Lo que el tiempo me enseñó

En tiempos en que a algunos monumentos se los derriba, la perspectiva de los años nos enseña que hay algunos que permanecerán siempre de pie. Escribe Sebastián Chittadini.

No hay ningún monumento de bronce, mármol o granito que pueda transmitir tantas sensaciones como uno de carne y hueso; de esos a los que nadie se animaría a derribar. Como cada 16 de julio, las miradas van con él, aunque haya pasado casi medio siglo de la hazaña y también estén presentes algunos jugadores de la selección que juega las Eliminatorias para un Mundial de Estados Unidos 1994 al que no va a ir. Obdulio, el que sabe cuánto pesa la copa Jules Rimet porque la arrancó de las manos del propio Jules Rimet en un estadio mudo en portugués, tiene casi 75 años y está chupando frío una mañana de invierno de 1992 porque lo invitaron a la inauguración de un monumento que homenajea a todos los campeones del mundo de la historia.

Las banderas de Argentina, Brasil, Alemania, Inglaterra e Italia acompañan a la uruguaya en una Plaza Maracaná mucho menos grandilocuente de lo que su nombre indica. El pequeño triángulo de cemento pasa casi desapercibido frente a la tribuna Colombes del Centenario, el estadio que albergó la primera Copa del Mundo en 1930. La ceremonia es casi una convención de monumentos, ya que también están ahí entre la gente Óscar Omar Míguez y Roque Gastón Máspoli, terrenalmente monumentales aquel 16 de julio de 1950 en el pasto del Maracaná. El pícaro delantero sonríe amablemente a los saludos, mientras que el arquero se mueve ante los periodistas con la naturalidad que le da su extensa trayectoria como entrenador. Todavía le queda por escribir un capítulo de su historia en el fútbol, agarrando la selección con 80 años en las Eliminatorias para un Mundial de Francia 1998 al que Uruguay tampoco va a ir. En su discurso, el “1” campeón del mundo aprovecha la oportunidad para recordar a los gallardos rivales de aquella final y para agradecerle al público brasileño por su cultura deportiva.

Los jugadores de bronce sostienen en alto la copa Jules Rimet y deberían ser las estrellas de la jornada. Pero esa mañana está ahí Obdulio, ese héroe hecho de otro material sobre el que escribieron Roberto Fontanarrosa, Osvaldo Soriano y Eduardo Galeano. Nunca le gustaron los homenajes, ni los dirigentes, ni las luces. Estar al lado suyo impresiona, aunque solo le haya visto la espalda durante unos pocos minutos. Ya no es el centrojás de aspecto recio de las imágenes en blanco y negro sino el del video de “Cuando juega Uruguay” de Jaime Roos, el de pelo blanco y andar lento por los años y los achaques. Hay monumentos que son capaces de hacer que un botija de quince años se levante temprano un jueves de vacaciones de julio y camine veinte cuadras, aunque sea para pararse cerca y ver qué se siente. Aunque sea un viejito de campera marrón con olor a naftalina y no el superhéroe del relato más épico que se haya escrito.

Acompañado por Catalina, su compañera de toda la vida, Obdulio corresponde amable y tímidamente los saludos de la gente con una voz bajita, tiene los ojos vidriosos y no quiere hablar en público, aunque se lo pide la multitud. Todos los presentes parecen querer llevarse un pedazo con cada palmoteo en la espalda encorvada, apretón de manos o simple mención de su nombre. Como sucede con un puñado de uruguayos, a él alcanza con llamarlo por su nombre de pila. Al subir al estrado se abraza con Tabaré Vázquez, el intendente de Montevideo, antes de que este empiece su discurso. No dará ninguna arenga, ni pedirá un “orsai” para enfriar el partido. Pareciera como si esa multitud montevideana que lo aclama lo intimidara más que los 200.000 brasileros presentes en el estadio “Jornalista Mario Filho” (nombre oficial del estadio Maracaná) en la ya lejana tarde de la gloria eterna. Mientras se suceden las alocuciones del presidente de la República, Luis Alberto Lacalle, el presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, Nicolás Leoz y el embajador de Brasil, ningún discurso dice más que la sola mirada llena de ternura del viejo centrojás.   

Será por esa necesidad que tenemos los seres humanos de recordar, por un intento de reparar omisiones pasadas o de legitimar el reconocimiento en la memoria; que el deporte también tiene sus monumentos. Solemnes, rígidos, inmóviles y fríos; también se vuelven un lugar de descanso para los pájaros y muchas veces no logran alcanzar la inmortalidad que logran algunas personas. Algunos dirán que es una lástima que hasta las estatuas envejezcan, en ese afán de pretender que los héroes queden congelados en el tiempo y pierdan su condición de humanos. En esa cruda mañana de julio en Montevideo, frente al único estadio declarado por la FIFA como Monumento Histórico al Fútbol Mundial, solo puedo ver al monumento de carne y hueso bajando de una ambulancia ayudado por los enfermeros y rodeado por una multitud que lo aclama mientras alguien grita que despejen el camino. Quizás le ganó la emoción por el homenaje, o le bajó la presión por el frío. Catalina le dice a un periodista que Obdulio está “más o menos” de salud, mientras se los llevan en un auto. El homenaje sigue, pero para mí se terminó en ese momento.

Hay monumentos a los que nunca nadie se va a atrever a tirar. Son los que uno mira con mucha más admiración que ese que se está inaugurando. Como pasa con los inmortales de verdad, el tiempo se detiene inexorablemente y que esté veterano, con la piel curtida y la salud frágil, es anecdótico. El tiempo me enseñó que hay próceres que son catapultados hacia el mármol y el bronce, mientras que hay otros que se ganan ese lugar por lo que hicieron en la vida o en una cancha, incluso si los vemos flaquear o bajar de una ambulancia. Es ahí cuando uno entiende lo que dice Tabaré Cardozo acerca de que la memoria no es menos poderosa que el olvido.

Sebastián Chittadini

Publicado en simultáneo con Futebol cafe de Brasil y Zona Mixta de Uruguay.

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