Me he sentido Maradona

¿Cómo se sentirá ser Maradona? No en una cancha, sino en cualquier momento de la vida. Escribe Miguel Hirám Ramón.

No voy a negar que muchas veces me he sentido Maradona, y se lo difícil que se debe sentir, en algunas ocasiones, ser Maradona de verdad.

Sentirse Maradona, es sentirse poderoso, sin límites para decir o hacer ciertas cosas. Todo lo que hizo dentro de una cancha, o lo que dijo fuera de ella frente a micrófonos, u, oídos prestos a aprender o disfrutar de sus ocurrentes salidas, han tenido repercusiones sin fronteras, no solo las que marcan las líneas de cal de una cancha de fútbol. Desde el Papa, hasta el presidente de la FIFA, pasando por los personajes más conocidos del planeta, los hechos o palabras de Maradona, han tenido distintas repercusiones o reacciones contestatarias, en todos ellos.

Como proclama esa genial canción, “La Tómbola con El Pibe”, de Manu Chao, “Si yo fuera Maradona, sería como él…”, consideré, palpé, en distintas circunstancias, que fui, que soy, y seré, eso de sentirme Maradona.

Hay muchos casos que he disfrutado sentirme Maradona.

También en otros, los he tenido que soportar.

Sin ir más lejos, el sábado pasado cuando fui a comprar una de mozzarella y anchoas, al ingresar a la pizzería Nápoles, toda embandera, las paredes tapizadas con pósteres de San Genaro, del estadio San Paolo, no pude evitar que la piel se me erizara de la misma manera que a Maradona cuando aquel 5 de julio de 1984 piso por primera vez el césped del San Paolo del Napoli.

Otra vez, recuerdo muy bien cuando por la calle alguien me grito, “chau Diego…”, y yo, cerrando los ojos, pensando en mi enrulada cabellera, e imaginar estar saliendo con la celeste y blanco por la boca del túnel, cancheramente le levante la mano, como gesto de saludo, para seguir escuchando el final del saludo, “…Peretti, narizudo, igual, hijo de remilp… te respiras todo el aire”.

En el mundial México ’86 estoy seguro que muchos se habrán sentido identificados por algún jugador de la Selección Argentina. Pero yo era Maradona. A tal punto que bajaba el volumen de la tele, ponía al máximo en una casetera el tema de Valeria Lynch, aquel, Me das cada día más, y parado al lado del televisor, siendo uno más en la formación Argentina, flexionaba el torso, balanceándome, tratando de tocar el piso, tal cual Maradona arengando a sus compañeros.

La que me sentí Maradona, fue aquella tarde, muy temprano, ingresando al vestuario, y mirando hacia el rincón en el que siempre me cambiaba. Estaban ellos. Aquellos botines Puma Borussia, negros, tiras blancas, trece tapones, bien lustrados con betún, los de la lengua larga, con los cordones bien flojos, como los usaba Maradona. Claro, él no se los ataba para jugar, pero cuando yo me los ponía, pesaban más que los grilletes de los presos.

Una noche, en una cena del club, en algún aniversario de algún campeonato ganado, o no, y ya como ex jugador, un periodista recorría las mesas haciendo notas, reviviendo viejas anécdotas. Cuando se me acerco para recordar algún sueño con nuestra gloriosa camiseta, me arrebate, no sabía que decirle, y me salió del alma, “…mis sueños son dos, mi primer sueño es jugar en el Mundial, el segundo es salir campeón con el equipo de veteranos…”.

Asimismo produce tristezas notarse Maradona. En algunas situaciones, como aquel viernes a la noche, día que el DT daba la lista para el partido del domingo. Recuerdo que se jugaba la semifinal de la zona en condición de local, para clasificar al Torneo Absoluto. No estaba entre los dieciséis citados. Te juro, sentí como que me cortaron las piernas. Que amargura. Como lloramos todos en mi casa.

Maradona fui, sin lugar a dudas, aquella noche que estaban unos pibes jugando a la pelota, vereda a vereda, y uno de ellos la reventó hasta dejarla encajada en la rama de un árbol, tan alta, que los chicos no podían alcanzar, ni tirándole cascotazos. Justo pasaba por ahí, y uno de los bajitos me pidió si podía bajársela. Estaba bastante alta también para mí, pero me posicione, tome cierta carrera, y di un gran brinco como para cabecearla, pero en el vuelo, encandilado por el flash de la luna, sentía que no llegaba, entonces disimuladamente le pegue con mi puño izquierdo, y la pelota cayó mansita en los pies de uno de los pibes. Gracias señor, me dijo uno, que gran salto, que cabezazo le metió a la pelota, dijo sorprendido. ¿O fue con la mano?, buchoneó otro. Con la mano de Dios, le dije, con la mano de Dios, nene.

Esta otra sí que me sentí Maradona Maradona. Otra noche después de entrenar, le habían escondido la bicicleta a un compañero. La buscaba por el parque del predio, pero no la encontraba. Nadie le decía dónde estaba, hasta que me solidarice con él, y le dije, la tenes adentro. Me lo agradeció. Se la habían ocultado en la utilería. Después se enojó porque todos le comenzaron a decir Toti Pasman.

Maradona me sospeche una tarde en el jardín de la casa de mi hermana. Estaba mi sobrino con sus dos mascotas, y presumía de ellas. Te juro, te juro fiera, fui al baño y volví, tan solo un minuto, y una de ellas se le había desaparecido. ¡Cómo se puso mi hermana! Se te escapó la tortuga, le dije a mi sobrino, te quedase con la perra nada más.

Tristemente, además, me he sentido Maradona. En las frías tardes de entrenamiento, con los mocos que no me dejaban respirar, por mi jodida asma me sentía asfixiado, tratando de aspirar el poco oxígeno puro que podía. Y ahí pensaba en el otro Maradona, que en cada una de sus otras aspiraciones, eran un planchazo en su tibia, o un codazo entre sus costillas. Ahí me sentí Maradona, sin poder comprenderlo. Él, vapuleado por esa blanca mujer. Él, devastado por esa novia blanca de misterioso placer y tanto poder, que ni con su mejor gambeta la podía esquivar. Esas malditas aspiraciones, que en nada se parecían a sus increíbles inspiraciones que lo pusieron en lo más alto de la gloria.

Muchas veces me he sentido Maradona.

Claro, lamentablemente nunca con la pelota en los pies, como solo él ha podido sentirse…, único, incomparable, imposible de imitar.

Miguel Hirám Ramón

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