Román, el último tango de una especie en extinción

El siete de diciembre se cumplieron cinco años del último partido oficial de Juan Román Riquelme. Con el pitazo final no se terminó solo la carrera de un futbolista. Se terminó una manera de ver, sentir y jugar el fútbol: el enganche clásico. Sobre estas nostalgias deambula Lucas Jiménez en un homenaje para Román y para toda una época que ya se fue.

El verdadero sentido del número en su espalda, consiste en indicar cuántos jugadores dependen de él”

Juan Villoro

Entre el debut y el retiro de Juan Román Riquelme cambiaron muchas cosas en el fútbol argentino. No sólo se dejó de utilizar a los enganches sino que también se hizo costumbre que los buenos jugadores duren poco en el país. En épocas de ídolos televisados, Román fue el genio que pudimos disfrutar a metros de distancia. Pero no sólo fue el distinto que tuvimos a mano también para dimensionarlo había que verlo en cancha. Porque la televisión transmite jugadas, sigue la pelota, y Riquelme era un completo organizador del juego.

“20 años no es nada” dice el tango Volver, escrito por Alfredo Le Pera, que Carlos Gardel inmortalizó con su voz. Entre el debut de Juan Román Riquelme con la camiseta de Boca en noviembre de 1996 y su retiro de la actividad profesional en enero del 2015 pasaron un poco más de 18 años. No llegó a los 20 como el recordado tango pero su fútbol sí tuvo mucho de nostalgia tanguera, de arrabal, de mantener su forma a pesar de las modas y de un sentimiento constante que en un pasado, no muy lejano, hubiera sido más valorado que en el presente en el que le tocó mostrar su arte con la pelota.

“Tiene la percepción del fútbol que se jugaba antes, es un jugador de otra época, en la que los vecinos del barrio salíamos a jugar al fútbol a la calle”, lo analizaba con visión melancólica el ex campeón del mundo con la selección argentina Jorge Valdano. Riquelme fue un jugador de otros tiempos, capaz más del tiempo en que debutó, porque en aquel Torneo Apertura de 1996 que lo vio nacer como profesional la mayoría de los equipos jugaban con enganche por más de que a veces el jugador que ocupaba esa posición tenía otras características. Desde el campeón River que tenía a Ariel Ortega como titular y a Marcelo Gallardo como suplente, hasta el Banfield que finalizó último, donde jugaba el paraguayo Guido Alvarenga. En Boca, de hecho Román tuvo que debutar de 8 porque estaba Diego Latorre con la 10.

Los otros equipos grandes no se quedaban atrás, Independiente tenía a Marcelo Burruchaga, Racing a Rubén Capria y San Lorenzo a Paulo Silas y Néstor Gorosito. En ese torneo del 96 hizo una gran campaña Lanús que juntaba a Marcelo Ibagaza y Hugo Morales. Además estaban Omar Palma en Rosario Central, Nelson Agoglia en Colón, Damián Manso en Newell’s, Carlos Morales Santos en Gimnasia de Jujuy y Luis Sosa en Huracán de Corrientes, entre otros. Por desgracia para Román, el puesto de enganche clásico se fue erosionando, aunque esto no lo hizo cambiar su manera de jugar.

En el torneo de 30 equipos que se jugó posterior al retiro de Riquelme casi nadie jugó con enganche un clásico. Del futbolista generador de juego que supimos concebir, lo más parecido que vimos ese campeonato fue a Juan Cazares de Banfield y Víctor Figueroa de Newell’s, aunque a veces se recostaba por la izquierda. Después hubo mediapuntas que jugaban más retrasados como Gonzalo Martínez en River y Diego Buonanotte en Quilmes, y volantes externos con panorama que pasaron al medio como Guillermo Marino en Atlético Rafaela y Hernán Encina en Olimpo.

La poca utilización de enlaces también se ve en las tablas de asistencias de los torneos, en el último semestre de Román como futbolista profesional en la B Nacional con Argentinos Juniors, en Primera salió campeón el Racing de Diego Cocca que tuvo al futbolista que más pases gol dio en el certamen. Se trató de un defensor/volante como Gastón Díaz con 7 habilitaciones.

Estos datos y estadísticas son de hace 5 años, hoy en día el enganche casi que es un relato mitológico. Sin embargo cada vez que Riquelme habla de fútbol se encarga de elogiar futbolistas que sin jugar en esa posición se encargan de conectar al equipo a través del pase. En los últimos años repartió reconocimientos para Edwin Cardona, Marcelo Díaz y Nacho Fernández, a quien considera el mejor futbolista del fútbol argentino. Román tiene los anteojos de Galileo Galilei para ver el fútbol, detecta y valora al que, aún errando elige, siempre la mejor opción de pase.

Por su relación de amistad con Pablo Aimar, suele ir a entrenamientos de la sub 17 a hablar con los chicos y explicarles cómo hacía determinados movimientos, por ejemplo cubrir la pelota. El que más atención le presta en esas charlas es del 10 de la camada Matías Palacios. “El último enganche clásico fue Riquelme. Tal vez los 10 clásicos ya no quedan más. El enganche es un poco más de velocidad, de jugar para adelante. En cambio el 10 clásico es el que arma todo el juego, el diferente al resto”, le contó el pichón de crack de San Lorenzo al periodista Roberto Parrottino en una entrevista en el diario Tiempo Argentino.

