Vos siempre cambiando, ya no cambias más

La reelección de Tapia y la flamante Liga Profesional de Fútbol mantienen la línea de cambiar para que todo siga igual. La AFA es un saco hecho en Buenos Aires y remendado con retazos de supuesto federalismo. Cambios que buscan dejar conformes a todos, menos a quienes siempre pierden: los y las hinchas. Escribe Iván Sandler.

No está del todo claro si el fútbol argentino se está por subir a la ola de una nueva transformación, o persiste en la misma desde la muerte de Julio Humberto Grondona y esto apenas se trata de otro vaivén en un mar embravecido. La situación va mucho más allá de cantidad de equipos, formatos o descensos: tiene que ver con las consecuencias de las decisiones que los dirigentes toman, vía AFA, para hacer de cuenta que satisfacen las demandas de todos los sectores al mismo tiempo. Que siempre hay vencedores. Nunca vencidos.

Las disputas internas que tuvieron su pico en el 38 a 38 no buscaron una transformación de los problemas de fondo, que requieren sacarse los lentes del cortoplacismo, sino que la pugna era por quién movía los hilos en el reparto post-grondonista, con lógicas enquistadas que son la más potente herencia de Don Julio. Mucho más que el título mundial de 1986.

Entonces, según hacia dónde sople el viento dirigencial, puede haber Superliga para la máxima categoría. O se puede volver a la casa madre. Entonces, si la pelea es por la división de cargos, podemos crear siete vicepresidencias para que todos se lleven a casa su sellito de goma como souvenir. Entonces, si las únicas estrellas que se cuentan en este maltrecho fútbol local exportador son las de los títulos, podemos crear competiciones por todos lados, aunque duren un solo partido. Porque hay que ser rápidos para los festejos, pero para las penas hay que tomarse tres añitos de promedios. Entonces, se puede establecer un marco jurídico en materia disciplinaria, para descartarlo apenas deba ponerse en ejecución.

¿No hay perdedores? Claro que los hay. Pero no son los que suelen aparecer en los medios mainstream del periodismo deportivo. ¿Qué pasa con los hinchas? No veremos a la AFA enfrascada en focus groups alla Marcos Peña: en pocos fenómenos tan masivos hay semejante desprecio por la opinión de las mayorías. No apelan a eso ni siquiera para la demagogia. Cuentan con un espectro nutrido de hinchas entrenados día y noche para ejercer un consumo acrítico, cuyo mayor atisbo de participación es insultar a alguien en Twitter. Y hay minorías que buscan organizarse colectivamente, como la Coordinadora de Hinchas, que hacen un buen trabajo pero cargan con la escasa tradición en el deporte argentino de experiencias de ese tipo.

El final es en donde partí

En la historia de nuestra relación con la pelota se puede rastrear el punto crítico, el problema estructural motivador de las grandes transformaciones que se han dado después: el fútbol argentino se viste con un saco hecho en Buenos Aires, que con el tiempo se fue emparchando de federalismo. Por más arreglos que le hagan, la etiqueta deja bien en claro su procedencia. Los especialistas en moda todavía elogian la calidad de la tela porteña.

La relación entre la política y el deporte es mucho más que la siempre denunciada instrumentalización de eventos por parte de regímenes autoritarios para beneficiarse de las mieles de los triunfos o las organizaciones exitosas. Un mito jamás comprobado. Es imposible pensar los orígenes de los clubes pioneros y de los que hoy vemos todos los fines de semana si no explicáramos el proyecto de país que existía a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Una Argentina orientada hacia el puerto de Buenos Aires no podía más que concebir un fútbol que se viera el ombligo en el mismo espejo.

La Asociación del Fútbol Argentino entiende su nacimiento en 1893 (aunque ya hubo torneo en 1891) de la mano de Alexander Watson Hutton, nuestro prócer escocés de la pelota. Sin embargo, antes había llegado otro docente inglés, Isaac Newell, que implementó la educación física en las escuelas y hasta importó un reglamento desde su tierra natal. Su problema fue haberse “equivocado” de puerto: desembarcó en la ciudad de Rosario. Históricamente, solo Buenos Aires opera como sinécdoque de la argentinidad.

De forma oficial, AFA cuenta los títulos de los torneos en los que solamente jugaban equipos porteños y aledaños. ¿Por qué, entonces, los torneos regionales no ingresan en el mismo cálculo? En 1913, Racing ganó una competencia que tenía a Quilmes como el destino más lejano. Belgrano conquistó otra dentro de la provincia de Córdoba. Uno tiene mayor reconocimiento que el otro. Adivinen cuál…

No se trata darle máquina a la triste moda de la “carrera armamentista” en títulos para satisfacción personal. Es apenas una muestra de injusticia estructural. El fútbol argentino nace rengo. El tema es que a lo largo de la historia nunca se decidió “barajar y dar de nuevo”: mientras unos se guardaban las cartas fuertes, fueron repartiendo las bajas para los “novatos” que se querían sumar a la partida.

