Un mono suelto en el Rider’s Café

Hace más de veinte años en un lugar perdido de Palermo, se reunieron distintas figuras del fúbol que iban de Juan Pablo Sorín a Javier Castrilli ¿La excusa? La presentación del primer disco de Germán Adrián Ramón El Mono Burgos. Ariel Feller estuvo ahí y nos trae este relato.

Martín nos dice que ya viene, que va chamuyar a los patovas y al de la puerta. Mientras esperamos que haga lo suyo, bancamos la parada junto a la monada. Esa monada, que parece que pegó el mismo peluquero que Ron Wood,  viste remeras de los Stones y de los Ratones. También casacas de River, la mayoría son de esas que tienen escuditos por toda la tela y la vuelven espantosa,  y algún que otro buzo de arquero.

 Yo luzco una musculosa de Blues Motel. Podría decirse que soy el del toque original. Sólo en eso, claro. Por lo demás, la lata de birra en la mano y el faso que va y viene me emparda al resto de los que esperan conmigo el show.

Somos poco más que un centenar. Asocio esta previa a las de las fiestas de “El Condon Clú”. Sólo faltan los de la brigada dando vueltas  y  las “hadas del infierno” repartiendo preservativos en la entrada. Pero posta que el ambiente se parece a aquella lujuria itinerante. Se respira una dulce adrenalina. Sabemos que todos estamos para lo mismo. Para rockearla con uno de los arqueros del momento.

Por arriba de los hombros de José, que está encorvando buscando si  en su riñonera  queda  una tuca, veo que Martín nos hace señas para que nos apuremos.  No nos asombramos para nada. Sabemos que Martín consigue todo siempre. Bah! en realidad su viejo, que es Juez de la Nación y que no tiene idea cuantas veces su hijo chapea con eso.

Nos hacen pasar de querusa por un pasillito. Salimos al sector VIP ¡Sin gatillar la entrada y al VIP! Esta es la mejor jugada de Martín en años. Ya adentro  nos topamos con el indiecito Solari. Con Bonano. Con Castrilli… “¿Qué carajo hace Castrilli acá? Si fuera un concierto punk da para escupirlo. Pero acá somos rolingas ¡Que cagada! Hubiese estado bueno”. Justo en el mismo momento que estoy pensando si le doy o no un tortazo al Sheriff,  Martín me señala a Sorín que pasa por al lado nuestro. Juampi  es crack y me huele a pibe de esquina, no como el indiecito que me parece medio “fifí”.

La noche se corta cuando suena el motor de una moto como en la intro de “Girls girls girls” de los Motley Crue. El mono llega hasta el borde del escenario montado en una Harley Davidson.  Su look para la ocasión es un pantalón de cuero y un sombrero texano al mejor  estilo Stevie Ray Vaughan. La chaqueta que lleva puesta no le dura nada y se queda con el torso desnudo. El calor en el local es sofocante. Ya todo el público está adentro. Los invitados y la monada.

Germán Adrián Ramón Burgos, el que muchas veces es indeciso en el área, el que duda en casi todos los centros,  está transformado en un “frontman” que se muestra más seguro que un cantante de mil giras. El lugar de este tipo no es bajo los tres palos, es sobre las tablas ¡Sacala del ángulo Jagger! ¡Juanse vos también!

Simpatía, su banda,  es un relojito. El violero y el bajista se sacan chispas para ver quien es mejor. Las letras con que el mono se despachó son directas. Su voz de blusero de algodonal navega regalando imágenes que el petiso que toca la armónica decora con maestría. La noche transcurre mientras me abrazo con almas desconocidas. Lo mismo que pasa en la cancha pero, esta vez, en un bar de rocanrol. Me abraza alguien mientras suena “Ruta 2”. El indiecito está colgándose de mi hombro y me regala un ¿champagne?  ¡Sí la puta madre! Será “fifi”, pero es mucho más bondadoso que Sorín y todos los demás.

Mientras escucho la excelente versión que hacen, casi al finalizar el show, de Honky Tonk Women defino totalmente mi posición en la disputa de arqueros. Acá no hay tiro libre que valga. El mono es el rock. Y Chilavert es el que llama a la cana por los ruidos molestos.  Asunto terminado.

Lo triste, quizás una de las cosas más tristes de la existencia, es que las noches también en un momento pasan a ser asunto  terminado.  Así que nos vamos canturreando con José eso de “el pibe que viene será un Rolling Stone”.  Martín quedó perdido una vez más. Seguro su viejo irá a sacarlo de alguna comisaría.  José por fin encuentra la tuca que buscó toda la noche. Nada más lindo que las sorpresas del final. Esas que a veces también se dan en la cancha.

Ariel Feller

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