Una pelota que toca el cielo

Recordar al Racing campeón de Mostaza es ver el vínculo entre un club que luego de un cúmulo de sufrimiento y calvario futbolístico y económico llegó a la gloria, pero también la pasión de hacer convivir un momento deportivamente inigualable con uno políticamente histórico

El pelotazo no bajaba nunca. La pelota parecía entremezclada con las nubes. Una multitud había convertido al barrio de Liniers en una imagen icónica de la avenida Mitre en la localidad de Avellaneda, mientras en la verdadera Avellaneda se encontraban miles y miles de fieles en la procesión más importante de todas sus vidas mientras veían paradas y parados (o sentadas y sentados) en el verde césped del “Chango” Cárdenas o Rubén Paz, cómo la vida les iba a cambiar para siempre.

Cuando el balón bajó, el a veces cruel y desafiante destino decidió que esa tarde solamente se pudieran dibujar sonrisas en las caras de millones de personas, y permitió que una posición adelantada pasara como si estuviera en la “misma línea”.

El grito ensordecedor de la felicidad se desató cuando Gabriel Loeschbor le dio un frentazo a la vida para que la Historia cambie para siempre. Un pueblo académico entero le pedía perdón a sus muertos, y le daba las gracias al día en el que se acabaron los “no pudo ser”.

Inocente campeón

El 27 de diciembre del 2001, Racing volvió a salir campeón del futbol argentino luego de consagrarse en el torneo Apertura. De la mano de Reinaldo “Mostaza” Merlo, “La Academia” logró dejar atrás una serie de frustraciones que año tras año la condenaron a la lejanía de los lugares de privilegio del fútbol local, e incluso la condenaron al calvario futbolístico, como le ocurrió con el descenso de 1983, y al desastre económico, como la quiebra en 1999 que llevó a una jueza a indicar que el club había “dejado de existir”.

En un campeonato parejo (terminó solamente un punto por encima de River), Racing tuvo como principales figuras a Diego Milito, el “Chanchi” Estévez, José “Pepe” Chatruc, Gerardo Bedoya, entre otros, con la figura estelar de Merlo a quien le construirían una estatua años después. Desde principios del certamen, la gente de Racing inventó una canción que empezaba con el “tenemos que salir campeones es el año, Uds. Poniendo huevos y yo alentando”, marcando de entrada la posibilidad de campeonar.

A su vez, el club de Avellaneda salió campeón en el marco de una de las crisis económicas más importantes de la historia argentina, que dio lugar a una rebelión popular que el 20 de diciembre del 2001 tiró abajo al gobierno hambreador y fondomonetarista de Fernando De la Rúa.

Los diarios del 28 de diciembre del 2001 pusieron en la tapa a Racing Campeón. Más de uno tuvo que investigar varios titulares para no pensar que se trataba de una broma del Día de los Inocentes.

Lo nuestro es amor

“Racing Club Asociación Civil ha dejado de existir”. Las palabras de Liliana Ripoll, síndica del club de Avellaneda, retumbaron en el alma de miles y millones de personas. Lo irreal aparecía en escena: la pasión de miles se esfumaba casi como por arte de magia aquel 4 de marzo de 1999, acaso el día más duro de la historia de Racing.

Lo cierto es que ese día un fallo de cámara del juez Gorostegui llevaba a la quiebra al club de Avellaneda. La deuda de 40 millones de dólares y la imposibilidad de pago al conjunto de los seiscientos acreedores hicieron que uno de estos pida el remate de la institución. El juez dispuso la norma para que así sea, mientras que los bienes de la entidad debían ser vendidos en el plazo de cuatro meses.

Los hinchas comenzaron a agruparse en masa en la sede de la calle Mitre 934. Cuando el presidente Daniel Lalín tomó el micrófono un redoblante le cayó por el cabeza, arrojado por una de los cientos de personas que se juntaban con desesperación para ver qué pasa con su club.

En los dos días posteriores, los hinchas movieron cielo y tierra para evitar que su club cerrara. Entre aquellas actividades, se realizó una marcha a la Casa Rosada, en la que se le entregó una carta al presidente Carlos Menem. En el escrito le pedían al primer mandatario salve a la institución y le dejaban bien en claro cuál era el interés que perseguían: “Lo nuestro es amor”, decía aquel papel.

Sería ridículo y falaz pensar que sólo la gente salvó a Racing de la quiebra. Sin dudas el gobierno y el poder político en general, como el futuro vicepresidente “Chacho Álvarez” e incluso el propio Julio Humberto Grondona (de mala relación con la dirigencia de Racing) jugaron un papel importante para evitar la quiebra.