Repasemos: a los equipos de Buenos Aires (Ciudad+conurbano) se sumaron los de La Plata a inicios del siglo XX. En 1939 se agregarían los rosarinos, después de más de una década solicitando entrar. En 1948 los privilegiados fueron los santafecinos. Para la incorporación del resto del país, y a cuentagotas, habrá que esperar a los Torneos Nacionales que se implementaron en 1967 con la idea del interventor Valentín Suárez de sumar otras regiones. Esto quiere decir que de los 127 años de historia del fútbol argentino organizado, en 74 no participaron equipos que estuvieran a más de 500 kilómetros de la General Paz.

Tenemos reservado el derecho de admisión

¿Qué pasa hoy? Desde que en 1986 se creó el Nacional B (Primera Nacional actualmente), en las dos primeras categorías es indistinto si la afiliación a AFA es directa o indirecta para poder participar. ¿Dónde está el problema, entonces? En cómo se nutren las máximas competiciones: por un tubo pueden llegar alrededor de 60 equipos del área metropolitana. Y por otro, del mismo tamaño, tienen la chance de acceder los más de 3000 clubes del resto del país.

Ese cuello de botella federal lleva décadas siendo el obstáculo principal para un mayor desarrollo de instituciones de la mayoría de las provincias. Las consecuencias a veces no se llegan a dimensionar y van más allá de lo deportivo: miles de pibes eligen viajar a Buenos Aires para tener más posibilidades de hacer carrera en el fútbol, ante la dificultad de encontrar oportunidades más cerca de sus hogares. Pero el acceso no es la única diferencia entre regiones. En el plano económico, las competencias de indirectamente afiliados requieren más dinero por viajes y reciben menos por derechos de TV. La representación en AFA es mediada por el Consejo Federal y las habilitaciones para votar no están repartidas de manera igualitaria. Cada transformación que se ha llevado adelante tiende a la incorporación de sectores de manera condicionada: pueden entrar, pero los privilegios no se tocan. Sumen su cachito de tela, pero el saco es éste.

Frankenstein va a la cancha

Desandar la injusticia estructural de directa e indirectamente afiliados requiere cortar los beneficios que hoy tienen los equipos del área metropolitana. Sobre estos aplica la historia de los que ganan: muchos forman parte de los grandes relatos y recuerdos del fútbol argentino que, como mencionamos, es la manera en la que se denomina al de Buenos Aires. Para evitar la confrontación, una expansión: nuevamente 30 equipos en la máxima categoría. Otra vez, en teoría, todos vencedores, sin vencidos.

“Es una locura. No existe en ninguna parte del mundo”, solemos escuchar de boca de profesionales de la palabra. En primer lugar, una nueva operación de la parte por el todo: cuando dicen “mundo” se refieren, futbolísticamente, a las principales ligas europeas. Por otro lado, considerar que cualquier transformación debe estar precedida por un ejemplo llegado del exterior es un signo absoluto de dependencia. Bienvenida sea la vanguardia si las transformaciones son en pos de equiparar derechos y reparar injusticias. No necesariamente es el caso, pero sirve para derribar falacias fuertemente instaladas en la cultura futbolera (y no futbolera) argentina. El lugar común periodístico, repetido hasta el hartazco, no parece aplicar a la diferenciación entre directa e indirectamente afiliados.

La última experiencia similar, la que se puso en marcha en 2015, implicó que al Nacional B subieran siete equipos desde el Federal y tres desde la B Metropolitana, para redistribuir un poco regionalmente. Una oferta por tiempo limitado para después seguir pagando los sobreprecios de un sistema injusto. Y en la góndola hay para todos los gustos: a mitad de temporada 18/19 los directamente afiliados pasaron de dos a cinco ascensos a la segunda categoría, sin aumentos para los del interior.

Ese saco comprado en Buenos Aires y remendado con retazos de distintas partes del país quedó como un injerto amorfo, sin gracia, y con la necesidad de un arreglo permanente. Tal vez sea hora de guardarlo en el placard de una vez y para siempre. Y salir a recorrer las rutas de dos millones de kilómetros cuadrados, ofreciendo la posibilidad de que desde distintos lugares puedan darle una puntada con hilo. Para, por fin, hacer una pilcha que sea capaz de contenernos a todos y todas.

Ivan Sandler

Pueden escuchar el podcast de Que la sigan oyendo acá:

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