El día que Rodrigo atajó un penal

Dicen que diez años después de su muerte volvió, con la sonrisa pícara de los inmortales, Rodrigo. No volvió a un escenario ni a un baile. Volvió a una cancha de fútbol, para atajar un penal. Escribe Juan Stanisci.

¿De cuántas maneras se puede atajar un penal? Con la lengua filosa que le embarulla las ideas al pateador; con la paciencia inquebrantable para esperar hasta el último segundo y que sea el que patea quien muestra primero las cartas; con un pie suelto que queda suspendido en el aire y frena lo que era gol seguro; con las manos, la cara, los brazos o el pecho; puede aparecer un machete, un papelito, un ayudante que hace señas. Pero siempre es el arquero solo y con todas las de perder.

Dicen que hubo una tarde dónde el arquero no estuvo solo. Que alguien volvió de entre los muertos para ayudarlo. No ocurrió, como podría suponerse, en un barrio ignoto, en un pueblo perdido y con pocos testigos, no señores, lo que les cuento sucedió frente a la atenta mirada de miles y miles de personas. Todos lo vieron, pero pocos miraron.

No era un partido más. Era quizás el más importante de la historia para los dos equipos. No se definía una copa ni un campeonato: se escribía la historia.

Suele suceder que el peso del partido es inversamente proporcional a la calidad del juego. ¿En criollo? Que cuanto más se juega uno, generalmente, más cuesta soltarse. Eso venía pasando esa tarde, cuando iban veintiún minutos y treinta y ocho segundos del segundo tiempo y hay penal para el local.

El penal será pateado casi tres minutos después de cobrado. Usted dirá: y sí, entre las protestas, el arquero que le mueve la pelota al pateador y los jugadores que invaden el área, se suelen perder varios minutos. Es cierto. Pero además, en este caso, en la mitad de la cancha se empiezan a torear dos que poco habían tenido que ver con la jugada. Bicho el visitante quiso poner el partido en el congelador. Las tribunas en estado de ebullición unos minutos antes, se iban calmando. Algo parecido hizo El Negro Jefe en el Maracaná. Se pechean un par de minutos y cuando el delantero vuelve a agarrar la pelota la gente ya no hierve como antes.

Pero el asunto no pasa por las mañas del equipo visitante para enfriar el partido. Lo que todos vieron pero poco miraron tiene mucho que ver con los minutos en que los hechos se fueron desencadenando.

Vayamos al hueso. El arquero visitante tiene estampado en el pecho la cara de su primo: Rodrigo, El Potro. El penal fue sancionado pasados los veinte minutos, pero recién se dieron las condiciones para patearlo a los veintitrés.

Lo que en principio parecen segunditos pasando, no lo son. Nada es inocente en ese penal. El delantero mira el punto penal. El arquero mueve los labios, pero no hablando con el árbitro ni con el pateador, lo que hace se parece más a una plegaria que a una queja. El tiempo parece haberse detenido y una situación que se suele resolver rápido, sucede en cámara lenta. El delantero se acomoda; el árbitro chequea que todo esté bien; el arquero se para en la línea. No se puede hacer más lento diría un programa sobre magia.

A los 24:03 el árbitro sopla el silbato. A los 24:04 el delantero se acerca a la pelota y la impacta con el botín derecho. A los 24:05 la pelota da contra el pecho del arquero, más exactamente en la cara que está estampada en su camiseta. Después de tanta espera el penal fue atajado en los mismos números que la fecha de nacimiento del tipo que está muerto, pero vive en la camiseta de su primo. Luego se diría que el penal había sido atajado en el minuto 24:06, que es también una fecha significativa en la existencia de Rodrigo, ya que marca el final de su vida. Pero ese penal no fue la muerte sino la vida.

El arquero contaría años más tarde que había estudiado al delantero. Luego de mirar un penal tras otro, entendió que el delantero solía patear al palo izquierdo. Con esa certeza fue al estadio, entró en calor y jugó el primer tiempo. La mantuvo en el descanso y durante 24 minutos del segundo. Pero cuando el delantero se prepara para patear y el árbitro sopla el silbato, el arquero no se la juega a la izquierda, va a la derecha. No vuela ni se estira para llegar al palo. Se deja caer mansito y la pelota va como un cachorro a descansar a su pecho.

¿Pero fue realmente el arquero quién decidió contra la única certeza que puede tener a la hora de enfrentarse a un penal? Parece demasiada cosa junta: la imagen del ídolo popular y joven muerto en una tragedia; el tiempo que pasa y pasa hasta que el penal es ejecutado en el momento exacto en los que si transformamos los minutos en días y los segundos en meses, nos encontramos con la fecha de nacimiento del cuartetero fallecido; la pelota que no pega en el palo, ni en los guantes del arquero sino que va directo a descansar a la cara del ídolo; el arquero que a último momento decide ir a la derecha.  Es mucho para entenderlo como una casualidad.

Hay quienes vuelven de la muerte y se presentan en sueños u objetos. Hay quienes dicen haber visto abuelos, vírgenes, gauchos o madres. Hay quienes creen que nos miran y protegen desde el cielo. Las apariciones suelen darse en momentos de soledad. No ante miles de personas y frente a las cámaras de televisión. Rodrigo volvió una tarde, no lo esperábamos, pero en su rostro no había tanta ansiedad como dice un tango, sino la sonrisa pícara de los que se saben inmortales.

Juan Stanisci

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