No obstante no todo lo puede la rosca. La movilización popular puesta al servicio de defender el club de sus amores puso en jaque el pedido de quiebra. El 7 de marzo, tres días más tarde que el anuncio del cierre del club, la gente de Racing llenó su estadio en un domingo en el que la fecha se jugaba pero Racing no. En una de las imágenes más emocionantes de la historia del futbol argentino, un hincha dio la vuelta al estadio ese día arrodillado, mientras le pedía “al de arriba” que la Academia “siga existiendo”. Las banderas y las manos se movían de un lado al otro de la popular. Un tipo miraba hacia el costado con una remera con el sponsor de Multicanal. Al lado había colgado una bandera que decía “Racing no se cierra”.

Finalmente, la sanción de una ley que permitió la conformación de un Fideicomiso para la inclusión de capitales privados a modo de gerenciamiento. Racing jugó el fin de semana siguiente y llevó 30.000 personas de visitante a Rosario. Será otra historia la de “Blanquiceleste S. A.”.

Pero hubo una construcción única de identidad, basada en la toma en sus propias manos de la gente de las riendas de su club, que quedó y quedará para siempre. Tanto es así, que mucho tiempo después su hinchada lo inmortalizó en una canción que decía “si llenamos nuestra cancha y no jugamos”. Ese amor es inseparable de lo que sucedería dos años y medio más tarde.

La tribuna y la calle: Racing campeón en el país del “que se vayan todos”

La fila se movió para cualquier lado y el enorme cúmulo de cuerpos que esperaban desde hace casi 24 hs en la fila comenzó a tambalear para todos lados. Para triunfar no quedó otra que saltar una reja. Era 19 de diciembre del 2001 y las entradas para el último partido de Racing, que con un empate era campeón, estaban a la venta. El problema era más bien simple, y quizás matemático: Había algo así como 15 mil entradas para por lo menos el doble de gente.

Luego de un esfuerzo considerable, que incluyó horas sin dormir, movilidades semi-acrobáticas en medio del tumulto y sobre todo mucha paciencia, Nicolás consiguió la entrada para el último partido de Racing. Lo que no imaginaba es que esa misma noche él, como persona y militante del Partido Obrero (PO) empezaría junto con miles de personas los cacerolazos que terminarían con el gobierno de De La Rúa.

La imagen resume quizás la dicotomía más fascinante del Racing campeón. Su coronación convivió con el proceso de rebelión popular más grande de los últimos años de historia. La pasión entre el fútbol y la política de lucha a veces encuentran caminos en común  que llevan a lo mejor de ambas pasiones.

“En general el fútbol y la militancia-afirma Nicolás a Lastima a Nadie, Maestro– presentan un cuadro de contradicción y tensión entre ellos, por la superposición de actividades que siempre está latente. Lo llamativo, en este caso, era que en los dos planos, en el de la militancia y en el del futbol, había momentos históricos. Para mí fue un año hermoso: una rebelión popular en la Argentina que tira abajo a un gobierno (la primera que había vivido) y Racing campeón después de 35 años”.

Ese estado de emoción permanente siguió a les hinchas de Racing que a su vez compartían la lucha política del momento durante el campeonato, aunque hay quienes no lo viven con el mismo frenetismo.

Según Juan Mattio, escritor, que en aquel momento no estaba encuadrado en ninguna organización pero sí vivió esa pelea desde muy cerca, ambos mundos “eran eventos paralelos”: “La realidad del barrio era una, la de la cancha era otra, y la de la política con mayúscula otra. Yo los vivía en paralelo, no lograba reunirlos. El futbol me ha entrenado en la alegría colectiva, en tener claro quién es la policía, en una tradición o una forma de pensar y compartir con los otros, pero no estoy seguro de que eso después tenga una clara confluencia con la política”.

Esa tensión entre la política y el futbol a veces tiene al factor tiempo como algo problemático. Nicolás, por ejemplo, faltó a una de las actividades de final de año del PO (su PICNIC) por el partido contra Lanús en la anteúltima fecha. Igualmente, deja en claro en la entrevista cuáles eran sus prioridades: “En esa contradicción de los momentos previos al “Argentinazo”, aunque el campeonato estaba presente, un poco se olvidó por parte de los militantes por los acontecimientos históricos que colocaban en un segundo plano el futbol. Pero luego de las jornadas del 19 y 20 de diciembre uno quería coronar también saliendo campeón”

Ambos recuerdan las jornadas de diciembre, Juan con el Duna rojo del remisero del barrio de Hurlingham que los llevó, Nicolás escapándose del trabajo. La represión policial, las hordas de gente marchando, la alegría popular por la renuncia del presidente. Ambos pueden hablar mucho de eso. También pueden recordar el 27 de ese mismo mes y la multitud en Liniers, la gente que llenó la cancha en Avellaneda.

