un tal Obdulio que se quede tranquilo, que los muchachos no van a dejar cambiar la historia. El abuelo repite riéndose solo “Ja, quédate tranquilo Obdulio ¡Qué se va a quedar tranquilo!”, como si lo conociera. La cantora enorme, en la que por una vez no se está escuchando “Aquí está su disco” o algún otro programa de cabecera de la abuela, domina la escena en una tarde en la que Uruguay es campeón y yo tampoco sé quién es ese Obdulio al que le dedican la victoria, mucho menos que el abuelo está contento porque unos tales Chifle Barrios y Ariel Krasouski juegan en el viejo Guander, como alguna vez también lo hizo Obdulio, ni por qué repite esa frase y se ríe. A veces, se saca la pipa de la boca para hablar, pero a veces habla igual. La prende poco, porque la abuela se ataca de asma y todavía lo putea. No es negocio por ningún lado. El abuelo tiene a mano una caña con butiá, entonces va a seguir contando historias.

Más o menos de esa época son los primeros recuerdos que tengo de los cuentos del abuelo, que nunca pararon hasta que se fue. Me acuerdo de que me empezó a contar lo que era un Mundialito, lo que era una dictadura, lo que era un plebiscito y ahí nomás empezó a tirar nombres de jugadores del “fóbal” que él conoció. Ahí me entero de que a “Odulio”, el relator le dedica la victoria porque había sido un fenómeno y campeón mundial, que él lo conocía del barrio, que era un negro bravo que hacía “boseo” cuando era gurí, que una vez casi se van a las piñas en un campeonato porque él tampoco achicaba, que después por las vueltas de la vida lo disfrutó con la camiseta del “Guander” y se hicieron amigos. Claro, el viejo era de agregarle el IVA a las historias y más si calentaba el pico. Le gustaba que yo le prestara atención, que fuera con él a ver al Bohemio y que nunca dejara de ir a visitarlo cuando ya no era el botija que jugaba a los autitos después de la escuela ¡Si hasta lo acompañaba a jugar a las bochas en el Aldea y ya tenía como veinte años!

Me la habrá contado cincuenta veces, fijate que vivió hasta los noventa y pico: que justo le quedó la pelota un poco larga y que le dejó la patita arriba sin querer. Claro, a Obdulio no le gustó nada y el abuelo le decía quedate tranquilo Obdulio, porque lo quería pelear. Cara a cara quedaron y había que bancarlo al moreno, más aún enojado. Decía que ese día los compañeros quedaron todos mirando para abajo porque cuando hablaba el hombre no hablaba ni el juez, imaginate. Que le tiró algún sablazo después de eso -Obdulio a él- y se los bancó sin chistar. Que le ganaron al cuadro de Obdulio y que él le dijo algo a la pasada. Y que después no jugó más porque se casó y había que ir a trabajar, pero que se defendía bastante. A todo el mundo le decía que había sido amigo del gran capitán de Maracaná, que después de aquella vez se lo volvió a cruzar cuando las vueltas de la vida llevaron al centrojás a ponerse la camiseta a bastones blancos y negros. Y mirá lo que son las cosas, que mi abuelo me decía siempre que el Obdulio del Guander jugaba más que el de Peñarol, pero lo vio poca gente. Creo que sé más de Obdulio que el Doctor Etchandy, imaginate. Conozco cuentos de comidas, de partidos, de piñatas, anécdotas que nadie sabe, historias con el agregado que dan los años. Porque a lo último, cuando recordaba la anécdota aquella de la frase de Víctor Hugo Morales en el Mundialito, le sumaba que no solo le había dicho aquella vez que se quedara tranquilo en un lance del juego, también le agregaba que le había causado gracia porque antes de cada partido de Guander, Obdulio se acercaba hasta el alambrado y le pedía, por cábala, que le dijera “Tranquilo, Obdulio”. Y se reía, cómplice de que aquel tipo que había jugado en las canchas más guerreras precisara de eso para jugar tranquilo, pero era cabulero también, Obdulio Jacinto. Nadie lo sabía, pero el abuelo me enumeró no menos de diez rituales que tenía que seguir sí o sí antes de los partidos. Nadie lo hubiera dicho, pero yo podría repetir cada una de esas cábalas y en orden antes del próximo fútbol 5 con los padres de la escuela.

Imaginate lo que fue el día que encontré esa foto, metida en un libro que estaba condenado a que no lo abriera nadie más, una novela de esas de 600 páginas que le gustaba comprar en las mesas de saldos por dos mangos. Hasta un poco mal me sentí por no haberle creído mucho al viejo aquellas historias, aunque nunca le dije nada y siempre lo escuché con respeto. Pero ahí están, jóvenes, en una foto amarillenta en alguna comida en la sede. Son como veinte, hay uno con una guitarra y varios con sombrero, todos sonríen, hasta Obdulio, que está abrazando a mi abuelo con una mano y con un vaso de vino en la otra. Se ve un banderín solitario en una pared, la foto de Gardel en la otra y un veterano que está haciendo el asado que saluda con la mano desde atrás de todos. Al dorso, en una prolija letra cursiva, el trazo firme del capitán dedica la instantánea “A Emilio, gran amigo de todas las horas. Tranquilos nosotros, arriba el Guander”, acompañado de una prolija rúbrica en la que se alcanza a distinguir el nombre de Obdulio Varela. La puta madre, te juro que me temblaban las manos, las piernas, todo. Cuando miro la foto, es como si mi abuelo -que está igual a mi viejo y a mí a esa edad- me estuviera mirando como diciéndome “¿viste, gil? Acá estoy con el hombre y vos no me creías”.

Justo el otro día que vi al Chifle Barrios, que tiene una tribuna con su nombre en el Parque Viera, me vinieron las ganas de volver a la cancha. Tenía que ir, aunque no me importara ni quien jugaba, como si el abuelo anduviera todavía por acá, como si Obdulio -que también tiene una tribuna con su nombre en el Viera- todavía estuviera al lado del alambrado esperando por él. Miré para los costados, miré para el cielo, miré para la cancha y bajé rápido los escalones hasta el tejido, esperando que no me viera nadie. Un botija chico me quedó mirando medio desorientado, pero no importaba. Con la foto en la mano y los ojos vidriosos, lo imaginé al Negro Jefe esperando y le dije: “Quedate tranquilo, Obdulio. Acá estamos”.

Sebastián Chittadini

Este cuento forma parte de la antología Cenizas. Cuentos de fútbol uruguayo. Editado por Ediciones Tunel en agosto de 2019.

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