Pero Román no solo jugaba sino también hablaba, adentro y afuera de la cancha. Eso también les enseña a las nuevas camadas. “Ve el fútbol de otra forma. De Román me gusta todo. Es mi ídolo. Siempre tiene una pausa, un tiempo más, hace jugar al equipo, cubre la pelota con el brazo, pone el culo, todo eso me gusta mucho. Y es el único que me llamó la atención cómo declara, los pone en apuros a los periodistas, que no saben cómo responderle cuando les pregunta algo”, lo elogió a Román el chico de 17 años.

Pero ningún jugador actual tiene tantas cosas en común con Riquelme como Damián Batallini. Surgió de Argentinos Juniors, nació un 24 de junio y es de Don Torcuato, el mismo barrio que Román. El extremo de 23 años, que tenía el poster de JR en su pieza cuando era chico, es la última gran aparición del Semillero del Mundo de La Paternal. Asistió con un taco en el aire a Santiago Silva para el empate de su club contra Boca en la Bombonera hace poco. Thiago Almada de Vélez también afirmó que “miraba mucho a Román cuando jugaba”. Este lo escuchó y lo invitó a comer un asado mientras veían la semifinal de Copa Libertadores entre River y Boca.

Román no tiene redes sociales pero ve todo. Aparece en una práctica o te llama para conocerte. Su conexión con la realidad es directa, no está mediada. Como si siguiera siendo ese enganche que regalaba pases a todo aquel que le tire una diagonal. Se extrañan los jugadores que siempre estaban adelantados a la jugada, los que tenían el partido en la cabeza y el fútbol en los pies. Riquelme era uno de ellos, quizás el último eslabón de una manera de entender el juego. Boca, Villarreal y la Selección Argentina con Pekerman y Basile lo supieron disfrutar.

Cada día que pasa pareciera como que Román juega mejor y es más valorado. En Argentina hay un idilio con los números 10 y los enganches que tenemos naturalizado pero que no en todo el mundo es así. “Ahí, el creador del juego, el 10, es reverenciado como en ninguna parte. Los italianos dividen a los jugadores creativos en trequartistas, los que juegan en tres cuartos de cancha hacia adelante, detrás de los delanteros (Totti, por ejemplo), y en registas, que se ubican en el centro del campo (Pirlo). En Argentina, sin embargo, al jugador creativo se lo llama “enganche”, que es quien se encarga de enlazar a los mediocampistas y los delanteros”, aporta el escritor y periodista inglés Jonathan Wilson en el libro de colección “La pirámide invertida. Historia de la táctica en el fútbol”.

En una columna en el diario Perfil en 2007 el periodista Hugo Asch afirma que el enganche “es una invención argentina, casi una necesidad. El enganche es un héroe romántico, un poeta. Un genio incomprendido, un hombre destinado a convertirse en mito. Riquelme, el último espécimen de la raza, comparte con Bochini el semblante melancólico y la certeza de que sólo puede desplegar su talento en un ambiente donde se sienta protegido”.

Pero Román no era sólo fútbol porque su personalidad también le generó ciertos inconvenientes fuera de la cancha. Renunció dos veces a la selección, primero tras las críticas despiadadas de un sector de la prensa tras el mundial de Alemania 2006 y luego por estar en desacuerdo con unas declaraciones televisivas del entrenador Diego Maradona. También en Boca y Villarreal ciertas cuestiones de vestuario lo llevaron a tener roces con compañeros, técnicos y dirigentes.

El periodista Alejandro Caravario escribió en marzo del 2010 en la Revista Un Caño: “A diferencia de otros colegas interesados en la popularidad, las camionetas y las botineras, para Juan Román Riquelme el verdadero erotismo de su profesión reside en el poder. Con mentalidad de estratega y vocación autocrática, el diez de Boca es un caudillo ambiguo que aglutina aliados incondicionales y enemigos, sin medias tintas”.

Pero esto poco le importaba al hincha porque no veía lo que pasaba de lunes a viernes en los entrenamientos, sólo le interesaba lo que ocurría los días de partido y allí Román era inexpugnable.

Si Carlos Bianchi fue el técnico que mejor lo entendió, Miguel Russo fue el que más lo disfrutó. Riquelme alcanzó su pico de rendimiento en el primer semestre de 2007 donde ganó la Copa Libertadores con Boca y llegó a la final de la Copa América con Argentina, dirigida en esos tiempos por Alfio Basile. Esos seis meses Riquelme le sumó mucho gol a su generación de juego habitual, metió ocho en 11 partidos en la Libertadores y cinco, en idéntica cantidad de encuentros, en la Copa América con la celeste y blanca.

La competencia que más le gustaba jugar era la Libertadores, que ganó 3 veces. Pero más allá de los títulos, en los tiempos modernos nadie entendió tan bien como jugar ese torneo como Riquelme. Como muchas veces se dijo que David Nalbandian era jugador de Copa Davis, Riquelme era jugador de Copa Libertadores.

Román es el máximo ídolo a color de los hinchas de Boca, aunque algunos lo pongan a la par de Martín Palermo. Román era el reloj trabado que se oponía al paso del tiempo, que pasa cada vez más rápido sin tiempo para pensar. Riquelme era la antítesis porque dejó el legado que siempre hay tiempo para pensar mientras la pelota esté bajo la suela.

Los 18 años de carrera de Juan Román Riquelme contradicen la teoría de Gardel con eso de que 20 años no es nada. Pero Carlos también algo de razón tenía porque hoy son varios los que le cantan al 10 “que febril la mirada errante en las sombras te busca y te nombra”.

Lucas Jiménez

Publicado originalmente en Notas periodismo popular.

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