Pero lo que ambos cuando son entrevistados dicen a la vez, de la misma manera, que es la manera en la que cualquier hincha de Racing en el mundo diría eso, es cuando pronuncian con una inusual armonía la frase que recuerda “el gol de Loeschbor”, más que como una pelota entrado a un arco como una entelequia con la que recuerdan su pasaje a esa otra vida que es la felicidad deportiva.

El sacrificio, el amor incondicional y la pasión, son todas características de quienes pelean por un mundo mejor y de quienes bancan a su club hasta las últimas consecuencias. Como lo que expresaría la bandera de Nicolás que como militante trotskista siempre quiso hacer y nunca hizo: “Racing, una pasión revolucionaria”.

La vida racinguizada y la navidad dos días después

Entre 2009 y 2010, River Plate se encontraba en una pésima situación futbolística, que en 2011 lo condenaría a jugar en la segunda categoría del fútbol argentino. Su mal momento fue acompañado por aumento del “aguante”, quizás como método de preservación o simplemente como un incremento del amor por el club, lo único que hay en los momentos difíciles. “En las malas mucho más” se convirtió en una frase casi de cabecera.

Cuando un sector del periodismo tuvo que titular tal fenómeno, lo catalogó como la “racinguización” de River. El elemento de conexión era claro: los infortunios y sufrimientos de la vida futbolística dan lugar a la construcción de un lazo mucho más grande entre les hinchas y los clubes. El hecho de no poder aferrarse a la victoria lleva a una cantidad enorme de hinchas a bancarse lo inexplicable y a cohesionar su sentimiento de euforia con un romanticismo extremo.

Racing es, y por eso aquella caracterización mencionada, uno de los ejemplos perfectos de eso, y el campeonato del 2001 así lo demostró. El culto al sufrimiento, a la certeza de que el amor a los colores puede servir para superar todo tipo de obstáculos (algunos de ellos absolutamente inesperados) y la idea de que solamente se podrá festejar en la última instancia posible (luego de ir “Paso a Paso”) le colocaron un carácter épico a las 19 fechas de aquel Apertura.

A la quiebra reciente y a la situación del país, se sumó un torneo que fue en sí mismo apasionante. Partidos para demostrar tal sensación sobran.

Desde aquella tarde lluviosa de viernes en la que ganó a casi 10 minutos del final con un gol en contra, pasando por el empate en el último minuto en la “Doble Visera” en el clásico, el triunfo ajustado en el Ducó para luego pegarle un baile de novela a San Lorenzo (el día de los cuatro dedos del “Chanchi” a la hinchada del ciclón), el 0-2 en el primer tiempo en La Plata que terminó siendo 3-2, el 4 a 4 para el infarto con Nueva Chicago, el gol de Bedoya con River, la ilusionante victoria ante Lanús.

Todo terminó un 27 de diciembre, dos días después de Navidad, en la que La Academia tuvo el mejor regalo de los últimos 30 años. Tenía que ser así. Hasta el último segundo luego del empate de un tipo llamado “Chirumbolo” o algo así. Una empate les dio a millones una victoria que ni sabemos si quiera si habían podido soñarla tal como fue.

Una pelota que toca el cielo

Fue arriba a buscar la pelota y la agarró como el trofeo más soñado. Fue falta. Lo que hasta ahí Gustavo Campagnuolo no sabía, era que iba a ser el último jugador de en tocar el balón antes de ser campeones. No lo sabía hasta que Gabriel Brazenas lo miró y le dijo “sacá y lo termino”. Al árbitro se lo veía preocupado y no era para menos. La cantidad inmensa de reporteros gráficos en el campo de juego dificultaba el partido, y los fotógrafos no eran menos que les hinchas subidos al alambrado.

El arquero se dio cuenta, lo confesó años después, que era el primero en saber que Racing era campeón. Así, apoyó el balón a la altura del área chica, tomó carrera y pateó.

Miles de personas vieron cómo esa pelota tocaba el cielo. Cuando bajó, un silbato sonó. Los corazones que estaban a mil por hora dejaron, por un segundo, de latir. Lo demás era todo blanco y celeste.

Santiago Núñez

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