El cielo se pone una boina

Para despedir a Amadeo no hacen falta números ni récords. A veces recordar un gesto es suficiente. Escribe Santiago Núñez sobre el día en que le dio la mano a River.

La grandeza a veces se demuestra y otras tantas solamente se muestra. En general, desde el punto de vista más “científico” (si es que la ciencia vale para esto) la primera suele tener un rigor de mayor alcance. Sin embargo, la segunda opción puede ofrecer la cercanía y el calor palpable del hecho que permite ilustrar, a la vez, miles de cosas.

Hoy, Amadeo Carrizo es más que justamente homenajeado y galardonado por su insuperable calidad, su incontable palmarés, y aquel folklore tradicional (y en cierta medida conservador, pero en el caso de Amadeo quizás también sea justo) que marca que el tiempo pasado fue mejor. Sin negar en absoluto sus títulos personales, a veces salir por un minuto del periodismo de datos que comprueba todo con estadísticas y exhaustivas entrevistas y documentales puede venirnos bien.

Una tarde de primavera del 2012, me pasó una escena varias veces repetida. Fruto de gestiones institucionales que no supieron más que combinar fracasos deportivos con errores y horrores de gestión, sacar una entrada para un superclásico contra Boca nos costó muchísimo. Que canjear la entrada, que hacer la fila, que metete en un listado, que vení después. Me enojé, mucho, discutí con gente grande en la fila que por alguna razón me decía que iba a entender ese quilombo cuando sea grande. Pero en algún momento, en la oficina de socios del club, terminé y tuve mi entrada.

Y ahí estaba Amadeo, sentado en un costado, como cualquier campechano que se sienta hablar con la gente que pasa. Me acerqué, no sin miedo y solo. Cuando estaba al lado sentí que algo grande me pasa por arriba, que Amadeo no era solamente un arquerazo sino que en sí misma representaba la Historia de River y un poco también de todo el fútbol argentino. le di la mano, como si le diera un saludo a la vida, al pasado y al presente, todo en un segundo, siempre con una sonrisa.

Porque Amadeo era pasado, pero no sólo pasado. Lo mostró una tarde, uno o dos días después de que River descendiera. Un par de pibes le tocaron el timbre. Le pidieron pasar: necesitaban un poco de River, pero no de ese que se caía a pedazos, ese que sus abueles y sus madres y padres les contaron, ese que tenía a la gente como Amadeo. El maestro los dejó pasar, y les permitió tomar algo con él para que se relajen.

Amadeo era eso y lo seguirá siendo. Le tocará parar el viento allá arriba. Hoy, no se va nadie sino que el pasado viene todo encima, mientras el cielo se pone una boina. Quedese tranquilo maestro, su arco lo cuidaremos entre todes un poquito.

Santiago Núñez

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