Crónica de un funeral distinto. Escribe Santiago Núñez.

En algún lugar recóndito de una fila interminable para un último adiós, y mientras el cartel del tránsito enarbolaba a toda la Av de Mayo un “Gracias D1eg0”, un grupo de muchachos que cantan tirando paredes con el silencio explica con ritmo preciso y poesía porque todos estábamos ahí.

-Olele, Olala, el que no quiere al Diego no quiere a su mamá

Se oye la armonía sucesiva de cantos que se entremezclan con el silencio de respeto fúnebre, en una suerte de impronta pasional que se enmarcaba en una ofrenda triste pero de aliento. Velorio cantado. Carnaval silencioso. Como los muchachos que, más adelante en la fila, aprovechan la guitarra criolla de uno para cantar el himno con una modificación sustancial en el final, para gritar al unísono como si estuviera todo coordinado: “O juremos por Diego morir”. 

El último tango que dice adiós al dios de los mortales es un desfile de cabezas sollozantes que tenía fin pero no principio. Desde Plaza de Mayo hasta Constitución, con la palabra “distanciamiento” solamente para definir lo que separa un punto del otro de la fila. No paran de llegar corazones de todas las edades y de todos los lugares, para dejar su recuerdo en la última liturgia maradoniana. “No me chamuyes, vos tenés que estar acá porque te gusta el fútbol. Murió el dios del fútbol”, dice un muchacho a su celular en la puerta del banco en una esquina lateral a la Plaza, con una remera de “mi genio amor”. 

De todas las edades, dijimos, pero también de todos los colores. El flaco que vende los gorros gritando con la afinación sublime de la calle no hace distinción. Tiene de Boca, River, Independiente, Racing, San Lorenzo, Velez, Ferro, Almirante Brown, All Boys, Platense, Atlanta, Temperley, D. Morón, Nueva Chicago, Chacarita, Quilmes y Tigre. En realidad, vale decirlo, el que no hacía distinción era Diego: ídolo del fútbol y de la argentina, si es que existe la posibilidad de ser argento y futbolero y no ser maradoniano. 

Para llevar la estirpe de Diego, hay que moverse. El que se queda quieto es amargo. Por eso “el que no salta es un inglés”. Paradoja del destino: Maradona, quieto en su viaje con olor a madera y a eternidad, hace que todos se muevan y que pasen horas enteras para ver un pedazo de él por diez segundos. La ida, obviamente, es más lenta y más segura que la vuelta. El corredor por el que se va todavía tiene la ilusión y la sonrisa de un mundo que tiene a Maradona, privilegio que ya no ostentan los que parten por el corredor que da a la Catedral, inmersos en un mundo nuevo, desconocido, inseguro e incómodo de un planeta sin Pelusa. La vuelta, igual, es algo lindo. Porque “de la mano de Maradona todos la vuelta vamos a dar”.

El paseo micro-centrista se topa con las historias de un pueblo. Plaza del Cabildo, de los ríos de Mayo. Plaza de los que lucharon por un pueblo en ruinas, en 2001 y fueron asesinados por la Policía. Hay leyendas como “Fuera Berni” o “la policía no te cuida, te mata”. Plaza de la juventud, que muestra firme las banderas del aborto legal. Plaza de las mil plazas, de las mil historias, de una página que la multitud lagrimeante vuelve a escribir como si fuera fácil, como si fuera poético.

Respeta el último ritual sus tradiciones más conocidas. Por eso hay humo. Por eso se vende de todo. Por eso hay réplicas de la Copa del Mundo que Maradona nunca podrá ver en manos de un heredero muchas veces premeditado pero nunca conocido, aunque, pensándolo bien, no le pongamos esa carga a nadie. Por eso hay mucha más fila para comprar un choripán que para entrar al Mcdonalds, testigo casual que no encuentra sintonía.

La policía, nunca guardiana de una gesta popular, lleva la represión en la sangre. Dos gobiernos se tiran la pelota de las balas de un operativo que se entiende conjunto. Un muchacho patea a un policía luego de la avanzada de los cabezas de tortuga. Metáfora del destino. Caballerosidad maradoniana, en honor a un líder que dijo “nunca seré policía”. El rechazo a los castigadores del pueblo es gratitud en la religión del diez.

Maradona, monarca sincero, dios pagano. Exégeta de un pueblo plebeyo sometido a la infelicidad que encontraba en el diez más grande de todos los tiempos de cualquier deporte una excusa para tener gloria. Maradona, reemplazante ni casual ni obligado de un sistema plagado de hambre, injusticias, deudas externas, desempleo y tantas cosas que encontraban arte y sonrisa en hazañas deportivas que no hubieran podido alcanzarse sin Diego. Maradona, acaso vencedor justo frente a la Corona que tanto sometió a países oprimidos, cuya clase dominante y política privilegió la entrega que Diego siempre combatió. Maradona, hecho maldito del país burgués, señalado por la clase dominante que no se hace cargo de sus derrotas como pecador y culpable de una descomposición de un régimen social llevado adelante por esa misma burguesía. 

Maradona, simplemente Diego. Jugador y artista. Tango de Gardel. Cuento de Borges. Novela de Cortázar. Título indebido, injusto pero también merecido de todo deportista que haga grande a la celeste y blanca. “El Maradona del básquet, del tenis, del bádminton o de la cocina”. Simplemente el Maradona, sinónimo de valiente, de “el mejor”, de la brillantez no exagerada de lo inigualable. Portavoz generoso de jubilados saqueados, periodistas asesinados o despedidos por el poder, de luchadores y luchadoras por las libertades democráticas. Encanto de un sueño de lucha. 

Diego, divina mezcla de copa con pueblo, de gloria con territorio, hoy está en la misma Plaza que tuvo de frente con el trofeo dorado en la mano. Arquitecto de lo imposible. Constructor de todo, de la nada. Abanderado de equipos humildes que vencían a los poderosos, o que se hacían poderosos siendo humildes. Bello durmiente que tiene en vilo a una sociedad golpeada, que en modo avión mezcla la esperanza de sentir con el miedo a la tertulia inexplorada del post Maradona. La escena, como si enterraran a Batman en Ciudad Gótica. Pero Maradona es posta.

Profeta en su tierra, y en todos lados. Las canchas prenden las velas. En Nápoles, tierra prometida del Moisés de Fiorito, prenden bengalas y salen todos a jugar con la camiseta 10 y hasta un tal Armando hace el primer gol. Las ruinas de una casa Siria que sufrió un embate se pintan de Diego, para hacer un altar. Hay una corona de flores, en el arco del Gol del Siglo, en las tierras aztecas. Un técnico brasilero dirige a su Gremio con la camiseta 10 de la Argentina de Diego. Hay flores en la estatua de Pelusa en la India. Hay velas y camisetas en Dinamarca, altares en China y Nueva York. Equipos europeos que entrenan o juegan homenajean al pedazo de fútbol que se fue.

En Buenos Aires hay un velorio que sigue en cada esquina. La intersección de la 9 de Julio con la calle Alsina es testigo de la fila interminable, de la peregrinación eterna para acompañar a Maradona al “para siempre”. Con la sombrilla roja caída, el carbón se prende para la nueva tanda de choris y patys. En el parlante suena un tema de cuarteto conocido, interpretado lógicamente por Rodrigo. La canción se titula “Un largo camino al cielo”.

Santiago Núñez

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